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CADA MES, EN ESTA PAGINA, GRATIS Y POR GENTILEZA DE JORDI SIERRA I FABRA, UN POEMA, UN CUENTO, O EL FRAGMENTO DE UNA OBRA RECIEN EDITADA

 
    Queridos amigos y amigas:

    Durante casi 40 años, me habéis regalado vuestra amistad a través de la lectura de mis libros. La mejor forma que tengo de agradeceros esta fidelidad es abriendo esta ventana a través de la cual yo también os podré regalar un poco de mí a vosotros y a vosotras. Como dice el encabezado, cada mes tendréis aquí un avance de alguna novela, un poema... algo con lo que acercarnos más y seguir compartiendo aquello que más amamos, los libros, y toda la esperanza que despositamos en ellos. 
     Gracias y hasta siempre.

    Jordi Sierra i Fabra


   A PETICION DE NUMEROSAS Y NUMEROSOS FANS, QUE CUANDO SE INICIO ESTA SECCIÓN AUN NO VISITABAN ESTA WEB, RECUPERAREMOS DE VEZ EN CUANDO ALGUNOS DE LOS POEMAS APARECIDOS EN LOS AÑOS ANTERIORES INTERCALADOS CON LOS NUEVOS.


    EL POEMA DE ENERO

    Si los pájaros no son libres
    (Poema para Dylan)

Si los pájaros no son libres de las cadenas del cielo
¿Qué pretendemos nosotros en esta cárcel de piedra?
Si las nubes no escapan de su horizonte de hielo
¿Cómo queremos volar sin alas y lejos de la tierra?
No hay límites para las quimeras de una ilusión
No existen fronteras más allá de una razón

Sólo es una idea hermosa
Pero apuesto a que es fabulosa

Si los pájaros no son libres de las cadenas del viento
Nosotros somos prisioneros de los infinitos caminos
Si la lluvia te ciega no te digas a ti mismo "lo siento"
Déjate llevar por el misterio de todos tus destinos
No hay barreras para la fuerza de una sonrisa
No nos detendrán las voces ni la furia de su prisa

Sólo a mí me pertenece
Pero sé que es más de lo que parece

Si los pájaros no son libres de las cadenas de su libertad
Tú y yo estamos condenados a vivir atrapados aquí
Prisioneros de la vida, el amor, la pasión y la edad
Porque todas las respuestas que busco están en ti
No hay distancias para el empuje de una sensación
No hay miedo para lo que te grita el corazón

Sólo es un pensamiento
pero esto es lo que siento


   EL POEMA DE DICIEMBRE

    Mi niña

Mi niña de verano.
Sueño de una noche fría.
¿De qué color son tus caricias?
Mi niña de cristal.
Belleza que me duele.
¿Volveremos a encontrarnos?

Quisiera dibujar el tiempo
en tu rostro de piel blanca.
Pintar tu cuerpo, tu mirada,
hacerla carne y misterio.
Geografía de un recuerdo,
hecha ternura y sentimiento.
Quisiera dibujar tu alma
y guardarla entre las manos.
Cada beso hoy perdido
y mañana reencontrado.
Con tu aliento en mi memoria
y esa noche no vivida.

Mi niña de ojos limpios.
Amor de un momento.
¿Qué poema me lees?
Mi ángel de piel suave.
Historia de un segundo.
Que la vida te acompañe


Capítulo 1 de "Poe", editado por Zorro Rojo en septiembre de 2009


     (25 de noviembre de 1811)

   
Los artistas siempre son pobres.
    Los artistas siempre son únicos, diferentes. Y solidarios.
    Ah, los artistas...
    Para los puritanos eran gente de mal vivir, bohemios, de licenciosas costumbres, y sin embargo necesarios en su esparcimiento. Una ventana al mundo de las sensaciones. Para sí mismos en cambio, envenenados por el influjo de la escena, castigados por penurias económicas, destrozados por giras a través de carreteras infames, mal pagados...
    El nuevo siglo no había cambiado nada. Sólo un dígito. ¿Qué más daba que la primera década del XIX se hallase ya cumplida y anduvieran por la segunda? Ser artista significaba vivir el peligroso perfume de la libertad al precio de la vida. Un par de horas dominadas por la intensidad todas las noches para borrar las veintidós restantes tal vez infames. Eso suponiendo que en esas dos horas hubiera un público, unos aplausos.
    Artistas. Artistas. Artistas.
    Las dos damas contemplaban los carteles de la función en el pequeño teatro, con su reclamo humilde. Las personas pasaban y los leían. O no. Hacía demasiado frío para detenerse. A su espalda, la pensión era todavía más lóbrega. Un nido de ratas. Ratas que, cada noche, sonreían, tomaban sus hábitos escénicos y cumplían con su misión de entretener al mundo.
    Las dos damas reflejaban consternación en sus rostros.
    —Ella no actuará esta noche, ¿verdad?
    —Tal vez quiera hacerlo, aunque sea arrastrándose.
    —¡No puede, en su estado! ¡Se está muriendo!
    —Es tan tercamente joven, veinticuatro años...
    —¡Pero tiene los pulmones destrozados!
    La señora Allan miró a la señora Mackenzie. Pareció no saber qué decir.
    —¿Qué será de esos pequeños?
    —¿El padre sigue sin dar señales de vida?
    —Ni lo hará. Es probable que jamás vuelva a saberse de él. Hace ya más de un año que se fue.
    La sensación de pesar las dominó. Ellas, mujeres de la buena sociedad de Richmond, sentían mucho más que lástima por Elizabeth Arnold, la joven perla de la compañía, tan hermosa, tan indefensa, tan especial.
    Betty había enviudado de su primer marido para casarse casi de inmediato con David Poe, un actor de segunda, hombre de buena familia que le dio la espalda al preferir él la farándula a una vida digna. Habían tenido un primer hijo, William Henry Leonard, un segundo, Edgar, y un tercero, una niña, Rosalie, apenas un año antes. La función de la noche, demostrando el espíritu solidario de los compañeros, siempre ellos, era benéfica. El señor Placide, el director, así lo anunciaba en el periódico, solicitando la asistencia de un público generoso.
    Esta noche no llovía, pero lo había hecho tanto que la malaria, emergiendo de la crecida del río James, causaba estragos en la población.
    La peor noche para un milagro.
    —¡Oh, Dios! —suspiró la señora Mackenzie.
    —Sí, Dios, ya ves —hizo lo propio la señora Allan—. Esa pobrecilla con tres hijos mientras que otras...
    —Quieres al pequeño Edgar, ¿no es cierto? —puso una mano sobre las de su compañera.
    Frances Allan, de soltera Frances Velentine, sonrió con ternura.
    Cuando no se tienen hijos, todos parecen hermosos.
    Pero aquel ángel...
    —Vamos a ver a Betty —propuso—. Quizás podamos ayudarla, procurarle consuelo.


    EL POEMA DE OCTUBRE

     Quiero bailar

Quiero bailar un silencio contigo
y escuchar la música de tus sentidos
Envolverme en tu calor, al abrigo
de tantos fríos vividos
Y dar vueltas al tomarte por la cintura
mientras beso tu sinfonía
enamorado de esta vida tan pura
que me regalas, mi amor, día a día
Quiero abrazarte entre nota y nota
susurrar nuestra canción en tu oído
que sanes y beses mi alma rota
por cada vez que me he perdido
Aspiraré el aire de esta melodía
apretaré tu cuerpo contra el mío
enloqueceré sabiéndote tan mía
y soñaré que volamos por un río
Quiero bailar este silencio de amor
para grabarlo en nuestra memoria
y que nos grite en el último estertor
cuando la muerte cierre la historia
Baila, baila mi ángel del cielo
hasta que sueñes colores
Despierta, despierta, mi dulce anhelo
hasta que cantes amores
Quiero bailar un silencio contigo
Quiero cantar sin medida
Quiero que grites conmigo
que me amarás toda una vida


Capítulo 1 de "La isla del poeta", editado por Siruela en septiembre de 2009.

  
Fue la primera visión de la isla lo que le acabó de robar el aliento.
Un punto lejano que fue acercándose a ella desde la distancia abierta en aquel mar tan súbitamente plomizo y airado.
—¿Es esa?
El pescador sumió en ella su ya habitual mirada de ojos cansinos.
—Sí, señorita. Esa es.
Ya no había otra, y se dirigían recto a su encuentro.
Estudió aquella mancha todavía difusa, apenas un promontorio oscuro en mitad del horizonte. Parecía redonda, pero sabía que no lo era. Parecía muy pequeña, pero sabía que era mayor de lo imaginado aunque resultase igualmente diminuta. Y parecía perdida.
Muy perdida.
La había estudiado en Google Maps, acercándose al máximo a su contorno en forma de habichuela. Conocía su perfil, la ubicación del pueblo, el embarcadero, las playas, la casa...
La barca capotó al chocar con una ola más encrespada que las demás. Un golpe brusco, seco. La fina llovizna levantada por el impacto le azotó el rostro, lo mismo que un vaporizador refrescante. Apenas si cerró los ojos un instante. Quería embeberse de todo, especialmente del camino.
Allí estaba su Ítaca personal.
Y ese camino quizás fuese lo más importante.
Desde la salida de Cartagena de Indias, a lo largo de aquella hora y media, habían rebasado ya varias islas, algunas grandes, otras relativamente pequeñas, y muchas convertidas en meros islotes sobre los que se asentaban singulares construcciones de madera. Casas sin puertas o sin ventanas, libres, extraordinariamente singulares. Su visión desde el mar les confería un aspecto inquietante, misterioso, y también sorprendente. Era como si se hubiera producido una inundación y a ras de aguas sólo quedaran las edificaciones más altas, porque desde lejos la base no era visible. Algunas se sustentaban únicamente sobre un puñado de rocas. La imagen resultaba insólita por única. Y no se trataba de una o dos, sino de muchas.
Muchas personas viviendo aisladas.
Realmente aisladas.
—No todas están habitadas siempre —le había dicho su guía a través del mar—. Algunas pertenecen a hombres ricos de Cartagena de Indias, o de Bogotá. Otras se alquilan, o venden.
Comprar una isla.
Un nuevo golpe. No sabía si el viento que azotaba su rostro era producido por la carrera de la barca, impulsada por su motor, o si se trataba del viento que preludiaba la tormenta. La bóveda que la cubría era amenazadora, pero todavía no se había oscurecido tanto como para ser negra del todo. Eran nubes hermosas, densas. A lo lejos, a su izquierda, sí llovía. La cortina de agua bajaba en diagonal hacia la superficie del mar. Como si sintonizara con su pensamiento, el pescador miró al cielo, cada vez más oscuro, cada vez menos luminoso, cada vez más sombrío.
Su rostro era severo.
—Se lo dije, señorita.
—Sí, ya.
—Una hora más y no habríamos podido llegar.
—¿Tan feo se va a poner?
—Sí.
—Parece como si aquí nunca fuera a pasar nada.
—Pues ya verá —movió la cabeza de arriba abajo con vehemencia.
Estaba allí, con la isla recortándose en el horizonte. Aunque los cielos se abrieran, estaba allí.
Era la única razón a la que atendía su embotada mente.
Se le aceleró el pulso.
—Sújetese —la previno el barquero por tercera o cuarta vez.
Lo hizo. Se aferró a la barca con mano de hierro, pero no dejó de mirar en dirección a la isla. No llevaba chaleco salvavidas. Aquella no era una embarcación turística. Aseguró la mochila entre sus piernas y la protegió un poco más. Si llovía daría igual, acabarían empapadas, mochila y ella, pero ahora de lo que se trataba era de impedir que las gotas que la salpicaban, los bandazos del agua o la espuma levantada por la quilla de la barca la mojaran aún más de lo que lo estaba haciendo.
Las olas crecían, igual que si una mano invisible las agitara por debajo.
No habló en los siguientes minutos, a medida que se acercaban a la isla.
Lo hicieron por el sur, por la parte más delgada de la habichuela. El pueblecito quedaba justo al otro lado, al norte. La embarcación enfiló la parte izquierda para rodear aquel contorno arbolado y ella casi suspiró, como si el detalle fuese importante. La casa quedaba de ese lado, próxima a una playita apenas vista desde el aire, por lo menos según la toma de Google Maps. La vegetación formaba una tupida masa verde, cerrada, como si los árboles y las plantas se disputaran cada metro cuadrado del lugar. Las palmeras, agitadas por la brisa de la tempestad que se avecinaba, dejaban que sus palmas se estremecieran lánguidas siguiendo la dirección del viento.
Una vez había estado en el Caribe, y el sonido de las palmeras estremecidas por el viento se le antojó música celestial. Pasó horas bajo ellas, mecida por su magia.
Palmeras igual que aquellas.
La isla quedó a unos metros, finalmente.
Apenas unas brazadas.
En la orilla el mar si era azul. Pasaba del tono oscuro al verde esmeralda que rodeaba la isla y alcanzaba la tierra convertido en un intensa transparencia del color del cobalto, o del cielo en un día luminoso. Un azul que invitaba a la zambullida, porque pese a la inminencia de la tormenta el calor era fuerte, pegajoso y húmedo.
¿Quién podía olvidar la sensación paradísiaca que transmitía el sueño caribeño?
El corazón le latió con fuerza de pronto, al verla por primera vez.
La casa.
Recortada entre las palmeras de su pequeña playa, los árboles del interior y la vegetación caótica y exuberante que lo dominaba todo.
Era de madera, no muy grande, cuadrada, simple y carente de lujos. Tan vieja que parecía abandonada. Las ventanas estaban cerradas, probablemente a causa del viento. No divisó la puerta hasta unos metros más allá, tan cerrada como ellas. Ningún movimiento.
Sí, parecía muy vieja.
Y sobre todo solitaria.
Hizo la pregunta, sólo por curiosidad, por conocer la respuesta del hombre que la guiaba hasta su destino a través del mar. Y también para romper el silencio interior y escuchar su propia voz.
—¿Quién vive ahí?
—Nadie.
—¿Nadie?
—No, nadie. Pero no se acerque.
—¿Por qué?
El barquero se encogió de hombros.
—No se acerque —se limitó a insistir.
No le respondió.
Volvió el silencio.
La casa quedó atrás, oculta por la vegetación. La barca rodeaba la isla por la parte más larga, la que formaba el lado convexo de la habichuela. El viento debía de azotar por el otro lado porque allí las aguas estaban más calmadas.
Finalmente, pese a que el tiempo había dejado de contar desde el instante de ver su destino, las primeras construcciones del pueblecito se hicieron realidad frente a sus ojos iluminados.
Fin del viaje.
La barca aminoró su velocidad.



    EL POEMA DE JULIO

     Claroscuro

Claroscuro
De luz quebrada, furia,
en la plenitud del ocaso.
Muro que gime,
revienta,
y se pierde en el silencio,
vivo,
tuyo, mío.
Perfil de sombras huidizas.
Misterio,
de tu aliento en mi boca,
vertiendo imágenes cálidas,
en mi mente
olvidada.


    EL POEMA DE MAYO

     Tu boca

Esa brasa que es tu boca,
abrasa.
Me toma con tu lengua hecha de amor,
me inunda cada poro de la piel,
moja mi alma y la hace tuya.
Esa brasa húmeda de carne generosa,
hermosa.
Devora mis labios y los derrite,
muerde mi tierra desnuda,
lame mis dientes hambrientos.
Esa boca, tu boca, mi boca,
deja que la penetre
con mi aliento.

(Battery Park, Nueva York, 11 de mayo de 2008)


Capítulo 1 de "Juego, set y partido", editado por Destino en marzo de 2009.

    Aterrizó en el vestuario tan de prisa que casi resbaló y fue a empotrarse contra la pared. El suelo estaba mojado y sus zapatillas deportivas actuaron de deslizadores. Logró mantener el equilibrio y cuando se dio la vuelta, cargando con su bolsa de deporte, se encontró con la mirada de todos los demás. Burlonas, serias o incluso sorprendidas las de sus compañeros. Profundamente enfada la del entrenador.
    Sergio se mordió el labio inferior.
    —Hola —trató de quitarle importancia al tema.
    Pero la tenía.
    —Cámbiate —le ordenó Ezequiel.
    —Sí, señor —intentó darle la pertinente explicación—: Es que...
    —Cámbiate —le cortó el hombre—. Luego hablamos.
    Su tono no admitía dudas ni réplicas. Mejor callarse y hacer lo que le decía. Ezequiel era un buen tipo, duro con ellos pero también afable y comprensivo. Tenía sus rarezas, sus técnicas, su peculiar modo de ver y entender la disciplina, pero en cualquier caso solía ser justo. Lo importante, repetía una y otra vez, era el equipo.
    El equipo.
    Se sentó en uno de los bancos y empezó a ponerse el uniforme mientras el entrenador daba las últimas instrucciones al resto.
    —Como os estaba diciendo, ellos juegan con un sistema 4-3-3, igual que el Barça. Conozco a su entrenador muy bien, de la partida de dominó que hacíamos hace años, y es un tipo estupendo al que le falla la estrategia. Tiene jugadores muy buenos delante, sobre todo el 7 y el 9, pero falla atrás. Y es que un 4-3-3 es genial si sabes defender, y claro, los del Torpedo no son el Barça. Cuando atacan, dominan, se confían y se desequilibran en defensa. Si robamos la pelota y salimos como cohetes, les pillaremos en bragas. Los laterales no tienen coberturas, los centrales han de acudir en su apoyo abriéndose. Así que tú y tú —señaló a dos de los centrocampistas, los más ofensivos—, vais a hacer la presión de Dios es Cristo para pillarles en mayoría. Y vosotros dos —señaló a dos de los delanteros—, estad atentos porque a la que la tengamos ya os podéis poner a correr. Como si llevarais dos misiles en el trasero.
    Dejó de hablar para ver si sus instrucciones estaban siendo asimiladas por los chicos.
    Alguno miró en dirección a Sergio.
    Cuando Ezequiel había dicho “tú y tú” señalando a los delanteros, le había ignorado a él.
    De forma clara.
    No iba a jugar.
    Sergio bajó los ojos y continuó vistiéndose. Los pantalones azules, la camiseta roja con el número diez a la espalda, su número, las medias, las botas, las espinilleras...
    —¿Alguna pregunta?
    Nadie abrió la boca.
    La última instrucción fue para el portero del equipo.
    —¡Y tú vigila las pelotas aéreas, no te confíes! ¡Si no lo ves seguro, de puños, y a los laterales, no al centro!
    El portero titular asintió con la cabeza.
    Entonces sí, el entrenador sonrió.
    —¡Venga, vamos, salid al campo y disfrutad, fieras, que os los coméis aunque vengan con esa aureola de equipo imbatible! ¡Y recordad que el empate no nos vale!
    Iniciaron el camino de salida de la caseta en la que se cambiaban, todos a una.
    —Tú espérate, Sergio.
    Soltó un pequeño bufido de agotamiento. Creía que bastaría con que le apartara del once inicial. Pero no. Tocaba filípica. Se resignó y bajó la cabeza a la espera de la tormenta.
    —¿De dónde vienes?
    —Es que mi madre...
    —Sergio...
    —Pero sí...
    —Sergio...
    No podía mentirle. Después de todo se sabría igual.
    —¿Has jugado un partido?
    Silencio.
    —¿Lo has jugado? Y no me mientas. A mí no.
    —Sólo me he entrenado un poco y se me ha complicado la... bueno...
    —Y por eso llevas veinte minutos tarde. Justo lo que viene a durar más o menos un set —se cruzó de brazos y soltó un bufido de sarcasmo antes de agregar—: ¿Has ganado?
    —Dos a uno —se rindió él.
    —Vale. Ya puedes reunirte con los demás.
    Se levantó del banco y, con la cabeza gacha, enfiló la puerta del pequeño vestuario hecho de enormes tobas grises.
    Sin prisas, casi arrastrando los pies.
    Después de todo no iba a jugar.


    Capítulo 1 de "El quinto cristal" tercera parte de la trilogía "Las hijas de las tormentas", editado por Edebé en febrero de 2009.

