CADA MES, EN ESTA PAGINA, GRATIS Y POR GENTILEZA DE JORDI SIERRA I FABRA, UN POEMA, UN CUENTO, O EL FRAGMENTO DE UNA OBRA RECIEN EDITADA
Queridos amigos y amigas:
Durante más de 30 años, me habéis regalado vuestra amistad a través de la lectura de mis libros. La mejor forma que tengo de agradeceros esta fidelidad es abriendo esta ventana a través de la cual yo también os podré regalar un poco de mí a vosotros y a vosotras. Como dice el encabezado, cada mes tendréis aquí un avance de alguna novela, un poema... algo con lo que acercarnos más y seguir compartiendo aquello que más amamos, los libros, y toda la esperanza que despositamos en ellos. Gracias y hasta siempre.
Jordi Sierra i Fabra
A PETICION DE NUMEROSAS Y NUMEROSOS FANS, QUE CUANDO SE INICIO ESTA SECCIÓN AUN NO VISITABAN ESTA WEB, RECUPERAREMOS DE VEZ EN CUANDO ALGUNOS DE LOS POEMAS APARECIDOS EN LOS AÑOS ANTERIORES INTERCALADOS CON LOS NUEVOS.
EL POEMA DE MAYO
Siento
Siento que me estás gritando Siento que me estás llamando Siento que me estás pidiendo Siento que me estás queriendo Siento que me estás sintiendo Y todos los sentidos son uno Sentimiento Gritando que me necesitas Llamando para que vuele a ti Pidiendo que te de más Queriendo tener otra vida Sintiendo que una no nos basta Porque todos los sentidos son uno Sentimiento Sentimiento De día huyendo De noche persiguiéndonos De día olvidados De noche perdidos
Siento que me estás llorando Siento que me estás escribiendo Siento que me estás odiando Siento que me estás buscando Y todos los sentidos son uno Sentimiento Llorando por la rabia Escribiendo cartas que no envías Odiando por creer que me alejo Buscando cada pequeña verdad Porque todos los sentidos son uno Sentimiento Sentimiento De día anhelo De noche soledad De día teléfono De noche sueños
Siento lo que sientes Siento lo que siento Sentimos lo que tenemos Sentimos lo que perdemos Sentimos lo que vivimos Sentimos lo que deseamos Sentimos lo que sentimos Siento lo que somos Siento lo que seremos Siento Estamos hechos de sentimientos Somos un sentimiento Sentimiento Sentimiento
EL POEMA DE ABRIL
DEJAME SER
Antes de dormir déjame que entre en ti. Antes de despertar déjame que entre en ti. Antes de morir déjame vivir en ti. Déjame, déjame, déjame que lo intente hasta el fin. Déjame ser tu amante esta noche.
Déjame ser tu amante esta noche. Déjame ser tu amante esta noche. Déjame ser tuyo el resto de tus vidas. Me alimento de ternuras y esos besos, que se rompen y nos lavan las heridas, como imágenes de amor en los espejos.
Déjame ser tu amante esta noche. Déjame ser tu amante esta noche. Y dormir en el silencio de esos gritos. Dejar en tus quebradas estas huellas, para amarte con mis dedos ya marchitos, y soñarte mientras tocas las estrellas.
Déjame ser tu amante esta noche. Déjame ser tu amante esta noche. Como fuimos en mil vidas ya pasadas. Geografía del amor que vivo y canto, en tu cuerpo mil pasiones no gastadas, al hurtarle a la muerte tanto espanto.
Capítulo 8 de "El enigma maya", primera parte de la trilogía "Las hijas de las tormentas", editada por Edebé en castellano y catalán en marzo de 2008.
Al despertar, lo primero que notó fue el crujir de su estómago. Se quedó en cama unos minutos, la misma cama en la que había dormido su padre hasta su misteriosa desaparición, despejando la mente, aclarando ideas, ordenando los acontecimientos y tratando de verse a sí misma a lo largo del día. Cuando la azotó un segundo crujido estomacal se incorporó, se metió en la ducha y se vistió de la forma más cómoda posible para desayunar algo. Su presencia en el comedor del hotel no pasó inadvertida. Para los clientes, turistas ávidos de cultura e historia por el lugar en que se encontraban, era una más. Para el personal del Xibalba no. La atendieron rápidamente y con mimo, expectantes, incluso con una atención por encima de la habitual, superando la eterna y exquisita cortesía clásica en la mayoría de países latinoamericanos. Le preguntaron cómo había dormido, cómo se encontraba y le reiteraron que cuanto quisiera, sólo tenía que pedirlo. Luego la dejaron tranquila. Desayunó. Y por supuesto no fue casual que justo al sorber la última gota de su café, apareciera él. Era un hombre de algo más que mediana edad, cincuenta y muchos años, no muy alto, relativamente orondo, hebras de plata en la cabeza y bastón con empuñadura de verdadera plata en la mano, aunque no daba la impresión de tener ninguna dificultad para caminar. La sotabarba si era generosa, y las bolsas bajo los ojos, perspicaces, vivos. Vestía con corrección, incluso con exceso de elegancia dada la temperatura, porque llevaba una chaqueta de lino por encima de su camisa abotonada hasta el cuello. La iluminó con una sonrisa antes de comenzar a hablar. —Señorita Mir. Joa dejó la taza y lo contempló sin ambages. Con una desaparición de por medio, el misterio y el registro de su casa de Barcelona o las cosas de su padre allí, simplemente estaba en guardia. Cualquier noticia podía ser buena, o mala. Lo único que hizo fue esperar. —¿Puedo sentarme? —¿Quién es usted? —Permítame que me presente —le tendió una mano flácida—. Me llamo Nicolás Mayoral. Quería hablarle de Julián Mir —pronunció el nombre con respeto. No parecía mexicano, hablaba un español correcto, sin acentos, neutro. Era la primera persona que quería hablarle de su padre. Intentó no transmitir emoción alguna. —¿Le conoce? —¿Puedo? —insistió el aparecido. Joa asintió y esperó a que se acomodara. No se quitó la chaqueta, pero sí dejó el bastón apoyado en la mesa, cerca de su mano derecha. La empuñadura tenía forma de cabeza de león, melena incluida. Un simple detalle. El personal del hotel volvía a mirarla, pero sus rostros tampoco le dijeron mucho. —¿Cómo sabía que estaba aquí? —Palenque es un pueblecito muy pequeño. —¿Le avisó alguien del hotel? Nicolás Mayoral exhibió una sonrisa de complicidad. —¿Qué importa eso, señorita? Lo único que sí cuenta es que está aquí, buscándole. —¿Sabe dónde está? —No —le mostró las palmas de las manos abiertas—. Lo siento. —Entonces... —Necesito su ayuda, y usted la mía. —¿Por qué? —Porque usted no sabe lo que está ocurriendo y yo sí —fue sincero a la par que contundente. —¿Y qué está ocurriendo, señor Mayoral? —¿Puedo hacerle unas pocas preguntas primero? Después responderé a todas las suyas. Lo evaluó. —Adelante —dijo sin que trasluciera su nerviosismo, controlando cada gesto y la entonación de cada palabra. —¿Trabaja usted mucho con su padre? —Tengo mis estudios. Cuando puedo le acompaño, en verano, Navidad... —Así que últimamente... —El curso académico en España arranca en septiembre. Desde entonces apenas si le había visto. —¿Sabe qué estaba haciendo en México? —No. El hombre arqueó una ceja. Más que duda reveló sorpresa. —Mi padre siempre estaba excavando o investigando en algún lugar. Es un enamorado de su profesión, una persona que vive en el presente buscando las respuestas del pasado. —Y no le dijo que buscaba ahora —no fue una pregunta, sino una aseveración. —Palenque es un tesoro con mucho por desenterrar y descubrir. No era la primera vez que estaba aquí. Me hablaron en la Embajada de unas nuevas tumbas recién abiertas, la veinticinco, la veintiséis y la veintisiete. —Entiendo —suspiró el hombre acariciando con una mano la cabeza de su bastón, igual que si le rascara la melena al león. Joa se movió con inquietud. —¿Qué es lo que entiende? —¿Qué sabe de su madre, señorita? Era lo último que esperaba, que el recién llegado le hablara de su madre. —¿Perdone? —no le ocultó su incredulidad. —Responda, por favor. —¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto? —Se lo diré. Pero primero le toca usted. Es lo que hemos convenido. —Mi madre desapareció hace años, el 15 de septiembre de 1999, siendo yo una niña. Han pasado trece años. —¿Y? —Nada más, eso es todo —intentó no encolerizarse, aunque no sabía por qué se sentía furiosa. —¿Conoce su origen? —¿Qué tiene que ver...? —Respóndame, se lo ruego. —Fue encontrada en la tierra de los huicholes. La adoptó mi abuela y vivió allí hasta la llegada de mi padre. Se enamoraron, se casaron y vivió en Barcelona hasta su desaparición. —¿Eso es todo? —¡Sí! —¿Y no le extraña que ahora sea su padre el que haya desaparecido? Tuvo la sensación de que el hombre era un gato y ella un ratón. Como si jugara antes de decidir zampársela. Nada de lo que acababa de decirle le era desconocido, estaba segura. —¿Por qué no me cuenta su historia, señor Mayoral? —se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el respaldo de su silla. —Es justo —asintió él—. Adelante. ¿Qué quiere saber? No sabía ni por donde empezar. Volvía el recuerdo de su madre en medio de la desaparición de su padre, y se mantenía la incertidumbre, la tensión, la duda acerca de quién era su visitante... Así que, ante todo, buscó la forma de serenarse. No permitir que él llevara la iniciativa. A fin de cuentas, si aquel hombre estaba allí era por algo. —¿Quién es usted? —fue su primera pregunta.
Capítulo 2 de "Lágrimas de sangre", editada por Alfaguara en marzo de 2008.
