Biografía

Premios

Obras

Fotos

Lee Gratis

Noticias

Sala de Prensa

Fundació Jordi Sierra i Fabra

Fundación Taller de Letras
Jordi Sierra i Fabra



Català
English
Lee Gratis

CADA MES, EN ESTA PAGINA, GRATIS Y POR GENTILEZA DE JORDI SIERRA I FABRA, UN POEMA, UN CUENTO, O EL FRAGMENTO DE UNA OBRA RECIEN EDITADA


    Queridos amigos y amigas:

    Durante casi 40 años, me habéis regalado vuestra amistad a través de la lectura de mis libros. La mejor forma que tengo de agradeceros esta fidelidad es abriendo esta ventana a través de la cual yo también os podré regalar un poco de mí a vosotros y a vosotras. Como dice el encabezado, cada mes tendréis aquí un avance de alguna novela, un poema... algo con lo que acercarnos más y seguir compartiendo aquello que más amamos, los libros, y toda la esperanza que despositamos en ellos. 
     Gracias y hasta siempre.

    Jordi Sierra i Fabra

JORDI PUBLICA SUS POEMAS INEDITOS... Y ALGO MÁS


     Durante 12 años, desde que se creó esta web, Jordi ha regalado cada mes a sus lectores un poema en la página "Lee Gratis". Muchas y muchos le pedíais que los editara en forma de libro. Pues bien: ya está aquí. Y para que el precio fuera asequible para todos, se edita exclusivamente "on line" a 6,95 euros. El libro puede descargarse y leerse en cualquier sistema informático, y también editarse fácilmente. Además de los poemas inéditos de estos últimos veinte años, el libro tiene como regalo un anexo con una selección de sus poemas de juventud. Puedes conocer al Jordi más íntimo. Para compras, no tienes más que entrar en este enlace: http://store.hakabooks.com/54-poemas-de-amor-y-desamor-para-el-nuevo-milenio.html.


OCTUBRE

Fragmento del capítulo 6 de "Magno", editado por Edebé en septiembre de 2011


No supo de dónde le salía aquel valor.
Si se estaba volviendo loca o qué.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro —asintió el guía.
—¿Qué está pasando? Y deja de llamarme de usted.
Omar esbozó una sonrisa.
—No hagas eso —le pidió ella.
—¿Qué?
—Sonreír sin más, usar tus armas sabiendo que muchas chicas se derriten sólo con eso.
—No era mi intención... —vaciló él.
—Desde el primer momento...
—No es cierto —la interrumpió.
—Sí lo es —se mantuvo firme Rebeca—. Sé cuando me miran y cuando me atraviesan.
—Eres hermosa —cedió por fin.
—Y tú un dios egipcio, sí, ¿y qué?
—No entiendo.
—Omar, sí entiendes. Vamos a seguir unos días juntos y no quiero sentirme incómoda, ni rara, ni... ¡Por Dios!
—¿Por qué estás enfadada?
—¡No estoy enfadada!
—Si no estás enfadada, estás a la defensiva. Yo no he hecho ni he dicho nada.
—¡No hace falta hacer o decir! ¡Te lo repito: sé cuando me atraviesan con los ojos!
—A mí me miras igual.
—¿Así que es eso, el guía y la turista, la vieja historia de siempre?
—No hay viejas historias de siempre. Lo bueno de la vida es que cada historia es nueva y diferente, porque le pasa a uno.
—No soy una cría, ¿sabes?
—Desde luego que no. En Egipto, a tu edad, las mujeres ya están casadas y tienen al menos un hijo o dos.
—Genial —se cruzó de brazos Rebeca.
—No soy... —buscó la palabra con rapidez—, ¿machista? Yo creo en la libertad, y el progreso, y la independencia de la mujer.
—No me líes, ¿vale? —se rindió ella.
Omar soltó una pequeña carcajada.
—¿De qué te ríes?
—Eres divertida.
—¡No soy divertida, y más cuando estoy furiosa!
—Te enfadas contigo misma porque has descubierto cosas de ti que no sabías. De pronto ves que eres humana y que sientes algo inexplicable.
—Tú no sabes nada de mí, ni yo de ti.
—Mira esto, Rebeca —era la primera vez que oía su nombre en sus labios sin el tratamiento previo—. Este oasis milenario, esta noche eterna, lo lejos que está el mundo de aquí. ¿Hace falta saber algo más? La vida nos da regalos. Podemos aceptarlos o no, eso es todo.
—¿A cuántas has dicho eso?
—A ninguna.
—¡No me vengas con...!
Seguían de pie, así que le resultó fácil colocarse frente a ella, rodearla con sus brazos y besarla en la boca con abierta generosidad, porque la encontró con los labios separados. Fue tan inesperado que Rebeca no reaccionó, ni antes ni durante los primeros momentos del contacto. Para cuando quiso hacerlo, rebelarse, luchar, apartarle y, tal vez, gritarle si estaba loco o cualquier estupidez parecida, ya era demasiado tarde.
Porque el beso era "el beso".
El beso que no encontró en los labios de Javi. El beso que esperaba desde hacía tiempo. El beso capaz de ponerle la mente en blanco, quemarle en la boca y la lengua y apoderarse de su estómago y su mente.
Ese beso.
Rebeca dejó de pensar, de existir. Lo único de lo que fue consciente era de lo que sentía.
Derretida.
Habría un antes y un después. La vida cambiaba así. Bastaba un chasquido de dedos.
Abrió más y más los labios, hasta entregarse por completo, libre.
Un minuto o una hora.
Una eternidad.
Cuando se separaron, para respirar, acompasar el movimiento telúrico de sus cuerpos y mirarse a los ojos, en su caso abriéndolos despacio, casi como en un sueño, Rebeca se encontró con la mirada de ternura de Omar.
Se le antojó la expresión más tierna jamás vista.
—Te has aprovechado —musitó.
—Sí.
—Te odio.
—Eso no.
Volvió a besarla.
Otra larga eternidad.
Con fuerza, con dulzura, con pasión, con lasitud, con deseo, con paz...
Tardaron en volver a hablar pese a la lucha de sus ojos.
—¿No te das cuenta de que... de que esto complica las cosas? —logró articular ella, sometida al universo entreabierto con aquel despertar.
—Sólo las hace más interesantes —dijo él.
—Para ti es un juego.
Omar se puso serio.
—Los sentimientos nunca son un juego —manifestó—. Piensas en ti, egoístamente, y lo comprendo. Estás lejos de tu casa, sola, esto es nuevo, no sabes quién soy, albergas ideas preconcebidas en torno a mí... Tienes miedo y lo entiendo. Pero créeme si te digo que quizás el que sienta más daño al final sea yo.


EL POEMA DE SEPTIEMBRE


Taxista (Nueva York, mayo de 2008)


Taxista,
¿qué miras?
Llévame a mi destino.
Rápido.
Y no me hables.
Busca el camino más corto.
No robes mi dinero.
Ahuyenta tu conversación.
No te escuchó.
No te entiendo.
Manhattan es la cuadricula,
pero mi mente es circular.
Taxista de piel oscura,
negro, indio, ecuatoriano,
la calle es tuya,
pero mi tiempo es mío.
Por quince con noventa y cinco
sonríeme cuando me baje,
después olvídame.
Sólo han sido unos minutos,
desde Battery Park a la 47.
Hace sol y el día es hermoso.
Que los dioses te acompañen
y hasta nunca.