    En Varanasi, la antigua Benarés, las callejuelas que conducían a los gaths y al Ganges eran laberínticas. Formaban un estrecho, estrechísimo entramado de retorcidas sendas con angostos tramos en los que a veces el paso de dos personas se hacía de lo más difícil. Por si fuera poco, había tiendecitas y la vida se hacía en el exterior más que en el interior. Mujeres sentadas, trabajando o no, niños jugando, hombres cargando bultos de un lado para otro porque allí no había otra forma de transporte, hordas de turistas yendo y viniendo para ser testigos del gran milagro de cada día, la salida del sol y el baño ritual de miles de indios en los gaths dispuestos a purificarse, los mendigos que los esperaban…
    Un mundo de sensaciones y olores.
    De hecho así había sido desde su llegada a la India, momento a momento.
    Rajiv en cambio se movía por aquel dédalo sin fin con la soltura de lo habitual.
    Su guía era un hombre afable. En cierta forma le recordaba a Resh, el guardián de Jordania. Personas honestas, de culturas muy distintas, unidos por un mismo fin. Haber sido hija de las tormentas allí por fuerza tuvo que resultar muy distinto a serlo en España. De entrada porque el papel de la mujer no era el mismo. Y convertirse en guardián de una habría supuesto todo un reto. Rajiv superaba por poco los cincuenta años, corpulento, mirada líquida, cara redonda, bigote. Vestía enteramente de blanco aunque no mostraba aspecto de shadú, de santón. Para él, conocerlas había significado mucho, aunque en modo alguno le revelaron la naturaleza de su misión.
    Querían encontrar a Indira Pradesh, nada más.
    Amina lo miraba todo con los ojos muy abiertos.
    Para ella sí era nueva cualquier experiencia en la que se vieran inmersos, desde su salida de Egipto días antes. No era fácil viajar con un pasaporte falso pero en aquellas latitudes, de momento, no habían tenido problemas. Otra cosa sería cuando regresaran a Europa.
    A Stonehenge, en Inglaterra.
    Suponiendo que consiguieran dar con Indira y con el quinto cristal.
    —Es aquí —anunció Rajiv deteniéndose delante de un oscuro hueco que se suponía era la entrada de una vivienda.
    Por fin, pistas concretas, después de tantos días dando palos de ciego.
    Indira había vivido allí al comienzo de su existencia. Narayán, su madre, se casó con un trabajador de los crematorios situados no muy lejos. La casta era la más ínfima de la India: parias. La desaparición de la mujer el 15 de septiembre de 1999, junto con la madre de Amina y la suya propia, fue una hecatombe. Indira se quedó sola con apenas nueve años. Una edad propicia para un rápido matrimonio, que fue lo que preparó su padre antes de que ella escapara por primera vez. El futuro marido era un hombre mayor. Indira ya no volvió a su casa hasta después de la muerte de su padre. Luego, la desaparición definitiva, aún no sabían si coincidiendo con la llegada de la nave en diciembre del año anterior.
    Una vida llena de misterio que ellos intentaban conocer para seguir su posible rastro, de momento sin éxito. Por esa razón Joa había decidido comenzar desde el principio, yendo a las raíces.
    —Entraré yo —se ofreció el guardián indio.
    Joa, Amina y David esperaron fuera.
    Oyeron unas voces. Todas las conversaciones entre ellos se desarrollaban en inglés, pero en un país con un centenar de lenguas oficiales y casi mil dialectos, no todo el mundo chapurreaba la lengua de su antiguo imperio. Amina, en tan sólo tres semanas, ya conocía suficiente de español como para entablar alguna conversación con su nueva hermana y con David. Pero el inglés seguía siendo mayoritario en su relación. La facilidad con la que Amina lo asimilaba todo era extraordinaria. Una esponja. Joa siempre se supo una privilegiada y ahora se daba cuenta de que Amina la superaba en muchas facetas.
    Sin contar el dominio de sus poderes.
    A veces irrefrenables.
    Rajiv reapareció en la callejuela con una mujer anciana que se los quedó mirando con ojos inexpresivos. Después de ver todos los días de su vida a los turistas que se dirigían a los gaths, ellos no eran muy diferentes, salvo por el hecho de que no llevaban cámaras de fotos, ni filmadoras, ni mucho menos ropas escandalosas.
    —Dice que ya nadie vive aquí —contó Rajiv en su perfecto inglés de Oxford refiriéndose a la familia de Indira—. La única pariente viva es una prima suya, Viji, que se casó con un hombre llamado Gottar. También lleva madera a los crematorios, como el padre de Indira. Tomó su puesto al morir él. No sabe dónde vive ella. Hemos de encontrar a su marido.
    —Pregúntele si la conoció.
    Rajiv formuló la pregunta en el idioma de la mujer. La respuesta fue larga.
    —Dice que todos aquí recuerdan a Indira, porque era una niña muy problemática, extraña. Su madre no tenía rasgos indios, y ella heredó los suyos de su madre, no de su padre. Nunca se adaptó. Tenía la cabeza en todas partes menos aquí. Pero era muy, muy lista. Engatusaba a los turistas y les sacaba mucho dinero porque aprendió a hablar sus lenguas, inglés, francés, alemán, italiano… Era prodigiosa.
    La mujer añadió algo más, señalándolas a ellas.
    —Dice que ustedes dos se le parecen mucho, que es asombroso —agregó.
    —¿Cuándo fue la última vez que la vio? —quiso saber David.
    La respuesta fue rápida.
    —No lo recuerda.
    —¿Sabe dónde pudo estar cuando se marchó?
    De nuevo esperaron la traducción.
    —Indira era muy bella, exótica. Se marchó al paraíso de los hippys, Goa.
    Goa, al oeste de la India, posiblemente uno de los últimos lugares en los que el espíritu de los años 60 y 70 del siglo pasado todavía luchara por mantenerse, aunque fuera con los restos ya maduros de aquellos niños de las flores que llenaron con sus propuestas de paz y amor un tiempo ya pasado.
    Sí, por lo que deducía e intuía, Indira encajaba allí.
    Lo raro era que hubiera seguido en la India, sin tratar de marcharse a otro lugar en pos de una nueva vida.
    Ella, con sus rasgos occidentales.
    —¿Y la madre de Indira? ¿Qué sucedió cuando desapareció?
    La anciana escupió al suelo antes de responder.
    —No fue feliz. Nunca —tradujo Rajiv—. Ella cree que se escapó, y que por eso era una mala mujer. Abandonó a su marido y a su hija. La abuela de Indira no resistió la vergüenza y murió de tristeza.
    La mujer que encontró a Narayan venía de una peregrinación. Según los guardianes la ocultó durante un tiempo, para hacer creer que era suya a pesar de tratarse de una viuda sin recursos, algo que incluso podía costarle la vida si la trataban como a una prostituta. La desaparición de Narayan aquel 15 de septiembre había supuesto una conmoción para todos, para su madre adoptiva y para Indira especialmente.
    Joa miró al cielo.
    “Ellos” no habían sabido medir el alcance de sus actos.
    Enviaron a 52 mujeres en busca de información, pero a las tres que dejaron una descendencia terrena las apartaron de sus hijas sin miramientos, sin comprender la naturaleza de su nueva vida.
    Joa le tendió a la anciana un puñado de rupias. Ella lo aceptó sin más. La despedida, y también su muestra de gratitud, consistió en unir sus dos manos e inclinarse levemente mientras pronunciaba el ritual:
    —Namasté.
    —Namasté —la secundó Joa.
    La mujer desapareció en la oscuridad de su vivienda y ellos continuaron su camino en dirección a los gaths y los crematorios, por aquellas callejuelas a las que nunca llegaba el sol. Anochecía ya muy rápido, demasiado. Los olores se hacían más fuertes, las boñigas de vaca, las moscas, la suciedad y la claustrofobia se acentuaban.
    Pero al llegar al Ganges, al Ganga, como lo llamaban ellos, todo cambiaba.
    El río, inmenso de orilla a orilla, los gaths, las escalinatas que conducían a él, ahora vacías, los templos jalonando aquella parte de la ciudad…
    El gath de Manikarnika, centro neurálgico de las cremaciones, aún era testigo de cómo las llamas cárdenas de unas brasas devoraban la madera y el cuerpo de dos personas, con sus allegados masculinos como testigos. Para incinerar un cadáver se necesitaban 350 kilogramos de madera de sándalo y aproximadamente seis horas hasta que todo quedaba reducido a cenizas. Pagar madera de la más cara no estaba al alcance de cualquier familia, así que muchas optaban por embalsamar los cuerpos y dejarlos en las aguas del río, para que él los llevase al mar, o incinerarlos en sus respectivos lugares de origen y arrojar las cenizas al Ganges. También se habían impuesto los hornos eléctricos, más baratos pero con menos prestigio.
    La India era la India.
    Llegaron hasta el crematorio por el lado opuesto al que se movía el viento, para no recibir sobre sí mismos el olor de la carne quemada disimulada por el de la madera de sándalo. En algunos gaths ya se realizaba la ceremonia ritual de agradecimiento por el día que terminaba, la puja. Cinco sacerdotes cantaban y cinco más danzaban con antorchas en la mano. Los niños hacían volar sus cometas. Nada era triste porque la muerte no representaba más que un tránsito. La liberación, la ruptura de las cadenas del karma, lo que ella llamaban moksa, significaba la escapatoria de la rueda del samsara, el imparable ciclo de reencarnación de los seres que componían el universo de los sentidos.
Rajiv fue el encargado de preguntarle a un hombre por Gottar. Cuando regresó su cara estaba revestida de pesar.
    —Gottar está aquí por la mañana, a primera hora, al salir el sol.
    Habrían regresado igualmente, para ver el gran espectáculo de los miles de seres humanos bañándose a la vez al despuntar el día.
    Ahora era una cita obligada.
    —Vamos a cenar algo y nos acostamos temprano —suspiró Joa—. Tocará madrugar.


   
EL POEMA DE FEBRERO

     El dibujo del tiempo

El dibujo del tiempo
en tu cuerpo
tu piel
tu mirada
crea historias hechas de carne,
caricias y susurros,
besos húmedos,
páginas de grabados vivos,
novelas de contornos felices.
El dibujo del tiempo
en tu sonrisa
tus manos
tu aliento
es un retrato de tu vida,
a mi lado, paso a paso,
camino de amor
sobre una senda hecha de luces,
colores que la edad no borrará.
El dibujo del tiempo
en tu rostro
tu alma
tu voz
es un cuadro de un museo celestial,
explosión de color,
sin edad.
Vivirás cien, mil años
y ese dibujo será el universo.



    EL POEMA DE ENERO

     Nueva York, 11 de mayo de 2008

Taxista,
¿qué miras?
Llévame a mi destino.
Rápido.
Y no me hables.
Busca el camino más corto.
No robes mi dinero.
Ahuyenta tu conversación.
No te escuchó.
No te entiendo.
Manhattan es la cuadricula,
pero mi mente es circular.
Taxista de piel oscura,
negro, indio, ecuatoriano,
la calle es tuya,
pero mi tiempo es mío.
Por quince con noventa y cinco
sonríeme cuando me baje,
después olvídame.
Sólo han sido unos minutos,
desde Battery Park a la 47.
Hace sol y el día es hermoso.
Que los dioses te acompañen
y hasta nunca.


Capítulo 2 de "La cruz del Nilo" segunda parte de la trilogía "Las hijas de las tormentas" editado por Edebé en octubre de 2008.


 
   La soledad le pesaba más en los aeropuertos, esperando los vuelos que a veces se demoraban horas y otras simplemente no salían y se cancelaban. Y lo peor era llegar a su destino, la primera noche, cuando abría la puerta de la habitación de un hotel en la que viviría un día, dos, quizás una semana, y su impersonalidad la aplastaba hasta robarle el aliento. Una bofetada en su alma. Se adaptaba rápido, vaciaba su mente de angustias y se repetía que todo fin requería de un sacrificio previo. Pero en aquellas largas semanas el sacrificio se le antojaba ya más que doloroso, sobre todo porque se sentía igual que si diera palos de ciego, víctima de una rabia sorda y desesperada que la impulsaba a seguir, a moverse, aunque a veces no tuviera un rumbo.
    Algo que, ahora, era distinto.
    Por primera vez en mucho tiempo sí tenía una esperanza.
    Gonzalo Nieto no la habría llamado, ni la habría hecho volar medio mundo para que se reuniera con él.
    Una puerta. O una llave para abrirla.
    ¿A qué se estaría refiriendo?
    Y en Egipto.
    Una de las cunas de la civilización y todavía un misterio para los estudiosos del pasado.
    Levantó la cabeza y comprobó el retraso en la salida del vuelo. Dos horas más. Una eternidad. Un mundo. Odiaba pasear entre las tiendas del Duty Free, porque los precios eran tan abusivos como en el exterior y porque la fiebre consumista era en ellas mucho más patética que en otras partes. Hombres cargando cartones de tabaco y bebidas alcohólicas, mujeres cargando perfumes u otros productos de belleza, niños enloquecidos con juegos electrónicos… Eso y la comida basura de todos ellos. Más que para matar hambres incipientes, para matar o rematar cuerpos suicidas.
    Quería llamarlo desde El Cairo, pero se sintió incapaz de aguantar tanto.
    Extrajo su móvil tras hacer un cálculo mental de la hora que se vivía en España y buscó la memoria para ahorrarse marcar todas las cifras. Presionó el dígito y esperó unos segundos, cruzando los dedos, pidiendo que él lo tuviera conectado. O más aún: que pudiera hablar.
    Hablar aquellas dos malditas horas, si era necesario.
    David no tuvo que preguntar quién era.
    —¡Joa!
    Ella cerró los ojos, sintió la punzada y se abandonó en un suspiro.
    —Hola, cariño —susurró.
    —¿Dónde estás?
    ¿Era posible que no hubieran hablado desde hacía una semana?
    —En el aeropuerto de Phnom Penh.
    —¿Camboya?
    —Sí.
    —¿Es una escala…?
    —He estado en Angkor, siguiendo una pista falsa.
    —Todas lo han sido en estos tres meses.
    Advirtió el tono de reproche, la queja.
    ¿Por qué no aceptaba el hecho de que le necesitaba y le permitía acompañarla?
    ¿Qué necesidad tenía de hacer aquello sola?
    ¿Miedo? ¿Probarse algo? ¿Preservarlo en el caso de que…?
    ¿De qué?
    —Alguna no lo será, David —le advirtió despacio.
    —¿Vuelves a casa?
    —Voy a El Cairo —no le dijo que para llegar tenía que hacer tres escalas, Bangkok, Mumbai y Abu Dabi.
    —¿Para qué vas a El Cairo? —el tono de David se hizo de nuevo fúnebre.
    —Me ha llamado el profesor Nieto. Gonzalo Nieto. Era un buen amigo de mi padre, arqueólogo como él, un veterano curtido en mil batallas, expediciones y excavaciones. Conoce la historia, así que cuando me ha pedido que fuera a verle… no lo he dudado ni un momento. Llevo tres meses dando vueltas como en círculos, sin llegar a ninguna parte. Y si cree que ha encontrado algo es como para tomárselo en serio.
    —¿Qué ha encontrado?
    —No ha sido muy explícito. Sólo me ha hablado de una posible puerta, o de una llave para abrirla.
    —¿Qué clase de puerta?
    —Una conexión con ellos.
    —Joa…
    —Lo sé, lo sé —detuvo su conato de protesta—. Suena fantástico, irreal, imposible… Lo que tú quieras. Que justo ahora, después de que la nave se llevara a las hijas de las tormentas, seamos capaces de encontrar un medio de comunicarnos con ellos… ¿Pero y si ha estado ahí siempre, sin que nos diéramos cuenta, y es justo ahora, que sabemos que existen, cuando lo que antes carecía de sentido lo tiene de pronto?
    —Te estás aferrando a una esperanza.
    —¡Y me aferraré a todas las que sea, David! —alzó la voz.
    Una pareja de japoneses, discretos ellos, como todos los japoneses, la cubrió con una mirada de disgusto.
    —¡No digo que no te aferres, pero no olvides lo más importante!
    —¿Y que es lo más importante?
    —¡Vivir!
    La palabra la atravesó. Había tenido una vida en la infancia, hasta la desaparición de su madre. Y otra desde ese momento hasta el de la revelación de quién era ella y cuál su naturaleza. Finalmente, la tercera, la actual, arrancaba en ese punto y todavía se hallaba inmersa en ella, buscando su lugar sin encontrarlo.
    Su mitad humana le hablaba de serenidad y su mitad extraterrestre la hacía rebelarse.
    —No puedo olvidar, David.
    —Dime una cosa: ¿de qué serviría abrir esa puerta, o encontrar esa llave, comunicarte con ellos?
    —Necesito saber.
    —¡Ya sabes lo suficiente! —su disputa telefónica no era la primera, y tal vez no fuese la última—. Ellos dejaron a 52 mujeres como testigos, almacenes de información o algo parecido, para saber qué hacíamos y cómo evolucionábamos. Tres tuvieron hijas y las recogieron antes. Las restantes se marcharon entre el 21 y el 23 de diciembre del año pasado, 15.000 días después de su llegada. ¡Puede que ya nunca más sepamos de ellos, que pasen cien, o mil años, antes de su vuelta!
    —¿Y mi padre?
    —¡Se reunió con tu madre! ¡Era lo que quería! ¡Lo hizo por amor!
    —¿Por qué no me llevaron a mí? ¿Por qué no pude entrar en la nave?
    —No te lo permitieron, nada más.
    —¿Por qué, David?
    —No sería el momento. Quizás tengas una misión aquí. Tú y las otras dos chicas que nacieron entonces?
    —¿Y me dejaron sola?
    —No eres una niña, eres una persona adulta, y me tienes a mí.
    —David, por favor…
    —Joa, Joa, sé que quieres respuestas, y ver a tus padres, saber de ellos, conocer las claves de lo que sucedió o lo que quizás un día suceda, pero no puedes negarte a tener una existencia en paz.
    —Mis padres dijeron que volverían.
    —¡Entonces espérales!
    —El tiempo no transcurre de la misma forma aquí o allí.
    Era una conversación inútil, y lo sabían. La desesperación contra la determinación. La desesperación de David frente a la determinación de Joa. Quedaba, una vez más, la súplica.
    —Déjame que me reúna contigo.
    —No.
    —¡Necesito verte!
    —Y yo a ti, cariño, pero no ahora. Contigo a mi lado tal vez descubriera lo feliz que soy y me olvidara de todo lo demás. Es un lujo que no puedo permitirme. Te he llamado porque quería… necesitaba escuchar tu voz. Los correos electrónicos no siempre reflejan el tono en el que están escritos.
    —Barcelona está preciosa en este comienzo de primavera.
    —Lo imagino —se le encogió el corazón.
    —¿Sigues sin necesitar nada?
    —Sabes que podría vivir dos vidas con lo que me dejaron en el banco. Esa es mi suerte para poder viajar y hacer lo que quiera.
    —¿Y tus poderes?
    Siempre le preguntaba por ellos, día a día, como si de repente pudiera desatarlos todos de una vez o se le manifestaran de nuevos igual que una lluvia de verano.
    —No me hables de eso, por favor —emitió en tono quejumbroso.
    —¿Por qué? —se alarmó él.
    —Porque siguen incontrolados —fue sincera—. Aparecen destellos cuando menos me lo espero.
    —¿Ya puedes volar?
    La primera broma en el transcurso de aquellos minutos.
    —No seas tonto.
    —¿Y lo de las Torres Petronas en Kuala Lumpur?
    Provocó un cortocircuito que las dejó absolutamente paralizadas durante dos horas. Los periódicos, al día siguiente, no encontraban razón alguna para ello. Se decía que una comisión de expertos iba a revisarlas. Se trataba de las joyas de Malasia, el espejo de todo un país, tan famosas ya en el mundo entero como el Empire neoyorquino o el edificio Sears de Chicago.
    —Soy peligrosa, vale —se encogió de hombros.
    Peligrosa y mestiza.
    Un resultado inquietante.
    Los dos se quedaron momentáneamente en silencio. Un extraño silencio porque sólo los tenían cuando estaban juntos y se miraban a los ojos.
    El amor todavía la sorprendía.
    Ella, la rara, la que nunca parecía adaptarse a nada, la que en dieciocho años no había tenido novio, la chica genéticamente perfecta, capaz de memorizar lo que fuera o aprender cualquier cosa en unos segundos…
    Capaz de haberse enamorado.
    No quiso abrirse al dolor.
    —David —buscó fuerzas de dónde sólo había languidez—. ¿Se ha vuelto a saber algo de los jueces?
    —Nada. Como si se los hubiera tragado la tierra después de su fracaso.
    —¿No es raro?
    —No. Se formaron para ese momento, esperaban destruir la amenaza extraterrestre y no pudieron. Además, vieron que no pasó nada, que ni llegaron con máquinas aniquiladoras tipo “La guerra de los mundos” ni bajaron monstruitos verdes con antes para colonizarnos. Se volvieron obsoletos y pienso que así lo han entendido.
    —¿Y los americanos? —Joa se estremeció, como hacía siempre que recordaba su experiencia en Guantánamo, con el coronel Travis.
    —Vete a saber.
    —Quisieron meterse en mi mente, y yo sigo aquí. Aún soy una oportunidad para ellos. A veces miro por detrás de mi hombro, por si acaso. Nunca dejo de tener la sensación de que me siguen.
    —Les destruirte medio Guantánamo. Puede que aprendieran la lección y no vuelvan a arriesgarse. Pero te apuesto lo que quieras a que saben que eres diferente de ellos.
    —Y vulnerable, de alguna forma.
    —¿Por qué has de serlo?
    —Porque no hay criatura, humana o no, que no lo sea.
     Se detuvo frente a una batería de televisores conectados. Todos ofrecían la misma imagen. Dos docenas de ojos, o de bocas, mostrando en diferentes tonalidades de color el rostro de una bella locutora en pleno informativo. Hablaba del cambio climático, porque de vez en cuando, en el recuadro superior derecho que acompañaba su presencia y sus palabras, aparecían escenas de distintas partes del mundo, desde desiertos cálidos hasta extensiones heladas del Ártico, desde huracanes en Estados Unidos hasta inundaciones en Bangla Desh, y desde  tsunamis en el Índico hasta incendios forestales en Europa. La voz de los expertos ya no era tan sólo de alarma. Estaba convirtiéndose en un grito.
    —¿En qué piensas? —surgió de nuevo la voz de David para apartarla de su parcial hipnosis.
    —En diciembre, cuando llegó la nave… ¿No te parece asombroso que nadie la detectara?
    —Los americanos hicieron unas maniobras, por si no lo recuerdas. ¿Crees que fue una casualidad?
    —Si lo saben, ¿por qué no lo han dicho?
    —¿Precaución? ¿Evitar un pánico mundial? Se me ocurren mil teorías, cariño. En la NASA no son idiotas. Pero estoy seguro de que no pudieron hacer nada. La nave apareció y se fue sin más. Les dejaron con un palmo de narices.
En las dos docenas de televisores apareció otra imagen, ésta estelar.
El cometa Apophis, que pasaría cerca de la Tierra en el año 2029 por primera vez, y ya con un cierto riesgo para la humanidad, de nuevo en el 2036. Había hablado de ello en Yucatán, cuando resolvieron el enigma maya que les condujo hasta el encuentro de la nave.
Joa tuvo uno de sus estremecimientos premonitorios.
Pero no le dijo nada a David.
    No quería seguir hablando de todo aquello.
    —¿Dónde estás tú? —quiso saber.
    —En mi casa.
    Nunca había estado en su casa. Se conocieron y se amaron en México. Después de lo sucedido en Chichén Itzá no había regresado a Barcelona. David le había mandado fotos por Internet, y cuando conseguían hablar cara a cara con una webcam, se asomaba a su mundo. Pero nada superaba la realidad, por más que lo viese o lo imaginase con ella allí.
    —¿Fuiste al cine este fin de semana?
    —Sí.
    —Cuéntame que viste.
    —Joa…
    —Cuéntamelo, por favor.
    Cerró los ojos y esperó el regreso de la voz de David.
    —Una película española, la historia de…
    Joa se apoyó en una pared y dejó que la voz la penetrara, la cubriera de arriba abajo, la envolviera y la serenara.
    Sólo las manos y los ojos de David conseguían más que su voz.
    Salvo que la escuchara en vivo, no a miles de kilómetros de distancia el uno del otro.



   EL POEMA DE NOVIEMBRE

    Nadie

   
Nadie pondrá más amor en tus ojos
    Mis huellas están en tu alma
    Nadie verá tu luz mañana
    Si hoy no me has deseado y me has sentido
    Nadie sabrá que estás viva
    Sin esa ternura que sientes al amarme
    Cuando dices mi nombre cantas
    Y el mundo entero te acompaña
    Nadie creerá que eres feliz
    Si no ríes con algo más que tus labios
    Nadie va a envidiarte el destino
    Si no muestras tus manos llenas de paces
    El mundo es de los locos que creen
    Mientras todos los nadies se desvanecen
    Y si al final logras sobrevivir
    Recuerda cuantas veces me sentiste
    Porque nadie pondrá más amor en tus ojos


Capítulo 1 de "Yo", editado por SM en septiembre de 2008.