Se sentó en la cama, despacio. Otras veces la había abrazado. Otras veces había dejado que ella llorase en silencio, sin decir nada. Otras veces... Su padre ya no le ponía la mano encima estando él. No se atrevía. ¿O era una casualidad? —Mamá... La mujer movió la cabeza un par de veces, de lado a lado; no supo si para protegerse, negarle la imagen o buscar una forma mágica de cambiarlo todo. Continuó con las manos tapándose el rostro en un gesto inútil. —Joder... —rezongó él sintiendo un océano de desconsuelo bajo su alma. —Apaga la luz. No la obedeció. No podía. Se sentía agarrotado. —Apa... gala —se lo repitió hipando al confundirse su respiración con un espasmo—. Me hace... daño en... los ojos. La obedeció, para evitarle el dolor de extender la mano y hacerlo por sí misma. La luz que los arropaba provenía ahora del exterior y proyectaba una aureola de difusa penumbra en su contorno, opaco el de ella, oscuro el suyo. A medida que la desesperación le sobrecogía, intentó sobrellevarla con un atisbo de calma extraído de no sabía dónde. Aunque fue su madre la que volvió a hablar. —No es nada... en serio... —siguió hurtándole la imagen de su cara—. Más aparatoso... que otra cosa. —Mamá, no digas tonterías —ya no pudo más—. ¿Es que no te has visto? ¡Estás tumefacta! La mujer hizo lo posible para hundir la cabeza en la almohada. No lo consiguió. A pesar de mantener las manos en la cara los ribetes del estropicio facial se hacían evidentes. La comisura del labio mostraba una explosión de sangre, la punta de la nariz asomaba hinchada y desproporcionada, el hirsuto cabello orlaba el campo de batalla bajo el cual era fácil imaginar los ojos, violáceos, tal vez demasiado abrasados para poder abrirlos. Las manos también se ofrecían deformes, como si muchos golpes hubieran ido a parar a ellas ante el instinto de supervivencia y protección. El agudo aunque débil gemido surgido de su garganta le indicó que estaba llorando. Hizo lo único que podía hacer en un momento como aquel. Ponerle una mano en la cabeza. Su madre se estremeció con el contacto. Y el gemido se hizo más abierto. —¿Dónde está? No hubo respuesta. La crispación se convirtió en angustia, al límite del quiebro total. —¿Dónde está, mamá? —repitió la pregunta. Por segunda vez no hubo respuesta. —¡Mamá! —ya no pudo más—. ¿Dónde está? —¡No lo sé! —logró hacerla reaccionar. —¿Se ha ido? —Sí. —¿Y qué ha sido esta vez, eh? ¿No le gustaban los raviolis? ¿Estaban fríos, demasiado calientes? ¿Qué? —Marcelo, por Dios... —No, ya está bien de por Dios y de no pasa nada y de que ha sido un mal día y de todo lo demás —lo expresó con un cansancio infinito, sin necesidad de alzar la voz o dominarla—. Ya no, mamá, ¿vale? Ya no. —Hijo, tú no sabes. —¡Pues dímelo tú! ¿Qué es lo que no sé? ¡Ya no soy un crío! Por primera vez ella apartó una mano de su rostro y la condujo hasta él, para acariciarle la mejilla. Fue un gesto maquinal, empujado por el amor, olvidándose de su protección. Descubrir el mapa del horror humano de su rostro hizo que Marcelo tragara saliva. Una geografía cárdena y brutal, salvaje, de norte a sur y de este a oeste, que iba desde la frente hasta la barbilla y desde una oreja a la otra. El ojo izquierdo no podía ser abierto, y el derecho permitía ver a duras penas una pupila sanguinosa con una lágrima que dejaba un rastro oscuro en dirección a la almohada. Una lágrima de sangre. —Escucha, Marcelo —la voz de la mujer recuperó un leve tono de dignidad y humanidad—. Los hijos... siempre juzgan a sus mayores, siempre, y por lo general no... no entienden... no aciertan a comprender... —detuvo el gesto de su hijo, dispuesto a estallar de nuevo—. Tu padre lo ha pasado mal, ¿de acuerdo? Ha estado... está mal, y yo no... No sé... —dominó la bola que le impedía hablar, con un deje de resistencia—. El paro, la bebida... —¿Y antes qué? —No era así —lo defendió ella. —¿Que no era así? —abrió los ojos al límite de su incredulidad—. ¿Has perdido la memoria o estás loca? ¡Papá siempre ha sido así y ha ido a peor, de los arrebatos del comienzo a lo de ahora! Sigue ciega si quieres, pero esto... —su expresión mostró el desagrado que la visión le producía—. Cada vez es peor, ¿no te das cuenta? ¡Va a matarte! —No digas tonterías. —¡Va a matarte! —quiso sacudirla para que lo entendiera. —Tu padre... —¡Mi padre es una bestia! —¡No, no! —mezcló el grito con la desesperación, aterrorizada más por lo que estaba oyendo o por la idea de que fuese cierto que por la certeza de su estado—. ¡Tu padre es un hombre como todos, con sus problemas, la vida...! —¿Y tú qué? —No he sido la mujer perfecta —gimió. —¿Pero qué estás diciendo? —Siento que le... he fallado... tanto —la emoción amenazó con ahogarla. —¿Encima va a ser culpa tuya? —se horrorizó él—. ¿Estás loca o qué? —¡Marcelo! —¡Loca, sí! ¿Vas a tragarte toda esa mierda de la autocompasión y el flagelo? ¿Culpa tuya? ¿De qué? ¿Y cómo le has fallado, dime? ¡Eso es lo único que saben decir todas las que acaban en el hospital, o muertas, en primera página de los periódicos de toda España, y con los maridos suicidados! ¡Joder mamá, que es así! Ya no logró hacerla reaccionar. Se envolvió en un estado catatónico, aplastada contra la almohada y llorando con la boca abierta, sin hacer el menor ruido. Una prolongación de su oscuridad interior. Marcelo volvió a sentir toda aquella impotencia. Repetida siempre. —Voy a llamar al médico —se hundió en sí mismo. Su madre se revolvió como impelida por un resorte. —¡No! —Mamá, puedes tener algo interior. —¡Estoy bien! —sus ojos reflejaban la alucinación de la que era víctima. —¡Lo que no quieres es denunciarle, ni que un médico dé el parte o te vea así! —¿Cómo... voy a denunciarle? —se asustó más que si fuera a recibir una nueva paliza. —¡Te va a matar! —se lo dijo de nuevo. —¡No digas tonterías! —apareció de un remoto lugar su carácter de madre—. ¡Unos golpes no matan a nadie! —Por Dios, mamá... ¿te estás oyendo? ¿Te das cuenta de lo que dices? Estás ciega como lo están todas las que tragan y tragan, y aguantan y aguantan. ¡Tienes que denunciarle o aquí habrá una desgracia! ¿Quieres que lo haga yo! —¡Marcelo, ni se te ocurra! —le agarró por un brazo, furiosa—. Es tu padre... —¡Sólo lo fue un minuto, mientras se corría en ti, y probablemente ni eso! La bofetada fue dura, enérgica. Un ramalazo de furia materna. Tuvo que hacerle daño en la mano, porque se lo hizo a él en la mejilla, desguarnecido, cogido de improviso. Los dos se quedaron muy quietos. Arrepentida ella, consternado su hijo. Marcelo cerró los ojos. Tardó unos segundos en ponerse en pie. —Voy a avisar a la señora Agustina —suspiró rendido. —No, por favor. —No voy a quedarme aquí, como un gilipollas, y además he de salir. No puedo... —su gesto fue desabrido y agotado—. No quiero dejarte sola, ¿vale? Ni sola ni en casa. —Estoy bien. —Voy a llamarla. —Pero es que siempre la molestamos... —Hoy pasarás la noche en su piso. Sabes que no tiene a nadie y que no le importa. —Ya no volverá —musitó la mujer. —No lo sabes. —Siempre que pasa esto se va y no vuelve hasta mañana. —Siempre que pasa esto —Marcelo movió la cabeza de arriba abajo. —Hijo... —pareció a punto de romper a llorar una vez más. —Ya, mamá, ya —agotó el último argumento. Se dirigió a la puerta de la habitación, renunciando a su mano extendida en busca de una caricia, en busca del perdón por la bofetada. Cuando salió del alcance de su vista se dio cuenta de que mientras su corazón y su mente estaban al rojo, sus piernas temblaban.
EL POEMA DE MARZO
Las puertas del cielo
Soy mitad ángel mitad demonio Soy el hombre que perturba tus sueños Soy el ser al que has dado la vida Llamando a las puertas del cielo Mientras cierro la del infierno Soy el día y soy la noche, pero más el amanecer Y más aún el crepúsculo de fuego Ardiendo en tu horizonte desnudo Porque estoy en todos tus anocheceres Metido en tu cama de luces
Soy calor, soy luz, soy rayo de tormenta Soy tu fuerza teñida de Arco Iris Soy la mano que te da la compañía Gritando a las puertas del cielo Mientras escapo silencioso del infierno Soy una parte de agua y otra de tierra Una de aire y el resto de brasas vivas Calentando tu espíritu en secreto Nunca volveremos a temblar de frío Con el amor quemándonos el alma
Soy el tiempo que nos queda Soy tu amor hecho frontera Soy polvo de mil estrellas Viniendo a las puertas del cielo Mientras me olvido para siempre del infierno Soy tu carne y tu ansiedad El placer que nos palpita Y los sentimientos que nos han despertado Justo a tiempo para saber Que nos queda un infinito por vivir y conocer
Las puertas del cielo La puerta del infierno Extremos de una misma cuerda He transitado tantas veces por ella Funámbulo desesperado Que ya no sabía si iba o venía Hasta que me diste tu mano
EL POEMA DE FEBRERO
Soy
Soy un hombre escondido en mi sombra, quieta espera Atravesado por vacíos silenciosos, noche entera Soy un hombre de paciencias infinitas, corazón de plata Desbordado de ternuras vivas, que el tiempo mata
Soy un hombre plantado en una maceta, que mira Volando sin alas muy alto, por lo que aspira Soy un hombre que camina de espaldas, el payaso Buscando horizontes nuevos y soñando, por si acaso
Soy un hombre cargado de emociones, sin gastar Viviré mil años y después caeré, volviendo a empezar Soy un hombre de esperanzas eternas, mientras exista No dejaré que me alcancen nunca, será mi conquista
EL CUENTO-POEMA DE DICIEMBRE Y ENERO
CON LO SENCILLO QUE ES
Gynzpfy llegó en su plateada cápsula de metal Traía consigo todas las estrellas del infinito Y la luz de mil soles incrustada en sus cinco retinas —Ha sido un viaje fantástico —dijo—. Un viaje alucinante. Zompftze se fundió suavemente con él Tuvieron una inmediata descarga erótica —¿Dónde has estado? ¿Qué has visto? —preguntó ella. Sus antenas vibraban con emociones abiertas —He estado en Himzbwy, en RK-9 y en Aaz, y también en un lugar llamado Tierra. Allí había personas como nosotros, como tú y yo. Zompftze penetró en su ordenador mental Allí vio los recuerdos y las imágenes —Qué extrañas criaturas —suspiró divertida. —Quería traerte una como regalo, pero lo dejé Son seres químicamente inestables, ¿y sabes lo peor? La nave se enfriaba en el jardín de plástico El hogar era confortable y desprendía volutas de paz Gynzpfy esparció sus moléculas por el espacio —¿Qué es lo peor? —quiso saber Zompftze Tocó un rayo de luz. Se bañó en un fragmento de tiempo —Son unos locos primitivos —dijo él—, se pasan la vida buscando la felicidad. Ella cambió de color, se deshizo y volvió a reconstruirse Mientras sus generadores la hacían reír —¿Y qué hacen cuando no la encuentran? —Se mueren y desaparecen, ¿no es estúpido? Zompftze lo envolvió y tuvieron otra descarga —¿Así que todavía no lo han descubierto? —No —dijo él relajándose en un azul intenso. —Debe de ser triste, ¿no te parece, cariño? —Comenzaron a vivir al revés, eso es todo. Dejaron lo más importante para lo último. Zompftze movió sus terminaciones elásticas Abrió una alacena de cristal y cogió las píldoras —Con lo sencillo que es —pensó reflexiva. Y le dijo a Gynzpfy—: ¿De qué color la quieres? Él sonrió con su cavidad ventral, un momento —Hoy la quiero verde —escogió. —Yo la tomaré rosada —prefirió ella. Tomaron las píldoras. Afuera se había hecho la oscuridad La felicidad comenzó a hacer su efecto maravilloso —Ven —dijo Gynzpfy—. Tengamos una descarga más Y pasaron la larga noche de un millón de tiempos Haciendo el amor llenos de felicidad.