Capítulo 1 de "Un poco de abril, algo de mayo, todo septiembre", editado por Viceversa en primavera de 2011

   
        Abrió la puerta del bar lanzando el último suspiro y sin saber si entraba en el cielo o el infierno.
    El lugar era como tantos, y estaba lleno de gente dada la hora. Una barra a la derecha, con el personal arracimado en torno a los vinos y las tapitas, y las mesas a la izquierda y al fondo. Las paredes estaban decoradas con motivos rurales y fotografías antiguas, muy antiguas, de comienzos del siglo XX. El recinto tenía sabor, un sello muy personal, entre caduco y añejo.
    No se movió de la puerta mientras la buscaba.
    Pasó de la barra. Imposible que estuviese en ella. Primero las mesas cercanas, después las más alejadas. Por un momento pensó que no había acudido a la cita; que, o bien todo era una broma o a última hora no se atrevió a llegar hasta el final.
    Entonces la localizó.
    Estaba en la mesa más alejada, al fondo, en el ángulo de la izquierda. Apostó algo a que llevaba allí mucho rato, desde antes de que se llenara el local al cierre del horario de oficinas, justamente para tener aquel lugar protegido y discreto.
    Por entre las risas y, a veces, los gritos de los más exaltados, por entre el humo de los que aún no conocían el respeto a los no fumadores, y por entre aquella pequeña marea humana que los separaba, pareció abrirse un camino, un canal de comunicación.
    A él empezó a latirle el corazón muy rápido.
    Buscó un poco más, por si se equivocaba. Pero no, no había error posible. Tenía el libro en la mesa, y leía el periódico que también debía servir de contraseña. Justamente quedaba medio oculta por sus páginas.
    Fue como si la llamara.
    Ella volvió la cabeza y le miró.
    A Jaime se le paralizó el corazón.
    —Dios... —gimió.
    Era guapa. No una belleza radiante, espectacular y provocadora. Sólo guapa, preciosa, de rasgos delicados, aspecto angelical, un rostro bellamente dibujado por la mano de un artista sensible.
    Tuvo que ponerse en marcha.
    Forzar una primera sonrisa, no demasiado aparatosa.
    Se dio cuenta de que ella también le estudiaba mientras cruzaba el local, por entre las mesas, los camareros y la gente que se movía de un lado a otro. Trató de parecer normal pero no supo si lo consiguió. Seguían pendientes de sus ojos, de sus respectivas miradas. A medida que se aproximaba vio su cabello corto, negro, el óvalo de su mejilla, los labios deliciosamente rosados, los ojos tan oscuros como pozos...
    Se detuvo frente a ella.
    En lo último que pensó fue en la paradoja del destino.
    ¿Cómo era posible que aquel ángel...?
    —¿Olga?
    —Sí.
    —Soy Jaime.
    —Bien.
    La primera sonrisa.
    Se sintió turbado.
    —¿Puedo... sentarme?
    —¡Oh, sí, claro, perdona! —logró reaccionar Olga.
    Ocupó la silla frontal a la suya. Ni se dieron la mano. No pudo decir nada porque en ese instante el camarero que pasaba por su lado le preguntó qué iba a ser. Se fijó en que ella estaba tomando un simple vaso de leche. Pidió un refresco de limón.
    Luego volvieron a mirarse, ahora sin disimulo.
    De cerca era más guapa, más intensa. Tenía un cuerpo bonito, de pechos pequeños. Llevaba una camiseta ligeramente ajustada. Los brazos eran largos y las manos perfectas, con las uñas cortas y cuidadas, sin pintar. No llevaba maquillaje así que se le antojó natural, un ramalazo de la primavera que se había estrenado un par de días antes.
    Entonces se dio cuenta de algo más.
    En el fondo, egoistamente, en plan machista, hubiere deseado que ella no fuese guapa.
    Ahora sintió pena, y rabia. Se le antojó como algo increíble que ella fuese...
    "No va a ser fácil", fue lo único que se dijo a sí mismo.
    —¿Soy como esperabas? —rompió el silencio porque de lo contrario habría salido corriendo.
    —No importa demasiado, ¿no crees?
    —Sí, sí importa.
    —Me gustó tu carta —su voz era dulce y sonaba reposada, cargada de dolorosa ternura—. Esa fue la clave. Era muy bonita.
    —Gracias.
    —Escribes bien. Sabes emplear las palabras justas en el momento adecuado.
    —Tengo facilidad —reconoció Jaime.
    —¿Has escrito algo?
    —Por afición.
    —Me gustaría leerlo —se puso un poco roja—. Bueno, si...
    —Sí, claro.
    Había sido un pequeño gran coloquio para romper el hielo. Apareció una primera pausa en la que reacomodaron sus sensaciones. Jaime pensó que aquello iba a ser más complicado de lo que hubiera imaginado en un primer momento. Ya no sólo era curiosidad.
    Era como si en un abrir y cerrar de ojos algo hubiese cambiado, en él, en su mente, en su alma, en si mismo corazón.
    Olga suspiró.
    —Escucha, esto es nuevo para mí, ¿entiendes? Ni siquiera sé... No, en realidad sí se, pero no quiero precipitarme.
    —Yo tampoco —reconoció Jaime.
    —Se trata de algo importante.
    —Lo sé.
    —Hoy charlamos un rato, nos conocemos, y si nos parece bien probamos una segunda cita y así.
    —Vale.
    —No creas que tengo a alguien más y estoy haciendo pruebas.
    —No importa.
    —No lo tengo —quiso dejarlo claro ella—. No quiero jugar.
    —Perdona.
    Por primera vez advirtió una gota de humedad en sus ojos, como si empezara a desarbolarse vencida por el final de la tensión.
    —No estés nerviosa —le pidió Jaime.
    —¿No lo estás tú?
    —Un poco.
    —¿Tienes veintiséis, como dijiste?
    —Sí, ¿y tú...?
    —Diecinueve.
    —De todas formas la edad no importa mucho.
    —Tal vez, por gustos, afinidades...
    Jaime se hundió en sus ojos. Diecinueve años. Tragó saliva.
    —¿Sabes por qué te escogí? —preguntó Olga.
    —No.
    —En tu carta decías que el tiempo es sólo la forma en que gastamos la vida. Y también que eres Sagitario.
    —¿Crees en los signos?
    —Yo soy Leo, fuego, como tú. Sagitario es el payaso del zodiaco, de buen rollo. Y para mí lo más importante en un hombre es que me haga reír.
    —¿Puedo hacerte una pregunta?
    —Sin secretos, ¿recuerdas?
    —¿Te escribió mucha gente?
    —Una asociación católica para darme ayuda espiritual y renunciar a esto, un hombre de treinta y nueve años, otro de veintidós, y por supuesto dos anónimos que decían lo típico.
    —¿Qué es lo típico?
    —Que si lo tengo es porque me lo busqué.
    —¿Y sólo por Sagitario y por esa frase...?
    —El de treinta y nueve me pareció mayor. El de veintidós tenía un pasado con drogas y no me atreví.
    —¿Cómo se te ocurrió escribir ese anuncio?
    —¿Te importa que algunas cosas las dejemos para más adelante?
    —No.
    —No es que me importe dar razones, pero ponerme a recordar mi vida así, de pronto... Prefiero que esto sólo sea un primer contacto, que hablemos de cine o libros. Aún suponiendo que congeniemos, hemos de meditarlo bien.
    —Estoy de acuerdo.
    —De todas formas, ¿puedo preguntarte yo a ti por qué me escribiste?
    —Aún no estoy seguro, pero tu anuncio fue... revelador.
    —¿No lo habías pensado tú?
    —No.
    —¿Por qué?
    —No creía que nadie quisiera estar conmigo.
    Olga bebió un sorbo de su vaso de leche. Jaime hizo lo mismo con su limonada. Descubrió que tenía la boca seca y no se había dado cuenta. Cuando ella lo dejó en la mesa su tono se hizo más adusto.
    —No quisiera ser grosera, pero me gustaría ver un certificado médico o algo que...
    —Sí, lo he traído.
    Lo extrajo del bolsillo de la chaqueta y se lo entregó. Olga desplegó la hoja y la leyó detenidamente. Sus ojos destilaron una mezcla de tristeza y resignación, pero también de calma.
    Ninguna pregunta.
    Se lo devolvió.
    —Yo también he traído uno —hizo el gesto.
    —No es necesario.
    —Léelo, por favor.
    Lo sacó de entre las páginas del libro. Jaime hizo lo mismo que ella, leerlo, aunque sus sensaciones eran muy distintas. Sentía los ojos negros de Olga en los suyos. Parecía frágil, pero empezaba a ver que no lo era.
    No si había sido capaz de hacer todo aquello, aunque fuese por desesperación.
    Jaime siguió atrapado por los datos del certificado.
    "Vete. Estás a tiempo. Echa a correr", le gritó su mente.
    ¿Además de diferente, hubiera preferido que fuese una estúpida, borde, loca... o que se echara a llorar, o...?
    La cabeza empezó a darle vueltas.
    —Bueno, venga, hablemos de gustos, ¿te parece bien? —propuso Olga con una sonrisa de ánimo en los labios.