    YO
creía que era raro.
    Hasta los 17 años, tres meses y nueve días, yo estaba seguro de que era raro.
    Razones por las que yo creía que era raro:
    1 - No fumo.
    2 - No bebo.
    3 - No tomo drogas.
    4 – No había besado a ninguna chica.
    5 – No había estado jamás con una chica.
    6 – No me masturbo.
    7 – No me gusta el fútbol.
    8 – No me gusta la música de hoy.
    9 – Leo libros.
    10 – (Esta aún me la estoy pensando, porque tengo dos o tres candidatas, y como los Mandamientos eran diez no voy a hacer una lista de once o doce porque no quedaría bien).
    Dicho así, a palo seco, la cosa resulta como muy fría. Lo sé. Por lo tanto quiero aclararlo. Una cosa es que te tomen por raro y otra por imbécil.    
    YO no soy imbécil.
    Lo del no fumar es por mi padre, socio de honor de la tabacalera. Se volatiliza entre dos y tres paquetes diarios. Yo he de poner toallas en los huecos de la puerta de mi habitación para mantenerla un poco descontaminada. Pero es inútil. La ropa siempre me huele fatal. Odio el tabaco. Me parece una gilipollez (y carísimo) pasarse el día chupando un palito de hierba. Encima te cascas el cuerpo. Veréis, yo creo que cuando nacemos lo hacemos con dos cosas: un cheque en blanco que es el tiempo que te va a tocar vivir y la casa-cuerpo en la que vas a habitar. De cómo emplees el cheque dependerá lo que hagas y no hagas en la vida. Y de cómo cuides tu casa dependerá que esa vida sea saludable o no. Y si eso es ser raro que resucite Gandhi y lo vea.
    Yo amo a Gandhi.
    Paz, hermanos.
    Vale, no quiero despistarme, porque soy disperso y siempre acabo hablando de lo que no toca. Por ejemplo, de mi padre, hablaré más adelante. Todo a su tiempo.
    Lo del no fumar queda claro, pues, que es por mi padre y porque todos y todas los que están enganchados me parecen tontos del culo. En cambio lo del no beber alguien podría pensar que es por mi madre, alcohólica perdida, y no es así. Pobre mujer… De niño me repugnaba el olor a alcohol ya fuese en forma de anís, coñac, vino, whisky o lo que sea. Mi bebida favorita es la leche. Y por mucho que se rían algunos/as, yo pienso que queda la mar de rompedor pedir un vaso de leche en una discoteca o en cualquier lugar lleno de gilipollas. Ahí sí que todo el mundo te mira, aunque más de uno piense que ya tienes una úlcera.
    Pasemos a las drogas. Aquí tenía que haber puesto lo de que mi cuerpo es mi casa y todo eso. Pero como ya lo he dicho antes no voy a repetirlo. Si odio el tabaco, con más razón odio los porros. El primo Tobías (primo de mi padre, no mío) siempre le dio al porro y hoy tiene el cerebro derretido. No rige nada, el pobre. El primo Ricardo (primo de mi madre, no mío) por su parte, tiene una cirrosis que te cagas de tanto abusar de drogas y alcohol.
    Sí, ya sé, he puesto “que te cagas”, pero eso no es un taco, es sólo una expresión. Es que aún no he llegado a la parte en la que mi amigo el escritor me dijo lo que tenía que hacer para publicar esto.
    Sigamos con la explicación de las razones por las que creía que era raro.
    Llegamos a la parte sexual. Vaya por delante que soy hetero. No lo digo como bandera de nada. Tengo algún que otro conocido gay que es estupendo. Pero soy hetero y esto es lo que hay. Los puntos 4, 5 y 6 de mi decálogo tienen que ver con el sexo y de hecho son la misma cosa. No había estado con ninguna chica ni había besado a ninguna chica porque era tímido. La timidez forma parte de lo de ser raro. Yo creo que es una parte muy esencial. Si eres tímido eres raro. En  cambio que seas raro no significa que seas tímido. Hay tíos la mar de raros que ligan como locos y, encima, ellas los encuentran interesantes. A mí ninguna chica me había encontrado jamás interesante (en parte porque era raro). Lo curioso es que vistos los puntos 4 y 5, parece obvio que el 6 tendría que ser todo lo contrario, y prodigarme en ello como la mayoría de mis compañeros onanistas. Pero no. ¿Tocarme a mí mismo? Me parece un falso consuelo. Las cosas hay que hacerlas bien. Cuando llegase el momento quería que saltasen chispas y que ELLA pusiera los ojos en blanco. Eso es el amor. Y yo soy un romántico. Ahora lo sé. Encima, hasta los 17 años, tres meses y nueve días, despreciaba mi cuerpo. Me miraba en el espejo y ¿qué veía?, pues a un chico larguirucho, poco desarrollado, feo, con la nariz prominente, las orejas salidas, muy delgado, sin musculatura y deforme. Sólo me faltaba encogerme y empezar a decir “mi tesoro” con cara de poseso.
    Por mi aspecto, si hubiera nacido en la India, habría sido Gandhi, pero nací aquí y de Gandhi ya hubo uno.
    No voy a seguir hablando mucho de esto (me refiero al “punto 6”), porque luego no van a publicarme el libro. Me lo ha dicho mi amigo el escritor: “Nada de tacos, nada de sexo, nada de…”.
    Pero cuando se tienen 17 años (y aquí da igual lo de los tres meses y los nueve días) ¿de qué demonios va a hablarse?
    En fin…
    El punto 7 es crucial para la concepción de la rareza. No me gusta el fútbol. Ni me gusta ahora ni me gustaba a los 17 años, tres meses y nueve días. Que veintidós mendas correteen por una pradera verde persiguiendo una cosa redonda a la que dan patadas tratando de meterla en una cestita me parece idiota, pero que cien mil mendas más griten, se peleen, no duerman si su equipo pierde o enloquezcan si gana, paguen una pasta gansa por una entrada, hagan sus horarios en torno a los partidos, se disfracen, canten, se conviertan en bestias, odien a los otras ciudades, olviden sus raíces y pidan la sangre del rival como los romanos en el Coliseo… Eso no es que me parezca idiota, es que me parece de descerebrados. Pero las consecuencias de que a uno no le guste el fútbol siempre fueron visibles en mi vida: marginación escolar, no tener amigos, jugar con las chicas en el patio, soledad pura y dura, no poder hacer las mismas colecciones de cromos que los demás, no saber de qué hablar los días antes del partido, los días del partido y los días de después del partido (o sea, TODOS los días)… Y no será porque no lo intenté. Un día quise probarlo. Me pusieron de portero, faltaría más. Y a la que vi a una jauría de contarios avanzar sobre mí como una banda de inspectores de Hacienda hice lo que cualquier persona inteligente y normal habría hecho: apartarme. Ellos metieron gol, los míos me pusieron a parir y me dijeron que la próxima vez, no me moviera.
    Les hice caso. La siguiente vez no me moví.
    Mira que la portería es larga. Como de siete metros o más. Y alta. Como de dos. Y mira que yo hacía poco bulto. Pues nada. Aquel energúmeno le pegó el patadón a la pelota con la puntera y al centro, justo a donde estaba yo, inmóvil.
    Desperté en el dispensario del colegio, con la nariz rota.
    No quiero hablar de fútbol. Me la suda el fútbol. Y espero que eso tampoco sea un taco y vayan a censurármelo, porque aún no he llegado a lo de las XXXXX y uno ha de hablar con cierto énfasis, ¿no?
    La música de hoy, punto 8, me suena a… a… No encuentro palabras. No es que el rock me vaya más. Estamos en el siglo XXI. El rock ha muerto (aunque mi amigo el escritor pueda lapidarme por decir esto, porque él va de rockero). Pero me da igual que el rock viva o no, como que aún lo haga el vals o la música del Templo de Shaolin (no sé si se escribe así, lo confieso). Se trata de hoy, del presente, y cuando escucho lo que suena o veo a las estrellas o los clips de las canciones de moda… Lo de buscar rimas fáciles para decir tonterías es de retrasados mentales, pero van y lo llaman rapear. En la música sí que hay tacos (“lenguaje explícito”, lo llaman, o “adulto”, toma ya, con lo cual este podría ser un “libro explícito” si me soltara, cosa que no haré porque quiero publicarlo). Lo peor de todo es que como estamos americanizados hasta en la sopa, adoptamos todo lo que viene del exterior sin chistar. A mí me parece bien que los negros hagan una música de combate, dura, peleona y rebelde, porque han estado siempre put… masacrados por los blancos. Pero que esa música llegue a España y se baile en la disco de tu barrio… Yo no me imagino a la sardana ni a la jota en una discoteca de Nueva York. Además, desde que Stravinsky (no sabéis de quién os hablo, ¿verdad?) hizo la “Consagración de la primavera” ya no hubo nada más. Bueno, los Beatles quizás, no sé. Y el Dylan.
    Me enrollo demasiado y aún vamos por el punto 8 y esto no ha hecho más que empezar, lo sé. Mi amigo el escritor me dijo que un libro tenía que ser ágil, con capítulos cortos, y estar lleno de diálogos. Pero es que yo aún no he tenido a nadie con quien hablar y si no empiezo por aclarar por qué era raro…
    Punto 9. Leo libros.
    Eso ya me colocó en la cima de la rareza escolar.
    Es increíble. Yo les decía a mis compañeros de clase (lo voy a poner en forma de diálogo para que así parezca más ágil):
    —¿Raro? ¿Por leer? Sois idiotas. Tanto dároslas de rebeldes, de progres, de rompedores, de tal y cual, y todos leéis el libro trimestral que os pone el profe. Como loros. ¿No veis que la autentica rebeldía es leer justo los libros que no pone el profe, y obligarle a él a leerlos si quiere poner nota o estar al loro? ¿No veis que hoy en día la mayoría dice que PASA de leer, que ODIA leer, y que para ser realmente diferente y no formar parte de esa mayoría lo realmente rebelde es LEER? ¡Si queréis ser revolucionarios, LEED!
    ¿Creéis que me hacían caso?
    Pues yo siempre he leído. No me hace falta ni estudiar. Leo lo que pillo. El “Zarathustra” me hizo flipar ya a los doce años.
    El punto 10, lo de que me lo estoy pensando y tengo dos o tres cosas candidatas, es totalmente cierto. Por ejemplo, hubiera podido poner como rareza supina que no quiero ser famoso. Escritor, sí. Famoso, no. ¿Qué es la fama, salir por la tele gritando? Soy tímido, así que no podría gritar en la tele. Y siendo escritor, o sea raro con pedigrí, con coartada, lo mejor es crear una aureola de misterio. Dentro de unas líneas os contaré porque quiero ser escritor. Otra peculiaridad que me hace raro es la de leer siempre las cosas del revés, buscando palabras nuevas o para ver como suenan. Por ejemplo, mi nombre, del revés, se lee Leinad y me suena a personaje de “El Señor de los Anillos”, ¿a que sí? Aunque posiblemente la última de mis rarezas sea que cuento siempre las cosas, cuantas ventanas tiene un edificio, cuantos árboles hay en una fila, o los números de las matriculas de los coches. Si la suma resultante es impar, me siento bien. No me gustan los pares salvo el 2 combinado con el 7, el 9 y el 5. Por ejemplo 752, o 927, o 592, o simplemente 27, 52… El 7 y el 9 son mis números favoritos.
    Una vez explicadas las razones por las que yo creía que era raro hasta los 17 años, tres meses y nueve días, os diré qué estoy haciendo, por si aún no lo habéis notado:
    Estoy escribiendo un libro.
    Voy a ser escritor. Es lo más lógico. Si eres raro, por fuerza has de buscarte una coartada (ya lo he dicho antes). Y los artistas las tienen todas. Yo ya no soy raro, pero quiero ser artista. Mi amigo el escritor me contó que cuando se fue a vivir a su última casa, los vecinos le miraban sospechosamente. Llevaba la barba larga, el cabello hasta los hombros y vestía a la última… pero en Londres y Nueva York, en plan rockero. Todo cambió cuando una vecina le preguntó:
    —¿Usted es artista?
    —Sí, señora —dijo él—. Soy escritor.
    Y la mujer, poniendo cara de lucidez plena y máxima, suspiró un evidente:
    —¡Ah, claro!
    Desde aquel día todo fueron sonrisas y saludos, y luego el farde de tenerlo en la escalera. Todos babeando.
    O sea que se puede llevar barba, el pelo largo y vestir a la última y en plan rockero (o hip-hopero, o lo que sea), si eres artista. De lo contrario eres un mamarracho que está loco.
    Fue mi amigo el escritor el que me dijo que yo no era raro.
    El primero.
    —Tú no eres raro —me dijo—. Eres diferente.
    ¡Me sonó tan bien…!
    Yo (muy en el fondo, a pesar de todo) creo que sigo siendo raro.
    La diferencia reside en que ahora pienso que más raros son los demás, el mundo entero, y que YO soy cojonudo.
    Este es un poema de autoayuda que puede veniros bien a los que os sintáis raros y todavía no hayáis encontrado a nadie como mi amigo el escritor para echaros una mano:

    El último de la fila
    El último del paraíso
    El último en la cola del autobús
    El último en vivir
    El último en morir
    El último en llegar
    El último en ganar
    El último en conseguirlo
    El último en despertar
    El último en creerlo
    El último en saberlo
    El último de los listos
    El último de los tontos
    El último de todos
    El último de los últimos
    Soy el último
    El primero empezando por abajo

    Más que un poema de autoayuda creo que es una reflexión para levantar la moral a los que se pasan el día castigándose por todo. Pero da lo mismo. Lo llaméis como lo llaméis, vale. Y lo que vale, sirve.
    Ya os he contado por qué yo creía que era raro hasta los 17 años, tres meses y nueve días. Ahora tocaría deciros que pasó ese día para que yo cambiase.
    Fue el día en que conocí a mi amigo el escritor.



EL POEMA DE JULIO Y AGOSTO

    Poema inacabado para una noche sin viento

   
Me faltó verte desnuda.
    Tocar tus sentidos y beber de tu olvido.
    Quietos en la noche, como el viento.
    Hojas prisioneras del silencio.
    Mis manos en tu cuerpo
        explorando lo insondable.
    Tus labios en mi aliento
        tensando mis anhelos.
    Estábamos solos, perdidos.
    Un mundo bajo las estrellas.
    Deseos atrapados en la calma.
    Pero aún nos atan los miedos.
    Ni siquiera sé quien tiene más.
    Me faltó verte desnuda
        y ver así el límite de tu esencia
        brotando como una fuente en paz.
    Nos devoraban las caricias
        de hambre vencidas en la frontera
        mientras las hojas seguían quietas
        y tu temblabas.
    Aquella hora, todas las horas.
    Necesitamos una para nosotros solos.
    Para ver y saber y entender y querer.
    Una en nuestro propio silencio.
    Con nuestro propio viento callado
        en el que dejar fluir la verdad.
    Es sólo un paso, sólo un juego.
    Tu cantabas a lomos de tu quieta fuerza.
    A mi me faltó verte desnuda.


EL POEMA DE JUNIO

LOS DOS LADOS

Deberíais decidir si sois constructores de jaulas
o el espacio abierto entre los barrotes.
Deberíais escoger entre la mano que oprime el aire
y el aire contenido en esa presión.
Deberíais saber que todo camino tiene dos direcciones.

Tendríais que pensar de una maldita vez que es mejor
si tirar la bomba o estar debajo esperándola
Tendríais que sopesar las posibilidades de la bala
dispararla o esperarla haciéndole un guiño a la suerte
Tendríais que imaginar que todo camino tiene dos direcciones.

Habríais de buscar una salida o una entrada
pero no quedaros quietos aguardando en la oscuridad
Habríais de actuar dándole imaginación al poder
aunque sea siempre el poder el que mate a la imaginación
Habríais de comprender que todo camino tiene dos direcciones

Saber, imaginar, comprender
Puedes estar en uno u otro lado
Has de estar en uno u otro lado
Números, coeficientes, estadísticas
Todos pertenecemos a uno de los dos lados



EL POEMA DE MAYO

Siento

Siento que me estás gritando
Siento que me estás llamando
Siento que me estás pidiendo
Siento que me estás queriendo
Siento que me estás sintiendo
Y todos los sentidos son uno
Sentimiento
Gritando que me necesitas
Llamando para que vuele a ti
Pidiendo que te de más
Queriendo tener otra vida
Sintiendo que una no nos basta
Porque todos los sentidos son uno
Sentimiento
Sentimiento
De día huyendo
De noche persiguiéndonos
De día olvidados
De noche perdidos

Siento que me estás llorando
Siento que me estás escribiendo
Siento que me estás odiando
Siento que me estás buscando
Y todos los sentidos son uno
Sentimiento
Llorando por la rabia
Escribiendo cartas que no envías
Odiando por creer que me alejo
Buscando cada pequeña verdad
Porque todos los sentidos son uno
Sentimiento
Sentimiento
De día anhelo
De noche soledad
De día teléfono
De noche sueños

Siento lo que sientes
Siento lo que siento
Sentimos lo que tenemos
Sentimos lo que perdemos
Sentimos lo que vivimos
Sentimos lo que deseamos
Sentimos lo que sentimos
Siento lo que somos
Siento lo que seremos
Siento
Estamos hechos de sentimientos
Somos un sentimiento
Sentimiento
Sentimiento


EL POEMA DE ABRIL

DEJAME SER

   
Antes de dormir déjame que entre en ti.
    Antes de despertar déjame que entre en ti.
    Antes de morir déjame vivir en ti.
    Déjame, déjame, déjame que lo intente hasta el fin.
    Déjame ser tu amante esta noche.

    Déjame ser tu amante esta noche.
    Déjame ser tu amante esta noche.
    Déjame ser tuyo el resto de tus vidas.
    Me alimento de ternuras y esos besos,
    que se rompen y nos lavan las heridas,
    como imágenes de amor en los espejos.

    Déjame ser tu amante esta noche.
    Déjame ser tu amante esta noche.
    Y dormir en el silencio de esos gritos.
    Dejar en tus quebradas estas huellas,
    para amarte con mis dedos ya marchitos,
    y soñarte mientras tocas las estrellas.

    Déjame ser tu amante esta noche.
    Déjame ser tu amante esta noche.
    Como fuimos en mil vidas ya pasadas.
    Geografía del amor que vivo y canto,
    en tu cuerpo mil pasiones no gastadas,
    al hurtarle a la muerte tanto espanto.


Capítulo 8 de "El enigma maya", primera parte de la trilogía "Las hijas de las tormentas", editada por Edebé en castellano y catalán en marzo de 2008.

    Al despertar, lo primero que notó fue el crujir de su estómago.
    Se quedó en cama unos minutos, la misma cama en la que había dormido su padre hasta su misteriosa desaparición, despejando la mente, aclarando ideas, ordenando los acontecimientos y tratando de verse a sí misma a lo largo del día. Cuando la azotó un segundo crujido estomacal se incorporó, se metió en la ducha y se vistió de la forma más cómoda posible para desayunar algo.
    Su presencia en el comedor del hotel no pasó inadvertida. Para los clientes, turistas ávidos de cultura e historia por el lugar en que se encontraban, era una más. Para el personal del Xibalba no. La atendieron rápidamente y con mimo, expectantes, incluso con una atención por encima de la habitual, superando la eterna y exquisita cortesía clásica en la mayoría de países latinoamericanos. Le preguntaron cómo había dormido, cómo se encontraba y le reiteraron que cuanto quisiera, sólo tenía que pedirlo.
    Luego la dejaron tranquila.
    Desayunó.
    Y por supuesto no fue casual que justo al sorber la última gota de su café, apareciera él.
    Era un hombre de algo más que mediana edad, cincuenta y muchos años, no muy alto, relativamente orondo, hebras de plata en la cabeza y bastón con empuñadura de verdadera plata en la mano, aunque no daba la impresión de tener ninguna dificultad para caminar. La sotabarba si era generosa, y las bolsas bajo los ojos, perspicaces, vivos. Vestía con corrección, incluso con exceso de elegancia dada la temperatura, porque llevaba una chaqueta de lino por encima de su camisa abotonada hasta el cuello.
    La iluminó con una sonrisa antes de comenzar a hablar.
    —Señorita Mir.
    Joa dejó la taza y lo contempló sin ambages. Con una desaparición de por medio, el misterio y el registro de su casa de Barcelona o las cosas de su padre allí, simplemente estaba en guardia. Cualquier noticia podía ser buena, o mala.
    Lo único que hizo fue esperar.
    —¿Puedo sentarme?
    —¿Quién es usted?
    —Permítame que me presente —le tendió una mano flácida—. Me llamo Nicolás Mayoral. Quería hablarle de Julián Mir —pronunció el nombre con respeto.
    No parecía mexicano, hablaba un español correcto, sin acentos, neutro. Era la primera persona que quería hablarle de su padre.
    Intentó no transmitir emoción alguna.
    —¿Le conoce?
    —¿Puedo? —insistió el aparecido.
    Joa asintió y esperó a que se acomodara. No se quitó la chaqueta, pero sí dejó el bastón apoyado en la mesa, cerca de su mano derecha. La empuñadura tenía forma de cabeza de león, melena incluida. Un simple detalle. El personal del hotel volvía a mirarla, pero sus rostros tampoco le dijeron mucho.
    —¿Cómo sabía que estaba aquí?
    —Palenque es un pueblecito muy pequeño.
    —¿Le avisó alguien del hotel?
    Nicolás Mayoral exhibió una sonrisa de complicidad.
    —¿Qué importa eso, señorita? Lo único que sí cuenta es que está aquí, buscándole.
    —¿Sabe dónde está?
    —No —le mostró las palmas de las manos abiertas—. Lo siento.
    —Entonces...
    —Necesito su ayuda, y usted la mía.
    —¿Por qué?
    —Porque usted no sabe lo que está ocurriendo y yo sí —fue sincero a la par que contundente.
    —¿Y qué está ocurriendo, señor Mayoral?
    —¿Puedo hacerle unas pocas preguntas primero? Después responderé a todas las suyas.
    Lo evaluó.
    —Adelante —dijo sin que trasluciera su nerviosismo, controlando cada gesto y la entonación de cada palabra.
    —¿Trabaja usted mucho con su padre?
    —Tengo mis estudios. Cuando puedo le acompaño, en verano, Navidad...
    —Así que últimamente...
    —El curso académico en España arranca en septiembre. Desde entonces apenas si le había visto.
    —¿Sabe qué estaba haciendo en México?
    —No.
    El hombre arqueó una ceja. Más que duda reveló sorpresa.
    —Mi padre siempre estaba excavando o investigando en algún lugar. Es un enamorado de su profesión, una persona que vive en el presente buscando las respuestas del pasado.
    —Y no le dijo que buscaba ahora —no fue una pregunta, sino una aseveración.
    —Palenque es un tesoro con mucho por desenterrar y descubrir. No era la primera vez que estaba aquí. Me hablaron en la Embajada de unas nuevas tumbas recién abiertas, la veinticinco, la veintiséis y la veintisiete.
    —Entiendo —suspiró el hombre acariciando con una mano la cabeza de su bastón, igual que si le rascara la melena al león.
    Joa se movió con inquietud.
    —¿Qué es lo que entiende?
    —¿Qué sabe de su madre, señorita?
    Era lo último que esperaba, que el recién llegado le hablara de su madre.
    —¿Perdone? —no le ocultó su incredulidad.
    —Responda, por favor.
    —¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto?
    —Se lo diré. Pero primero le toca usted. Es lo que hemos convenido.
    —Mi madre desapareció hace años, el 15 de septiembre de 1999, siendo yo una niña. Han pasado trece años.
    —¿Y?
    —Nada más, eso es todo —intentó no encolerizarse, aunque no sabía por qué se sentía furiosa.
    —¿Conoce su origen?
    —¿Qué tiene que ver...?
    —Respóndame, se lo ruego.
    —Fue encontrada en la tierra de los huicholes. La adoptó mi abuela y vivió allí hasta la llegada de mi padre. Se enamoraron, se casaron y vivió en Barcelona hasta su desaparición.
    —¿Eso es todo?
    —¡Sí!
    —¿Y no le extraña que ahora sea su padre el que haya desaparecido?
    Tuvo la sensación de que el hombre era un gato y ella un ratón. Como si jugara antes de decidir zampársela. Nada de lo que acababa de decirle le era desconocido, estaba segura.
    —¿Por qué no me cuenta su historia, señor Mayoral? —se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el respaldo de su silla.
    —Es justo —asintió él—. Adelante. ¿Qué quiere saber?
    No sabía ni por donde empezar. Volvía el recuerdo de su madre en medio de la desaparición de su padre, y se mantenía la incertidumbre, la tensión, la duda acerca de quién era su visitante...
    Así que, ante todo, buscó la forma de serenarse.
    No permitir que él llevara la iniciativa.
    A fin de cuentas, si aquel hombre estaba allí era por algo.
    —¿Quién es usted? —fue su primera pregunta.


Capítulo 2 de "Lágrimas de sangre", editada  por Alfaguara en marzo de 2008.