EL POEMA DE NOVIEMBRE
SUITE DE LOS PUENTES (Una historia de amor de cada día)
Primer Puente
Fíjate, le dije a mi imagen en el espejo. Todos tenemos dos ojos pero no son iguales. Uno de nuestros ojos ríe mientras el otro llora. Uno de nuestros ojos miente mientras el otro le canta a la verdad. Uno es feliz y el otro parece preocupado. Basta con poner un papel vertical sobre la fotografía. O separar las dos partes de una cara. Fíjate, le dije a mi imagen en el espejo. Si pongo otro espejo la mitad de mi cara es distinta de la otra mitad. Entonces, ¿quién soy yo? Y mi espejo no me contestó. Así que levanté el puente, el puente que separa mis dos ojos, mis dos mitades, mis dos aspectos, y volví a ser yo mismo. Ningún puente te permite llegar. Ningún puente te cruza a un lado desconocido. No hay puentes para unir risas y lágrimas. Ni siquiera los hay entre tus ojos Tú eres el horizonte y yo quien necesita llegar hasta ti.
Segundo Puente
Al bajar a la calle estabas en mí. En mi pensamiento, mi gravedad, mi miedo. Seguí pensando en el espejo, pero también en tu llamada. Los extraños mensajes de nuestra conversación. ¿Por qué será que le temo al amor? Alguien dijo que la pasión destruye. Es posible que te conociera. Hay una gran distancia entre los dos y ningún puente capaz de salvarla, a menos que juntos nos encontremos a mitad de la corriente y dejemos que sea ella quien nos arrastre hacia lo más profundo. Pedimos la paz en mitad de cada guerra. Buscamos la guerra en el aburrimiento de la paz. Dime, sombra inquieta en mi pensamiento, ¿puedes darme más amor que lágrimas? ¿Valdrá la pena desafiar al tiempo y jugar al filo de lo imposible? Hay muchos puentes por salvar pero el primero siempre es el primero. El más importante, el más duro. ¿Dónde podemos encontrarnos tú y yo? ¿Construimos el puente o nos perdemos olvidando la tentación de tenernos? Te quiero porque eres prohibida, pero mis manos ya han construido demasiados puentes y siguen estando vacías.
Tercer Puente
Había tanta luz en nuestro primer día. Aquella mirada. Aquella atracción, suspendida en el tiempo. Supimos que era inevitable. Dimos el primer paso. Quedamos flotando en una esfera. No hizo falta un puente. Dimos un salto. Nos encontramos empujados por el miedo. Luego, el amor nos hizo concebir la distancia. ¿Es un sueño? Quisiera tener aquel puente hecho canción. ¿Recuerdas? Un puente sobre aguas turbulentas. ¿Pero cuál de mis ojos miras? ¿Que mitad de mi cara ves? ¿Es la que ríe o es la que llora? Necesitaríamos mil puentes para salvar todas las distancias, y es tan duro el primer paso. Vamos, pon un cristal, un espejo en mitad de mi cara. Deja que te dé mi sonrisa a cambio de tu corazón.
Cuarto Puente
¿Y tú? También ríes y lloras. Hay un largo, largo puente, llamado edad, recelo, nostalgia. Siempre cogido a contratiempo. En el momento de tocarte por primera vez, de sentirte y acariciarte, el puente se hizo quebradizo. Hoy temo que se convierta en vacío. Mi paz hace todos los caminos, pero tu guerra abate todos los puentes. ¿Por qué son siempre destruidos? Escucha. Bastaría con trenzar una senda en el cielo, que fuera sólo tuya y mía. Encerrarnos en una urna de cristal. Parece tan estúpido hablar de amor. Parece tan ridículo permitir que los sentimientos nos conmuevan. Necesitaríamos mil vidas y la esperanza de poder compartir una sola. Hay demasiados laberintos y muy pocos puentes. Si pudieras recorrer los caminos de mi soledad, llegarías hasta el último puente. El último paso. La última esperanza. Si pudieras venir hacia mí no haría falta ningún puente. Si pudiera llegar a tenerte no haría falta soñar.
Quinto Puente
Todo ha sido hermoso. He vuelto a casa navegando por calles oscuras y mundos cerrados. Paso a paso. Puente a puente. Recordando. Vivir es la quimera de toda ilusión. Nunca sabemos si es bastante, si es suficiente. Amar sigue doliendo. Esta es nuestra historia. Este es nuestro sueño. Espera, deja ese recuerdo quieto antes de que me asome al espejo y descubra que mis dos ojos mis dos mitades, están llorando, o sonriendo, o ambas cosas, o... Mañana volveré a buscar otro puente para decirte que te quiero.
EL POEMA DE OCTUBRE
Volveremos
Volveremos a creer Volveremos a luchar Volveremos a saber Volveremos a confiar Sólo es un poco de tiempo, vida mía Un poco de tiempo que se nos va Perdido entre toda la fantasía En este camino hacia el Más Allá Volveremos si deseamos existir Y moriremos si no nos importa morir
Volveremos a pensar Volveremos a querer Volveremos a ganar Volveremos a entender Sólo es una idea feliz, dulce amor Una idea feliz que nos lo pone fácil Esquiva entre todo este rencor Que hace de nosotros algo tan frágil Volveremos si deseamos resistir Y moriremos si no nos importa morir
Volveremos a tener Volveremos a esperar Volveremos a correr Volveremos a dar Sólo es una esperanza, corazón Una esperanza que nos permite la grandeza Flotando entre cielos de ilusión Y con las manos llenas de entereza Volveremos si deseamos vivir Y moriremos si no nos importa morir
CAPITULO 3 DE "LAS FRONTERAS DEL INFIERNO", EDITADA POR SM EN SU COLECCIÓN ALERTA ROJA EN SEPTIEMBRE DE 2007
Octavio, el hijo del primo de su padre, tenía un año más que él, diecisiete. Llevaba seis años en España y apenas si se acordaba de cuando jugaban juntos en Quito. Era como si en el pasado ya se hubieran formado las primeras lagunas. El tiempo adquiría nuevas formas y dimensiones. De lo que sí se acordaba era de que Octavio, por ser mayor, siempre había sido el jefe, y de que él le seguía a todas partes como un corderillo, a veces incluso metiéndose en líos y problemas. Líos y problemas que siempre caían sobre sus espaldas. —¿Cómo va el jet lag? —Bien —fue sincero. —Vamos, te mostraré el barrio, para que sepas por donde moverte. —¿Ahora? —El lunes empiezas a trabajar. Tienes dos días. No es mucho para ponerte a punto, ¿no crees? Esto no es Quito. No, no era Quito. Ni siquiera había una montaña que utilizar como punto de referencia, como su Panecillo, con su impresionante vista sobre la parte colonial de la capital. —Está bien. Su madre estaba en la escalera, hablando con otras mujeres, integrándose. Ellas le preguntaban cosas del país que había dejado atrás, y ella por su parte les preguntaba cosas del país que tenía por delante. Era una conversación a seis voces en la que se mezclaban opiniones, consejos, recuerdos, risas... La presencia de los dos jóvenes hizo que dejaran de hablar un momento. —Me llevo a Tasio a dar una vuelta. —Qué alegría que estés aquí, Octavio —suspiró la mujer—. Así no se sentirá solo ni desubicado. —Pues claro. Bajaron por la escalera. Del rellano les llegaron los últimos comentarios. —¡Que guapo es su hijo, Coralita! —¡Arrasará! ¡Las muchachas se lo disputarán en cuanto le vean! —¡No, no, para mí Lucecita, yo le hablo! La tormenta de risas los despidió. Ya en la calle, Octavio le pasó un brazo por encima de los hombros. Tenían la misma estatura. —Lo primero será ponerte ropa adecuada. —¿No voy bien? Octavio echó a andar hacia su izquierda, guiándole con la presión de su brazo. Tasio lo miró de reojo. La camiseta amplia, muy amplia, los pantalones bajos, muy bajos, con las perneras rozando el suelo, las zapatillas deportivas aparentemente nuevas, los gruesos collares colgando de su cuello, los diversos anillos en las manos, la cadena con la llave de su piso, los tatuajes visibles en los brazos, con imágenes de Jesucristo, una corona de espinas, una serpiente enroscada... Y el pañuelo verde en la cabeza. —Has venido en una buena época —le dijo Octavio—. La primavera y el verano son estupendos, mucho calor. Luego llega el tiempo triste, el otoño, y para cuando descarga el invierno... —se estremeció. —Mi padre dice que a veces la temperatura llega a menos de cero grados. —Y nieva. Esa sí es toda una experiencia. —No sé si sabré acostumbrarme al frío —reconoció él. —Primero es duro. Hay que dormir con mantas, que pesan y te aplastan. Hay resfriados, a más de uno se le ponen los dedos como salchichas por los sabañones, oscurece muy temprano... Luego te acostumbras —se encogió de hombros—. Uno se acostumbra a todo, y esto está bien. Si eres listo puedes hacerte el amo, y ganar mucha plata. —¿Cómo? —Bueno —alargó la e y se encogió de hombros por segunda vez—. Hay que verlas venir, y adaptarte, y saber escoger el momento... Ya sabes. No, no sabía. Pero no se lo dijo. El dinero que su padre había enviado aquellos cinco años fue muy importante, para mejorar, pagar deudas, tener una vida digna, comer, estudiar... Sobre todo estudiar. Allí la palabra sonaba extraña. —Te voy a mostrar nuestro saludo —Octavio se detuvo y le cogió la mano derecha—. Primero cierras el puño y se lo ofreces al que tienes delante. Él hace lo mismo y entrechocáis los nudillos tres veces. A continuación unís los dedos índices, tirando con fuerza, y para terminar pones el brazo así, con el puño a la altura del pecho, y lo cierras haciendo un gesto de fuerza. —¿Y para que necesito conocer ese saludo? Octavio reemprendió la marcha. Su tono era de lo más familiar. —Esta noche o mañana te presento a los demás, te cuento dónde nos vemos, qué hacemos para pasarla bien, dónde bailamos... Y en cuanto pueda y me den permiso, te llevo con nuestro grupo. —¿Grupo? —Nosotros lo llamamos grupo. Los demás banda. Da lo mismo. Son los hermanos. Habrás de afiliarte —le dijo Octavio con la mayor de las naturalidades. —Espera, espera —se detuvo en seco en mitad de la calle—. ¿Tú eres de una banda? —Todos nosotros lo somos, primo. —No vine a España para eso —lo miró con gravedad. Octavio alzó las cejas. Primero pareció sorprenderse, después molestarse. Finalmente cinceló en su rostro del color del cobre una sonrisa cómplice. —Tú no sabes, Tasio. —Sé lo suficiente. En Quito ya tuve algunos problemas. —Conozco la historia, tu valor. Pero allá es distinto. Aquí somos extraños, y si no estamos unidos, si no defendemos a nuestras mujeres y hermanas, es como aceptar la sumisión y la derrota. —¿De qué derrota hablas? No estamos en guerra. —Nosotros, la Nación Latina, no lo estamos —concedió Octavio hablando despacio—. Pero los otros sí. No somos violentos, te lo digo. Somos diferentes a las demás bandas. Pero si no nos defendemos vienen ellos y ¡pum!, ¿entiendes? Por eso la formamos y nos llamamos así. Si no formas parte de algo estás solo, y si estás solo no existes, estás muerto, eres un blanco fácil. Vamos, ven —le tomó del brazo y lo arrastró unos pocos metros, hasta un escaparate delante del cual se detuvieron—. ¿Qué ves? —A ti y a mí. —No somos blancos, somos mestizos, y lo seremos siempre. Podremos trabajar, salir adelante, casarnos y tener hijos acá, pero seguiremos siendo lo que somos, con este aspecto. Fíjate en ti. Tasio estudió sus facciones, menos indígenas que las de Octavio, con la piel mucho más blanca que la suya aunque no del todo. Era la imagen que cada día le transmitía el espejo. —Eres guapo, primo —le hizo notar Octavio—. Aquí te comerás a muchas hermanitas. Pero no te engañes. Tu aspecto no es europeo. Para ellos —abarcó el mundo en general abriendo los brazos— siempre serás un emigrante, un ser inferior, de tercera clase. No puedes ganarte el respeto tú solo. Necesitas a los hermanos. Necesitas al grupo. Y eso es lo que somos nosotros —su voz se pobló de orgullo al pronunciar las dos palabras finales—: Nación Latina. Tasio se apartó del escaparate. Octavio no reaccionó hasta que hubo cubierto media docena de pasos. —Todo se te hace raro, ¿verdad? —volvió a pasarle el brazo por encima de los hombros—. Bueno, te adaptas rápido. No hay problema. Tómate tu tiempo aunque... —¿Qué? —lo apremió al ver que se detenía. —Si te matan tendrás toda la eternidad, pero para arrepentirte —puso punto final a su alocución Octavio.