Capítulo 1 de "Sueños rotos", editado por Algar en septiembre de 2011

Del Diario de Elsa

   
Creo que antes de que sucediera lo de Niaga estábamos muertos.
    No sé cómo explicarlo. Tampoco quiero dar detalles o nombres. No deseo que se nos reconozca. Ni el cole, ni el pueblo. No vale la pena. De hecho, según el alcalde y los demás pontificantes, ni siquiera es un pueblo. Es una ciudad pequeña. Un eufemismo como otro cualquiera.
    Muertos, muertos, muertos. Ni siquiera nos dábamos cuenta. No lo sentíamos así. Pero ahora lo veo claro.
    Y lo estábamos porque no hacíamos nada. Nada. Es aterrador. No sé si me explico. La vida nos pasaba por delante, por los lados, por encima, por todas partes menos por nuestro interior. Y nosotros la veíamos correr como corre el AVE por las vías, a toda velocidad y sin detenerse, aunque por entonces la vida se nos antojaba muy, muy lenta, una sucesión de horas, días y semanas que no iban a ninguna parte.
    Yo me sentía vacía. A pesar de mis sueños, me sentía vacía, porque creía que los sueños no eran más que eso: ilusiones perdidas, inalcanzables.
    Vacía y sin ánimo de hacer nada para cambiarlo.
    ¿Hacer qué?
    Tenía quince años.
    Era nuestro momento y lo estábamos dejando pasar. Se nos escapaba. La mayoría de nosotros no tenía ni idea de qué haría al terminar de estudiar. ¿Trabajar? ¿En qué? ¿Allí, en el pueblo... perdón, en nuestra “pequeña ciudad”? ¿Marcharnos a Barcelona o Madrid, como tantos, como tontos? ¿Seguir estudiando sólo por no enfrentarnos a la vida y continuar en casa comiendo la sopa boba hasta los treinta? ¿Casarnos con el novio “de toda la vida” y repetir los clichés de nuestras madres? ¡Por Dios! Se supone que a los quince sentimos rabia, estamos llenos de furia incontrolable. ¿Pero de qué sirve lamentarse sin hacer nada? Cinco días de la semana eran vulgares, monótonos, repetitivos. Hacíamos lo mismo como autómatas. Los dos siguientes, los que se suponía que tenían que ser diferentes, acababan siendo peores, más estúpidos. Salir, dar un paseo, oír música, con suerte ir a la disco “para adolescentes” por la tarde, refugiarse en el pedregal, hablar de chicos, hablar de chicas... En un abrir y cerrar de ojos ya era lunes otra vez.
    Vivíamos en una trampa.
    Una trampa hecha por nosotros mismos.
    Ciegos, sordos, mudos.
    Y entonces sucedió lo de Niaga.
    “Lo de” Niaga.


Capítulo 1 de "El caso del loro que hablaba demasiado", editado por Siruela en primavera de 2011