   
Se sentó en la cama, despacio.
    Otras veces la había abrazado. Otras veces había dejado que ella llorase en silencio, sin decir nada. Otras veces...
    Su padre ya no le ponía la mano encima estando él. No se atrevía.
    ¿O era una casualidad?
    —Mamá...
    La mujer movió la cabeza un par de veces, de lado a lado; no supo si para protegerse, negarle la imagen o buscar una forma mágica de cambiarlo todo. Continuó con las manos tapándose el rostro en un gesto inútil.
    —Joder... —rezongó él sintiendo un océano de desconsuelo bajo su alma.
    —Apaga la luz.
    No la obedeció. No podía. Se sentía agarrotado.
    —Apa... gala —se lo repitió hipando al confundirse su respiración con un espasmo—. Me hace... daño en... los ojos.
    La obedeció, para evitarle el dolor de extender la mano y hacerlo por sí misma. La luz que los arropaba provenía ahora del exterior y proyectaba una aureola de difusa penumbra en su contorno, opaco el de ella, oscuro el suyo. A medida que la desesperación le sobrecogía, intentó sobrellevarla con un atisbo de calma extraído de no sabía dónde.
    Aunque fue su madre la que volvió a hablar.
    —No es nada... en serio... —siguió hurtándole la imagen de su cara—. Más aparatoso... que otra cosa.
    —Mamá, no digas tonterías —ya no pudo más—. ¿Es que no te has visto? ¡Estás tumefacta!
    La mujer hizo lo posible para hundir la cabeza en la almohada. No lo consiguió. A pesar de mantener las manos en la cara los ribetes del estropicio facial se hacían evidentes. La comisura del labio mostraba una explosión de sangre, la punta de la nariz asomaba hinchada y desproporcionada, el hirsuto cabello orlaba el campo de batalla bajo el cual era fácil imaginar los ojos, violáceos, tal vez demasiado abrasados para poder abrirlos. Las manos también se ofrecían deformes, como si muchos golpes hubieran ido a parar a ellas ante el instinto de supervivencia y protección.
    El agudo aunque débil gemido surgido de su garganta le indicó que estaba llorando.
    Hizo lo único que podía hacer en un momento como aquel.
    Ponerle una mano en la cabeza.
    Su madre se estremeció con el contacto.
    Y el gemido se hizo más abierto.
    —¿Dónde está?
    No hubo respuesta. La crispación se convirtió en angustia, al límite del quiebro total.
    —¿Dónde está, mamá? —repitió la pregunta.
    Por segunda vez no hubo respuesta.
    —¡Mamá! —ya no pudo más—. ¿Dónde está?
    —¡No lo sé! —logró hacerla reaccionar.
    —¿Se ha ido?
    —Sí.
    —¿Y qué ha sido esta vez, eh? ¿No le gustaban los raviolis? ¿Estaban fríos, demasiado calientes? ¿Qué?
    —Marcelo, por Dios...
    —No, ya está bien de por Dios y de no pasa nada y de que ha sido un mal día y de todo lo demás —lo expresó con un cansancio infinito, sin necesidad de alzar la voz o dominarla—. Ya no, mamá, ¿vale? Ya no.
    —Hijo, tú no sabes.
    —¡Pues dímelo tú! ¿Qué es lo que no sé? ¡Ya no soy un crío!
    Por primera vez ella apartó una mano de su rostro y la condujo hasta él, para acariciarle la mejilla. Fue un gesto maquinal, empujado por el amor, olvidándose de su protección. Descubrir el mapa del horror humano de su rostro hizo que Marcelo tragara saliva. Una geografía cárdena y brutal, salvaje, de norte a sur y de este a oeste, que iba desde la frente hasta la barbilla y desde una oreja a la otra. El ojo izquierdo no podía ser abierto, y el derecho permitía ver a duras penas una pupila sanguinosa con una lágrima que dejaba un rastro oscuro en dirección a la almohada.
    Una lágrima de sangre.
    —Escucha, Marcelo —la voz de la mujer recuperó un leve tono de dignidad y humanidad—. Los hijos... siempre juzgan a sus mayores, siempre, y por lo general no... no entienden... no aciertan a comprender... —detuvo el gesto de su hijo, dispuesto a estallar de nuevo—. Tu padre lo ha pasado mal, ¿de acuerdo? Ha estado... está mal, y yo no... No sé... —dominó la bola que le impedía hablar, con un deje de resistencia—. El paro, la bebida...
    —¿Y antes qué?
    —No era así —lo defendió ella.
    —¿Que no era así? —abrió los ojos al límite de su incredulidad—. ¿Has perdido la memoria o estás loca? ¡Papá siempre ha sido así y ha ido a peor, de los arrebatos del comienzo a lo de ahora! Sigue ciega si quieres, pero esto... —su expresión mostró el desagrado que la visión le producía—. Cada vez es peor, ¿no te das cuenta? ¡Va a matarte!
    —No digas tonterías.
    —¡Va a matarte! —quiso sacudirla para que lo entendiera.
    —Tu padre...
    —¡Mi padre es una bestia!
    —¡No, no! —mezcló el grito con la desesperación, aterrorizada más por lo que estaba oyendo o por la idea de que fuese cierto que por la certeza de su estado—. ¡Tu padre es un hombre como todos, con sus problemas, la vida...!
    —¿Y tú qué?
    —No he sido la mujer perfecta —gimió.
    —¿Pero qué estás diciendo?
    —Siento que le... he fallado... tanto —la emoción amenazó con ahogarla.
    —¿Encima va a ser culpa tuya? —se horrorizó él—. ¿Estás loca o qué?
    —¡Marcelo!
    —¡Loca, sí! ¿Vas a tragarte toda esa mierda de la autocompasión y el flagelo? ¿Culpa tuya? ¿De qué? ¿Y cómo le has fallado, dime? ¡Eso es lo único que saben decir todas las que acaban en el hospital, o muertas, en primera página de los periódicos de toda España, y con los maridos suicidados! ¡Joder mamá, que es así!
    Ya no logró hacerla reaccionar. Se envolvió en un estado catatónico, aplastada contra la almohada y llorando con la boca abierta, sin hacer el menor ruido.
    Una prolongación de su oscuridad interior.
    Marcelo volvió a sentir toda aquella impotencia.
    Repetida siempre.
    —Voy a llamar al médico —se hundió en sí mismo.
    Su madre se revolvió como impelida por un resorte.
    —¡No!
    —Mamá, puedes tener algo interior.
    —¡Estoy bien! —sus ojos reflejaban la alucinación de la que era víctima.
    —¡Lo que no quieres es denunciarle, ni que un médico dé el parte o te vea así!
    —¿Cómo... voy a denunciarle? —se asustó más que si fuera a recibir una nueva paliza.
    —¡Te va a matar! —se lo dijo de nuevo.
    —¡No digas tonterías! —apareció de un remoto lugar su carácter de madre—. ¡Unos golpes no matan a nadie!
    —Por Dios, mamá... ¿te estás oyendo? ¿Te das cuenta de lo que dices? Estás ciega como lo están todas las que tragan y tragan, y aguantan y aguantan. ¡Tienes que denunciarle o aquí habrá una desgracia! ¿Quieres que lo haga yo!
    —¡Marcelo, ni se te ocurra! —le agarró por un brazo, furiosa—. Es tu padre...
    —¡Sólo lo fue un minuto, mientras se corría en ti, y probablemente ni eso!
    La bofetada fue dura, enérgica. Un ramalazo de furia materna. Tuvo que hacerle daño en la mano, porque se lo hizo a él en la mejilla, desguarnecido, cogido de improviso.
    Los dos se quedaron muy quietos.
    Arrepentida ella, consternado su hijo.
    Marcelo cerró los ojos.
    Tardó unos segundos en ponerse en pie.
    —Voy a avisar a la señora Agustina —suspiró rendido.
    —No, por favor.
    —No voy a quedarme aquí, como un gilipollas, y además he de salir. No puedo... —su gesto fue desabrido y agotado—. No quiero dejarte sola, ¿vale? Ni sola ni en casa.
    —Estoy bien.
    —Voy a llamarla.
    —Pero es que siempre la molestamos...
    —Hoy pasarás la noche en su piso. Sabes que no tiene a nadie y que no le importa.
    —Ya no volverá —musitó la mujer.
    —No lo sabes.
    —Siempre que pasa esto se va y no vuelve hasta mañana.
    —Siempre que pasa esto —Marcelo movió la cabeza de arriba abajo.
    —Hijo... —pareció a punto de romper a llorar una vez más.
    —Ya, mamá, ya —agotó el último argumento.
    Se dirigió a la puerta de la habitación, renunciando a su mano extendida en busca de una caricia, en busca del perdón por la bofetada.
    Cuando salió del alcance de su vista se dio cuenta de que mientras su corazón y su mente estaban al rojo, sus piernas temblaban.



EL POEMA DE MARZO

Las puertas del cielo

Soy mitad ángel mitad demonio
    Soy el hombre que perturba tus sueños
        Soy el ser al que has dado la vida
            Llamando a las puertas del cielo
                Mientras cierro la del infierno
Soy el día y soy la noche, pero más el amanecer
    Y más aún el crepúsculo de fuego
        Ardiendo en tu horizonte desnudo
            Porque estoy en todos tus anocheceres
                Metido en tu cama de luces


Soy calor, soy luz, soy rayo de tormenta
    Soy tu fuerza teñida de Arco Iris
        Soy la mano que te da la compañía
            Gritando a las puertas del cielo
                Mientras escapo silencioso del infierno
Soy una parte de agua y otra de tierra
    Una de aire y el resto de brasas vivas
        Calentando tu espíritu en secreto
            Nunca volveremos a temblar de frío
                Con el amor quemándonos el alma


Soy el tiempo que nos queda
    Soy tu amor hecho frontera
        Soy polvo de mil estrellas
            Viniendo a las puertas del cielo
                Mientras me olvido para siempre del infierno
Soy tu carne y tu ansiedad
    El placer que nos palpita
        Y los sentimientos que nos han despertado
            Justo a tiempo para saber
                Que nos queda un infinito por vivir y conocer


Las puertas del cielo
    La puerta del infierno
        Extremos de una misma cuerda
            He transitado tantas veces por ella
                Funámbulo desesperado
                    Que ya no sabía si iba o venía
                        Hasta que me diste tu mano


EL POEMA DE FEBRERO

Soy

Soy un hombre escondido
    en mi sombra, quieta espera
Atravesado por vacíos
    silenciosos, noche entera
Soy un hombre de paciencias
    infinitas, corazón de plata
Desbordado de ternuras
    vivas, que el tiempo mata

Soy un hombre plantado
    en una maceta, que mira
Volando sin alas
    muy alto, por lo que aspira
Soy un hombre que camina
    de espaldas, el payaso
Buscando horizontes nuevos
    y soñando, por si acaso

Soy un hombre cargado
    de emociones, sin gastar
Viviré mil años y después
    caeré, volviendo a empezar
Soy un hombre de esperanzas
    eternas, mientras exista
No dejaré que me alcancen
    nunca, será mi conquista


EL CUENTO-POEMA DE DICIEMBRE Y ENERO

CON LO SENCILLO QUE ES

Gynzpfy llegó en su plateada cápsula de metal
Traía consigo todas las estrellas del infinito
Y la luz de mil soles incrustada en sus cinco retinas
    —Ha sido un viaje fantástico —dijo—. Un viaje alucinante.
Zompftze se fundió suavemente con él
Tuvieron una inmediata descarga erótica
    —¿Dónde has estado? ¿Qué has visto? —preguntó ella.
Sus antenas vibraban con emociones abiertas
    —He estado en Himzbwy, en RK-9 y en Aaz,
    y también en un lugar llamado Tierra.
    Allí había personas como nosotros, como tú y yo.
Zompftze penetró en su ordenador mental
Allí vio los recuerdos y las imágenes
    —Qué extrañas criaturas —suspiró divertida.
    —Quería traerte una como regalo, pero lo dejé
    Son seres químicamente inestables, ¿y sabes lo peor?
La nave se enfriaba en el jardín de plástico
El hogar era confortable y desprendía volutas de paz
Gynzpfy esparció sus moléculas por el espacio
    —¿Qué es lo peor? —quiso saber Zompftze
Tocó un rayo de luz. Se bañó en un fragmento de tiempo
    —Son unos locos primitivos —dijo él—,
    se pasan la vida buscando la felicidad.
Ella cambió de color, se deshizo y volvió a reconstruirse
Mientras sus generadores la hacían reír
    —¿Y qué hacen cuando no la encuentran?
    —Se mueren y desaparecen, ¿no es estúpido?
Zompftze lo envolvió y tuvieron otra descarga
    —¿Así que todavía no lo han descubierto?
    —No —dijo él relajándose en un azul intenso.
    —Debe de ser triste, ¿no te parece, cariño?
    —Comenzaron a vivir al revés, eso es todo.
    Dejaron lo más importante para lo último.
Zompftze movió sus terminaciones elásticas
Abrió una alacena de cristal y cogió las píldoras
    —Con lo sencillo que es —pensó reflexiva.
    Y le dijo a Gynzpfy—: ¿De qué color la quieres?
Él sonrió con su cavidad ventral, un momento
    —Hoy la quiero verde —escogió.
    —Yo la tomaré rosada —prefirió ella.
Tomaron las píldoras. Afuera se había hecho la oscuridad
La felicidad comenzó a hacer su efecto maravilloso
    —Ven —dijo Gynzpfy—. Tengamos una descarga más
Y pasaron la larga noche de un millón de tiempos
Haciendo el amor llenos de felicidad.



EL POEMA DE NOVIEMBRE

SUITE DE LOS PUENTES
(Una historia de amor de cada día)


Primer Puente

Fíjate,
le dije a mi imagen en el espejo.
Todos tenemos dos ojos
pero no son iguales.
Uno de nuestros ojos ríe
mientras el otro llora.
Uno de nuestros ojos miente
mientras el otro le canta a la verdad.
Uno es feliz
y el otro parece preocupado.
Basta con poner un papel vertical
sobre la fotografía.
O separar las dos partes de una cara.
Fíjate,
le dije a mi imagen en el espejo.
Si pongo otro espejo
la mitad de mi cara
es distinta de la otra mitad.
Entonces,
¿quién soy yo?
Y mi espejo no me contestó.
Así que levanté el puente,
el puente que separa mis dos ojos,
mis dos mitades,
mis dos aspectos,
y volví a ser yo mismo.
Ningún puente te permite llegar.
Ningún puente te cruza a un lado
desconocido.
No hay puentes para unir risas y lágrimas.
Ni siquiera los hay entre tus ojos
Tú eres el horizonte
y yo quien necesita llegar
hasta ti.

Segundo Puente

Al bajar a la calle estabas en mí.
En mi pensamiento,
mi gravedad,
mi miedo.
Seguí pensando en el espejo,
pero también en tu llamada.
Los extraños mensajes
de nuestra conversación.
¿Por qué será que le temo al amor?
Alguien dijo que la pasión destruye.
Es posible que te conociera.
Hay una gran distancia entre los dos
y ningún puente capaz de salvarla,
a menos que juntos nos encontremos
a mitad de la corriente
y dejemos que sea ella
quien nos arrastre hacia lo más profundo.
Pedimos la paz en mitad de cada guerra.
Buscamos la guerra en el aburrimiento de la paz.
Dime, sombra inquieta en mi pensamiento,
¿puedes darme más amor que lágrimas?
¿Valdrá la pena desafiar al tiempo
y jugar al filo de lo imposible?
Hay muchos puentes por salvar
pero el primero siempre es el primero.
El más importante, el más duro.
¿Dónde podemos encontrarnos tú y yo?
¿Construimos el puente o nos perdemos
olvidando la tentación de tenernos?
Te quiero porque eres prohibida,
pero mis manos ya han construido
demasiados puentes
y siguen estando vacías.

Tercer Puente

Había tanta luz en nuestro primer día.
Aquella mirada.
Aquella atracción, suspendida en el tiempo.
Supimos que era inevitable.
Dimos el primer paso.
Quedamos flotando en una esfera.
No hizo falta un puente.
Dimos un salto.
Nos encontramos empujados por el miedo.
Luego,
el amor nos hizo concebir la distancia.
¿Es un sueño?
Quisiera tener aquel puente hecho canción.
¿Recuerdas?
Un puente sobre aguas turbulentas.
¿Pero cuál de mis ojos miras?
¿Que mitad de mi cara ves?
¿Es la que ríe o es la que llora?
Necesitaríamos mil puentes
para salvar todas las distancias,
y es tan duro el primer paso.
Vamos, pon un cristal,
un espejo en mitad de mi cara.
Deja que te dé mi sonrisa
a cambio de tu corazón.

Cuarto Puente

¿Y tú?
También ríes y lloras.
Hay un largo, largo puente,
llamado edad, recelo, nostalgia.
Siempre cogido a contratiempo.
En el momento de tocarte por primera vez,
de sentirte y acariciarte,
el puente se hizo quebradizo.
Hoy temo que se convierta en vacío.
Mi paz hace todos los caminos,
pero tu guerra abate todos los puentes.
¿Por qué son siempre destruidos?
Escucha.
Bastaría con trenzar una senda
en el cielo,
que fuera sólo tuya y mía.
Encerrarnos en una urna de cristal.
Parece tan estúpido hablar de amor.
Parece tan ridículo permitir
que los sentimientos nos conmuevan.
Necesitaríamos mil vidas
y la esperanza
de poder compartir una sola.
Hay demasiados laberintos
y muy pocos puentes.
Si pudieras recorrer los caminos
de mi soledad,
llegarías hasta el último puente.
El último paso.
La última esperanza.
Si pudieras venir hacia mí
no haría falta ningún puente.
Si pudiera llegar a tenerte
no haría falta
soñar.

Quinto Puente

Todo ha sido hermoso.
He vuelto a casa navegando
por calles oscuras y mundos cerrados.
Paso a paso.
Puente a puente.
Recordando.
Vivir es la quimera de toda ilusión.
Nunca sabemos si es bastante,
si es suficiente.
Amar sigue doliendo.
Esta es nuestra historia.
Este es nuestro sueño.
Espera,
deja ese recuerdo quieto
antes de que me asome al espejo
y descubra que mis dos ojos
mis dos mitades,
están llorando,
o sonriendo,
o ambas cosas,
o...
Mañana volveré a buscar otro puente
para decirte
que te quiero.


EL POEMA DE OCTUBRE

Volveremos

Volveremos a creer
Volveremos a luchar
Volveremos a saber
Volveremos a confiar
Sólo es un poco de tiempo, vida mía
Un poco de tiempo que se nos va
Perdido entre toda la fantasía
En este camino hacia el Más Allá
Volveremos si deseamos existir
Y moriremos si no nos importa morir

Volveremos a pensar
Volveremos a querer
Volveremos a ganar
Volveremos a entender
Sólo es una idea feliz, dulce amor
Una idea feliz que nos lo pone fácil
Esquiva entre todo este rencor
Que hace de nosotros algo tan frágil
Volveremos si deseamos resistir
Y moriremos si no nos importa morir

Volveremos a tener
Volveremos a esperar
Volveremos a correr
Volveremos a dar
Sólo es una esperanza, corazón
Una esperanza que nos permite la grandeza
Flotando entre cielos de ilusión
Y con las manos llenas de entereza
Volveremos si deseamos vivir
Y moriremos si no nos importa morir


CAPITULO 3 DE "LAS FRONTERAS DEL INFIERNO", EDITADA POR SM EN SU COLECCIÓN ALERTA ROJA EN SEPTIEMBRE DE 2007

   
Octavio, el hijo del primo de su padre, tenía un año más que él, diecisiete. Llevaba seis años en España y apenas si se acordaba de cuando jugaban juntos en Quito. Era como si en el pasado ya se hubieran formado las primeras lagunas. El tiempo adquiría nuevas formas y dimensiones. De lo que sí se acordaba era de que Octavio, por ser mayor, siempre había sido el jefe, y de que él le seguía a todas partes como un corderillo, a veces incluso metiéndose en líos y problemas.
    Líos y problemas que siempre caían sobre sus espaldas.
    —¿Cómo va el jet lag?
    —Bien —fue sincero.
    —Vamos, te mostraré el barrio, para que sepas por donde moverte.
    —¿Ahora?
    —El lunes empiezas a trabajar. Tienes dos días. No es mucho para ponerte a punto, ¿no crees? Esto no es Quito.
    No, no era Quito.
    Ni siquiera había una montaña que utilizar como punto de referencia, como su Panecillo, con su impresionante vista sobre la parte colonial de la capital.
    —Está bien.
    Su madre estaba en la escalera, hablando con otras mujeres, integrándose. Ellas le preguntaban cosas del país que había dejado atrás, y ella por su parte les preguntaba cosas del país que tenía por delante. Era una conversación a seis voces en la que se mezclaban opiniones, consejos, recuerdos, risas...
    La presencia de los dos jóvenes hizo que dejaran de hablar un momento.
    —Me llevo a Tasio a dar una vuelta.
    —Qué alegría que estés aquí, Octavio —suspiró la mujer—. Así no se sentirá solo ni desubicado.
    —Pues claro.
    Bajaron por la escalera. Del rellano les llegaron los últimos comentarios.
    —¡Que guapo es su hijo, Coralita!
    —¡Arrasará! ¡Las muchachas se lo disputarán en cuanto le vean!
    —¡No, no, para mí Lucecita, yo le hablo!
    La tormenta de risas los despidió.
    Ya en la calle, Octavio le pasó un brazo por encima de los hombros. Tenían la misma estatura.
    —Lo primero será ponerte ropa adecuada.
    —¿No voy bien?
    Octavio echó a andar hacia su izquierda, guiándole con la presión de su brazo. Tasio lo miró de reojo. La camiseta amplia, muy amplia, los pantalones bajos, muy bajos, con las perneras rozando el suelo, las zapatillas deportivas aparentemente nuevas, los gruesos collares colgando de su cuello, los diversos anillos en las manos, la cadena con la llave de su piso, los tatuajes visibles en los brazos, con imágenes de Jesucristo, una corona de espinas, una serpiente enroscada...
    Y el pañuelo verde en la cabeza.
    —Has venido en una buena época —le dijo Octavio—. La primavera y el verano son estupendos, mucho calor. Luego llega el tiempo triste, el otoño, y para cuando descarga el invierno... —se estremeció.
    —Mi padre dice que a veces la temperatura llega a menos de cero grados.
    —Y nieva. Esa sí es toda una experiencia.
    —No sé si sabré acostumbrarme al frío —reconoció él.
    —Primero es duro. Hay que dormir con mantas, que pesan y te aplastan. Hay resfriados, a más de uno se le ponen los dedos como salchichas por los sabañones, oscurece muy temprano... Luego te acostumbras —se encogió de hombros—. Uno se acostumbra a todo, y esto está bien. Si eres listo puedes hacerte el amo, y ganar mucha plata.
    —¿Cómo?
    —Bueno —alargó la e y se encogió de hombros por segunda vez—. Hay que verlas venir, y adaptarte, y saber escoger el momento... Ya sabes.
    No, no sabía. Pero no se lo dijo.
    El dinero que su padre había enviado aquellos cinco años fue muy importante, para mejorar, pagar deudas, tener una vida digna, comer, estudiar...
    Sobre todo estudiar.
    Allí la palabra sonaba extraña.
    —Te voy a mostrar nuestro saludo —Octavio se detuvo y le cogió la mano derecha—. Primero cierras el puño y se lo ofreces al que tienes delante. Él hace lo mismo y entrechocáis los nudillos tres veces. A continuación unís los dedos índices, tirando con fuerza, y para terminar pones el brazo así, con el puño a la altura del pecho, y lo cierras haciendo un gesto de fuerza.
    —¿Y para que necesito conocer ese saludo?
    Octavio reemprendió la marcha. Su tono era de lo más familiar.
    —Esta noche o mañana te presento a los demás, te cuento dónde nos vemos, qué hacemos para pasarla bien, dónde bailamos... Y en cuanto pueda y me den permiso, te llevo con nuestro grupo.
    —¿Grupo?
    —Nosotros lo llamamos grupo. Los demás banda. Da lo mismo. Son los hermanos. Habrás de afiliarte —le dijo Octavio con la mayor de las naturalidades.
    —Espera, espera —se detuvo en seco en mitad de la calle—. ¿Tú eres de una banda?
    —Todos nosotros lo somos, primo.
    —No vine a España para eso —lo miró con gravedad.
    Octavio alzó las cejas. Primero pareció sorprenderse, después molestarse. Finalmente cinceló en su rostro del color del cobre una sonrisa cómplice.
    —Tú no sabes, Tasio.
    —Sé lo suficiente. En Quito ya tuve algunos problemas.
    —Conozco la historia, tu valor. Pero allá es distinto. Aquí somos extraños, y si no estamos unidos, si no defendemos a nuestras mujeres y hermanas, es como aceptar la sumisión y la derrota.
    —¿De qué derrota hablas? No estamos en guerra.
    —Nosotros, la Nación Latina, no lo estamos —concedió Octavio hablando despacio—. Pero los otros sí. No somos violentos, te lo digo. Somos diferentes a las demás bandas. Pero si no nos defendemos vienen ellos y ¡pum!, ¿entiendes? Por eso la formamos y nos llamamos así. Si no formas parte de algo estás solo, y si estás solo no existes, estás muerto, eres un blanco fácil. Vamos, ven —le tomó del brazo y lo arrastró unos pocos metros, hasta un escaparate delante del cual se detuvieron—. ¿Qué ves?
    —A ti y a mí.
    —No somos blancos, somos mestizos, y lo seremos siempre. Podremos trabajar, salir adelante, casarnos y tener hijos acá, pero seguiremos siendo lo que somos, con este aspecto. Fíjate en ti.
    Tasio estudió sus facciones, menos indígenas que las de Octavio, con la piel mucho más blanca que la suya aunque no del todo. Era la imagen que cada día le transmitía el espejo.
    —Eres guapo, primo —le hizo notar Octavio—. Aquí te comerás a muchas hermanitas. Pero no te engañes. Tu aspecto no es europeo. Para ellos —abarcó el mundo en general abriendo los brazos— siempre serás un emigrante, un ser inferior, de tercera clase. No puedes ganarte el respeto tú solo. Necesitas a los hermanos. Necesitas al grupo. Y eso es lo que somos nosotros —su voz se pobló de orgullo al pronunciar las dos palabras finales—: Nación Latina.
    Tasio se apartó del escaparate.
    Octavio no reaccionó hasta que hubo cubierto media docena de pasos.
    —Todo se te hace raro, ¿verdad? —volvió a pasarle el brazo por encima de los hombros—. Bueno, te adaptas rápido. No hay problema. Tómate tu tiempo aunque...
    —¿Qué? —lo apremió al ver que se detenía.
    —Si te matan tendrás toda la eternidad, pero para arrepentirte —puso punto final a su alocución Octavio.