CAPITULO 1 DE "RADIOGRAFÍA DE CHICA CON TATUAJE", PUBLICADO POR LA GALERA EN OCTUBRE DE 2007 EN SU COLECCIÓN EL CORSARIO
Nunca había estado en una cárcel, y hasta el aire era un prisionero más. —¿Me deja el DNI? Se lo entregó al funcionario. Lo examinó como si fuera el primero que viese en su vida. —Su abogado ha concertado esta cita —casi se vio obligada a decir Carla. —Sí, claro. Una estupidez. Se calló. Mejor no abrir la boca. El funcionario tomó finalmente nota de su número y le entregó una credencial. —Póngasela a la vista —le recomendó—. Y siga las instrucciones de los guardias en todo momento. —De acuerdo, gracias. Era un hombre de mediana edad. Aun así, su mirada la desnudó. O tal vez fuese por ello, porque allí no se veían mujeres, y menos como ella, ni mayores ni jóvenes, salvo las visitas. Carla se sintió amargada. Las miradas de los hombres mayores siempre la atravesaban. La mayoría tal vez tuviese hijas de su edad. —Acompáñeme —el relevo también la trató de usted. Se movió igual que un autómata. Mejor dicho, la guiaron. Pasó de mano en mano mientras el eco de sus pisadas resonaban por aquellas paredes vacías y desnudas. Cada puerta que se abría lo hacía con estruendo, y al cerrarse expandía el tono metálico de sus goznes y sus hierros por doquier. Sólo faltaba el sonido de las cadenas, como en los viejos chistes en los que se veía a los condenados con ellas y una bola de hierro, para que no escaparan. Escapar. Carla quiso hacerlo. Siguió caminando. Llegar hasta allí no le había sido fácil. Ahora tenía que verle. Saber. —Espere aquí —le dijo el último guardia. Esperó, nerviosa, con las manos unidas y apretadas al máximo. Tuvo unos incontenibles deseos de orinar, de pronto, y eso la hizo sentirse más ridícula. Orinar en la cárcel. Ni loca. ¿Y si no había un lugar donde las visitas pudieran hacerlo? Se acercó a la ventana enrejada, para distraerse, y al otro lado descubrió un patio atiborrado de reclusos, de todas las edades pero mayoritariamente jóvenes. Estuvo a punto de gemir. Se llevó una mano a la boca y lo abortó. Tuvo que mordérsela. Se le antojó un purgatorio, ni siquiera un infierno, sólo un purgatorio repleto de almas perdidas. Hombres que esperaban, hombres que morían un poco día a día. Nunca como hasta ese momento había valorado más el concepto de la libertad. Y él estaba allí. Carne de presidio. Escuchó el ruido a su espalda y se volvió. Diego entraba por la otra puerta acompañado del mismo guardia que le había dicho a ella que esperase. Trató de ser fuerte y a duras penas lo consiguió. El aspecto de su novio no era el mejor. No estaba para tirar cohetes. Su estatura, su buena imagen, todo lo que la había enamorado y seducido, quedaba ahora oculto bajo una pátina de oscuridad y depresión. Las bolsas bajo los ojos, un par de kilos menos, el cansancio, el fantasma del miedo... —Siéntate —le ordenó el guardia. Curioso. A él le trataba de tú. Era un reo. A ella en cambio de usted. Y se dio cuenta de que allí, su cabello rubio, su esbeltez, su sensualidad, incluso la misma ropa con la que se había vestido para que él la viera guapa, eran como una burla. Un cisne entre cucarachas. No dijo nada. Esperó. Sólo sostuvo la mirada de Diego. Parecían haber pasado mil años. —Señorita —el guardia le mostró a ella su silla, al otro lado de la mesita que iba a separarles. El tiempo ya corría en su contra, así que le obedeció. No supo si podía cogerle las manos. Ella las dejó sobre la mesa. Diego sí lo hizo. Se estremeció. —Carla... —Hola —se sintió muy cansada. —¿Cómo estás? —Bien —se encogió de hombros. —Gracias por venir. —¿Por qué me das las gracias? —No sabía si querrías. Le dije a mi abogado que necesitaba verte, por encima de todo. Sólo a ti. —Ya estoy aquí. —Carla, escúchame —bajó la cabeza, buscó las palabras. Tenía mucha labia, sabía hablar, embaucar, formaba parte de su encanto. Pero allí era otro. Allí era un cuerpo más, con la mente desnuda—. Quería que me miraras a los ojos... ¿Sabes. Quiero decir que... Le apretó tanto las manos que le hizo daño. Ella las miró. Los dos tenían las manos bonitas. —¿Lo hiciste? —le ayudó con un nudo en la garganta. —¡No! Más que una respuesta fue un salto, un alarido desesperado surgido de lo más profundo de su ser. El tapón que liberó su rabiosa espuma. —Vale —suspiró Carla. —¡Has de creerme! Si no me crees tú, ¿quién lo hará? ¡Los demás me dan igual, tú no! —tragó saliva y se aferró más a ella—. ¡Soy un imbécil, lo sé, y no te merezco! ¡Mierda, eso también lo sé! ¡Lo único bueno que tengo eres tú y no quiero perderte! Si no confías en mí no me queda nada, ¡nada! —Siempre es igual, Diego —su voz sonó muy débil—. Cada vez me dices lo mismo y ahora... Se dio cuenta de que había dicho siempre, y sólo llevaban un año. Siempre. —Es la verdad —jadeó él quebrándose a la velocidad de la luz—. Más que nunca, es la verdad, mi amor. Yo no lo hice. ¿Piensas que puedo matar a alguien, y menos a...? No pudo decirlo. —Llevo todos estos días en estado de shock —musitó ella—, debatiéndome entre lo que quiero creer y lo que todos dicen, entre lo que sé y lo que no sé. Ahora mismo te miro y... —Créeme. —Los periódicos dicen que ella tenía tu semen. Diego apretó las mandíbulas y cerró los ojos. —¿La violaste pero no la mataste? —¡No la violé! —reaccionó con tanta furia que Carla dio un respingo—. ¡Lo hicimos, sí, pero no la violé y ni mucho menos la maté! La atravesó el dolor. De lado a lado, de arriba abajo. El dolor invisible del alma al resquebrajarse. La sensación le llegó al estómago, a los pulmones, a la mente. El estómago se le descompuso de golpe, los pulmones se quedaron sin aire, la mente se puso a dar alaridos en silencio. Despacio, muy despacio pero con firmeza, retiró sus manos. Diego trató de retenerlas pero no pudo. Carla las escondió bajo la mesa —Lo siento... —gimió él. —¿Qué pasó? —Si hubieras estado conmigo en lugar de estudiando... —¿Qué pasó? —¡Nada! ¡Fue una tontería! Se levantó dispuesta a irse. Diego la atrapó saltando desde el otro lado. El guardia les lanzó una mirada de desconfianza, presto a interrumpir su charla. —Por favor... Se sentó de nuevo. Y le miró fijamente. —No sé lo que pasó —se reclinó hacia atrás—. Por más que lo intento recordar todo... —¿Qué tomaste? —Unas cervezas... —Diego, la verdad —bufó agotada. —Un par de pastillas —suspiró. —Joder, tío... —Estábamos todos y... ¡Vale, mierda, de acuerdo! ¡La cagué! ¡No me presiones más de lo que ya estoy! —Sigue. —Los periódicos... —Cuéntamelo. Se resignó por última vez. —Me fui con Gustín, de marcha. Era nuestro primer aniversario y no quise quedarme en casa. Te lo dije. Te dije que si no salías lo haría yo. —En plan venganza, para castigarme. —¡No! —se desesperó—. Pero quería pasarlo bien, eso sí. Gustín y yo nos fuimos de colegas, estuvimos en el bar de Paco, en el Diorama... Allí aparecieron Quique y Nando. —Los 4 Jinetes. —Bebimos unas cervezas. Las pastillas llegaron después. Fue Nando el que se encontró con ellas, Gabi y Sole. Las conocía de vista. Empezamos a tontear... —se mordió el labio inferior—. Una cosa llevó a la otra. —Acabaste en tu casa, en tu cama, con ella. —Nos acostamos, nada más —desgranó agotado—. Cuando me desperté Gabi ya estaba muerta. —Me juraste que si un día tenías una historia, algo como esto, aunque no me lo dijeras, no correrías riesgos y usarías un condón. Diego tocó fondo. Ya no dijo nada. —¿Y el sida, por Dios? ¿Y si pillabas algo y luego...? En la calle y con 20 años era un hombre. Allí se le antojó un niño. Muchos decían que ella era más mujer a punto de cumplir los 17 que él a su edad. Carla se levantó de golpe. La bofetada estalló como un trueno seco. Fue dura, fuerte, rabiosa. Pero la que se echó a llorar después fue ella, antes de derrumbarse en la silla y de que el guardia se acercaba para decirles algo, tal vez que ya era la hora.
EL POEMA DE SEPTIEMBRE
Debido al éxito del poema en catalán “T’estimo”, este mes publicamos otro poema de Jordi en esta lengua, "Estic fet de mitges llunes" (Estoy hecho de medias lunas). Hay traducción en el foro de Jordi: <http://elforo.de/foroficialjsif/viewtopic.php?p=3072#3072>.