   
    La semana no era muy buena.  Los teléfonos no sonaban. Ni un cliente en el despacho. Ningún caso. Sólo iba unas horas, normalmente por las mañanas, pero algunos días, como ése, una especie de silenciosa soledad me invadía poco a poco. Las paredes me oprimían. Descolgué un par de veces el auricular del fijo para comprobar si había línea. Me asomé otro par de veces al exterior para ver si el mundo seguía funcionando. Temí acabar hablando sola. Bueno, a papá tampoco le sobraba el trabajo, solía decírmelo cuando las cosas iban mal, pero hasta donde yo recuerdo, siempre o casi siempre hacía algo. Quizá él sabía atraer clientes y problemas.
    Llevaba dos días y todo el fin de semana dedicada a repasar los archivos de mi padre, estudiar sus casos, pequeños y grandes, determinar sus métodos, ver de qué formas enfocaba su rutina, seguir a alguien o conseguir información de algunas personas que podían ayudarle en una investigación. Por un lado, confirmaba lo que ya sabía: que ser detective no era muy complicado si la cosa se limitaba a seguir a alguien y redactar un informe. Por otro, tenía que admitir que la habilidad de papá para resolver determinados asuntos era notable. Investigar sí requería un talento especial, que él poseía, y yo trataba de averiguar si lo había heredado. Hasta este momento no lo había hecho mal, aunque tampoco podía afirmarse que fuese ya una experta. La manera en que resolví el caso del falso accidente de mi padre quizá hubiera tenido algo de fortuna. Eso me tocaba confirmarlo.
    Pero para ello necesitaba trabajar.
    Probarme a mí misma.
    Miré la hora y resoplé con fastidio. Otra mañana perdida. Desde el día en que, temerariamente, decidí ocuparme de la agencia, había leído más de la mitad del archivo. De pronto me sentí harta de tanta jerga legalista. El día era bonito, lucía el sol. No merecía la pena perderlo en una oficina vacía y silenciosa, aunque al otro lado de la ventana no lloviesen los euros para llenar la nevera y pagar los cuidados de papá.
    Recogí el casco de la moto, la cazadora, las llaves, y, con una soterrada carga de frustración, me dispuse a largarme.
    Llegué a la puerta.
    Y justo en ese instante sonó el teléfono.
    —Vaya por Dios... —parpadeé impresionada por el azar.
    Regresé a la mesa, dejé el casco encima y contesté mientras cruzaba los dedos. Necesitaba ocuparme en algo, en un caso, por simple que fuera. En algo que, además, me proporcionara un cheque y, de paso, la confianza que seguía necesitando para seguir adelante ahora que papá era casi un vegetal.
    —Agencia Mir, ¿dígame?
    —Berta, soy yo.
    Cerré los ojos.
    Se me antojó una burla.
    “Yo” era Ramiro Crussat, el “nuevo” hombre de mi madre.
    Estuve a punto de colgarle.
    —¿Qué quiere? —pregunté con la voz casi tan tensa como lo estaba mi cuerpo.
    —No quería telefonearte a casa y... tienes el móvil apagado, así que...
    Saqué el móvil del bolsillo de la chaqueta y lo examiné. Tenía razón: estaba apagado. Siempre andaba despistada con él. Quizá porque, para asuntos personales, no quería estar localizable. Eso me hacía sentir vulnerable, experimentaba la sensación de que me restaba libertad, como si mis defensas, mis escudos protectores, a lo Enterprise de Star Trek, se debilitaran con ello.
    —Ramiro...
    —Deberías venir a ver a tu madre —me interrumpió.
    —¿A qué viene eso ahora?
    —Por favor...
    —¿Le ha pedido ella que lo intente usted?
    —No, no sabe que estoy hablando contigo.
    —Entonces le diré lo mismo que le he dicho a ella cada vez que ha...
    —Tiene un tumor en el pecho —me interrumpió de nuevo.
    Me quedé muda.
    Sentía que la despreciaba, que necesitaba verter sobre ella toda la frustración que su traición había derramado sobre mi cabeza por haber abandonado a papá en el peor momento. Sentía rabia, desolación, impotencia. Y el desprecio se convertía en algo parecido a la ceguera del odio cuando la imaginaba casada con aquel tipo, lo bastante rico como para darle todos los caprichos, pero también lo bastante sucio como para imaginar que el día menos pensado acabaría en la cárcel, aunque a los poderosos siempre les cuesta acabar mal. Tienen abogados, muchos abogados. La última vez se libró por poco.
    “Falta de pruebas”, decían.
    —¿Berta?
    —Sí —exhalé.
    —Es tu madre, y te necesita.
    Siempre la misma historia. Era mi madre. Era mi madre. La que se había ido de casa para vivir “otra vida”, harta de los sueños y las limitaciones de papá.
    Mi madre.
    Hasta la abuela me lo repetía.
    ¿Cómo discutir con el mundo acerca de quién necesita más a quién?
    —¿Van a cortarle el pecho?
    —Aún es pronto para saberlo. Dicen que hoy en día eso sólo se hace en determinados casos. De momento han localizado el tumor en el derecho, en una mamografía, y se le ha practicado la biopsia... Quizá se arregle con quimio, aunque no saben si será antes o después de la intervención. Antes para reducir o después para eliminar todos los nódulos.
    Me estremecí.
    Imaginarme a mi madre calva, o sin un pecho, con lo coqueta que era, lo guapa que siempre había sido, lo orgullosa que estaba de su cuerpo  a su edad...
    —¿Cómo está?
    —Mal, hecha polvo.
    —Ya.
    —En un momento como éste...
    ¿Hay momentos diferentes? ¿Se necesita el perdón cuando se acerca la muerte? ¿La desgracia une a las personas?
    No tenía ni idea.
    A los dieciocho años una no piensa en esas cosas.
    Joder...
    Fue en ese instante, en ese precioso y conmovedor instante, cuando llamaron a la puerta, y yo reaccioné saliendo de mi catarsis.
    —He de colgar —le dije al nuevo marido de mi madre.
    —¡Berta!
    —¡Llaman a la puerta, he de colgar! —estuve a punto de gritárselo—. ¡Lo siento!
    Colgué el teléfono y, pese a todo, tardé dos o tres segundos en ponerme en marcha. Ni siquiera fui consciente de que abría la puerta hasta que me vi frente a mi visitante.
    Anciana, muy anciana, menuda, muy menuda, con un bolso casi tan grande como ella. Vestía con elegancia, incluso con gusto. Las joyas que colgaban de sus muñecas y de su cuello, más los anillos y los pendientes, debían de valer tanto como lo que papá hubiera sido capaz de ganar en diez años. O en veinte. O en toda una vida, porque si aquellas piedras y perlas eran buenas, y las pulseras eran tan de oro como parecían...
    Levantó la cabeza para mirarme y sonrió.
    Una boca perfecta de dientes postizos y muy blancos.
    —¿El señor Mir?
    Su voz era débil. La voz de alguien que a lo largo de la vida ha ido perdiendo fuerzas pero no el ánimo. Puro cristal, como su piel apergaminada y la fragilidad de su cuerpo delgado aunque en apariencia brioso. Los ojos eran limpios, de mirada dulce e inocente.
    —Pase, por favor —le franqueé la entrada.
    La anciana me obedeció. Caminó con pasos cortos hasta la mesa y se sentó en una de las dos sillas de enfrente. No se fijó en el lugar, como hacía la mayoría de clientes. No juzgó nada. Su talante era firme. Una mujer que no perdía el tiempo por nada y que ya sabía lo suficiente de la vida como para andarse con tonterías.
    Ocupé la silla de mi padre.
    —¿El señor Mir no está? —preguntó ella.
    —Verá, señora...
    —Parets, Claudia Parets, viuda de Dalmau —me dijo.
    —¿Quiere que la llame señora Parets?
    —Claudia mejor.
    —Bien, señora Claudia —me dispuse a explicarle las “condiciones” de la agencia desde que mi padre estaba fuera de combate—. El señor Mir nunca da la cara, para evitar ser reconocido y poder moverse con mayor libertad y seguridad, tanto para usted como para él. Yo soy su enlace y su secretaria. Los clientes me lo cuentan todo a mí y yo se lo comunico a él para que se ponga de inmediato a trabajar. Éste es el trato que han de aceptar los que requieren sus servicios.
    —Ser detective debe de ser peligroso, claro —reflexionó con la espalda muy recta y el tono firme, convencida.
    —Depende de los trabajos —no quise alarmarla inútilmente, por si era demasiado impresionable.
    —Bueno, en mi caso..., no sé qué pensar —puso las dos manos sobre el bolso y lo agarró como si fueran a robárselo—. ¿Puedo hacerle una pregunta?
    —Por supuesto.
    —¿El señor Mir es bueno?
    —Mucho —traté de parecer lo más sincera posible.
    De hecho mi padre sí era bueno. La duda consistía en saber si yo iba a estar a la altura.
    —Entonces bien —asintió la señora Claudia—. No sabía a quién acudir —por primera vez se mostró algo azorada.
    —¿Cómo ha dado con nuestra agencia?
    —Vivo cerca. A veces paso por aquí y veo la placa. En la vida nada es casual, ¿sabes, niña? De pronto he comprendido por qué me había fijado en ella. Una premonición. Jamás me habría imaginado que yo necesitase un detective, pero así son las cosas.
    —¿Quiere conocer nuestras tarifas?
    —No, no —hizo un gesto rápido con la mano derecha—. El dinero no importa. Lo único que cuenta es que lo encuentre.
    —¿A quién hay que encontrar?
    —A Mauricio.
    —¿Tiene una foto?
    —Sí, ya pensaba que les haría falta.
    Abrió el bolso y luego corrió una cremallerita. Mi cara no transmitió emoción alguna. Profesional. Un trabajo era un trabajo. Pero se trataba de una desaparición y esos casos no solían ser fáciles. Había que buscar a alguien. Seguir a una persona acababa siendo bastante sencillo. Buscarla, todo lo contrario. Sobre todo si no querían ser halladas.
    La foto era grande y a color. La extrajo del bolso con cuidado, para no arrugarla, y me la puso delante, sobre la mesa.
    Yo parpadeé.
    Intenté que no se me moviera un solo músculo, aunque no sé si lo logré. Deslicé una mirada rápida en dirección a mi visitante, la señora Claudia Parets, viuda de Dalmau. No parecía estar loca, ni desequilibrada. El gesto era de determinación, los ojos serenos, la gravedad de la expresión sincera.
    Era una anciana agradable.
    Muy vieja, sólo eso.
    Y volví a concentrarme en la foto.
    El color grisáceo azulado del plumaje, la belleza de su forma, la hermosa cola, el pico, los enormes y redondos ojos capaces de atravesar la cámara...
    Porque Mauricio era un loro.