CAPITULO 1 DE "RADIOGRAFÍA DE CHICA CON TATUAJE", PUBLICADO POR LA GALERA EN OCTUBRE DE 2007 EN SU COLECCIÓN EL CORSARIO

   
Nunca había estado en una cárcel, y hasta el aire era un prisionero más.
    —¿Me deja el DNI?
    Se lo entregó al funcionario. Lo examinó como si fuera el primero que viese en su vida.
    —Su abogado ha concertado esta cita —casi se vio obligada a decir Carla.
    —Sí, claro.
    Una estupidez. Se calló. Mejor no abrir la boca. El funcionario tomó finalmente nota de su número y le entregó una credencial.
    —Póngasela a la vista —le recomendó—. Y siga las instrucciones de los guardias en todo momento.
    —De acuerdo, gracias.
    Era un hombre de mediana edad. Aun así, su mirada la desnudó. O tal vez fuese por ello, porque allí no se veían mujeres, y menos como ella, ni mayores ni jóvenes, salvo las visitas. Carla se sintió amargada. Las miradas de los hombres mayores siempre la atravesaban. La mayoría tal vez tuviese hijas de su edad.
    —Acompáñeme —el relevo también la trató de usted.
    Se movió igual que un autómata. Mejor dicho, la guiaron. Pasó de mano en mano mientras el eco de sus pisadas resonaban por aquellas paredes vacías y desnudas. Cada puerta que se abría lo hacía con estruendo, y al cerrarse expandía el tono metálico de sus goznes y sus hierros por doquier. Sólo faltaba el sonido de las cadenas, como en los viejos chistes en los que se veía a los condenados con ellas y una bola de hierro, para que no escaparan.
    Escapar.
    Carla quiso hacerlo.
    Siguió caminando. Llegar hasta allí no le había sido fácil. Ahora tenía que verle.
    Saber.
    —Espere aquí —le dijo el último guardia.
    Esperó, nerviosa, con las manos unidas y apretadas al máximo. Tuvo unos incontenibles deseos de orinar, de pronto, y eso la hizo sentirse más ridícula. Orinar en la cárcel. Ni loca. ¿Y si no había un lugar donde las visitas pudieran hacerlo? Se acercó a la ventana enrejada, para distraerse, y al otro lado descubrió un patio atiborrado de reclusos, de todas las edades pero mayoritariamente jóvenes. Estuvo a punto de gemir. Se llevó una mano a la boca y lo abortó. Tuvo que mordérsela. Se le antojó un purgatorio, ni siquiera un infierno, sólo un purgatorio repleto de almas perdidas. Hombres que esperaban, hombres que morían un poco día a día.
    Nunca como hasta ese momento había valorado más el concepto de la libertad.
    Y él estaba allí.
    Carne de presidio.
    Escuchó el ruido a su espalda y se volvió. Diego entraba por la otra puerta acompañado del mismo guardia que le había dicho a ella que esperase. Trató de ser fuerte y a duras penas lo consiguió. El aspecto de su novio no era el mejor. No estaba para tirar cohetes. Su estatura, su buena imagen, todo lo que la había enamorado y seducido, quedaba ahora oculto bajo una pátina de oscuridad y depresión. Las bolsas bajo los ojos, un par de kilos menos, el cansancio, el fantasma del miedo...
    —Siéntate —le ordenó el guardia.
    Curioso. A él le trataba de tú. Era un reo. A ella en cambio de usted.
    Y se dio cuenta de que allí, su cabello rubio, su esbeltez, su sensualidad, incluso la misma ropa con la que se había vestido para que él la viera guapa, eran como una burla. Un cisne entre cucarachas.
    No dijo nada. Esperó.
    Sólo sostuvo la mirada de Diego.
    Parecían haber pasado mil años.
    —Señorita —el guardia le mostró a ella su silla, al otro lado de la mesita que iba a separarles. El tiempo ya corría en su contra, así que le obedeció.
    No supo si podía cogerle las manos. Ella las dejó sobre la mesa.
    Diego sí lo hizo.
    Se estremeció.
    —Carla...
    —Hola —se sintió muy cansada.
    —¿Cómo estás?
    —Bien —se encogió de hombros.
    —Gracias por venir.
    —¿Por qué me das las gracias?
    —No sabía si querrías. Le dije a mi abogado que necesitaba verte, por encima de todo. Sólo a ti.
    —Ya estoy aquí.
    —Carla, escúchame —bajó la cabeza, buscó las palabras. Tenía mucha labia, sabía hablar, embaucar, formaba parte de su encanto. Pero allí era otro. Allí era un cuerpo más, con la mente desnuda—. Quería que me miraras a los ojos... ¿Sabes. Quiero decir que...
    Le apretó tanto las manos que le hizo daño.
    Ella las miró. Los dos tenían las manos bonitas.
    —¿Lo hiciste? —le ayudó con un nudo en la garganta.
    —¡No!
    Más que una respuesta fue un salto, un alarido desesperado surgido de lo más profundo de su ser. El tapón que liberó su rabiosa espuma.
    —Vale —suspiró Carla.
    —¡Has de creerme! Si no me crees tú, ¿quién lo hará? ¡Los demás me dan igual, tú no! —tragó saliva y se aferró más a ella—. ¡Soy un imbécil, lo sé, y no te merezco! ¡Mierda, eso también lo sé! ¡Lo único bueno que tengo eres tú y no quiero perderte! Si no confías en mí no me queda nada, ¡nada!
    —Siempre es igual, Diego —su voz sonó muy débil—. Cada vez me dices lo mismo y ahora...
    Se dio cuenta de que había dicho siempre, y sólo llevaban un año.
    Siempre.
    —Es la verdad —jadeó él quebrándose a la velocidad de la luz—. Más que nunca, es la verdad, mi amor. Yo no lo hice. ¿Piensas que puedo matar a alguien, y menos a...?
    No pudo decirlo.
    —Llevo todos estos días en estado de shock —musitó ella—, debatiéndome entre lo que quiero creer y lo que todos  dicen, entre lo que sé y lo que no sé. Ahora mismo te miro y...
    —Créeme.
    —Los periódicos dicen que ella tenía tu semen.
    Diego apretó las mandíbulas y cerró los ojos.
    —¿La violaste pero no la mataste?
    —¡No la violé! —reaccionó con tanta furia que Carla dio un respingo—. ¡Lo hicimos, sí, pero no la violé y ni mucho menos la maté!
    La atravesó el dolor. De lado a lado, de arriba abajo. El dolor invisible del alma al resquebrajarse. La sensación le llegó al estómago, a los pulmones, a la mente. El estómago se le descompuso de golpe, los pulmones se quedaron sin aire, la mente se puso a dar alaridos en silencio.
    Despacio, muy despacio pero con firmeza, retiró sus manos.
    Diego trató de retenerlas pero no pudo.
    Carla las escondió bajo la mesa
    —Lo siento... —gimió él.
    —¿Qué pasó?
    —Si hubieras estado conmigo en lugar de estudiando...
    —¿Qué pasó?
    —¡Nada! ¡Fue una tontería!
    Se levantó dispuesta a irse. Diego la atrapó saltando desde el otro lado. El guardia les lanzó una mirada de desconfianza, presto a interrumpir su charla.
    —Por favor...
    Se sentó de nuevo.
    Y le miró fijamente.
    —No sé lo que pasó —se reclinó hacia atrás—. Por más que lo intento recordar todo...
    —¿Qué tomaste?
    —Unas cervezas...
    —Diego, la verdad —bufó agotada.
    —Un par de pastillas —suspiró.
    —Joder, tío...
    —Estábamos todos y... ¡Vale, mierda, de acuerdo! ¡La cagué! ¡No me presiones más de lo que ya estoy!
    —Sigue.
    —Los periódicos...
    —Cuéntamelo.
    Se resignó por última vez.
    —Me fui con Gustín, de marcha. Era nuestro primer aniversario y no quise quedarme en casa. Te lo dije. Te dije que si no salías lo haría yo.
    —En plan venganza, para castigarme.
    —¡No! —se desesperó—. Pero quería pasarlo bien, eso sí. Gustín y yo nos fuimos de colegas, estuvimos en el bar de Paco, en el Diorama... Allí aparecieron Quique y Nando.
    —Los 4 Jinetes.
    —Bebimos unas cervezas. Las pastillas llegaron después. Fue Nando el que se encontró con ellas, Gabi y Sole. Las conocía de vista. Empezamos a tontear... —se mordió el labio inferior—. Una cosa llevó a la otra.
    —Acabaste en tu casa, en tu cama, con ella.
    —Nos acostamos, nada más —desgranó agotado—. Cuando me desperté Gabi ya estaba muerta.
    —Me juraste que si un día tenías una historia, algo como esto, aunque no me lo dijeras, no correrías riesgos y usarías un condón.
    Diego tocó fondo.
    Ya no dijo nada.
    —¿Y el sida, por Dios? ¿Y si pillabas algo y luego...?
    En la calle y con 20 años era un hombre. Allí se le antojó un niño.
    Muchos decían que ella era más mujer a punto de cumplir los 17 que él a su edad.
    Carla se levantó de golpe.
    La bofetada estalló como un trueno seco. Fue dura, fuerte, rabiosa. Pero la que se echó a llorar después fue ella, antes de derrumbarse en la silla y de que el guardia se acercaba para decirles algo, tal vez que ya era la hora.


EL POEMA DE SEPTIEMBRE

Debido al éxito del poema en catalán “T’estimo”, este mes publicamos otro poema de Jordi en esta lengua, "Estic fet de mitges llunes" (Estoy hecho de medias lunas). Hay traducción en el foro de Jordi: <http://elforo.de/foroficialjsif/viewtopic.php?p=3072#3072>.

ESTIC FET DE MITGES LLUNES

Estic fet de mitges llunes
i voldria
estar fet de llunes plenes
per omplir la joia de la vida
del meu vell i vençut cos
ple de bocins de mitges llàgrimes.
Em sento incomplert
Moltes vegades desert
Tinc un cel ple de mitjos estels
i una ànima plena de mitges esperances
Floten mil imatges que em donen
mitges realitats perdudes
però, en canvi, tinc tots els dubtes
Estic cobert de mitges ones
i mitges pluges em banyen la cara
Tinc mitges nits per omplir
després de mitjos dies blancs
Tantes meitats em fan sentir nu
i altres tantes em fan perseguir
mil possibilitats de mitges felicitats
Em sento mig buit,
mai mig ple
Em tremolen mitges ànsies
amagades darrere els colors
de mitjos desitjos frustrats
He tingut massa mitjos amors
per fer un sol amor complert
i he perdut en mitges morts
les hores de la meva soledat
M´han robar una mitja vida uns
i m´han censurat mitja vida altres
Tinc totes les meitats de mi mateix
tancadas dins la meitat del meu cor
i tinc massa ànsies que em dolen
flotant a l'altra meitat
Estic sempre perseguint la llum
i la perdo encegat per ella
Podria morir després de mig camí
i viure després de mig exili
I podria estar i tot content
Podria ésser inmensament ric
Però tantes meitats em fan petit
ridícul, quasi estrany
Dec ser mig home buscant mitjos somnis
dins d'un món que flota
al mig del meu infnit?
Tinc completes coses que no vull:
La por, l'egoisme, la mort
i em falten totes les meitats
que voldria per ser del tot feliç
Estic mig cansat
Estic mig despert
Estic mig perdut
I a mig camí de mi mateix
Estic fet de mitges llunes
i voldría
estar fet de llunes plenes.


EL POEMA DE JULIO Y AGOSTO

Cantos del Tiempo en el Día y la Noche

I - Tiempo

Tiempo, Tiempo
que me atas
me persigues
me atrapas
me vences
me dominas
y me olvidas
en la estela de tus Días y tus Noches

II - Día

Hoy quisiera que el Día fueras tú
Amanecer en tu parpadeo y creer
que los soles de tus ojos me dan el calor
Despertar en tus brazos y saber
que las nubes de tu cielo están pintadas
Y quisiera ser tu cama y tu almohada
tu mañana y tu sonrisa
Cada gota de tu ducha lamiéndote la piel
formando senderos húmedos en ti
y saltando en el vacío de tu paz
Después mirarías por la ventana
y verías el mundo a tus pies
mientras un "te quiero" y un beso
te devolvían a la realidad de mi deseo
Cada Día es una puerta
Cada Día abre una esperanza
Hoy quisiera volar hasta la tuya
porque la mía es un anuncio por palabras
impreso en el periódico de mi voz
Hoy, mañana, todos los Días
Contando el Tiempo hasta el momento
en que volvamos a tender nuestro puente
a través de la distancia
Pero hoy es hoy, por las horas de sus horas, amén
y quisiera que cada hora fuese una
Juntos, a la espera de un milagro
De Día soñamos la Noche
De Noche perdemos el Día
Como condenados por falta de delito
Mis Días están llenos de palabras
Los tuyos de lluvias de otoño
Mis Noche son muy largas
Las tuyas saben a leche y miel
Pero hoy quisiera que el Día fueras tú
Pintada de primavera y vestida de amor
Con el viento en tus cabellos
y la tormenta en tus sentidos
Mano suave, labio rojo,
pecho en calma, sexo abierto
Mía a través del imposible que rechazas
Tuyo por la fuerza del deseo
Si cada Día es vida y vivir es pasión
¿que nos detiene al filo de la calma?
Si cada Noche es promesa y prometer es dar
¿que nos impide el calor de esa fantasía
con la que poblar nuestra sorpresa de luces?
Escucha, ¿no oyes cantar al Día?
Atiende, ¿no sientes la locura de tu sangre
corriendo como un cometa en tu ser?
Hoy es el Día y todos los Días
Esperame, aunque llegue mañana
Hoy es el Día y la hora y el todo
en el que aguardaremos la Noche
Nuestra Noche cantada de estrellas
con una cama en la Luna y el amor tras la ventana
El último Día para la primera Noche
Coge mi mano, espera
Tiendo mi cuerpo, aguarda
Mi siento como un niño el 6 de enero
descubriendo que el todo está en mis manos
Hoy quisiera que el Día fueras tú
pero más que fueras la Noche
llamándome, buscándome, teniéndome
hasta romper con la catarsis del recelo
Es de Día y canto
Anochece y me sobrecoge el murmullo
De Día la Noche es quimera
De Noche el Día es olvido
Dime, forma suave de mi ansiedad
¿esperamos un primer paso
o nos encontramos en mitad de ese destino?
Quizá el Día sea yo
y tú la Noche poblada de sueños
Daría mi voz para que mi grito te alcanzara
Pero sólo soy un susurro
¿Podrás oirme? ¿Querrás oirme?
Acaba el Día y comienzan los temores
Te siento y me sientes al llegar la hora
Te quiero
Y quisiera que la Noche fueras tú
Dormir en tus ojos y creer
que los soles de tu paz están abiertos
Mecerme en tus brazos y saber
que las nubes de tu cielo son la vida
De Noche, de Noche
Justo al morir el Día

III - Noche

De Noche los sentidos son turbios
y las distancias largas
Cualquier distancia
Hay un millón de emociones en mis manos
pero sólo una sensación en mi espíritu
Un millón de posibilidades y esperanzas
pero sólo un camino me lleva a ti
Necesito un minuto para tocarte
una eternidad para tenerte
Besar la esquina del Tiempo
por el que te alejas
Necesito llegar a saber mi horizonte
mientras conozco tu presencia
o tu ausencia, llena de mi
Si estoy en tu pensamiento
la próxima vez llena mi esencia
Una hora no basta al final, sino al comienzo
Una hora no basta nunca, pero vive
Masticaremos el miedo despacio
Para los dos siempre será un misterio
Vamos, mujer de claroscuros
Si has arrancado de mi ser la paz
dame la guerra que me haga romper
Y si has puesto en ti la ilusión
deja que cubra tu alma de estrellas
Los dos temblaremos pero así es el amor
Todas las veces son una primera vez
Vamos, niña de soles y luces
de las lunas y sombras vengo
tendiendo una mano de armonía
Tengo la huella de tus labios en mi piel
y el calor de tu mirada en mis huesos
Si bastara no te pediría más
Si fuera necesario te daría mi aliento
Pero hoy te grito y te busco
confundiendo el deseo con tu imagen
El tiempo no se detiene, empuja
Nos hace burlas y sonríe
Empezamos una y otra vez
Nos encontramos de Día, suaves
y nos despedimos de Noche, turbulentos
Vivimos cortas vidas de horas y momentos
llenos de presencias que nos mantienen
La próxima vez no vamos a soñar
ni a esperar ni a ver ni a temer
Llevamos un Amanecer en cada vibración
Por la luz de tu rostro
o el calor de tu sexo
el rojo de tu orgullo
o el eterno confín de tus ojos de Arco Iris
en los ilimitados límites de los sentidos
Nos basta con mirar a la Luna
Siempre está llena para nosotros
Desde cualquier rincón de nuestro Universo
Vamos, mujer de fuerzas y enigmas
la ansiedad pone frenos en tu camino
Detente y déjame cruzar tu puerta
ahora que tu ya estás en mi umbral
No es mi miedo, sino tu frontera
lo que nos aprisiona en la tormenta
Tengo demasiados recuerdos pintados en blanco
para hacer del tuyo uno más
No es tu promesa, sino mi valor
lo que deberías liberar
Tienes demasiadas voces baldías en tu memoria
para olvidar que la mía es sincera
Cuando subas a mi quisiera que tiembles
Cuando baje a ti me verás llorar
Cuando nos encontremos bastará una vez
Sólo necesitaremos saber y comprender
Saciarnos de respuestas cómplices
Porque algún Día será todo lo que tendremos
La llave de nuestra historia infinita
No quiero que el tiempo nos alcance
sin haber abierto todas las puertas
y cruzado todos los puentes
Aunque nos basta sólo una puerta
aquella que es tuya y es mía
abierta con la llave de nuestros sentidos
colgando del alma
Lo intentamos, ¿recuerdas?
Pero perdimos la voluntad sin resistencia
Ya no basta con pensar que fue un sueño
Porque somos inmortales dentro de él
Esta Noche y todas las Noches
llena de turbios sentidos y largas distancias
cruzaremos todos los márgenes
y haremos el amor
Mañana será otro Día, o tal vez no
Eso será lo primero que discutiremos
al despertar
y lo primero que sabremos
al recordar
a través del Tiempo.