ESTIC FET DE MITGES LLUNES
Estic fet de mitges llunes i voldria estar fet de llunes plenes per omplir la joia de la vida del meu vell i vençut cos ple de bocins de mitges llàgrimes. Em sento incomplert Moltes vegades desert Tinc un cel ple de mitjos estels i una ànima plena de mitges esperances Floten mil imatges que em donen mitges realitats perdudes però, en canvi, tinc tots els dubtes Estic cobert de mitges ones i mitges pluges em banyen la cara Tinc mitges nits per omplir després de mitjos dies blancs Tantes meitats em fan sentir nu i altres tantes em fan perseguir mil possibilitats de mitges felicitats Em sento mig buit, mai mig ple Em tremolen mitges ànsies amagades darrere els colors de mitjos desitjos frustrats He tingut massa mitjos amors per fer un sol amor complert i he perdut en mitges morts les hores de la meva soledat M´han robar una mitja vida uns i m´han censurat mitja vida altres Tinc totes les meitats de mi mateix tancadas dins la meitat del meu cor i tinc massa ànsies que em dolen flotant a l'altra meitat Estic sempre perseguint la llum i la perdo encegat per ella Podria morir després de mig camí i viure després de mig exili I podria estar i tot content Podria ésser inmensament ric Però tantes meitats em fan petit ridícul, quasi estrany Dec ser mig home buscant mitjos somnis dins d'un món que flota al mig del meu infnit? Tinc completes coses que no vull: La por, l'egoisme, la mort i em falten totes les meitats que voldria per ser del tot feliç Estic mig cansat Estic mig despert Estic mig perdut I a mig camí de mi mateix Estic fet de mitges llunes i voldría estar fet de llunes plenes.
EL POEMA DE JULIO Y AGOSTO
Cantos del Tiempo en el Día y la Noche
I - Tiempo
Tiempo, Tiempo que me atas me persigues me atrapas me vences me dominas y me olvidas en la estela de tus Días y tus Noches
II - Día
Hoy quisiera que el Día fueras tú Amanecer en tu parpadeo y creer que los soles de tus ojos me dan el calor Despertar en tus brazos y saber que las nubes de tu cielo están pintadas Y quisiera ser tu cama y tu almohada tu mañana y tu sonrisa Cada gota de tu ducha lamiéndote la piel formando senderos húmedos en ti y saltando en el vacío de tu paz Después mirarías por la ventana y verías el mundo a tus pies mientras un "te quiero" y un beso te devolvían a la realidad de mi deseo Cada Día es una puerta Cada Día abre una esperanza Hoy quisiera volar hasta la tuya porque la mía es un anuncio por palabras impreso en el periódico de mi voz Hoy, mañana, todos los Días Contando el Tiempo hasta el momento en que volvamos a tender nuestro puente a través de la distancia Pero hoy es hoy, por las horas de sus horas, amén y quisiera que cada hora fuese una Juntos, a la espera de un milagro De Día soñamos la Noche De Noche perdemos el Día Como condenados por falta de delito Mis Días están llenos de palabras Los tuyos de lluvias de otoño Mis Noche son muy largas Las tuyas saben a leche y miel Pero hoy quisiera que el Día fueras tú Pintada de primavera y vestida de amor Con el viento en tus cabellos y la tormenta en tus sentidos Mano suave, labio rojo, pecho en calma, sexo abierto Mía a través del imposible que rechazas Tuyo por la fuerza del deseo Si cada Día es vida y vivir es pasión ¿que nos detiene al filo de la calma? Si cada Noche es promesa y prometer es dar ¿que nos impide el calor de esa fantasía con la que poblar nuestra sorpresa de luces? Escucha, ¿no oyes cantar al Día? Atiende, ¿no sientes la locura de tu sangre corriendo como un cometa en tu ser? Hoy es el Día y todos los Días Esperame, aunque llegue mañana Hoy es el Día y la hora y el todo en el que aguardaremos la Noche Nuestra Noche cantada de estrellas con una cama en la Luna y el amor tras la ventana El último Día para la primera Noche Coge mi mano, espera Tiendo mi cuerpo, aguarda Mi siento como un niño el 6 de enero descubriendo que el todo está en mis manos Hoy quisiera que el Día fueras tú pero más que fueras la Noche llamándome, buscándome, teniéndome hasta romper con la catarsis del recelo Es de Día y canto Anochece y me sobrecoge el murmullo De Día la Noche es quimera De Noche el Día es olvido Dime, forma suave de mi ansiedad ¿esperamos un primer paso o nos encontramos en mitad de ese destino? Quizá el Día sea yo y tú la Noche poblada de sueños Daría mi voz para que mi grito te alcanzara Pero sólo soy un susurro ¿Podrás oirme? ¿Querrás oirme? Acaba el Día y comienzan los temores Te siento y me sientes al llegar la hora Te quiero Y quisiera que la Noche fueras tú Dormir en tus ojos y creer que los soles de tu paz están abiertos Mecerme en tus brazos y saber que las nubes de tu cielo son la vida De Noche, de Noche Justo al morir el Día
III - Noche
De Noche los sentidos son turbios y las distancias largas Cualquier distancia Hay un millón de emociones en mis manos pero sólo una sensación en mi espíritu Un millón de posibilidades y esperanzas pero sólo un camino me lleva a ti Necesito un minuto para tocarte una eternidad para tenerte Besar la esquina del Tiempo por el que te alejas Necesito llegar a saber mi horizonte mientras conozco tu presencia o tu ausencia, llena de mi Si estoy en tu pensamiento la próxima vez llena mi esencia Una hora no basta al final, sino al comienzo Una hora no basta nunca, pero vive Masticaremos el miedo despacio Para los dos siempre será un misterio Vamos, mujer de claroscuros Si has arrancado de mi ser la paz dame la guerra que me haga romper Y si has puesto en ti la ilusión deja que cubra tu alma de estrellas Los dos temblaremos pero así es el amor Todas las veces son una primera vez Vamos, niña de soles y luces de las lunas y sombras vengo tendiendo una mano de armonía Tengo la huella de tus labios en mi piel y el calor de tu mirada en mis huesos Si bastara no te pediría más Si fuera necesario te daría mi aliento Pero hoy te grito y te busco confundiendo el deseo con tu imagen El tiempo no se detiene, empuja Nos hace burlas y sonríe Empezamos una y otra vez Nos encontramos de Día, suaves y nos despedimos de Noche, turbulentos Vivimos cortas vidas de horas y momentos llenos de presencias que nos mantienen La próxima vez no vamos a soñar ni a esperar ni a ver ni a temer Llevamos un Amanecer en cada vibración Por la luz de tu rostro o el calor de tu sexo el rojo de tu orgullo o el eterno confín de tus ojos de Arco Iris en los ilimitados límites de los sentidos Nos basta con mirar a la Luna Siempre está llena para nosotros Desde cualquier rincón de nuestro Universo Vamos, mujer de fuerzas y enigmas la ansiedad pone frenos en tu camino Detente y déjame cruzar tu puerta ahora que tu ya estás en mi umbral No es mi miedo, sino tu frontera lo que nos aprisiona en la tormenta Tengo demasiados recuerdos pintados en blanco para hacer del tuyo uno más No es tu promesa, sino mi valor lo que deberías liberar Tienes demasiadas voces baldías en tu memoria para olvidar que la mía es sincera Cuando subas a mi quisiera que tiembles Cuando baje a ti me verás llorar Cuando nos encontremos bastará una vez Sólo necesitaremos saber y comprender Saciarnos de respuestas cómplices Porque algún Día será todo lo que tendremos La llave de nuestra historia infinita No quiero que el tiempo nos alcance sin haber abierto todas las puertas y cruzado todos los puentes Aunque nos basta sólo una puerta aquella que es tuya y es mía abierta con la llave de nuestros sentidos colgando del alma Lo intentamos, ¿recuerdas? Pero perdimos la voluntad sin resistencia Ya no basta con pensar que fue un sueño Porque somos inmortales dentro de él Esta Noche y todas las Noches llena de turbios sentidos y largas distancias cruzaremos todos los márgenes y haremos el amor Mañana será otro Día, o tal vez no Eso será lo primero que discutiremos al despertar y lo primero que sabremos al recordar a través del Tiempo.
EL POEMA DE JUNIO (A petición de muchas fans de esta página, este mes presentamos un poema de Jordi en catalán: "T'estimo" (Te amo). Podéis jugar a interpretarlo pero hay traducción en el Foro de Jordi, <http://www.elforo.de/foroficialjsif/viewtopic.php?t=474>)
T’estimo
T´estimo T´estimo, petita i dolça T´estimo, cor de roure despullat T´estimo, per tot el que ets T´estimo, pero el que m´has donat T´estimo, per que soc teu T´estimo, per que et sento meva T´estimo, per la teva veu T´estimo, cuan em dius que m´estimas T´estimo, amb les mans plenas T´estimo, per la vida que sents T´estimo, per el somnis que em cerquen T´estimo, per cada segón de tendresa T´estimo, ángel del meu cel T´estimo, carregat de paraules encesas T´estimo, per una vida sencera T´estimo, per totes les emocions T´estimo, joia de la meva pau T´estimo, esclat de la meva guerra T´estimo, cridant de sensacions T´estimo, per totes les caricies T´estimo, per tots els teus petons T´estimo, ulls de ametlla plens de sucre T´estimo, mans de plomas delicadas T´estimo, llavis de seda bermella T´estimo, estel de la meva nit T´estimo, llum del meu día T´ estimo ¿Que mes et puc dir? ¿Que mes que no sapigues? ¿Que mes que no hagis vist ja en mi? Que t´estimo I t´estimo, i t´estimo, i t´estimo T´estimo, per tot i mes T´estimo, nomes aixo T´estimo, t´estimo, t´estimo No es masa, pero per a mi ho es tot El que tinc El que et puc donar Si en tinguesis prou... T´estimo
EL POEMA DE MAYO
EN SOLEDAD
A veces digo tu nombre en voz alta y es como si gritara A veces digo tu nombre en voz baja y es como una oración A veces digo tu nombre hablando y es como si despertara A veces digo tu nombre en sueños y se convierte en canción
A veces, a veces, tantas veces Eres como una melodía a flor de piel A veces, a veces, tantas veces tu dulce nombre me sabe a miel