EL POEMA DE JULIO-AGOSTO


Nunca


Nunca he sido un extraño en tu cuerpo
Mano y guante, en perfecta armonía
Nunca he sido un misterio para tus ojos
Me conocías desde mucho antes del comienzo
Hay personas destinadas a pasar
Hay personas destinadas a encontrarse
Cuando un coche y una carretera se unen
Los dos tienen un rumbo común

Nunca he sido un desconocido en tu vida
Los dos nos esperábamos desde hace tiempo
El día que nos reconocimos cerramos un círculo
Desde entonces no hay comienzo ni fin
No cierres tu futuro a la vida
pero regálame cada hora y cada día que puedas
Eres tan joven y tienes tanto tiempo
No llores cuando el mío me alcance

Nunca he sido un secreto que no conocieras
Me siento desnudo cuando me miras
Arrancaste las capas de mi cebolla
Hasta llegar al centro de mi gravedad
Sabes que mi alma vive en la soledad pura
No me siento ladrillo de ninguna casa
Soy la montaña que nadie escaló jamás
Soy el cielo sin nubes de tu valle encantado

Nunca olvidaré que nos pertenecemos
Cuando navegas por mi piel me estremeces
Y al amarme me gritas tu deseo
A través de todas las distancias que nos unen
Me gustaría que me escribieras un poema
Con tus palabras, con tus sentidos, con tu amor
Pero más me gustaría que lo sintieras en tu mente
Un segundo, el tiempo que nos ofrece el Universo



EL POEMA DE JUNIO


Jinete de la medianoche

Jinete de la medianoche
Saturado en blanco, cubierto de oscuridad
Filo de miedo bruñido, al sol recalentado
Apareces descalzo, abierto de sangres
Reclamas tu ofrenda, regalas tu cuerpo
En silencio buscas, el árbol de la vida
Barreras de sombras, al mundo robadas
Te desafío a gritar, te reto a llorar
Si tomas este aliento, no olvides que es mío
Recuerda de quién fue, dentro de mil años
Al otro lado del ayer, en la esquina del tiempo
Tú serás la incierta forma, lo más temido
Con ojos de nada, vacíos de estrellas
Camina olvidado, avanza en la madrugada
No tienes caballo, te faltan las alas
Apareces en rojo, el reloj no te anuncia
Si espero te paras, si corro me alcanzas
Manto, estela, frontera, quimera
Jinete de la medianoche
¿Cuál es tu nombre?


EL POEMA DE ABRIL

Despacio

Quisiera amarte despacio.
Consumirte en silencio más allá de la algarada.
Tocarte hasta sentirte sin llegar jamás a tenerte.
Estás dentro de mí y no puedo sentir alegría.
Te percibo y me dueles, te odio tanto como te quiero.
Mujer, amante, compañera, puta, amiga.
Por todas las horas que pasamos juntos,
deseándolo o sin desearlo, pero condenados.
Estamos siempre así, unidos hasta el fin.
Naciste conmigo y te irás con mi último suspiro.
Te conozco, te temo, hago el amor contigo.
Me empujas, me desesperas, droga de mi necesidad.
Maldita seas, jodida y lasciva desazón.
Quisiera amarte despacio.
Todavía más de como consumes mi tiempo.
Despacio, despacio, despacio...
Soledad.



EL POEMA DE FEBRERO

Canción de amor

Quisiera hacerte una canción de amor,
sin versos, sin rima,
tan libre como tú y tu esencia,
pero la inseguridad me hace inocencia.
Quisiera amarte sin fronteras,
con deleite y con futuro,
con la libertad de nuestro tiempo,
como el cielo ama al viento.
¿Por qué eres tan bella, amor?
¿Qué tienes, que eres diosa?
Llevas flores en el pelo
y diamantes en tu sonrisa.
Hueles a encanto y a noche,
respiras perfumes vibrantes,
quieta furia salvaje.
Eres la gratitud y el beso,
el deseo en la paz sin límite.
Eres reposo bajo la tormenta,
y tempestad bajo la calma.
Levanto mi mano surcando
el breve espacio que nos separa
y que es infinito y es lejanía.
Al rozar tu piel me inundo
de hogueras que me arden
cada dedo sobre tu piel hermosa.
Te llenas de palidez, cariño,
y bajas la cabeza
cerrando tímida los ojos.
Tiemblas liviana como la brisa
sobre los verdes campos al amanecer.
De tus labios brota el caudal puro
que te hace jugosa y bella
como la vid en la mirada del ebrio.
Me acerco y ese calor me abrasa.
Hay humedades en tus retinas
por las soledades que son ayer,
porque hay amantes
sin saber lo que es querer.
Quisiera darme más que amarte.
Desearía tenerte más que sentirte.
Pura, virgen, débil, frágil.
Sinrazón sutil para la razón.
Existes y por ello me hieres,
te quiero y sin embargo me dueles.
Tengo demasiado amor en mi copa
y tú eres la sed que la apura.
Quisiera hacerte una canción de amor,
sin fin, sin medida.
Pero tú eres la música y la letra,
y yo sólo el pentagrama vacío
que tú has llenado de vida.

© 1975


EL POEMA DE ENERO

Haikus de las Estaciones

En primavera,
caballos blancos pasan
por nuestro cielo.

Es primavera.
Veintiuno de marzo.
Por fin, amor.

Llega verano
y mi cuerpo desnudo
Por ti se quiebra.

¿Es ya septiembre?
¿El verano se marcha?
Vuelve en un año.

Tu voz, al paso,
mojas de amor el alma,
en el otoño.

En el otoño
caen tristes las hojas
de nuestros ojos.

Arbol de otoño,
¿es tu última hoja,
la que retienes?

A este invierno
le quedan dos nevadas
y cuatro vientos.

Dura mañana.
Los lunes son muy tristes
en este invierno.

Siento ese frío
que viene de tu invierno.
¿Y tu verano?

Llegó el invierno.
Caen dos o tres copos
en tu bufanda.

Toda tú hueles
a primavera fresca
en el invierno.

 


EL POEMA DE DICIEMBRE

   No me hagas daño

                    No me hagas daño
La inseguridad provoca más cicatrices que la guerra
La seguridad es un gran pájaro de alas de plomo
                    No me hagas daño
Me he sentido alto mucho tiempo sin ver el sol
Me he sentido bajo mucho tiempo sin ver el suelo
                    No me hagas daño               
Gandhi dijo: “La peor violencia es la indiferencia”
Yo digo: “La peor soledad es la de mi amor por ti”
                    No me hagas daño
Mis brazos son un ánfora de barro húmedo al abrazarte
Mis piernas se doblan como una caña al sentirte
                    No me hagas daño
Cuando hayamos destruido el mundo descubriremos
que el dinero no se come ni sirve para sembrar
                    No me hagas daño
El amor es un cántaro con cien agujeros
Bebes por uno pero el agua se te escapa por los restantes
                    No me hagas daño
La vida es una novela que siempre acaba mal
Muere el protagonista
                    No me hagas daño

   EL POEMA DE NOVIEMBRE

    UN POCO DE ABRIL, ALGO DE MAYO, TODO SEPTIEMBRE
    (Poema que da título al libro editado por Viceversa)

    En abril volveré
        a medir la distancia de mis sueños
            O en los mayos de mi espera
        los septiembres de mi suerte
    y cuantos meses me acerque a ti
        o ellos me acerquen en el tiempo para volver a ser uno
            Probar
        Soñar y saber
    Y sentir
        Las quimeras de esos sueños
            tu pecho deshaciéndose en mi boca
        tu cuello abierto a mi deseo
    tu vientre temblando
        tu sexo gritando
            Esperanzas
        Un poco de abril, algo de mayo, todo septiembre
    Coordenadas de mi anhelo
        ¿Deberé esperar al 2197 para crearte?