EL POEMA DE JUNIO
(A petición de muchas fans de esta página, este mes presentamos un poema de Jordi en catalán: "T'estimo" (Te amo). Podéis jugar a interpretarlo pero hay traducción en el Foro de Jordi, <http://www.elforo.de/foroficialjsif/viewtopic.php?t=474>)

T’estimo

T´estimo
T´estimo, petita i dolça
T´estimo, cor de roure despullat
T´estimo, per tot el que ets
T´estimo, pero el que m´has donat
T´estimo, per que soc teu
T´estimo, per que et sento meva
T´estimo, per la teva veu
T´estimo, cuan em dius que m´estimas
T´estimo, amb les mans plenas
T´estimo, per la vida que sents
T´estimo, per el somnis que em cerquen
T´estimo, per cada segón de tendresa
T´estimo, ángel del meu cel
T´estimo, carregat de paraules encesas
T´estimo, per una vida sencera
T´estimo, per totes les emocions
T´estimo, joia de la meva pau
T´estimo, esclat de la meva guerra
T´estimo, cridant de sensacions
T´estimo, per totes les caricies
T´estimo, per tots els teus petons
T´estimo, ulls de ametlla plens de sucre
T´estimo, mans de plomas delicadas
T´estimo, llavis de seda bermella
T´estimo, estel de la meva nit
T´estimo, llum del meu día
T´ estimo
¿Que mes et puc dir?
¿Que mes que no sapigues?
¿Que mes que no hagis vist ja en mi?
Que t´estimo
I t´estimo, i t´estimo, i t´estimo
T´estimo, per tot i mes
T´estimo, nomes aixo
T´estimo, t´estimo, t´estimo
No es masa, pero per a mi ho es tot
El que tinc
El que et puc donar
Si en tinguesis prou...
T´estimo


EL POEMA DE MAYO

    EN SOLEDAD

A veces digo tu nombre en voz alta
y es como si gritara
A veces digo tu nombre en voz baja
y es como una oración
A veces digo tu nombre hablando
y es como si despertara
A veces digo tu nombre en sueños
y se convierte en canción

    A veces, a veces, tantas veces
    Eres como una melodía a flor de piel
    A veces, a veces, tantas veces
    tu dulce nombre me sabe a miel

A veces veo tu rostro en el cine
y es como si me llamara
A veces veo tu imagen por la calle
y es una burla del destino
A veces veo tus ojos en una puesta de sol
y es como si flotara
A veces veo tu cuerpo hecho música
y sé que eres mi sino

    A veces, a veces, tantas veces
    Eres como un deseo hecho realidad
    A veces, a veces, tantas veces
    en tu frontera se pierde mi edad

A veces siento tus labios en los míos
y sé lo que es tocar la gloria
A veces siento tus manos en mi mente
y es como si fuera inmortal
A veces siento tu alma en mi ser
y se me desvanece la memoria
A veces siento tu amor junto a mi
y todo se hace real

    A veces, a veces, tantas veces
    Eres como una quimera de bondad
    A veces, a veces, tantas veces
    te digo que te quiero en soledad

En soledad


CAPITULO 6 DE "EL ASESINATO DE LA PROFESORA DE LENGUA". EDITADO POR ANAYA EN ABRIL DE 2007

    La directora del instituto era una mujer rígida, severa, recia y cuadrada. Y al mismo tiempo era un trozo de pan, de ahí lo de Buena. Mantenía una cierta belleza juvenil, de ahí lo de Bonita. Y vestía con un pésimo gusto, de ahí lo de Barata. A su lado, el jefe de estudios, el señor Valerio, sin ningún apodo porque las iniciales de sus apellidos no decían nada, más bien parecía un palillo sin punta. Alto, delgado, calvo, con ropa que debió de pertenecer a su padre porque era siempre una o dos tallas más grande que él, sus ojillos vivos semejaban los de una grulla. Sus movimientos, casi eléctricos, también.
    Los dos entraron en clase y, mientras ellos se ponían en pie, les indicaron que se sentaran haciendo un gesto con las cuatro manos. Como si tocaran el piano, o los tambores.
    La que tomó la palabra fue la directora.
    Carraspeó, unió los diez dedos fuertemente, a modo de rezo, y tras inspirar largamente les anunció:
    —La señorita Soledad no ha venido hoy al centro.
    Eso ya lo sabían, así que la inquietud aumentó. Forma y tono se confabulaban para conferir al momento un deje de lo más dramático. En cuanto a ellos, parecían formar la mejor clase del mundo entero. Ni se movían. Ni respiraban. Espaldas rectas, piernas unidas, brazos sobre las meses. Un ejemplo modélico de comportamiento y urbanidad.
    Pero es que estaban cagaditos de miedo.
    La directora volvió a llenar sus pulmones de aire.
    —Veréis... —empezó a derrumbarse—. En realidad se trata de algo más que eso...
    —Lo que vamos a contaros debe de ser un secreto, al menos en las próximas horas —intervino el señor Valerio, mucho más sereno y con el ceño fruncido—. Un secreto importante, porque se trata sin duda de algo muy... muy grave.
    La directora y su jefe de estudios intercambiaron una mirada fugaz. Suplicante la de ella, resignada la de él.
    —¿Qué le ha sucedido a la profesora de lengua? —no pudo más Ana.
    Oír una voz salida de alguna parte de delante suyo ayudó a que los dos adultos rompieran el hielo.
    —No estamos.... muy seguros de lo que haya podido sucederle —manifestó ella.
    —Hay una total reserva —apuntó él.
    —¿Pero está bien? —insistió Ana.
    Hubo un silencio. La directora y el jefe de estudios parpadearon mientras miraban a la chica.
    —No tenemos ni idea —se rindieron al unísono.
    Ahora sí, la clase se arremolinó presa del desasosiego. Si no tenían ni idea de cómo estaba era, sencillamente, porque no estaba. Es decir, que cuanto menos la señorita Soledad había desaparecido.
    Tal vez, harta de ellos, se hubiera ido a dar la vuelta al mundo.
    O a alguna playa.
    —Tenemos una... esto... una carta de vuestra maestra. Por decirlo de alguna forma —les comunicó por fin el señor Valerio.
    —Una carta que voy a leeros —anunció en un tono muy precavido la señora Bienvenida.
    —Recordad que esto es secreto —insistió el jefe de estudios—. Ni una palabra a nadie. Confiamos en vosotros. Sobre todo porque esto parece atañeros y... bueno, que...
    La directora extrajo un sobre de su bolsillo izquierdo. Luego las gafas del derecho. Se calzó las segundas y extrajo una hoja de papel perfectamente doblada del interior del sobre. Ya no esperó más y, con voz revestida de gravedad, despacio, como si leyera un testamento, les hizo partícipes de aquella singularidad.
    —"Hola. Soy yo, Soledad Olmedo Sánchez, la SOS, la profesora de lengua. Os escribo porque quiero que sepáis algo: me he vuelto loca. Oh, sí. Loca del todo. ¿Una broma? Pues no. Enhorabuena. Lo habéis conseguido. Ya no puedo más. Llevo años luchando con vosotros, y cada vez es peor. Cada curso supera en ignorancia al anterior. Como soléis decir, ¡una pasada! Y he dicho basta. ¡Basta! No leéis nada. Odiáis leer. Luego no entendéis ni una palabra de lo que os dicen o de lo que estudiáis, hacéis unas faltas de ortografía flagrantes y dais pena. Autentica pena. No quiero ver más como arruináis vuestra vida. Hacedlo, pero sin mí. ¿Qué queréis que os diga? ¡Os quiero! ¡Sí, os quiero! ¿Tanto cuesta creerlo? Os quiero pero... hay amores que matan. Hoy esto se ha terminado. Mañana iré al manicomio, o a dónde sea. Mañana. Hoy..." —la señora Bienvenida levantó por primera vez los ojos de la carta y los paseó por la estupefacta audiencia. Su mano tembló. Y también su voz al tragar saliva y proseguir la lectura de la singular epístola—: "Os anuncio que hoy, entre las ocho de la tarde y las doce de la noche, asesinaré a uno de vosotros —hizo una pausa dramática para ver el efecto que causaban sus palabras, que fue demoledor—. El elegido o la elegida pagará por todos. Será mi despedida, ¡el gran final! ¡La maestra que se volvió loca y asesinó a uno de sus peores alumnos! ¡Y encima seré una heroína para muchos que desearían hacer lo mismo, aunque espero que no cunda el ejemplo y nadie me vaya a imitar!"
    —¡Qué fuerte! —balbuceó Fernando.
    —Haz el favor de callarte, que la carta sigue —impidió que se alzara un remolino de voces el señor Valerio.
    —"Sólo me detendré —la señora directora le puso mucho énfasis a lo que dijo a continuación—, si alguien da conmigo antes de las 8 de la tarde. Y no estaré en mi casa, por supuesto. Hablo en serio: mataré a uno de vosotros si no me encontráis y me detenéis antes de esa hora. Es vuestra última oportunidad. Para ello tendréis que resolver las pruebas que os daré. Si lo hacéis bien, prueba a prueba, no tendréis problema para juntar las pistas y dar conmigo. Pero sé que no seréis tan listos. Si lo fuerais no habríamos llegado a esto. Aún así quiero ser justa y daros esta última oportunidad. ¡Queridos, queridas, a ver quién es más listo! ¡Ánimo, que el tiempo vuela!".
    Fin de la carta.
    Más que de locos... aquello era increíble.
    Desde luego, la señorita Soledad se había vuelto loca.


EL POEMA DE ABRIL

En una noche tranquila

Esta es una noche tranquila
Una de esas noches
Ya sabes
Rodeado de gentes extrañas
En una ciudad perdida
Acabo de hablar contigo
Tu voz
Caricias en mi mente
Tus manos en mi alma
Una noche más
Atados por nuestra cuerda
Extremos que se tocan
Bueno, es una noche apacible
Podría escribir una canción
Aunque no sé quien la cantaría
No sería Springsteen, ni Cohen
No sería Celine, ni Mariah
Podría escribir una canción
Para cantarla en el silencio
Sin música
Tu voz está en mi
Pero no recuerdo tu aroma
Tanto tiempo y sigo ciego
Mis sentidos amputados
Por la llama del deseo
Pareces una ilusión
Claro, no existes
Estás en mi imaginación
En mi última novela
Así que esta es una noche tranquila
Y a mi me toca dormir
Tal vez soñar
Soñaré que hablo contigo
Para que acaricies mi mente
Y tus manos atrapen mi alma
Una noche más
Un sueño más
Esta es mi canción
Silencio


EL POEMA DE MARZO

CREO

Creo que me iré a Vallirana
a buscar un poco de paz
Creo que me iré a Vallirana
a buscar un poco de amor
Creo que necesito un minuto
para tenerme de nuevo a mí mismo
Creo que todo cuanto creo
está en mi tranquila montaña

Creo que mi espíritu pide
esa huella que me habla en susurros
Creo que mi voz se alza
apretando silencios que huyen
Creo que he ganado el premio
para hacerle un guiño a la suerte
Creo que todo cuanto creo
me arropa y me hace camino

Creo que cogeré mi maleta
llena de cálidas soledades
Creo que escaparé callado
porque hoy mi fiebre me empuja
Creo que este es el día
para probar fortuna de nuevo
Creo que todo cuanto creo
lo tengo en mi casa del cielo

Creo que me iré a Vallirana
a buscar un poco de lluvia
Creo que me iré a Vallirana
a buscar un poco de viento
Creo que necesito un minuto
para encontrarme otra vez a mí mismo
Creo que todo cuanto creo
está en mi tranquila cabaña


CAPITULO 1 DE "LOS DIENTES DEL DRAGON". EDITADO POR SM EN ENERO DE 2007

   
El hombre apareció en el pueblo como un sombra sólida.
    Era un poco más alto de lo normal, un poco más grueso, un poco más incierto. Llevaba ropas vulgares pero no era vulgar. Daba la impresión de que trataba de pasar desapercibido, pero no pasaba desapercibido. Se movía igual que una serpiente, es decir, de manera sinuosa. Parecía pasear, pero no paseaba. Parecía estar ocioso, pero sus ojos vivos le delataban. Parecía también una araña dando vueltas en torno a una tela. Y lo era.
    Yo le vi la primera vez en la plaza, quieto, desprendiendo soles fríos y lunas blancas a través de sus ojos protegidos por unas gafas de sol oscuras. Intuí el vacío de su mirada y me estremecí. Me lo quedé mirando unos segundos, por la novedad, pero ese estremecimiento me impulsó a seguir caminando. Le di la espalda ignorándolo y eso fue todo.
    La segunda vez fue cerca del templo. Anotaba algo en una libreta y observaba las casas. Me pregunté para que querría un extraño estar allí, y para qué querría anotar algo en una libreta. Entonces, como si nuestros pensamientos se sintonizaran, movió la cabeza en mi dirección y me miró. No pude verle los ojos a causa de sus gafas oscuras, pero el estremecimiento de la primera vez se hizo mucho más intenso.
    Me sonrió.
    Me atravesó.
    Su sonrisa era amarilla. Sus dientes negros. Seguí caminando y ya no pude volver a ignorarlo.
    Por eso la tercera vez me alarmó tanto.
    Aquella noche, hablando con mi padre.


EL POEMA DE FEBRERO

Fuego

Padre, las flores están ardiendo
Algo les sucede a los campos de la vida
Puedo escuchar su rugido gimiendo
Agonizan llamando a muerte compartida
Son la sentencia de un adiós dolorido
Que viene para llevársenos a todos
Me enseñaste a no caer en el olvido
Tiemblo por el amor que barrerán los lodos

Padre, el cielo se está abrasando
Sobre nuestras cabeza las hordas rugen
Mientras las nubes se funden llorando
Bajo la roja carga los vientos crujen
Es el mismo sol quien teme y se agota
Nos quema los segundos en su violencia
La furia quiebra esta tierra rota
Y ya no hay espada que pida clemencia

Padre, mi cuerpo se está quemando
No me hace daño, sólo es amargura
Es mi origen que se va olvidando
Con el silencio final de tanta locura
Cada mañana que ya no veré
Mata los ayeres que aún me duelen
Cada futuro que hoy perderé
Se burla de tantos sueños que me hieren

Padre, el universo está en llamas
Ya no habrá más luces ni primaveras
La mano oscura barrerá nuestras camas
Segando de fríos aquellas quimeras
Ni flores ni cielos, ni vida ni muerte
Si pudieras decirme que todo es mentira
Esperaría del destino una mejor suerte
Hasta que volvieran las paces ausentes de ira



EL POEMA DE ENERO

Todas las mañanas abro la ventana del mundo
Todas las mañanas me pongo los zapatos de la ilusión
Todas las mañana
s me lavo con el agua de la vida
    No importa que anoche estuviera nublado, o lloviendo
    A veces me duele que te acostaras sin decirme «te quiero»
    Pero yo también estaba muy cansado para soñar
Todas las mañanas pienso que hoy el día será mejor
Todas las mañanas te acaricio con mi mente y beso tu aliento
Todas las mañanas deseo que al anochecer me des tu calor
    Y sin embargo las sábanas se enfrían rápido al levantarnos
    La vida ha dado muchas vueltas dentro y fuera de nosotros
    Mientras el amor se llenaba de paz y nos cerraba los ojos
Todas las mañanas son días llenos de preguntas
Todas las mañanas son respuestas llenas de dudas
Todas las mañanas están llenas de suspiros tras los silencios de la noche
    Y aún tenemos la esperanza de que todo lo que fuimos vuelva
    Aún nos queda ese cariño que el tiempo no borrará jamás
    Aún reímos sabiendo que los dos somos uno más allá de la razón



CUENTO DE NAVIDAD PARA DICIEMBRE 2006 (INEDITO)

 
  
La presencia de Jaime en la entrada del salón, quieto, silencioso, hizo que sus padres dirigieran toda su atención hacia él.
    Estaba muy serio.
    —Yo creía que la Navidad se celebraba en todo el Universo —dijo.
    Papá y mamá parpadearon. Jaime les tenía siempre alucinados. Apenas si alzaba dos palmos del suelo pero era inquietantemente lúcido, despierto, vivo, y con una imaginación...
    Cuando preguntaba algo o se interesaba por un tema, era porque le estaba dando vueltas a la cabeza.
    —Bueno... —carraspeó papá—. A fin de cuentas...
    —Es una festividad de todo el mundo, sí —intentó ayudarlo mamá.
    Jaime les dirigió una de sus miradas de “Vaya-pues-sí-que-ayudáis”. No se quedó nada convencido. Optó por dar media vuelta y volver a retirarse en silencio. Papá y mamá no supieron muy bien qué hacer.
    —Está en la edad —mencionó él.
    —Es increíble la de cosas que pregunta —suspiró ella.
    Continuaron leyendo el periódico uno y arreglando los regalos de Navidad otra, bajo el gran árbol que dominaba el salón con su inequívoca presencia. La casa respiraba paz. Tanta, que dejaron de hacer lo que hacían, inquietos, llenos de paternal desazón, a los pocos instantes.
    —Este último mes... —frunció el ceño mamá.
    —Sí, desde que se inventó todo eso de los slu... slugr...
    Primero, la palabreja no le salía. Pero a continuación se quedó mudo de pronto porque Jaime volvía a estar allí, en la puerta de la sala, con su misma carita seria y concentrada.
    —Slurgis —le ayudó el aparecido.
    —¡Oh, sí, claro! —sonrió él.
    —Y no saben lo que es la Navidad.
    Hubo un leve silencio.
    —¿Qué? —preguntaron casi al unísono.
    —Que los slurgis no saben lo que es la Navidad. En su planeta no la conocen. ¿No es asombroso?
    —Vaya con los slugr... slurgs... slurgis —logró decir papá.
    Jaime seguía serio, más aún, preocupado.
    —Vosotros decís que nadie debe quedarse sin celebrar la Navidad, ¿verdad?
    —Pues claro, hijo —dijo ella llena de dulzura.
    —Es la fiesta más hermosa de todas las fiestas —aseguró él.
    —Todo el mundo debe vivirla en paz y amor, con la familia o los amigos —concluyó su mamá.
    —Siempre ha sido así —concluyó su papá.
    —Vale —pareció aliviado Jaime—. ¿Puedo invitarles?
    —¿A los...? —ya no intentaron decir el nombre.
    —Por favor... —era algo más que una súplica, el tono se revestía de mucha intensidad emocional.
    —Claro, Jaime —estuvo al quite mamá al ver su carita de pena—. Invítalos, hijo. Faltaría más.
    El niño salió a la carrera, feliz.
    —Que cosas se le ocurren —reflexionó su padre, impresionado.
    —Seguro que nos sienta a la mesa a unos muñecos.
    Continuaron con sus cosas, el periódico, los regalos de la familia. En alguna parte se escuchaba música. Villancicos, claro. Se respiraba el ambiente de paz y amor propio de las fechas.
    Tanta paz...
    —Voy a ver —mamá se dirigió a la puerta, incapaz de concentrarse.
    —Te acompaño —la apoyó su esposo.
    Para algo eran padres. Sentían una extraña desazón.
    Abandonaron la sala, caminaron por el pasillo, entraron en la habitación de Jaime.
    No estaba allí.
    —El desván —indicó ella—. Estos últimos días se pasa el tiempo ahí arriba.
    Subieron la escalerita, en silencio. Se oían unas voces curiosas. Asomaron la cabeza a ras de suelo, primero una, luego el otro. Ya no pudieron continuar la ascensión. Se quedaron paralizados.
    En medio del lugar, apoyado sobre su base, vieron el platillo volante, no muy grande, como de medio metro de diámetro y abollado en un punto de su circunferencia. El agujero por el que parecía haberse colado quedaba justo a un lado de la pared. Y no era reciente.
    Pero el platillo volante no era lo más sorprendente.
    Lo más sorprendente era la pareja de bichos, o lo que fueran, que estaban sentados en el suelo, con unos cascos llenos de antenitas que vibraban y emitían ondas de colores. Medían poco menos de un palmo, tenían tres piernas y cinco manos, dos ojos y una boca enorme en relación a la cabeza. Eran incluso originales y cómicos. Por lo visto los cascos servían para traducir idiomas, porque su español era muy fluido.
    —...así que los dos soles y las tres lunas de Slurgia son muy bonitos —decía uno de ellos en ese instante.
    La presencia de los aparecidos no pasó desapercibida. Los extraterrestres dejaron de hablar. Jaime miró hacia sus padres. Nada se alteró en él. Ni siquiera le sorprendió verlos allí. Sonrió feliz y, con una enorme sonrisa, se limitó a decirles:
    —Papá, mamá, ellos son slupif y slupan. Y no sabes lo contentos y emocionados que están de pasar su primera Navidad en la Tierra después de que les haya explicado su significado.
    En lo primero que pensó su madre fue en si a los slu... lo que fuera, les gustaría el pollo.

    © Jordi Sierra i Fabra 2004/2006



EL POEMA DE NOVIEMBRE

IMPARIDADES SENTIMENTALES
(Numerario romántico para una cita)

Un poema
    para una primera cena
Tres horas
    de un tiempo nunca suficiente
Cinco roces
    que te robaré en silencio
Siete miradas
    prendidas de tu alma
Nueve besos
    aunque algunos ni los sientas

Una noche
    para soñar a tu lado
Tres te quieros
    para arrancarte un "tal vez"
Cinco suspiros
    cargados de sueños rojos
Siete caricias
    jugando a mil quimeras
Nueve abrazos
    para sentirte muy adentro

Una esperanza
    llena de futuro
Tres promesas
    como pactos en el tiempo
Cinco gritos
    si te rompieras al amarme
Siete vidas
    las que necesitaría para darte
Nueve canciones
    cantadas en tu Paraíso

Un amor
    sin que el tiempo nos alcance
Tres deseos
    aunque bastara con uno
Cinco sueños
    para cubrirte de estrellas
Siete pasiones
    desbordadas en la cima
Nueve poemas
    tan desnudos como este



PROLOGO DE "LA PÁGINA ESCRITA", EDITADA  POR EDICIONES SM EN SEPTIEMBRE DE 2006
(MÉTODO SIERRA I FABRA  PARA JÓVENES ESCRITORES)

    PROLOGO DIFÍCIL, PERO CLARO Y CONTUNDENTE, PARA UNA EXPERIENCIA VITAL

   
No hay un método para escribir.
    No existe un manual.
    Cada escritor, en sí mismo, es un mundo aparte, un ente único, diferente, que se guía por instintos, fuerzas incontrolables, pasiones, fiebres y arrebatos mientras se alumbra con el sol de su propio universo. Y hablo de escribir, no de ser profesional o aficionado. Sólo escribir. Pasar horas, días, semanas, meses y años delante de un folio, pluma en mano, o sentado frente a un ordenador, es algo difícil de explicar y analizar, algo que va más allá del placer o la vocación. Escribir es la soledad máxima, y por contra, la compañía global. Tú y tus personajes. Es la libertad.
    Y la libertad no admite métodos ni manuales.
    Entonces, te preguntarás qué diablos tienes en las manos.
    Es una buena pregunta.
    No lo sé. O por lo menos no estoy seguro de saberlo.
    No he querido escribir un método o un manual. Sólo intento explicar lo que pienso, lo que siento, y lo que creo que es para mí mismo el arte de escribir. Alejandro Jodorowsky dice que si eres (o te sientes) afortunado, si la vida te ha bendecido con un don (o crees tenerlo), debes compartirlo con los demás, y regalar incluso parte de ello sin esperar nada a cambio. Supongo que yo lo hago a través de mis novelas, pero durante años de charlas en colegios, escuelas superiores o universidades en España y Latinoamérica, hablando de este tema y respondiendo a las inquietudes de quienes sienten de alguna forma esa llama en su ser, me he dado cuenta de que lo que más les interesa de mí es saber cómo escribo. Y responder a ese “cómo” no es fácil. Por esta razón me he arriesgado a ponerlo todo aquí, es decir, a responder esa pregunta y “escribir de cómo escribo”. Compartir mi experiencia con otros candidatos a plumífero también es una forma de llevar aquello que más amo hasta las últimas consecuencias, habida cuenta de que no soy, ni me siento, un maestro, profesor, erudito o intelectual capaz de disertar sobre lo divino y lo humano de la literatura.
    Cuanto sigue es mi propio universo creativo puesto en solfa, la forma en que trabajo, la manera como funcionan mi sistema y mis neuronas, lo que pienso, lo que me parece importante, lo que siento al plantearme o escribir una novela, un relato o un cuento, y con ello tratar de ayudar, echar una mano para que tú, lector, y tú, lectora, deshagas el nudo gordiano que puedas tener. Y he dicho novela, relato o cuento. Aquí no voy a hablar de poesía, porque esa es otra página con palabras mayúsculas. Más que un "escritor", siempre me he sentido un novelista, un narrador. A veces digo que hay una energía flotando y un público esperando, y que yo estoy en medio, la capto, la convierto en palabras y la conduzco a ese público, a modo de filtro u ordenador capaz de haber dado con su piedra filosofal.
    Voy a tratar de explicar cómo resolver problemas, cómo crear personajes, como elaborar diálogos, y por supuesto hablaré de la forma en que yo escribo, que es la mía, no la de García Márquez ni la de Saramago o Delibes. Sólo la mía. Técnica, estilo, ritmo, estructura... y guión. Muchos amigos míos me repiten que ellos no podrían escribir con mi manera de trabajar. Y lo mismo me sucede a mí con relación a la suya.  Estos escritores (hablando en términos mayoritarios) son los que tienen una idea, unos personajes, y con esto inician una historia. Los dejan actuar y moverse libremente, de manera que ellos conducen el relato y el escritor les sigue mientras va tecleando y tecleando. Y es un método tan bueno como cualquier otro sí les funciona y se sienten cómodos con él. Mi sistema no puede ser más opuesto: hago un guión lo más elaborado posible, y no comienzo a escribir la novela en su versión definitiva hasta que ese guión es un bloque homogéneo y sin fisuras. Elaborando el guión lo pruebo todo, diez, veinte caminos, me detengo, sigo, pienso, corto, tacho, investigo, imagino cada escena como si fuera una película que tengo en la mente. El resultado es que al escribir el libro tengo su control, conozco a los personajes porque soy su padre y su madre, yo los he parido, sé cuántas páginas de extensión me alcanzará la historia, conozco su ritmo, sus secretos, he creado el estilo más adecuado. “Sólo” hay que escribirlo.
    Por lo tanto, este es MI sistema (Sistema es una palabra más lógica que Método), ni mejor ni peor. Una forma de trabajar tan propia como lo es la suya para cada autor. No voy a dar fórmulas mágicas ni a desvelar nada que cualquiera, con tranquilidad y tiempo, podría hallar por sí mismo. No voy a descubrir nada nuevo, tenlo por seguro. Hablaré de lo que sé y de la manera en que sé explicarlo, con honradez y respeto. Si al terminar de leerlo todo he conseguido aclararte algo, me sentiré satisfecho y honrado. Si puedes aprovechar en tu beneficio aunque sólo sea un pequeño tanto por ciento de lo que sigue, sonreiré feliz.
    Alguien me dijo al hablarle de escribir este libro: “Los magos no revelan sus trucos al público”.
    Pero yo no soy un mago.
    Todos los libros citados en esta obra (así como los fragmentos y/o capítulos reproducidos a lo largo de sus páginas, títulos o meros ejemplos literarios), han sido escritos por mí en los últimos años, desde mi debú profesional en 1972. No hay pues referencias a otros autores o novelas atendiendo a lo expuesto hasta ahora. Sólo puedo explicar lo hecho por mi mismo según ese sistema del que he hablado. Y me consta que algunas de mis teorías son muy opuestas a las mayoritarias y muchas de mis normas son objeto de debate (cuando no de enfrentamiento directo). Así que creo que esto las hace únicas.
    Una última advertencia para navegantes: voy a hablar del “escritor” en abstracto, en neutro, como queráis llamarlo, refiriéndome tanto a masculino como a femenino, para evitar pasarme todo el libro diciendo el/la escritor/a o buscando construcciones afines. Y esto es una demostración de las muchas decisiones que el escritor debe tomar al encarar cada una de sus obras. Hay muchas preguntas y ha de encontrar la respuesta adecuada para cada una, y si no la encuentra, ha de arriesgarse y lanzarse con la que mejor le parezca de acuerdo con su instinto.
    ¡Ah, el instinto! (ya salió la palabra).
    Gracias a todos los chicos y chicas (y no tan chicos ni tan chicas) que en estos años me ha obligado-impulsado a escribir este libro.
    Feliz viaje.