A veces veo tu rostro en el cine y es como si me llamara A veces veo tu imagen por la calle y es una burla del destino A veces veo tus ojos en una puesta de sol y es como si flotara A veces veo tu cuerpo hecho música y sé que eres mi sino
A veces, a veces, tantas veces Eres como un deseo hecho realidad A veces, a veces, tantas veces en tu frontera se pierde mi edad
A veces siento tus labios en los míos y sé lo que es tocar la gloria A veces siento tus manos en mi mente y es como si fuera inmortal A veces siento tu alma en mi ser y se me desvanece la memoria A veces siento tu amor junto a mi y todo se hace real
A veces, a veces, tantas veces Eres como una quimera de bondad A veces, a veces, tantas veces te digo que te quiero en soledad
En soledad
CAPITULO 6 DE "EL ASESINATO DE LA PROFESORA DE LENGUA". EDITADO POR ANAYA EN ABRIL DE 2007
La directora del instituto era una mujer rígida, severa, recia y cuadrada. Y al mismo tiempo era un trozo de pan, de ahí lo de Buena. Mantenía una cierta belleza juvenil, de ahí lo de Bonita. Y vestía con un pésimo gusto, de ahí lo de Barata. A su lado, el jefe de estudios, el señor Valerio, sin ningún apodo porque las iniciales de sus apellidos no decían nada, más bien parecía un palillo sin punta. Alto, delgado, calvo, con ropa que debió de pertenecer a su padre porque era siempre una o dos tallas más grande que él, sus ojillos vivos semejaban los de una grulla. Sus movimientos, casi eléctricos, también. Los dos entraron en clase y, mientras ellos se ponían en pie, les indicaron que se sentaran haciendo un gesto con las cuatro manos. Como si tocaran el piano, o los tambores. La que tomó la palabra fue la directora. Carraspeó, unió los diez dedos fuertemente, a modo de rezo, y tras inspirar largamente les anunció: —La señorita Soledad no ha venido hoy al centro. Eso ya lo sabían, así que la inquietud aumentó. Forma y tono se confabulaban para conferir al momento un deje de lo más dramático. En cuanto a ellos, parecían formar la mejor clase del mundo entero. Ni se movían. Ni respiraban. Espaldas rectas, piernas unidas, brazos sobre las meses. Un ejemplo modélico de comportamiento y urbanidad. Pero es que estaban cagaditos de miedo. La directora volvió a llenar sus pulmones de aire. —Veréis... —empezó a derrumbarse—. En realidad se trata de algo más que eso... —Lo que vamos a contaros debe de ser un secreto, al menos en las próximas horas —intervino el señor Valerio, mucho más sereno y con el ceño fruncido—. Un secreto importante, porque se trata sin duda de algo muy... muy grave. La directora y su jefe de estudios intercambiaron una mirada fugaz. Suplicante la de ella, resignada la de él. —¿Qué le ha sucedido a la profesora de lengua? —no pudo más Ana. Oír una voz salida de alguna parte de delante suyo ayudó a que los dos adultos rompieran el hielo. —No estamos.... muy seguros de lo que haya podido sucederle —manifestó ella. —Hay una total reserva —apuntó él. —¿Pero está bien? —insistió Ana. Hubo un silencio. La directora y el jefe de estudios parpadearon mientras miraban a la chica. —No tenemos ni idea —se rindieron al unísono. Ahora sí, la clase se arremolinó presa del desasosiego. Si no tenían ni idea de cómo estaba era, sencillamente, porque no estaba. Es decir, que cuanto menos la señorita Soledad había desaparecido. Tal vez, harta de ellos, se hubiera ido a dar la vuelta al mundo. O a alguna playa. —Tenemos una... esto... una carta de vuestra maestra. Por decirlo de alguna forma —les comunicó por fin el señor Valerio. —Una carta que voy a leeros —anunció en un tono muy precavido la señora Bienvenida. —Recordad que esto es secreto —insistió el jefe de estudios—. Ni una palabra a nadie. Confiamos en vosotros. Sobre todo porque esto parece atañeros y... bueno, que... La directora extrajo un sobre de su bolsillo izquierdo. Luego las gafas del derecho. Se calzó las segundas y extrajo una hoja de papel perfectamente doblada del interior del sobre. Ya no esperó más y, con voz revestida de gravedad, despacio, como si leyera un testamento, les hizo partícipes de aquella singularidad. —"Hola. Soy yo, Soledad Olmedo Sánchez, la SOS, la profesora de lengua. Os escribo porque quiero que sepáis algo: me he vuelto loca. Oh, sí. Loca del todo. ¿Una broma? Pues no. Enhorabuena. Lo habéis conseguido. Ya no puedo más. Llevo años luchando con vosotros, y cada vez es peor. Cada curso supera en ignorancia al anterior. Como soléis decir, ¡una pasada! Y he dicho basta. ¡Basta! No leéis nada. Odiáis leer. Luego no entendéis ni una palabra de lo que os dicen o de lo que estudiáis, hacéis unas faltas de ortografía flagrantes y dais pena. Autentica pena. No quiero ver más como arruináis vuestra vida. Hacedlo, pero sin mí. ¿Qué queréis que os diga? ¡Os quiero! ¡Sí, os quiero! ¿Tanto cuesta creerlo? Os quiero pero... hay amores que matan. Hoy esto se ha terminado. Mañana iré al manicomio, o a dónde sea. Mañana. Hoy..." —la señora Bienvenida levantó por primera vez los ojos de la carta y los paseó por la estupefacta audiencia. Su mano tembló. Y también su voz al tragar saliva y proseguir la lectura de la singular epístola—: "Os anuncio que hoy, entre las ocho de la tarde y las doce de la noche, asesinaré a uno de vosotros —hizo una pausa dramática para ver el efecto que causaban sus palabras, que fue demoledor—. El elegido o la elegida pagará por todos. Será mi despedida, ¡el gran final! ¡La maestra que se volvió loca y asesinó a uno de sus peores alumnos! ¡Y encima seré una heroína para muchos que desearían hacer lo mismo, aunque espero que no cunda el ejemplo y nadie me vaya a imitar!" —¡Qué fuerte! —balbuceó Fernando. —Haz el favor de callarte, que la carta sigue —impidió que se alzara un remolino de voces el señor Valerio. —"Sólo me detendré —la señora directora le puso mucho énfasis a lo que dijo a continuación—, si alguien da conmigo antes de las 8 de la tarde. Y no estaré en mi casa, por supuesto. Hablo en serio: mataré a uno de vosotros si no me encontráis y me detenéis antes de esa hora. Es vuestra última oportunidad. Para ello tendréis que resolver las pruebas que os daré. Si lo hacéis bien, prueba a prueba, no tendréis problema para juntar las pistas y dar conmigo. Pero sé que no seréis tan listos. Si lo fuerais no habríamos llegado a esto. Aún así quiero ser justa y daros esta última oportunidad. ¡Queridos, queridas, a ver quién es más listo! ¡Ánimo, que el tiempo vuela!". Fin de la carta. Más que de locos... aquello era increíble. Desde luego, la señorita Soledad se había vuelto loca.
EL POEMA DE ABRIL
En una noche tranquila
Esta es una noche tranquila Una de esas noches Ya sabes Rodeado de gentes extrañas En una ciudad perdida Acabo de hablar contigo Tu voz Caricias en mi mente Tus manos en mi alma Una noche más Atados por nuestra cuerda Extremos que se tocan Bueno, es una noche apacible Podría escribir una canción Aunque no sé quien la cantaría No sería Springsteen, ni Cohen No sería Celine, ni Mariah Podría escribir una canción Para cantarla en el silencio Sin música Tu voz está en mi Pero no recuerdo tu aroma Tanto tiempo y sigo ciego Mis sentidos amputados Por la llama del deseo Pareces una ilusión Claro, no existes Estás en mi imaginación En mi última novela Así que esta es una noche tranquila Y a mi me toca dormir Tal vez soñar Soñaré que hablo contigo Para que acaricies mi mente Y tus manos atrapen mi alma Una noche más Un sueño más Esta es mi canción Silencio
EL POEMA DE MARZO
CREO
Creo que me iré a Vallirana a buscar un poco de paz Creo que me iré a Vallirana a buscar un poco de amor Creo que necesito un minuto para tenerme de nuevo a mí mismo Creo que todo cuanto creo está en mi tranquila montaña
Creo que mi espíritu pide esa huella que me habla en susurros Creo que mi voz se alza apretando silencios que huyen Creo que he ganado el premio para hacerle un guiño a la suerte Creo que todo cuanto creo me arropa y me hace camino
Creo que cogeré mi maleta llena de cálidas soledades Creo que escaparé callado porque hoy mi fiebre me empuja Creo que este es el día para probar fortuna de nuevo Creo que todo cuanto creo lo tengo en mi casa del cielo
Creo que me iré a Vallirana a buscar un poco de lluvia Creo que me iré a Vallirana a buscar un poco de viento Creo que necesito un minuto para encontrarme otra vez a mí mismo Creo que todo cuanto creo está en mi tranquila cabaña
CAPITULO 1 DE "LOS DIENTES DEL DRAGON". EDITADO POR SM EN ENERO DE 2007
El hombre apareció en el pueblo como un sombra sólida. Era un poco más alto de lo normal, un poco más grueso, un poco más incierto. Llevaba ropas vulgares pero no era vulgar. Daba la impresión de que trataba de pasar desapercibido, pero no pasaba desapercibido. Se movía igual que una serpiente, es decir, de manera sinuosa. Parecía pasear, pero no paseaba. Parecía estar ocioso, pero sus ojos vivos le delataban. Parecía también una araña dando vueltas en torno a una tela. Y lo era. Yo le vi la primera vez en la plaza, quieto, desprendiendo soles fríos y lunas blancas a través de sus ojos protegidos por unas gafas de sol oscuras. Intuí el vacío de su mirada y me estremecí. Me lo quedé mirando unos segundos, por la novedad, pero ese estremecimiento me impulsó a seguir caminando. Le di la espalda ignorándolo y eso fue todo. La segunda vez fue cerca del templo. Anotaba algo en una libreta y observaba las casas. Me pregunté para que querría un extraño estar allí, y para qué querría anotar algo en una libreta. Entonces, como si nuestros pensamientos se sintonizaran, movió la cabeza en mi dirección y me miró. No pude verle los ojos a causa de sus gafas oscuras, pero el estremecimiento de la primera vez se hizo mucho más intenso. Me sonrió. Me atravesó. Su sonrisa era amarilla. Sus dientes negros. Seguí caminando y ya no pude volver a ignorarlo. Por eso la tercera vez me alarmó tanto. Aquella noche, hablando con mi padre.