    EL POEMA DE OCTUBRE
    (El día 10 de octubre de 1975 fallecía en Barcelona, a los 56 años, Valeriano Sierra i Vilà, mi padre. Hoy día 10 de octubre de 2010, en su memoria y 35 años después, publico por primera vez en Internet el poema que le escribí al poco de su muerte).

    PADRE

    Padre.
    Te quiero.
    Me queda poco en que creer
    pero aún puedo creer en ti
    y en mis sentimientos.
    Saber que me diste amor.
    Saber que fuiste real.
    Saber que te conocí una vez
    y que te fuiste sin avisar
    de espaldas y en silencio
    callando tantas cosas
    y suspirando por lo que no viste,
    mordiendo el tiempo
    que pasó a través de ti
    como la mano fantasma
    que viene del vacío
    y nos arranca del futuro.
    Padre.
    Te quise.
    Es un quedo eco
    que aún resuena en mis oídos.
    Tiemblo de furia y desesperación
    pero he de tragarme mis angustias,
    masticándolas despacio
    para que no se me atraganten.
    Y te echo de menos.
    Desapareciste, quieto y discreto,
    por la puerta pequeña
     de la normalidad.
    ¿Sabes? Yo llegué tarde.
    Guardo sólo un recuerdo vago
    de mi error.
    Mi propio miedo a la muerte
    me hizo darte la espalda.
    Sigo siendo el niño
    que nunca quiso pedir perdón,
    hijo del hombre
    que nunca me pidió una disculpa
    por nada.
    Sería el orgullo de los derrotados
    que acabaron venciendo
    o el de los vencedores
    que olvidaron la derrota.
    Aunque nunca me hablaste de la guerra.
    De esa que te robó
    tu parte de juventud y alegría,
    tu derecho a ser también niño,
    para hacer el amor en la esquina
    de tu misma vida.
    Fuiste tan sencillo,
    tan normal,
    que me dio miedo
    llegar a ser yo mismo
    un simple hombre como tú.
    Y sentí angustia por todo aquello
    que nos hace humanos.
    Y sentí odio por todo aquello
    que nos hace débiles.
    Si lo hubieras comprendido
    tan sólo una vez.
    No fue tu culpa ni la mía.
    Simplemente fuimos así
    y nos sucedió así.
    Cuanto tiempo llegamos a perder.
    Siento como si no te hubiera conocido,
    como si fueras un recuerdo quieto
    detenido en alguna parte de mi ayer,
    ¿Que clase de muros nos hicieron
    extremos de una cuerda tan corta?
    Apenas si llegamos a hablar.
    Tú no creías en sueños.
    Yo no creía en tus recelos.
    Y levantamos incertidumbres
    que nos apartaron y separaron
    como islas unidas por el mar.
    ¿Que clase de frustraciones
    pusieron en ti,
    para secar el pozo de tus ilusiones?
    ¿Por qué dejaste que te cortaran
    el derecho a esperar algo más?
    ¿Quien te puso en el corazón
    tanto miedo
    que acabó por rompértelo?
    Pero fuiste bueno.
    No creo que sea gran cosa.
    Lo siento.
    Pero fuiste bueno.
    Peleaste sin nada por tener algo,
    sólo un poco,
    y conseguiste casi todo.
    Salvo un hijo que te compensara
    y fuera el Arquitecto de tus ilusiones,
    aunque fueran tuyas y no mías.
    Te compensé tarde,
    pero no pude correr más,
    y tú no me esperaste.
    No sé que te hizo pensar que podía ser bueno.
    No sé que te hizo creer en imposibles.
    No sé que te empujó a tener fe.
    Sufriste demasiado por pequeñeces
    y te ahogaste de cosas menores
    que ocultaron el brillo de la realidad.
    Aunque tuviste amor, bañado en plata
    y un rincón a tu medida
    en el que dejar una huella.
    Pero yo, yo te debo lo que soy.
    Sólo por empujarme sin saberlo,
    y por dejarme sentir pena
    por el mundo gris y vulgar
    del que no quise participar.
    Es duro pelear contra uno mismo,
    de padre a hijo, de hijo a padre.
    Fuiste la lección clara
    que me hizo rebelde y rabioso,
    y temí defraudarte por no herirte
    aún más de lo que te herí,
    antes de ser grandes amigos.
    Pero fui un hijo tan extraño
    como lo fueron los de mi generación.
    Cambiamos el mundo
    y no os disteis cuenta.
    Tú tenías 56 y yo sólo 28.
    Padre.
    Te fuiste demasiado pronto
    a medir la distancia de tus sueños.
    Te alejaste envuelto en los silencios
    de un despertar profundo y lejano.
    Me dejaste con las manos llenas
    de las ansiedades
    que tu mismo pusiste en ellas.
    ¿Y ahora qué hago yo con mi oro?
    ¿A quién puedo enseñar
    la imagen ocre de la gloria?
    ¿El color de tu alegría perdida?
    Dondequiera que estés
    si estás en alguna parte
    quisiera que me oyeras.
    Daría mi voz porque mi grito
    llegara hasta ti.
    Todo cuanto ansiaste
    llegó cuando te fuiste.
    Un país, una paz, un futuro,
    y yo mismo.
    Yo mismo.
    Sólo que ahora ya nunca sabré
    si es bastante, o lo será,
    o pudo serlo
    para ti
    Padre.

  