                                Jordi Sierra i Fabra, 2006



   PRIMER CAPITULO DE "GAUDITRONIX", EDITADO  POR EDICIONES EDEBÉ EN SEPTIEMBRE DE 2006

   
El pasadizo estaba desierto.
    No sabía qué hacía allí, ni cómo había llegado, pero eso era ya lo de menos. Conocía el peligro. Unas veces entraba por la puerta principal, sin poder resistirse a su influjo, y otras, simplemente, ya estaba dentro, en cualquiera de aquellos niveles espectrales. Unas veces caminaba por lugares que ya recordaba de ocasiones anteriores y en otras, como la presente, todo era nuevo.
    Mismos riesgos, espacios distintos.
    Miró los arcos, las paredes. Ninguna línea recta. Un mundo de curvas y contracurvas hecho de piedra por una mano inquieta e inquietante. Habría sido hermoso de no ser por lo que contenía. La primera vez, antes de que los monstruos le atacaran, incluso pensó que era un bello sueño.
    Después... la pesadilla.
    Tanteó una pared. Más allá divisó una ventana. Sabía que era inútil asomarse a una porque al otro lado no había nada. Nunca había nada. El vacío más absoluto. Ninguna salida salvo despertar, pero no siempre lograba despertar, y menos a tiempo. Antes de que la tortura le empujase al dolor, la ansiedad, el miedo.
    Pasó cerca de la ventana, le echó un vistazo a aquella nada que cambiaba de colores y en el recodo se encontró una puerta. Una más. Sabía que servía de poco dar media vuelta, así que respiró profundamente y la abrió. Al otro lado la decoración cambiaba de pronto, y también conocía aquello. La Casa de los Mil Ojos. Puertas y ventanas de formas grotescas, capaces de abrirse o cerrarse sin más, y de moverse, como si sus marcos fueran de chicle. Llegó al centro de la estancia y entonces... sucedió.
    Por las puertas aparecieron dragones. Por las ventanas salamandras. A miles. Se abrieron de pronto y lo inundaron todo. Así que ya estaban allí.
    Hiro echó a correr.
    Ellos eran más, y más rápidos. Nunca podía correr bastante. El miedo se volvió pánico, porque sabía lo que venía a continuación. La única vía de escape era a través del Pasadizo de las Columnas, a cuyo término se alzaba la Gran Telaraña. Necesitaba...
    —¡Armas!
    El bokken apareció en su mano derecha, el jo en la izquierda. En el cinto notó la presencia del tanto. Ya no iba vestido con su ropa normal. Llevaba su hakama.
    Trató de hacerles frente.
    La filosofía aikido no servía allí. ¿Cómo convertir la energía de sus agresores en su fuerza para derrotarles? Ninguna defensa podía derrotar a un ejército de salamandras y dragones. Y menos sus armas de madera. Con el bokken logró mantenerlos a raya unos segundos. La larga espada que en el aikido se usa sin la guarda del puño los detuvo apenas unos segundos, hasta que los más osados dragones y las más belicosas salamandras atravesaron su débil defensa. Entonces utilizó el jo, el bastón corto, de un metro y veintiocho centímetros de largo.
    Un dragón le mordió el brazo, soltó el bokken.
    Intentó sacar el tanto, el cuchillo.
    Una docena de salamandras le subía ya por las piernas.
    —¡No! —gritó Hiro.
    No le hicieron daño. Sólo le desarmaron. Las tres armas de madera quedaron desmenuzadas. Después le derribaron al suelo y le rodearon expectantes. Las salamandras eran de vivos colores, como si estuviesen hechas de cristales. Los dragones parecían de hierro. Sus ojos despedían frío. Aleteaban enloquecidos empujándose unos a otros. Ya no pudo luchar. Incluso le tiraron del pelo para que mantuviera quieta la cabeza.
    Se hizo un extraño silencio.
    Y de alguna parte surgió él.
    El Hombre Sin Rostro.
    —Hiro...
    No tenía cara, no tenía nada, no tenía más forma que aquella superficie ausente de rasgos, y sin embargo era lo más horrible que jamás pudiera recordar. Sus invisibles ojos eran crueles, sus labios sonreían con ironía. Podía intuirlos. No es necesario ver el horror para tenerlo presente. Aquello era sin duda lo peor. La ausencia que al mismo tiempo lo era todo.
    —Hiro... —repitió como si aspirase su alma, con una voz que surgía de las profundidades más lóbregas de su inquieta presencia.
    Otra voz pronunció su nombre.
    —¡Hiro!
    La buscó, pero no estaba allí. Estaba al otro lado del sueño.
    Tenía que luchar contra El Hombre Sin Rostro, y abrir los ojos. Era el punto decisivo.
    —No siempre podrás volver —susurró El Hombre Sin Rostro tan cerca que casi podía olerle, aunque no olía nada.
    —¡Hiro! —volvió a gritar la voz del otro lado.
    Le zarandeaban. Le movían. Y no eran los dragones ni las salamandras. Unos y otras habían desaparecido. Sólo quedaba El Hombre Sin Rostro. Escuchó su risa flotando en mitad del vacío de su cara espectral.
    —¡Hiro!
    Y despertó.


EL POEMA DE VERANO


    ELEGIA # 1

   
No importa por qué estás vivo: estás vivo
    No importa por qué vives: vives
    No te preguntes qué haces aquí: haz algo
    No importa lo que tienes, sino en qué lo empleas

    No importa quién eres, sino qué eres
    No Importa cuanto hagas, sino por qué lo haces
    No te preguntes si lo mereces, gánalo
    No importa cuanto vales, sino si vales algo

    No importa de dónde vienes, sino a dónde vas
    No importa a dónde vas, sino ir a alguna parte
    No importa a qué parte llegues, sino llegar
    No importa llegar, sino hacerlo bien

    El mundo está lleno de gentes sin rostro
    Caminando a ciegas al margen del camino
    Todos deberíamos romper los espejos
    En los que buscamos reflejarnos desesperadamente

    ¿Que se siente al poseer el alma de un hombre?
    ¿Puedes ver el el límite de su frontera?
    ¿Cuantas veces deberás repetirte que tú eres tú
    Y que todo el universo está en tu mente?

    Todas tus distancias están en mi
    Pero quisiera que la mía fuese proximidad
    Cierra la puerta del adiós para darme tu bienvenida
    Vende una ilusión para comprar un sueño

    ¿Cuantos amores hacen falta en tu piel
    Para que sepas qué es el amor?
    Las manos del viento arrancan destellos
    En el cuenco de plata abierto en tu sima.

    Si los pájaros no están libres de las cadenas del cielo,
    ¿Cómo huir nosotros de la cárcel de la tierra?
    Todos los amores del mundo brillan como cien mil soles
    Y tú tienes la edad de la dulce esperanza

    He vivido dentro y fuera de la felicidad
    Y sé muy bien de qué color es
    Mis alas nunca me han hecho volar bastante alto
    Que las tuyas no lleguen a quemarse con el sol

    Este es un largo, muy largo camino
    Sin veredas, sin descansos, sólo horizonte
    Despegamos hacia la muerte al nacer
    Sin vuelta atrás, todo hacia adelante

    Sigue moviéndote con el mundo, no te pares
    El tiempo que se pierde es el peor olvido
    El ordenador grita todos tus sueños
    Y yo soy el punto de partida, no la Gran Meta

    Métete en mis zapatos y verás mis caminos
    Mira a través de mis ojos y verás mis sueños
    Siente con mis manos y conocerás mis orgasmos
    Vive en mi mente y cantarás mi vida

    Quitaos las máscaras del genocidio
    Esta es nuestra tierra común
    Gritad por los muertos desaparecidos
    Cantad por los inocentes que ignoran

    ¿Has oído hablar de la palabra Libertad?
    ¿Has oído el sonido de las cadenas?
    ¿Has creído que todo es mentira?
    La verdad no es más que un soplo de vida

    Creo que todos debemos rompernos
    Que nadie llegue entero al final del camino
    Una vida por gastar es tan poco
    Siente que le has dado algo al mundo

    Experiencia es como llamamos a nuestros errores
    Intenta ser libre y nunca mires atrás
    Dylan dijo: Que permanezcas siempre joven
    Yo os digo: Que llegueis a viejos colmados

    Amame cuando estemos juntos
    Olvídame cuando me vaya
    Siénteme cuando hagamos el amor
    Mátame cuando me muera

    Se siempre fuerte, pero cede
    Se siempre grande, pero aprende a empequeñecer
    Se siempre dulce, pero déjate un punto amargo
    Se siempre hermosa, pero sobre todo por dentro

    No vueles en círculos sino en linea recta
    No cedas bajo ningún viento
    No te rindas antes de la eternidad
    No camines por calles sin esquinas

    Que la vida te dé sus dones
    Que la muerte llegue muy tarde
    Que la vida te dé la paz
    Que la muerte no sea una guerra

    El amor es un fantasma transparente
    Envuélvete en él y escúpele al odio
    Perdona siempre a quien hayas amado
    Y no olvides que un día fue tuyo

    Vas de camino, hay muchas paradas
    Nunca llegues al final sin recordar
    Aunque tus manos un día se quiebren
    Que tu corazón mantenga tu norte

    No deberías envejecer nunca
    Pero tu piel no es más que una envoltura
    Ten siempre la edad de tu risa
    Dejaste semillas que siempre crecerán

    Busca tus cielos dentro de la tierra
    Nada en mares eternos
    Vuela sobre fronteras invisibles
    Camina mirando las estrellas

    Enciende tus pasiones cada día
    Descubre quien eres cada noche
    Amanece como si fuera la última vez
    Acuéstate libre de odios

    Vive por detrás de la desesperanza
    Vive por encima del rencor
    Vive por debajo de la vanidad
    Vive por delante de tu libertad

    Vive por todos los que te han amado
    Vive por aquellos que te despreciaron
    Vive por cuantos te ignoran
    Vive por delante de tu libertad

    Vive siempre con una sonrisa
    Vive antes de que te olvides
    Vive después de haberte dado
    Vive por delante de tu libertad

    Vive siempre en este Universo
    Vive al límite de la Frontera
    Vive sabiendo que estás vivo
    Y escápate del Gran Desfile

    (Extraido del libro "Buscando a Bob", editado en castellano por Anaya y en catalán por Barcanova)


EL POEMA DE JUNIO

    HAIKUS

   
Sé más ahora
    que antes, cuando era viejo
    Me siento joven.

    Extraterrestre:
    pido asilo político.
    He de marcharme

    La soledad.
    Su frío viento azul.
    Nadie se escapa.


EL POEMA DE ABRIL

   POSITIVO

Voy a ponerme esta camisa que huele tanto a ti
Y a guardar tu cepillo de dientes en mi baño
Todos los icebergs se derriten al llegar a mares cálidos
Voy a abrazarte eternamente el resto de mi noche
Enmarcaré esa foto que nos hicimos en la playa
Piensa en mi al saber que me amas
Voy a cerrar la puerta y a hundirme en la almohada
Cambiaré el mando a distancia de mi vida sólo para ti
Cuando llegues al final del camino estaré a tu lado

    Todos los corazones se agitan al crecer
    Todos los corazones sueñan al encontrarse
    Todos los corazones viven al renacer

Voy a pedir que renueven para siempre la suscripción de tu amor
Aún llevo tu perfume prendido en mi olfato
Cuando grites mi nombre canta y ríe con toda tu pasión
Voy a imprimir tu huella en el fondo de mi alma
Y a grabar y copiar el vídeo de nuestra joven película
Todas nuestras lunas llenas nos estallan en los ojos
Voy a leer la última carta que me enviaste
Ahora los días son eternos más allá de ti
Nadie cantará por nosotros porque es nuestro secreto

    Todos los corazones rien al vivir
    Todos los corazones cantan al saber
    Todos los corazones gritan al ser uno

Voy a devorar los libros que son nuestra historia
Arrancaré las páginas de todo el calendario
Volaré en círculos por el universo para regresar
Voy a abrazar tu voz al decirme “para siempre”
Pediré una renovación en mi trabajo de ser
Si buscas mi rostro entre la multitud siempre lo encontrarás
Voy a besar el espejo en el que te reflejaste
Y a esperar por todas las noches que usaremos
Todos los corazones existen para el amor



EL POEMA DE ABRIL

    NEGATIVO

Voy a lavar esta camisa que huele tanto a ti
Y a quitar tu cepillo de dientes de mi baño
Todos los icebergs se derriten al llegar a mares cálidos
Voy a echarte de menos el resto de mi noche
Romperé esa foto que nunca nos hicimos
Piensa en mi al olvidar que me amaste
Voy a abrir la ventana y a limpiar esa almohada
Cambiaré el mando a distancia de mi vida
Cuando llegues al final del camino no des la vuelta

    Todos los corazones se rompen al crecer
    Todos los corazones sangran al perderse
    Todos los corazones mueren al despertar

Voy a pedir que borren la suscripción de tu amor
Aún llevo tu perfume perdido en mi olfato
Cuando grites mi nombre no te tragues las lágrimas
Voy a quitar tu huella del fondo de mi alma
Y a borrar el vídeo de nuestra vieja película
Todas nuestras lunas llenas caben en un cubo
Voy a leer la última carta que no me enviaste
Ahora los días son eternos más allá de ti
Nadie llorará por nosotros porque nunca lo dijimos

    Todos los corazones se rompen al vivir
    Todos los corazones sangran al saber
    Todos los corazones mueren al olvidarse

Voy a quemar los libros que no leímos
Arrancaré las páginas de todo el calendario
Volaré en línea recta por el universo para no volver
Voy a fingir que no te oí al decirme “para siempre”
Pediré una exención en mi trabajo de ser
Si buscas mi rostro entre la multitud lo encontrarás
Voy a romper el espejo en el que te reflejaste
Y a tirar todas las noches que no usamos
Todos los corazones existen para el amor



CAPITULO 1 DE "LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL CIELO", PREMIO EDEBE JUVENIL 2006. EDITADA POR EDEBÉ EN ABRIL

    Le habían dicho que aún antes de aterrizar, comenzaría a aprender.
    Y fue verdad.
    Asomada a la ventanilla del avión, con el asombro de toda iniciada, contempló la extensión de Bombay, y sus contrastes, reflejados de forma directa y contundente a las primeras de cambio. Contrastes como el del campo de golf, visto desde la breve altura por la que volaba en la maniobra de aproximación a pista, en el que un simple seto separaba el abismo de dos mundos. A un lado hombres elegantes, vestidos adecuadamente para la ocasión, jugaban con sus sonrisas perfectas y sus ojos claros. El verdor del césped era puro en aquel espacio abierto y cuidado. Al otro lado del alto muro vegetal, en cambio, se arracimaba la miseria en forma de pequeñas, diminutas viviendas, si es que el término no resultaba demasiado eufemístico, porque se trataba de meros refugios adosados al seto, formados por cartones y restos de otras materias amontonados en un simétrico caos. Servían tan sólo para guarecerse, permaneciendo tumbado en su interior, sin ninguna otra posibilidad, pero decenas de personas se movían en su entorno vivo o se asomaban ahora por los huecos frontales para ver la proximidad del enorme jumbo que procedía de un mundo desconocido e irreal para sí mismos. Un mundo tan lejano como la Luna lo estaba de la Tierra.
    Todo fue muy rápido.
    Con ese primer golpe en la retina, después de que el aparato aterrizara, descendió y se enfrentó al segundo, el esperado.
    Los olores.
    —Allí todo es distinto, pero sobre todo lo es el color y los olores —le habían dicho.
    Llenó sus pulmones y se dio sus primeros pasos por la India.
    El trayecto hasta el hotel fue una prolongación de su aturdimiento inicial. El sueño por el cambio de horario, la conmoción, la adrenalina disparada en sus venas y en su mente, el despertar y la primera inmersión en aquella cultura del abigarramiento. Vio los carteles de las nuevas películas producidas por Bollywood, con actores y actrices sonrientes que cantaban en silencio desde las alturas. Contempló las primeras vacas instaladas impunemente en mitad de algunas calles a pesar de que se trataba de una gran capital. Se sorprendió con la mezcla de seres humanos medidos por un mismo patrón común pero que daban muestra de la extrema versatilidad ambiental del país.
    —First visit to India? —le preguntó en un inglés chapurreado el taxista.
    —Sí... yes.
    Su primer indio de ojos brillantes, bigote negro, sonrisa abierta.
    El Taj era impresionante. El mayor y más lujoso hotel en el que jamás hubiera estado. Su última concesión a la comodidad antes de partir al día siguiente rumbo a su destino, primero en avión, después en coche. Frente al hotel, la Puerta de la India, con su monumentalidad, la saludó de la misma forma que saludaba a los visitantes que, antaño, llegaban por mar a la ciudad.
    Fue la última sacudida.
    En el momento de cerrar la puerta de su habitación y quedarse sola, recordó a Bill Murray en "Lost in translation". Aquella imagen inicial, en la que el actor, sentado en la cama, miraba al vacío, sintiéndose tan perdido en Tokyo como ella lo estaba allí.
    En la película sólo era un plano, duraba apenas unos segundos.
    Ella se enfrentaba a toda una noche.
    Y no era más que el comienzo de su aventura.
    Así que rompió a llorar, llena de miedo, de incertidumbres, de soledad, preguntándose una vez más si, lejos de hacer lo que debía, lo que sentía, no estaba huyendo de todo.
    Hasta de sí misma.


CAPITULO 22 DE "MENDIGO EN LA PLAYA DE ORO", EDITADA POR PEARSON EN ABRIL DE 2006

 
   No era una discoteca de ciudad, ultramoderna, con música de última generación y adrenalina asegurada hasta el amanecer. Más bien se trataba de un baile de pueblo, con un buen equipo, luces, intimidad para el desmadre y poco más, pero cumplía de sobras la función para la que se organizaba: proporcionar diversión y marcha al personal el sábado por la noche. Tampoco era verano, así que la flora y fauna tenía visos de ser local o, todo lo más, de urbanizaciones próximas. Gente que ya sabía de qué iba la película. Tampoco había vendedores de pastillas en el exterior o en los baños. La prueba quizá más significativa de que aquello era diferente.
    Llevaban cerca de media hora en la pista, los dos solos, sin Remi e Ivan cerca. Yolanda bailaba muy bien, sabía moverse, tenía imaginación, daba pasos y vueltas siempre guiada e impulsada por el ritmo. Parecía llevarlo en la sangre, circulaba por sus venas al compás de cada cambio o giro melódico. Muchas chicas y chicos simplemente se movían, con mayor o menor gracia. Como él. Ella no. Yolanda mantenía los ojos cerrados y sentía la música, formaba una segunda piel, la sumergía en el trance pleno, integrándola, y la cubría, igual que si una cápsula sónica la protegiese de todo lo que no fuera aquella simbiosis absoluta. Claudio en cambio tenía los ojos muy abiertos, para llenarse de su compañera. Deseaba memorizar cada gesto, grabarlo en su memoria y no olvidarlo. Si un camello almacenaba agua en su cuerpo para atravesar el desierto, él quería recordar aquella maravilla para el desierto de su vida. Yolanda ya era lo más hermoso que jamás hubiese visto, pero esa noche, bailando juntos, desplegando toda aquella intensidad ante sus ojos...
    Le pertenecía.
    Era suya.
    Bueno, suya y de algún mirón que no le quitaba ojo de encima.
    Claudio deseó tocarla, abrazarla, sentirla.
    Besarla.
    Sabía por primera vez lo que era la pureza de una pasión, con los sentidos desarbolados, la ruptura de su estabilidad. Y le dolía. Había leído que existían dolores superiores a los normales, como romperse una pierna o sufrir una herida. Dolores interiores, del alma, de la mente. Ahora comprendía que eso era cierto.
    Lo malo era que ella se le hacía más y más distante.
    —Abre los ojos, mírame —le pidió al cielo con voz apenas audible para sí mismo.
    Yolanda no los abrió, al contrario, levantó los dos brazos, bajó la cabeza, se movió de una forma endiablaba y giró sobre si misma. Su rostro era de niña mala.
    Claudio tragó saliva.
    Buscó con la mirada a Remi y a Ivan y los localizó en una esquina del local, besándose, comiéndose, devorándose el uno al otro. No sintió envidia de su amigo, sólo malestar. Una desazón cargada de angustia e impotencia.
    Continuó bailando.
    Llegó a cerrar los ojos, para intentar aislar aquellas sensaciones.
    Durante un minuto, quizás dos, bailó así, dejándose llevar, buscando que la música lo protegiera como protegía a Yolanda. El tema era muy fuerte, muy rítmico. Crecía a base de una percusión machacona e implacable sostenida por el bajo. Cuando llegó al clímax y estalló, la gente empezó a dar saltos. Volvió a abrirlos al ser golpeado lateralmente y entonces se dio cuenta de que Yolanda también estaba mirando en dirección a su hermana.
    Sonreía.
    Luego lo miró a él y mantuvo esa sonrisa.
    Dos, tres segundos.
    Al cerrarlos de nuevo retornó a su concentración.
    Claudio tuvo deseos de gritar.
    La densa cortina sonora no se prolongó mucho más, llegó a su fin. Pero esta vez, en lugar de fundirse con el siguiente corte rítmico, las luces se amortiguaron de pronto y bajo una oscuridad especialmente íntima comenzaron a fluir las primeras notas de un tema muy suave y lento.
    Un tema para parejas.
    Claudio no supo qué hacer.
    Pensó que Yolanda se iría, que pasaría, y se dispuso a seguirla, rendido. Pero lo que hizo ella fue abrir los brazos para recibirlo y dar un paso al frente.
    Claudio reaccionó apenas por inercia.
    Se abrazaron.
    Ella lo rodeó con sus manos. Él la rodeó con las suyas. La fusión no fue liviana, sino completa. Quedaron pegados, sin importarles el sudor que los mojaba. Pegados piel a piel, enteramente. Claudio sintió aquella oleada por encima del frío que le recorría la espina dorsal. Un vaho intenso que lo ahogó, aplastándole el pecho. Como Yolanda tenía el cabello corto no tuvo que apartarlo ni se encontró con ninguna barrera. Sus mejillas también se tocaron. Pudo aspirarla como jamás la había aspirado.
    Olía a leche y miel.
    A deseo y amor.
    Ahora sí cerro los ojos, porque estaba dentro de la cápsula, en el interior de aquella burbuja de máxima felicidad y placer.
    Durante los primeros dos o tres minutos bailaron así, con lasitud, casi perezosamente, sintiendo su pecho, sus muslos. Claudio no se atrevía a moverse. Luego subió su mano derecha, despacio, para sentir aquel cuerpo entre sus brazos. Los dedos llegaron hasta la zona desnuda, tocaron la piel de Yolanda, sintiendo la presión y la dureza de la carne. Reprimió un estremecimiento y se sorprendió al notárselo a ella.
    Su compañera también movió las manos.
    ¿Se lo parecía a él, o le presionaba la espalda con suavidad?
    Como si deseara sentirle más.
    Acabó el tema y se enlazó con otro, así que no cambiaron ni siquiera el ritmo. Parecía imposible pero se abrazaron un poco más, estrechándose en torno a un punto invisible situado en el centro de sus almas. Para Claudio era el cielo. La pista estaba ahora llena de parejas, y con la mayor densidad, el espacio para moverse fue menor. El entorno también los aprisionaba.
    La sentía tan dentro de sí...
    Otro tema. El tercero.
    ¿Cuánto durarían los lentos?
    Debía de ser el último. En ninguna discoteca ponían temas lentos, sólo marcha, marcha. Pero allí era distinto. Allí cabía la esperanza.
    Una breve eternidad.
    Hasta que Yolanda se separó unos milímetros.
    Unos centímetros.
    Se quedaron mirando el uno al otro. Claudio no sabía que cara ponía, pero la de ella era diferente. La atravesaba una luz celestial, una dulce suavidad, una sensación de paz dominando aquella guerra sensorial. Estaba seria pero al mismo tiempo emotivamente abierta.
    Y más hermosa de lo que jamás hubiera estado para él.
    Yolanda entreabrió los labios.
    El resto fue un sueño, porque no supo si arrancó ella o si lo hizo él o si fue cosa de los dos. La iniciativa de todas formas era compartida. El deseo también. Una y otro cerraron los ojos una fracción de segundo antes de sus sus labios se rozaran por primera vez.
    Se quedaron así, quietos, aspirando sus alientos, hasta que el roce se hizo más fuerte, y con él la presión final, el beso pleno y generoso, entregado, con sus bocas abriéndose poco a poco hasta la fusión de todo su ser.
    Fue el éxtasis.
    Duró mucho más de lo imaginado, y mucho menos de lo deseado. Duró por todos los días de zozobra, por tanto tiempo anhelando aquel regalo. Duró por encima de la música y de sí mismos hasta que, de pronto, la melodía cesó y retomó el ambiente un tema rápido, más que rápido, eléctrico. Las luces lo inundaron todo y el personal se puso a dar brincos y a saltar. Hubo gritos, animación, por la vuelta de paroxismo frenético.
    Ellos dos tardaron en separarse.
    Su cara era de sorpresa.
    Y entonces, antes de que pudieran decir nada, Remi e Ivan aparecieron a su lado, asombrándose de encontrarlos, y se pusieron a bailar con ellos.
    O más bien los arrastraron a hacerlo.