EL POEMA DE FEBRERO
Fuego
Padre, las flores están ardiendo Algo les sucede a los campos de la vida Puedo escuchar su rugido gimiendo Agonizan llamando a muerte compartida Son la sentencia de un adiós dolorido Que viene para llevársenos a todos Me enseñaste a no caer en el olvido Tiemblo por el amor que barrerán los lodos Padre, el cielo se está abrasando Sobre nuestras cabeza las hordas rugen Mientras las nubes se funden llorando Bajo la roja carga los vientos crujen Es el mismo sol quien teme y se agota Nos quema los segundos en su violencia La furia quiebra esta tierra rota Y ya no hay espada que pida clemencia Padre, mi cuerpo se está quemando No me hace daño, sólo es amargura Es mi origen que se va olvidando Con el silencio final de tanta locura Cada mañana que ya no veré Mata los ayeres que aún me duelen Cada futuro que hoy perderé Se burla de tantos sueños que me hieren Padre, el universo está en llamas Ya no habrá más luces ni primaveras La mano oscura barrerá nuestras camas Segando de fríos aquellas quimeras Ni flores ni cielos, ni vida ni muerte Si pudieras decirme que todo es mentira Esperaría del destino una mejor suerte Hasta que volvieran las paces ausentes de ira
EL POEMA DE ENERO
Todas las mañanas abro la ventana del mundo Todas las mañanas me pongo los zapatos de la ilusión Todas las mañanas me lavo con el agua de la vida No importa que anoche estuviera nublado, o lloviendo A veces me duele que te acostaras sin decirme «te quiero» Pero yo también estaba muy cansado para soñar Todas las mañanas pienso que hoy el día será mejor Todas las mañanas te acaricio con mi mente y beso tu aliento Todas las mañanas deseo que al anochecer me des tu calor Y sin embargo las sábanas se enfrían rápido al levantarnos La vida ha dado muchas vueltas dentro y fuera de nosotros Mientras el amor se llenaba de paz y nos cerraba los ojos Todas las mañanas son días llenos de preguntas Todas las mañanas son respuestas llenas de dudas Todas las mañanas están llenas de suspiros tras los silencios de la noche Y aún tenemos la esperanza de que todo lo que fuimos vuelva Aún nos queda ese cariño que el tiempo no borrará jamás Aún reímos sabiendo que los dos somos uno más allá de la razón
CUENTO DE NAVIDAD PARA DICIEMBRE 2006 (INEDITO)
La presencia de Jaime en la entrada del salón, quieto, silencioso, hizo que sus padres dirigieran toda su atención hacia él. Estaba muy serio. —Yo creía que la Navidad se celebraba en todo el Universo —dijo. Papá y mamá parpadearon. Jaime les tenía siempre alucinados. Apenas si alzaba dos palmos del suelo pero era inquietantemente lúcido, despierto, vivo, y con una imaginación... Cuando preguntaba algo o se interesaba por un tema, era porque le estaba dando vueltas a la cabeza. —Bueno... —carraspeó papá—. A fin de cuentas... —Es una festividad de todo el mundo, sí —intentó ayudarlo mamá. Jaime les dirigió una de sus miradas de “Vaya-pues-sí-que-ayudáis”. No se quedó nada convencido. Optó por dar media vuelta y volver a retirarse en silencio. Papá y mamá no supieron muy bien qué hacer. —Está en la edad —mencionó él. —Es increíble la de cosas que pregunta —suspiró ella. Continuaron leyendo el periódico uno y arreglando los regalos de Navidad otra, bajo el gran árbol que dominaba el salón con su inequívoca presencia. La casa respiraba paz. Tanta, que dejaron de hacer lo que hacían, inquietos, llenos de paternal desazón, a los pocos instantes. —Este último mes... —frunció el ceño mamá. —Sí, desde que se inventó todo eso de los slu... slugr... Primero, la palabreja no le salía. Pero a continuación se quedó mudo de pronto porque Jaime volvía a estar allí, en la puerta de la sala, con su misma carita seria y concentrada. —Slurgis —le ayudó el aparecido. —¡Oh, sí, claro! —sonrió él. —Y no saben lo que es la Navidad. Hubo un leve silencio. —¿Qué? —preguntaron casi al unísono. —Que los slurgis no saben lo que es la Navidad. En su planeta no la conocen. ¿No es asombroso? —Vaya con los slugr... slurgs... slurgis —logró decir papá. Jaime seguía serio, más aún, preocupado. —Vosotros decís que nadie debe quedarse sin celebrar la Navidad, ¿verdad? —Pues claro, hijo —dijo ella llena de dulzura. —Es la fiesta más hermosa de todas las fiestas —aseguró él. —Todo el mundo debe vivirla en paz y amor, con la familia o los amigos —concluyó su mamá. —Siempre ha sido así —concluyó su papá. —Vale —pareció aliviado Jaime—. ¿Puedo invitarles? —¿A los...? —ya no intentaron decir el nombre. —Por favor... —era algo más que una súplica, el tono se revestía de mucha intensidad emocional. —Claro, Jaime —estuvo al quite mamá al ver su carita de pena—. Invítalos, hijo. Faltaría más. El niño salió a la carrera, feliz. —Que cosas se le ocurren —reflexionó su padre, impresionado. —Seguro que nos sienta a la mesa a unos muñecos. Continuaron con sus cosas, el periódico, los regalos de la familia. En alguna parte se escuchaba música. Villancicos, claro. Se respiraba el ambiente de paz y amor propio de las fechas. Tanta paz... —Voy a ver —mamá se dirigió a la puerta, incapaz de concentrarse. —Te acompaño —la apoyó su esposo. Para algo eran padres. Sentían una extraña desazón. Abandonaron la sala, caminaron por el pasillo, entraron en la habitación de Jaime. No estaba allí. —El desván —indicó ella—. Estos últimos días se pasa el tiempo ahí arriba. Subieron la escalerita, en silencio. Se oían unas voces curiosas. Asomaron la cabeza a ras de suelo, primero una, luego el otro. Ya no pudieron continuar la ascensión. Se quedaron paralizados. En medio del lugar, apoyado sobre su base, vieron el platillo volante, no muy grande, como de medio metro de diámetro y abollado en un punto de su circunferencia. El agujero por el que parecía haberse colado quedaba justo a un lado de la pared. Y no era reciente. Pero el platillo volante no era lo más sorprendente. Lo más sorprendente era la pareja de bichos, o lo que fueran, que estaban sentados en el suelo, con unos cascos llenos de antenitas que vibraban y emitían ondas de colores. Medían poco menos de un palmo, tenían tres piernas y cinco manos, dos ojos y una boca enorme en relación a la cabeza. Eran incluso originales y cómicos. Por lo visto los cascos servían para traducir idiomas, porque su español era muy fluido. —...así que los dos soles y las tres lunas de Slurgia son muy bonitos —decía uno de ellos en ese instante. La presencia de los aparecidos no pasó desapercibida. Los extraterrestres dejaron de hablar. Jaime miró hacia sus padres. Nada se alteró en él. Ni siquiera le sorprendió verlos allí. Sonrió feliz y, con una enorme sonrisa, se limitó a decirles: —Papá, mamá, ellos son slupif y slupan. Y no sabes lo contentos y emocionados que están de pasar su primera Navidad en la Tierra después de que les haya explicado su significado. En lo primero que pensó su madre fue en si a los slu... lo que fuera, les gustaría el pollo.
© Jordi Sierra i Fabra 2004/2006
A PETICION DE NUMEROSAS Y NUMEROSOS FANS, QUE CUANDO SE INICIO ESTA SECCIÓN AUN NO VISITABAN ESTA WEB, RECUPERAMOS ALGUNOS DE LOS POEMAS APARECIDOS EN LOS AÑOS ANTERIORES.
EL POEMA DE NOVIEMBRE
IMPARIDADES SENTIMENTALES (Numerario romántico para una cita)
Un poema para una primera cena Tres horas de un tiempo nunca suficiente Cinco roces que te robaré en silencio Siete miradas prendidas de tu alma Nueve besos aunque algunos ni los sientas
Una noche para soñar a tu lado Tres te quieros para arrancarte un "tal vez" Cinco suspiros cargados de sueños rojos Siete caricias jugando a mil quimeras Nueve abrazos para sentirte muy adentro
Una esperanza llena de futuro Tres promesas como pactos en el tiempo Cinco gritos si te rompieras al amarme Siete vidas las que necesitaría para darte Nueve canciones cantadas en tu Paraíso
Un amor sin que el tiempo nos alcance Tres deseos aunque bastara con uno Cinco sueños para cubrirte de estrellas Siete pasiones desbordadas en la cima Nueve poemas tan desnudos como este
PROLOGO DE "LA PÁGINA ESCRITA", EDITADA POR EDICIONES SM EN SEPTIEMBRE DE 2006 (MÉTODO SIERRA I FABRA PARA JÓVENES ESCRITORES)
PROLOGO DIFÍCIL, PERO CLARO Y CONTUNDENTE, PARA UNA EXPERIENCIA VITAL
No hay un método para escribir. No existe un manual. Cada escritor, en sí mismo, es un mundo aparte, un ente único, diferente, que se guía por instintos, fuerzas incontrolables, pasiones, fiebres y arrebatos mientras se alumbra con el sol de su propio universo. Y hablo de escribir, no de ser profesional o aficionado. Sólo escribir. Pasar horas, días, semanas, meses y años delante de un folio, pluma en mano, o sentado frente a un ordenador, es algo difícil de explicar y analizar, algo que va más allá del placer o la vocación. Escribir es la soledad máxima, y por contra, la compañía global. Tú y tus personajes. Es la libertad. Y la libertad no admite métodos ni manuales. Entonces, te preguntarás qué diablos tienes en las manos. Es una buena pregunta. No lo sé. O por lo menos no estoy seguro de saberlo. No he querido escribir un método o un manual. Sólo intento explicar lo que pienso, lo que siento, y lo que creo que es para mí mismo el arte de escribir. Alejandro Jodorowsky dice que si eres (o te sientes) afortunado, si la vida te ha bendecido con un don (o crees tenerlo), debes compartirlo con los demás, y regalar incluso parte de ello sin esperar nada a cambio. Supongo que yo lo hago a través de mis novelas, pero durante años de charlas en colegios, escuelas superiores o universidades en España y Latinoamérica, hablando de este tema y respondiendo a las inquietudes de quienes sienten de alguna forma esa llama en su ser, me he dado cuenta de que lo que más les interesa de mí es saber cómo escribo. Y responder a ese “cómo” no es fácil. Por esta razón me he arriesgado a ponerlo todo aquí, es decir, a responder esa pregunta y “escribir de cómo escribo”. Compartir mi experiencia con otros candidatos a plumífero también es una forma de llevar aquello que más amo hasta las últimas consecuencias, habida cuenta de que no soy, ni me siento, un maestro, profesor, erudito o intelectual capaz de disertar sobre lo divino y lo humano de la literatura. Cuanto sigue es mi propio universo creativo puesto en solfa, la forma en que trabajo, la manera como funcionan mi sistema y mis neuronas, lo que pienso, lo que me parece importante, lo que siento al plantearme o escribir una novela, un relato o un cuento, y con ello tratar de ayudar, echar una mano para que tú, lector, y tú, lectora, deshagas el nudo gordiano que puedas tener. Y he dicho novela, relato o cuento. Aquí no voy a hablar de poesía, porque esa es otra página con palabras mayúsculas. Más que un "escritor", siempre me he sentido un novelista, un narrador. A veces digo que hay una energía flotando y un público esperando, y que yo estoy en medio, la capto, la convierto en palabras y la conduzco a ese público, a modo de filtro u ordenador capaz de haber dado con su piedra filosofal. Voy a tratar de explicar cómo resolver problemas, cómo crear personajes, como elaborar diálogos, y por supuesto hablaré de la forma en que yo escribo, que es la mía, no la de García Márquez ni la de Saramago o Delibes. Sólo la mía. Técnica, estilo, ritmo, estructura... y guión. Muchos amigos míos me repiten que ellos no podrían escribir con mi manera de trabajar. Y lo mismo me sucede a mí con relación a la suya. Estos escritores (hablando en términos mayoritarios) son los que tienen una idea, unos personajes, y con esto inician una historia. Los dejan actuar y moverse libremente, de manera que ellos conducen el relato y el escritor les sigue mientras va tecleando y tecleando. Y es un método tan bueno como cualquier otro sí les funciona y se sienten cómodos con él. Mi sistema no puede ser más opuesto: hago un guión lo más elaborado posible, y no comienzo a escribir la novela en su versión definitiva hasta que ese guión es un bloque homogéneo y sin fisuras. Elaborando el guión lo pruebo todo, diez, veinte caminos, me detengo, sigo, pienso, corto, tacho, investigo, imagino cada escena como si fuera una película que tengo en la mente. El resultado es que al escribir el libro tengo su control, conozco a los personajes porque soy su padre y su madre, yo los he parido, sé cuántas páginas de extensión me alcanzará la historia, conozco su ritmo, sus secretos, he creado el estilo más adecuado. “Sólo” hay que escribirlo. Por lo tanto, este es MI sistema (Sistema es una palabra más lógica que Método), ni mejor ni peor. Una forma de trabajar tan propia como lo es la suya para cada autor. No voy a dar fórmulas mágicas ni a desvelar nada que cualquiera, con tranquilidad y tiempo, podría hallar por sí mismo. No voy a descubrir nada nuevo, tenlo por seguro. Hablaré de lo que sé y de la manera en que sé explicarlo, con honradez y respeto. Si al terminar de leerlo todo he conseguido aclararte algo, me sentiré satisfecho y honrado. Si puedes aprovechar en tu beneficio aunque sólo sea un pequeño tanto por ciento de lo que sigue, sonreiré feliz. Alguien me dijo al hablarle de escribir este libro: “Los magos no revelan sus trucos al público”. Pero yo no soy un mago. Todos los libros citados en esta obra (así como los fragmentos y/o capítulos reproducidos a lo largo de sus páginas, títulos o meros ejemplos literarios), han sido escritos por mí en los últimos años, desde mi debú profesional en 1972. No hay pues referencias a otros autores o novelas atendiendo a lo expuesto hasta ahora. Sólo puedo explicar lo hecho por mi mismo según ese sistema del que he hablado. Y me consta que algunas de mis teorías son muy opuestas a las mayoritarias y muchas de mis normas son objeto de debate (cuando no de enfrentamiento directo). Así que creo que esto las hace únicas. Una última advertencia para navegantes: voy a hablar del “escritor” en abstracto, en neutro, como queráis llamarlo, refiriéndome tanto a masculino como a femenino, para evitar pasarme todo el libro diciendo el/la escritor/a o buscando construcciones afines. Y esto es una demostración de las muchas decisiones que el escritor debe tomar al encarar cada una de sus obras. Hay muchas preguntas y ha de encontrar la respuesta adecuada para cada una, y si no la encuentra, ha de arriesgarse y lanzarse con la que mejor le parezca de acuerdo con su instinto. ¡Ah, el instinto! (ya salió la palabra). Gracias a todos los chicos y chicas (y no tan chicos ni tan chicas) que en estos años me ha obligado-impulsado a escribir este libro. Feliz viaje.