Capítulo 1 de "Historia de un segundo", editado por SM en mayo de 2010

1
El arrebato del amor

   
En el preciso instante en que la vio, quedó prendado de ella.
    Lo más hermoso, lo más singular, fue que la muchacha también le vio a él en ese preciso momento.
    Y sus ojos fueron un reflejo de los suyos.
    Era morena, de cabello muy negro, azabache. Lo adornaba con unas cintas de colores que caían sobre sus hombros, a ambos lados de la cabeza, perdidas entre rizos sobre los que su ligero tocado semejaba flotar, navegar en aquel mar armónico. Su rostro era puro, muy blanco, de tez pálida en la que los ojos parecían dos perlas incrustadas por un toque divino y los labios una pincelada rosada aportando el toque de color más dulce. Vestía un hermoso traje estival, igualmente blanco, con la falda rozando el suelo y una docena de brocados como único adorno. Sus manos sostenían un libro de cubiertas rojas que apretaba contra su pecho al andar.
    Delante, a un par o tres de pasos, iban sus padres. Bueno, Eliseo dedujo que lo eran. Sin duda gentes de noble cuna. Tanto el hombre como la mujer vestían de forma impecable. Muchas de las personas que acudían al pueblo en verano, para descansar y disfrutar de sus aguas medicinales, descuidaban su apariencia, incluso en domingo, como era el caso. Un toque aquí, una permisiva dejadez allá, un descuido... Ellos no. El hombre llevaba una levita que, aunque de paño ligero y apropiado, confería a su aspecto una nobleza peculiar y le dotaba de la necesaria calidad. Sin duda en la capital era alguien importante. La mujer lucía con encanto y donaire un vestido igualmente apropiado, de moderado escote, talle ceñido, la larga y acampanada falda rozando también el suelo. Se tocaba con una sombrilla con la que se protegía del inclemente sol en aquel cielo sin nubes, tan azul como debían de serlo los mares de los que hablaban los viejos del lugar, los que un día fueron a la guerra en grandes barcos y sobrevivieron a ella. El rostro del hombre denotaba rigor, gravedad, la seguridad de los fuertes y los que nunca han recibido una orden porque siempre las han dado todas. El de la mujer reflejaba dulzura. Bien mirado, se parecía a su hija. Quizás se casase con sólo unos pocos años más que ella, porque era joven y hermosa.
    Junto a la muchacha, caminaba una institutriz perfectamente uniformada, de rostro severo. Sus ropas eran negras, con un delantal y una cofia blancos. Parecía un perro de mejillas flácidas y caídas a los lados, las cejas formando un sesgo oscuro por encima de los ojos, la nariz prominente.
    Eliseo ya no iba a olvidar jamás aquel segundo.
    Aquella mirada.
    La suya.
    La de la muchacha.
    Nunca hubiera imaginado que en un abrir y cerrar de ojos, la vida pudiera cambiar tanto, volverse del revés, como un calcetín.
    Se olvidó de todo, de su mandado, de la hora, del día o el año. Sólo fue consciente de que su corazón latía más rápido. Nada más. Que sus piernas cambiaran de rumbo, que su mente se adentrara en un espacio blanco suspendido del tiempo, que perdiera toda razón, fue ajeno a su voluntad.
    Les siguió.
    Por la calle, la plaza, en dirección a la iglesia.
    Porque en un domingo por la mañana, las gentes de buena cuna acudían al templo para escuchar la palabra de Dios y renunciar por unos minutos a su nobleza. Allí todos eran iguales.
    O lo creían.
    Unos minutos no hacían daño a ninguna cabeza coronada.
    Eliseo no apartó los ojos de la muchacha.
    Le calculó su edad, más o menos.
    Su corazón se paralizó cuando ella volvió la cabeza la primera vez. Se aceleró la segunda, y estalló en su pecho la tercera.
    Porque fue la de su sonrisa.
    Dulce, evanescente, igual que un suspiro de la naturaleza.
    Estaban ya en la plaza, a unos pocos pasos de las escalinatas del templo. Los padres caminaban despacio, confiriendo a su porte todavía más prestancia. Inclinaban la cabeza aquí y allá cuando les saludaban, sin detenerse. Pero a los pies de los sillares de piedra que conducían a la puerta de la iglesia si lo hicieron, para hablar unos segundos con otro matrimonio de no menos relieve social. Intercambiaron palabras, gestos, sonrisas, y luego presentaron a sus hijos. Por un lado, la muchacha, por el otro, dos niños pequeños, de unos nueve o diez años, gemelos, acompañados también por su institutriz, delgada y nudosa como una vid, con cara de estar visiblemente agotada.
    Eliseo estaba a unos pocos pasos.
    Pero no podía escuchar la voz de su rayo de sol.
    Otras dos miradas.
    La segunda sonrisa, tímida, arrebolando sus mejillas de porcelana.
    Luego entraron todos en el templo.
    Eliseo no supo qué hacer. Iba descalzo, nunca había tenido zapatos hasta unos meses antes, y no tanto por viejos como por incómodos, prefería caminar sin ellos, sobre todo cuando tenía prisa y había que correr. Pero más allá de su desnudez en la parte de su cuerpo que tocaba la tierra, estaban sus ropas, viejas, pantalones gastados y anudados con una simple cuerda para que no se le cayeran, la camisa raída, el pelo revuelto.
    Su única luz era su rostro.
    Las mujeres se lo decían:
    —Mira que eres guapo, tunante.
    —Dentro de muy poco ya las llevarás a todas prendidas de ti.
    —Si eres listo, que lo eres, conseguirás que la vida te de sus dones.
    —Te guardaré a mi hija. Quiero tenerte por yerno.
    —Tu madre debió de ser sin duda una hermosa mujer.
    Eliseo desafió a su suerte y penetró en el templo.
    Después de todo, era la casa de Dios.
    Su casa.
    La de todos.
    Caminó por el lateral, oculto por la penumbra de la zona más oscura. Los gruesos muros, las columnas, impedían casi que la luz llegara hasta allá abajo. El tono de recogimiento era absoluto y el silencio un grito superior al de las vendedoras en el mercado. Cada pasó sobre las frías losas, a veces caminando por encima de tumbas selladas hacía decenas o cientos de años, le hacía estremecer. Pero nadie reparó en él.
    Les localizó nada menos que en la segunda fila. La primera era para las autoridades locales. La segunda y la tercera para los feligreses más destacados. Quizás en el cielo también hubiese categorías, ¿cómo saberlo? No le importó el detalle, salvo por el hecho de que tenía que acercarse más al altar, quedar casi a descubierto.
    Estaban sentados por orden. Primero el cabeza de familia, junto al pasillo central. A continuación su esposa. Luego ella. La institutriz debía de haber quedado más atrás. En su banco estaban solos. Eran de cuatro personas y había cuatro filas de ellos. La muchacha ya no sostenía su libro de cubiertas rojas. Sus manos sostenían uno de tapas negras. Un misal o una Biblia. Todos los bancos tenían cuatro de ellos situados en un cajetín frontal, debajo del apoyabrazos.
    Ella sabía que estaba allí.
    Le buscó.
    De manera comedida, discreta, sin apenas mover la cabeza. Primero por la derecha, después por la izquierda. Al verle asomado detrás de una columna sonrió de forma aún más acusada.
    Eliseo se ocultó.
    No era un juego, era...
    Se asomó de nuevo.
    Cuanto más la miraba, más deseaba verla. Cuando más la sentía, más gozaba del dolor de aquella herida. Cuanto más recibía aquellas sonrisas, más desnudo percibía su cuerpo y su mente se deshacía como un azucarillo.
    Le costaba respirar.
    Entonces salió el sacerdote y dio comienzo la misa.
    Durante los siguientes minutos, quizás media hora, quizás sólo unos segundos porque el tiempo dejó de contar, los dos mantuvieron aquel juego de miradas y roces en la distancia, ajenos al mundo, al margen de todo lo que no fuera su nueva realidad. Siguiendo el rito de la misa, se arrodillaron, se incorporaron, rezaron, se santiguaron, volvieron a arrodillarse, volvieron a incorporarse, volvieron a rezar...
    Hasta que el oficiante anunció:
    —Ite misa es.
    Eliseo echó a correr para llegar de los primeros a la puerta de la iglesia. La cruzó raudo y llegó al pie de la escalinata, donde se sentó a esperar. Por primera vez sentía sus piernas agotadas, incapaces de sostenerle, como si el amor pesara.
    Extraña palabra.
    Nunca antes había pensado en ella.
    La muchacha y sus padres, con la recuperada institutriz, salieron de los últimos, y al hacerlo, en la explanada superior, se detuvieron de nuevo para intercambiar algunas palabras con otras parejas. Aquel sería un buen verano, sin duda alguna. Cada vez eran más las personas que acudían al pueblo para tomar las aguas, y llegarían todavía muchas más, de otras clases y condiciones, cuando se inaugurara el balneario que ya estaban construyendo junto al río.
    Prosperidad para todos.
    Con la escalinata de por medio, aquella fue la mirada más larga de cuantas se hubieran dirigido por el momento.
    Abierta.
    Radiante y viva.
    Hasta que la muchacha abrió su libro de tapas rojas, extrajo un lápiz de la parte dura de su cubierta, y pareció escribir algo en una de sus páginas.
    Segundo a segundo.
    Cerró el libro casi un minuto después. Sus padres no se habían dado cuenta de nada. La institutriz permanecía a un metro de distancia. Sólo Eliseo vio como la muchacha arrancaba la hoja en la que había estado escribiendo algo.
    La dobló en cuatro partes.
    La ocultó en su mano.
    Cuando los padres dieron por terminada la conversación e iniciaron el descenso de la escalinata, siguiendo el mismo orden que a su llegada, es decir, ellos delante y su hija y la institutriz detrás, Eliseo se puso en pie.
    Podía seguirles.
    Arriesgarse.
    Ver...
    Los cuatro cruzaron la plaza. La muchacha volvió la cabeza por última vez, sólo para estar segura de que él seguía pendiente de su paso.
    Entonces se detuvo y se agachó.
    Fingió atarse un zapato.
    Y depositó la página arrancada del libro bajo una piedra antes de incorporarse de nuevo y alcanzar a su institutriz.
    La sangre de Eliseo empezó a correr a toda velocidad por su cuerpo. Una carrera desbocada que le provocó sudores, le dejó la garganta seca y le azuzó las sienes hasta el punto de que su cabeza amenazó con estallarle si antes no lo hacía su corazón.
    Echó a correr hacia la piedra.
    Se agachó, miró a su alrededor, y recogió la página del libro.
    Ni siquiera la miró. La guardó en el bolsillo izquierdo de su pantalón, porque el otro tenía un roto, y al enderezarse vio como el padre, la madre, ella y la institutriz subían a un carruaje que les esperaba en una de las esquinas más alejadas de la plaza.
    La última mirada fue fugaz.
    Luego el carruaje se alejó y Eliseo se quedó solo.
    Lleno.
    Vivo.