EL POEMA DE MARZO

Dormido sobre los espejos

   
Hoy, dormido sobre los espejos
    he soñado que abrazaba tu cuerpo
    y le hacia el amor a tu alma
    Hoy, acariciado por el reflejo de tu ser
    he recordado todas las noches de mi vida
    en las que fuiste mía y te diste a mi
    Hoy, callado y silencioso sobre la luz
    te he dicho que te quiero en soledad
    deseando despertar al otro lado

    Hoy, dormido sobre los espejos
    quería que ellos fueran nuestra cama
    mecido por el reflejo de mis sueños
    Hoy, susurrando tu nombre en un rezo
    he sentido todo el dolor de tu ausencia
    perdido de nubes y esperanzas marchitas
    Hoy, al despertar de este pasado
    he visto mi sombra transparente
    caminando descalza hacia la muerte


EL POEMA DE FEBRERO

Inventaré el Día de la Esperanza

Inventaré un cuchillo blando
Una bala de lluvia
Un cañón de agua y una bomba de miel
Inventaré una pistola de pan
Una tortura de amor
Una mina de papel y un avión de juguete

    Inventaré el alma, los sueños y la paz
    Inventaré tus manos, tu sonrisa y tu piel
    Inventaré el Día de la Esperanza

Inventaré un hijo lleno de sol
Una madre solitaria
Un padre sonriente y una hermana luminosa
Inventare un país libre
Una rebeldía utópica
Un viaje a las estrellas y una vida eterna

    Inventaré la furia, el cielo y la luna
    Inventaré tu sexo, tus ojos y tu espíritu
    Inventaré el Día de la Esperanza

Inventaré un águila real roja
Una ballena verde
Un elefante blanco y un delfín azul
Inventaré un hombre bueno
Una mujer que me quiera
Un misterio de mentira y una mentira de verdad

    Inventaré un libro, la palabra y leer
    Inventaré tu corazón, tu mente y tu sí
    Inventaré el Día de la Esperanza


CAPITULO 2 DE "KAFKA Y LA MUÑECA VIAJERA", EDITADO POR SIRUELA EN LA COLECCIÓN "LAS TRES EDADES", EN FEBRERO DE 2006.

    Franz Kafka se detuvo delante de la niña.
    —Hola.
    La niña dejó de gritar, pero no de llorar. Levantó la cabeza y se encontró con él. En su desesperada crispación ni siquiera le había visto acercarse. Los ojos eran dos lagos desbordados, y los ríos que fluían de ellos formaban torrentes libres que resbalaban por las mejillas hasta el vacío abierto bajo la barbilla.
    Hizo dos, tres sonoros pucheros antes de responder:
    —Hola.
    —¿Qué te sucede?
    No lo miró con miedo. Pura inocencia. Cuando la vida florece todo son ventanas y puertas abiertas. En sus ojos más bien había dolor, pena, tristeza, una soterrada emoción que la llevaba a tener la sensibilidad a flor de piel.
    —¿Te has perdido? —preguntó Franz Kafka ante su silencio.
    —Yo no.
    Le sonó extraño. “Yo no". En lugar decir "No" decía "Yo no".
    —¿Dónde vives?
    La niña señaló de forma imprecisa hacia su izquierda, en dirección a las casas recortadas por entre las copas de los árboles. Eso alivió al atribulado rescatador de niñas llorosas, porque dejaba claro que no estaba perdida.
    —¿Te ha hecho daño alguien? —sabía que no había nadie cerca, pero era una pregunta obligada, y más en aquellos segundos decisivos en los que se estaba ganando su confianza.
    Ella negó con la cabeza.
    "Yo no".
    Estaba claro que quien se había perdido era su hermano pequeño.
    ¿Cómo permitía una madre responsable, por vigilante o atenta que estuviese, dejar que sus hijos jugaran solos en el parque, aunque fuese uno tan apacible y hermoso como el Steglitz?
    ¿Y si él fuese un monstruo, un asesino de niñas?
    —Así pues, no te has perdido —quiso dejarlo claro.
    —Yo no, ya se lo he dicho —suspiró la pequeña.
    —¿Quién entonces?
    —Mi muñeca.
    Las lágrimas, detenidas momentáneamente, reaparecieron en los ojos de su dueña. Recordar a su muñeca volvió a sumirla en la más profunda de las amarguras. Franz Kafka intentó evitar que diera aquel paso atrás.
    —¿Tu muñeca? —repitió estúpidamente.
    —Sí.
    Muñeca o no, hermano o no, eran las lágrimas más sinceras y dolorosas que jamás hubiese visto. Lágrimas de una angustia suprema y una tristeza insondable.
    ¿Qué podía hacer ahora?
    No tenía ni idea.
    ¿Irse? Estaba atrapado por el invisible círculo de la traumatizada protagonista de la escena. Pero quedarse... ¿Para qué?
    No sabía cómo hablarle a una niña.
    Y más a una niña que lloraba porque acababa de perder a su muñeca.
    —¿Dónde la has visto por última vez?
    —En aquel banco.
    —¿Tú qué has hecho?
    —Jugaba allí —le señaló una zona en la que había niños jugando.
    —¿Y has estado allí mucho tiempo?
    —No sé.
    Aquellas sin duda eran las preguntas que haría un policía ante un delito, pero ni era un delito ni él un policía. El protagonista del incidente ni siquiera era un adulto. Eso le incomodó aún más. La singularidad del hecho lo tenía más y más atrapado. Quería irse pero no podía. Aquella niña y el abismo de sus ojos llorosos lo retenían.
    Una excusa, un "lo siento", bastaría. De vuelta a su hogar. O una recomendación: "Vete a casa, niña". Tan sencillo.
    ¿Por qué el dolor infantil es tan poderoso?
    La situación era real. La relación de una niña con su muñeca es de las más fuertes del universo. Una fuerza descomunal povida por una energía tremenda.
    Y entonces, de pronto, Franz Kafka se quedó frío.
    La solución era tan sencilla...
    Al menos para su mente de escritor.
    —Espera, espera, ¡qué tonto soy! ¿Cómo se llama tu muñeca?
    —Brígida.
    —¿Brígida? ¡Por supuesto! —soltó una risa de lo más convincente—. ¡Es ella, sí! No recordaba el nombre, ¡perdona! ¡Qué despistado soy a veces! ¡Con tanto trabajo!
    La niña abrió sus ojos.
    —Tu muñeca no se ha perdido —dijo Franz Kafka alegremente—. ¡Se ha ido de viaje!


CAPITULO 15 DE "SIN VUELTA ATRÁS", EDITADO POR SM EN LA COLECCIÓN "LOS LIBROS DE JORDI", EN NOVIEMBRE DE 2005.

   
La conversación telefónica con su teniente era tranquila aunque grave. Pasada la sorpresa, y el impacto producido por la noticia, habían recuperado con rapidez el pulso profesional. Para Cipriano Galindo, sin embargo, despachar las primeras diligencias no le hacía más fáciles las cosas. El camino continuaba siendo tan o más espinoso.
    Y lo seguiría siendo a lo largo de las horas siguientes.
    Quedaba un mundo por hacer.
    Y allí, en un pueblo que, poco a poco, iba haciéndose eco de su dolor.
    —¿Cuál es la situación? —quiso saber el teniente de la guardia civil.
    —Tensa —buscó la palabra precisa—. Es un crío de 14 años. Ya sabe como son estas cosas, señor. He tomado fotos, y he llamado al juez para que proceda al levantamiento del cadáver.
    —¿Su primera valoración?
    —Es difícil decir...
    —Vamos, Galindo, que no nació usted ayer. ¿Diría que es un crimen?
    —No hay indicios.
    —Alguien pudo empujarlo.
    Cipriano Galindo recordó las huellas de aquellas lágrimas.
    Aún así se resistió a decir en voz alta lo que pensaba.
    —¿Accidente? —continuó el teniente ante su silencio.
    —Es la segunda posibilidad.
    —¿Y la primera?
    Mesuró todas y cada una de sus palabras.
    —Es el acantilado, mi teniente —lo expresó como si esto, por sí sólo, ya bastase.
    —¿Cuándo fue la última vez que alguien se echó por él?
    —A poco de llegar yo, pero ese lugar tiene un historial... Es como el viaducto que hay en Madrid. Cría fama...
    No habían expresado la palabra en voz alta. Ahora sí lo hizo su superior.
    —Por Dios, Galindo. Hablamos de un chico de 14 años.
    ¿Importaba mucho la edad?
    ¿Acaso el dolor no se sentía igual a los 14 como a los 30, 40 o...?
    —Estoy en ello, señor —empleó la mayor de las correcciones sin llegar a comprometerse—. Las primeras horas suelen ser decisivas.
    —Yo estaré aquí mañana por la mañana. Si necesita de más ayuda... No deje de informar, ¿de acuerdo?
    —Sí, mi teniente.
    —Hay algo más —la respiración de su superior atravesó la línea telefónica de forma huracanada—. Este es el típico caso que sirve de carnaza a los medios informativos —remarcó las dos últimas palabras con sorna—. En cuanto la noticia se difunda, puede que esto se convierta en un circo y se nos echen encima como lobos.
    —¿Alguna recomendación?
    —Ninguna declaración, aunque le pongan un micrófono en la boca.
    —Entendido.
    —Tampoco creo que se den tanta prisa, aunque todo es posible. De momento que el juez decrete secreto de sumario. Y usted ponga a todos a trabajar.
    —A la orden, mi teniente.
    No quedaba mucho más, salvo, quizás, las conjeturas finales, los comentarios abiertos, no como agentes de la ley, sino como simples personas.
    —¿Y por qué iba a suicidarse un chico de 14 años? —rezongó insatisfecho su superior.
    —¿Llamar la atención, señor? —se oyó decir a sí mismo.



CUENTO DEL LIBRO "MATERIAL SENSIBLE (CUENTOS CRUELES)", EDITADO POR SM FUERA DE COLECCION EN NOVIEMBRE DE 2005.

    La muñeca de Zimbabwe

 
   Cae la tarde sobre el pequeño poblado, y mientras la tierra reseca atisba el primer frescor de la noche, en la tregua que deberá llevarla hasta el nuevo amanecer cargado de tórridas sensaciones, Ngabe sale de su choza en silencio y se aleja unos pasos en dirección a la linde protectora que la separa del mundo exterior. La frontera, formada por ramas entrelazadas a modo de muro defensivo, también encierra a los animales, que todavía no han sido conducidos hasta el recinto, así que ahora la calma domina el espacio de su vida habitual. Una calma dulce y plácida que nada puede perturbar.
    Nada, porque todo allí es constante, monótono y repetido.
    Día a día.
    Con el sol declinando a su izquierda, Ngabe proyecta su sombra alargada sobre la tierra ennegrecida y blanda, pisoteada por los animales constantemente. Sus pies descalzos se hunden en el barro, como si flotara, y la sensación es agradable. Aunque dura poco. Nada más salir del poblado la tierra retoma su acento entre amarillento y rojizo y sus pies se mueven con mayor velocidad.
    El grupo de árboles, "el bosque", "su bosque", está a menos de cincuenta pasos. Ngabe se dirige a él. Cuando era más pequeña los árboles le parecían tan y tan altos, que tocaban el cielo con sus ramas. Ahora sin embargo comienza a verlos de otra forma. Los árboles no son más que árboles, mientras que ella ya va a cumplir diez años. Diez. Su gran primavera ya se ha anunciado.
    Los árboles seguirán siendo árboles pero ella será una mujer.
    Le sonreirá a Ka'odong, que ya la mira con otros ojos.
    —Es bonito vivir, ¿verdad Mambé?
    Mambé es su muñeca. Es vieja, está rota, pero es su juguete favorito, y no por ser el único. Tiempo atrás hubo otro juguete, y ella siguió prefiriendo a Mambé, porque es su hermana pequeña, su hija, su todo. Ngabe no recuerda la existencia sin Mambé. Siempre ha estado a su lado. Siempre han jugado juntas.
    Mambé es perfecta, porque hace y cumple ciega y fielmente lo que ella dice.
    El árbol favorito de Ngabe es el tercero, que extiende sus ramas frondosamente formando un enorme círculo a sus pies. Y aún más lo hacen sus raíces, retorcidas igual que sarmientos a ras de tierra. Durante años los niños y las niñas del poblado se han subido por su tronco, han jugado a su alrededor o se han sentado en esas raíces para cantar y contarse historias surgidas de las viejas leyendas. Durante años.
    Ngabe busca una ramita antes de sentarse en el hueco más cómodo. La encuentra a un par de metros de distancia. Luego lo ocupa. Su cuerpecito encaja perfectamente en la angostura, con una raíz de superficie roma por el roce a cada lado, igual que si estuviese en un trono. Deja a Mambé en el suelo, delante de ella, y la observa.
    La muñeca ha jugado a todos los juegos, y ha participado de todas sus aventuras. Tal vez por ello esté ya tan y tan vieja. No tiene cabello en la pelada cabeza. No tiene ropas que la cubran. No tiene el brazo derecho ni el ojo izquierdo. Resiste porque ella la cuida al máximo. Pero no se queja, mantiene la misma eterna sonrisa con la que fue creada. Es como el mundo en torno al poblado: no cambia.
    O sí.
    —Ha llegado el día, Mambé —le dice Ngabe.
    Silencio.
    —No va a dolerte, de verdad. Bueno, primero sí, pero pasa muy rápido. Me lo dijo Nayaga. Y tú sabes que Nayaga es muy miedosa, y que llora por nada, y que todos se ríen de ella por ese motivo.
    Silencio.
    —Deberías sentirte feliz.
    No le dice a Mambé que su hermana Nayaga gritó y gritó cuando se lo hicieron, con tanta fuerza y desesperación que se desmayó. No le dice que Sa´ya ha muerto a causa de la infección hace apenas tres lunas llenas. No le dice que el precio de la madurez es la pérdida de la última inocencia. Ella sí sabe. Pero Mambé no tiene por qué conocerlo todo.
    —Tendré cuidado, descuida.
    Después de todo, ha de ser bueno. Todas las mujeres de la tribu han pasado por ello. Toda su familia, su abuela, su madre, sus hermanas mayores. Y ahora Mambé. ¿Acaso los muchachos no laceran su cuerpo con los cuchillos y el fuego? ¿Acaso no hay que matar al león para probar el valor? ¿Acaso no es el sufrimiento la puerta de todas las fuerzas?
    —¿Preparada?
    Más silencio.
    —¿Quieres que te lo haga la vieja M´bu?
    La vieja M´bu es temible. Da miedo. Tiene mil años. Cuando sale de su choza con el hatillo que contiene sus utensilios todos saben que en unos minutos se escucharan los gritos de una de ellas. Morirá una niña. Nacerá una mujer. Pero los gritos son amargos.
    Ngabe toma con la mano derecha el pedazo de rama que ha recogido del suelo, se inclina sobre Mambé y con la izquierda finge separarle las piernas. De pronto ya no está sola. Invisibles, la ayudan Baba, Koa y An'an. La primera sujeta la cabeza de Mambé, la segunda los brazos, la tercera las piernas.
    Ngabe acerca el palito a la entrepierna de su muñeca. Ya no es algo liso y romo, de plástico color carne. Ahora ella tiene sexo. Ahora ella es como la propia Ngabe, posee un sesgo vertical que puede abrirse y mostrar unos labios oscuros y tiernos, carnosos y húmedos. Ahora ella está viva.
    —Que no grite —dice por última vez.
    Y con el palito finge cortarle a Mambé aquella vulva suave, como la suya propia, la que a veces se toca con las manos porque le gusta su contacto y el cosquilleo. No sólo la corta. Raspa el contorno con metódica precisión, sesga los imaginarios labios hasta no dejar rastro de su existencia anterior.
    —Muy bien, así, muy bien —felicita a Mambé—. Sabía que eres valiente. Ya casi está.
    Deja el palito, la daga ficticia, tal vez la cuchilla de afeitar imaginaria. Todo ha sido muy rápido. Seca la sangre con un paño sucio y utilizando ahora las dos manos enebra la no menos imaginaria aguja de coser con precisa certeza.
    —Te lo coseré rápido, muy rápido. Pero no has de moverte, Mambé. Y en unos días volverás a correr y cantar, jugar y reír.
    Tal vez Sa'ya estuviese enferma. Tal vez por esa razón hubiese muerto tres lunas antes. Nadie debía de saberlo. La vieja M´bu había hecho aquello cientos, quizás miles de veces. Si alguien moría era porque el mal ya estaba en su cuerpo.
    Mambé no iba a morir.
    De eso se encargará ella.
    Ngabe cose el sexo de su muñeca. Puntada. Puntada. Puntada. Lo hace despacio. El hilo une los labios vaginales. Le deja un hueco para orinar. Lo hecho, hecho está. No tiene todas las respuestas, pero no las necesita. Al menos por ahora.
    La ley se cumple.
    Termina el juego. El árbol no se mueve. La tarde declina más y más. Baba, Koa y An'an desaparecen. Mambé está bien. Mambé ya no será una niña. Ella ya ha dado el gran paso. Ngabe sonríe.
    Hay tantos juegos todavía.
    —¿A que ya estás bien?
    Oye la voz silenciosa de su muñeca diciéndole que sí.
    —Ahora te estarás unos días sin moverte, para dejar que cicatrice la herida. Yo te cuidaré. Sabes que la tradición ha de cumplirse. ¿Para qué queremos nosotras esa parte inútil? Hay que arrancarla antes.
    Nunca se ha preguntado ¿antes de qué?
    No hay preguntas para lo evidente.
    Su abuela, su madre, sus hermanas, todas las niñas del poblado en los días del gran salto...
    Ngabe se apoya en el árbol. Cierra los ojos por un momento. No son más allá de unos segundos. A lo lejos una voz conocida rompe el aire con la perentoriedad de su llamada.
    —¡Ngabe!
    Vuelve a abrir los ojos. La llaman. Y es su madre. Su madre no admite muchas demoras ni disimulos. Después de dar a luz a nueve hijos e hijas, con siete vivos y sólo dos muertos, parece haber olvidado las risas y perdido las caricias. Su madre es ahora un ser cargado de urgencias. Si la llama será por algo, ir a buscar agua, cuidar de su hermana o su hermano menores, cocinar, limpiar... Siempre hay algo que hacer.
    Ngabe se levanta, recoge a su muñeca y echa a correr.
    Corre, corre, corre hacia el poblado, primero sobre la tierra amarilla y roja, después sobre el barrizal de los animales. Corre y corre mientras algunos rostros la miran desde sus chozas. Rostros que conoce. Rostros graves que ahora no la saludan aunque ella ni siquiera se dé cuenta del hecho. Corre y corre porque la han llamado y porque es su deber, su obligación.
    Corre con Mambé oscilando bajo su mano.
    Ya curada.
    Mañana habrá otros juegos, el mismo sol y la misma tierra, y su muñeca será lo que ella desee que sea. Mañana nada habrá cambiado. La vida es agradable. La vida es hermosa. Mañana volverá a despertar esperando una canción, una sonrisa, el aire con el que se empuja.
    Habrá pasado un día más y eso es todo.
    —¡Ngabe!
    Llega a su choza. Cruza la puerta. Se detiene justo tras dar el siguiente paso, en la entrada.
    Y comprende que no siempre un día es un día más.
    Hoy no habrá sido un día cualquiera.
    Allí está la vieja M´bu, esperando. Y sus utensilios, la cuchilla, la aguja y el hilo, esperando. Y todas las mujeres, su abuela, su madre, sus hermanas mayores, esperando.
    Ya es una mujer. O mejor dicho, va a comenzar a serlo.
    Podrá sonreírle a Ka'odong. Podrá tener otros juegos. Podrá...
    Quizás sea verdad que duele muy poco y que la muerte sólo se lleva a las niñas que ya están enfermas, aunque ellas no lo sepan.

     Zimbabwe, 1998

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