Jordi Sierra i Fabra, 2006
PRIMER CAPITULO DE "GAUDITRONIX", EDITADO POR EDICIONES EDEBÉ EN SEPTIEMBRE DE 2006
El pasadizo estaba desierto. No sabía qué hacía allí, ni cómo había llegado, pero eso era ya lo de menos. Conocía el peligro. Unas veces entraba por la puerta principal, sin poder resistirse a su influjo, y otras, simplemente, ya estaba dentro, en cualquiera de aquellos niveles espectrales. Unas veces caminaba por lugares que ya recordaba de ocasiones anteriores y en otras, como la presente, todo era nuevo. Mismos riesgos, espacios distintos. Miró los arcos, las paredes. Ninguna línea recta. Un mundo de curvas y contracurvas hecho de piedra por una mano inquieta e inquietante. Habría sido hermoso de no ser por lo que contenía. La primera vez, antes de que los monstruos le atacaran, incluso pensó que era un bello sueño. Después... la pesadilla. Tanteó una pared. Más allá divisó una ventana. Sabía que era inútil asomarse a una porque al otro lado no había nada. Nunca había nada. El vacío más absoluto. Ninguna salida salvo despertar, pero no siempre lograba despertar, y menos a tiempo. Antes de que la tortura le empujase al dolor, la ansiedad, el miedo. Pasó cerca de la ventana, le echó un vistazo a aquella nada que cambiaba de colores y en el recodo se encontró una puerta. Una más. Sabía que servía de poco dar media vuelta, así que respiró profundamente y la abrió. Al otro lado la decoración cambiaba de pronto, y también conocía aquello. La Casa de los Mil Ojos. Puertas y ventanas de formas grotescas, capaces de abrirse o cerrarse sin más, y de moverse, como si sus marcos fueran de chicle. Llegó al centro de la estancia y entonces... sucedió. Por las puertas aparecieron dragones. Por las ventanas salamandras. A miles. Se abrieron de pronto y lo inundaron todo. Así que ya estaban allí. Hiro echó a correr. Ellos eran más, y más rápidos. Nunca podía correr bastante. El miedo se volvió pánico, porque sabía lo que venía a continuación. La única vía de escape era a través del Pasadizo de las Columnas, a cuyo término se alzaba la Gran Telaraña. Necesitaba... —¡Armas! El bokken apareció en su mano derecha, el jo en la izquierda. En el cinto notó la presencia del tanto. Ya no iba vestido con su ropa normal. Llevaba su hakama. Trató de hacerles frente. La filosofía aikido no servía allí. ¿Cómo convertir la energía de sus agresores en su fuerza para derrotarles? Ninguna defensa podía derrotar a un ejército de salamandras y dragones. Y menos sus armas de madera. Con el bokken logró mantenerlos a raya unos segundos. La larga espada que en el aikido se usa sin la guarda del puño los detuvo apenas unos segundos, hasta que los más osados dragones y las más belicosas salamandras atravesaron su débil defensa. Entonces utilizó el jo, el bastón corto, de un metro y veintiocho centímetros de largo. Un dragón le mordió el brazo, soltó el bokken. Intentó sacar el tanto, el cuchillo. Una docena de salamandras le subía ya por las piernas. —¡No! —gritó Hiro. No le hicieron daño. Sólo le desarmaron. Las tres armas de madera quedaron desmenuzadas. Después le derribaron al suelo y le rodearon expectantes. Las salamandras eran de vivos colores, como si estuviesen hechas de cristales. Los dragones parecían de hierro. Sus ojos despedían frío. Aleteaban enloquecidos empujándose unos a otros. Ya no pudo luchar. Incluso le tiraron del pelo para que mantuviera quieta la cabeza. Se hizo un extraño silencio. Y de alguna parte surgió él. El Hombre Sin Rostro. —Hiro... No tenía cara, no tenía nada, no tenía más forma que aquella superficie ausente de rasgos, y sin embargo era lo más horrible que jamás pudiera recordar. Sus invisibles ojos eran crueles, sus labios sonreían con ironía. Podía intuirlos. No es necesario ver el horror para tenerlo presente. Aquello era sin duda lo peor. La ausencia que al mismo tiempo lo era todo. —Hiro... —repitió como si aspirase su alma, con una voz que surgía de las profundidades más lóbregas de su inquieta presencia. Otra voz pronunció su nombre. —¡Hiro! La buscó, pero no estaba allí. Estaba al otro lado del sueño. Tenía que luchar contra El Hombre Sin Rostro, y abrir los ojos. Era el punto decisivo. —No siempre podrás volver —susurró El Hombre Sin Rostro tan cerca que casi podía olerle, aunque no olía nada. —¡Hiro! —volvió a gritar la voz del otro lado. Le zarandeaban. Le movían. Y no eran los dragones ni las salamandras. Unos y otras habían desaparecido. Sólo quedaba El Hombre Sin Rostro. Escuchó su risa flotando en mitad del vacío de su cara espectral. —¡Hiro! Y despertó.
EL POEMA DE VERANO
ELEGIA # 1
No importa por qué estás vivo: estás vivo No importa por qué vives: vives No te preguntes qué haces aquí: haz algo No importa lo que tienes, sino en qué lo empleas
No importa quién eres, sino qué eres No Importa cuanto hagas, sino por qué lo haces No te preguntes si lo mereces, gánalo No importa cuanto vales, sino si vales algo
No importa de dónde vienes, sino a dónde vas No importa a dónde vas, sino ir a alguna parte No importa a qué parte llegues, sino llegar No importa llegar, sino hacerlo bien
El mundo está lleno de gentes sin rostro Caminando a ciegas al margen del camino Todos deberíamos romper los espejos En los que buscamos reflejarnos desesperadamente
¿Que se siente al poseer el alma de un hombre? ¿Puedes ver el el límite de su frontera? ¿Cuantas veces deberás repetirte que tú eres tú Y que todo el universo está en tu mente?
Todas tus distancias están en mi Pero quisiera que la mía fuese proximidad Cierra la puerta del adiós para darme tu bienvenida Vende una ilusión para comprar un sueño
¿Cuantos amores hacen falta en tu piel Para que sepas qué es el amor? Las manos del viento arrancan destellos En el cuenco de plata abierto en tu sima.
Si los pájaros no están libres de las cadenas del cielo, ¿Cómo huir nosotros de la cárcel de la tierra? Todos los amores del mundo brillan como cien mil soles Y tú tienes la edad de la dulce esperanza
He vivido dentro y fuera de la felicidad Y sé muy bien de qué color es Mis alas nunca me han hecho volar bastante alto Que las tuyas no lleguen a quemarse con el sol
Este es un largo, muy largo camino Sin veredas, sin descansos, sólo horizonte Despegamos hacia la muerte al nacer Sin vuelta atrás, todo hacia adelante
Sigue moviéndote con el mundo, no te pares El tiempo que se pierde es el peor olvido El ordenador grita todos tus sueños Y yo soy el punto de partida, no la Gran Meta
Métete en mis zapatos y verás mis caminos Mira a través de mis ojos y verás mis sueños Siente con mis manos y conocerás mis orgasmos Vive en mi mente y cantarás mi vida
Quitaos las máscaras del genocidio Esta es nuestra tierra común Gritad por los muertos desaparecidos Cantad por los inocentes que ignoran
¿Has oído hablar de la palabra Libertad? ¿Has oído el sonido de las cadenas? ¿Has creído que todo es mentira? La verdad no es más que un soplo de vida
Creo que todos debemos rompernos Que nadie llegue entero al final del camino Una vida por gastar es tan poco Siente que le has dado algo al mundo
Experiencia es como llamamos a nuestros errores Intenta ser libre y nunca mires atrás Dylan dijo: Que permanezcas siempre joven Yo os digo: Que llegueis a viejos colmados
Amame cuando estemos juntos Olvídame cuando me vaya Siénteme cuando hagamos el amor Mátame cuando me muera
Se siempre fuerte, pero cede Se siempre grande, pero aprende a empequeñecer Se siempre dulce, pero déjate un punto amargo Se siempre hermosa, pero sobre todo por dentro
No vueles en círculos sino en linea recta No cedas bajo ningún viento No te rindas antes de la eternidad No camines por calles sin esquinas
Que la vida te dé sus dones Que la muerte llegue muy tarde Que la vida te dé la paz Que la muerte no sea una guerra
El amor es un fantasma transparente Envuélvete en él y escúpele al odio Perdona siempre a quien hayas amado Y no olvides que un día fue tuyo
Vas de camino, hay muchas paradas Nunca llegues al final sin recordar Aunque tus manos un día se quiebren Que tu corazón mantenga tu norte
No deberías envejecer nunca Pero tu piel no es más que una envoltura Ten siempre la edad de tu risa Dejaste semillas que siempre crecerán
Busca tus cielos dentro de la tierra Nada en mares eternos Vuela sobre fronteras invisibles Camina mirando las estrellas
Enciende tus pasiones cada día Descubre quien eres cada noche Amanece como si fuera la última vez Acuéstate libre de odios
Vive por detrás de la desesperanza Vive por encima del rencor Vive por debajo de la vanidad Vive por delante de tu libertad
Vive por todos los que te han amado
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