    Capítulo 1 de "Tester" (Probador)", editado por Edebé en mayo de 2010

   
Abrió un ojo cuando sonó el teléfono.
    Sólo uno.
    Las nueve y media de la mañana.
    ¿Quién podía llamar a las nueve y media de la mañana en domingo?
    Por entre las brumas de su somnolencia intentó hacer una lista mental de posibles candidatos a pelma. Los amigos no porque estaban tan o más sobados que él. A su madre ni se le ocurriría. Así que... ¿Un error?
    —Que te den —farfulló sin hacer siquiera un intento por levantarse.
    Porque, encima, el maldito aparato no lo había dejado al lado de la cama, sino con la ropa. Y eso implicaba levantarse en caso de que quisiera cogerlo. Levantarse, o arrastrarse, lo justo para desvelarse.
    A la quinta señal sónica dejó de zumbar y se acabó.
    Ya oiría el mensaje después.
    Después.
    Volvió a cerrar los ojos y se abandonó, boca abajo, atravesado en diagonal, desnudo y absolutamente privado de consciencia a los cinco segundos.
    Lo malo de los buenos sueños es que nunca volvían. Lo peor de los horribles es que eran cíclicos. Su mente atravesó las brumas finales y se sumergió en una nada oscura pero plácida. Un vacío que, de pronto, se llenó de luces y sonidos.
    Tan inesperadamente que...
    El teléfono. Otra vez.
    Abrió el mismo ojo y lo depositó en el reloj que, algunas veces, le servía para despertarse en caso de necesidad.
    Las nueve y cuarenta y dos.
    —Mierda...
    ¿Por qué no había desconectado el maldito móvil?
    Con la quinta señal enmudecería, pero le echó la almohada rabioso, deseando asesinarlo, moviendo tan sólo un brazo de arriba abajo lateralmente. La almohada cayó encima del aparato y amortiguó el tono. Nada más.
    De nuevo el silencio.
    Otra vez la lista mental de candidatos.
    La última vez que a su madre se le ocurrió telefonearle en domingo, y eran las doce y pico, se las tuvieron. Encima ella estuvo de morros una semana, con toda su retahíla de reproches y reconvenciones elevadas al grado sumo. No podía ser ella. No era tonta. Los colegas... No, no, seguro. De entre todas las bromas pesadas que pudieran gastarse aquella era sin duda la peor.
    Fuera quien fuera volvería a telefonear, eso fijo.
    Insistente.
    El sueño roto por segunda vez amenazó con desvelarle. Más por la irritación que por falta de ganas de volver a cerrar los ojos y escapar de la realidad. Era como cuando ladra un perro de noche. Aunque se calle de golpe estás esperando que vuelva a ladrar. Te dices que si lo hace te levantarás, te asomarás a la ventana y le pegarás cuatro gritos, pero te resistes, le das una oportunidad, y el maldito animal insiste, ladra, ladra, ladra...
    Sintió los irrefrenables deseos de orinar propios de cada mañana.
    —Lo que faltaba...
    Tenía que ir al baño. Eso sí resultaba inevitable. Una presión vejigal como aquella no se vencía únicamente cerrando los ojos para volver a dormir. Si no vaciaba el depósito sería peor. Conocía su cuerpo.
    Se levantó intentando no enfadarse, ni hacer gestos bruscos ni nada. Iría al baño, orinaría, regresaría a la cama y a sobar otra vez.
    Calma.
    Pasó junto a su ropa y el móvil oculto por la almohada. Le bastaron tres pasos para alcanzar su minúsculo baño. Se alivió, manteniendo los ojos cerrados, igual que si deseara dormirse de pie, y cuando se dispuso a volver a la cama se dio un golpe con la silla. “La” silla. Porque era la única.
    Abrió los ojos y contempló su mini-apartamento.
    Veintisiete coma nueve metros cuadrados.
    Siendo tan pequeño la sensación de caos aún se hacía más evidente. Parecía un trastero. Por lo menos tardaba poco en arreglarlo. Todo lo malo tiene cosas buenas y viceversa. De haber vivido en un piso mayor, un verdadero piso, el caos sería el mismo y poner orden un infierno.
    Recogió el móvil antes de derrumbarse sobre la cama.
    Nada de SMS. Dos llamadas perdidas.
    Mejor lo desconectaba.
    Se resistió a hacerlo. Por lo menos saber de quién eran.
    Vaciló.
    —Te arrepentirás... —masculló a media voz.
    Su sentido común no le hizo caso.
    Marcó el Uno Dos Tres y esperó.
    —Tiene dos llamadas —la voz de la chica de la telefónica era tan impersonal como siempre. A veces se preguntaba cómo era, qué aspecto tendría. Un misterio—. Primera llamada. Recibida hoy a las nueve horas y treinta minutos...
    La voz de Sony reemplazó a la de la chica.
    Sony, el muy...
    —Lennon, tío... despierta... —la pausa fue dolorosa, flotó en medio de un extraño rumor de fondo antes de que reapareciera él—. Oye, que ha sucedido algo gordo... Mira, paso de decírtelo así, ¿vale? Llámame en cuanto oigas esto, ¡pero ya! Coño que es... Venga tío...
    La voz de Sony dejó de martillearle la mente y en su lugar volvió a escuchar la de la chica de la telefónica.
    —Fin del primer mensaje. Segunda llamada, recibida hoy a las nueva horas y cuarenta y dos minutos.
    Otra vez Sony.
    —Lennon... joder, ¡joder!, que ya veo que no llamarás y... Mira, si escuchas esto antes de las once... Tienes que venir, tío. Estamos en Pompas Fúnebres. Es... —pareció tragar saliva antes de soltarlo. De golpe—: Es el Hardy, colega. El Hardy que se la pegó con la moto y... Coño, Lennon, que está muerto,  que la palmó y le entierran. ¿Puedes creerlo? Le entierran a las once, mierda. Toda la peña está jodida desde que nos hemos enterado y sólo faltas tú... Y... bueno, vale, da igual. Llama o ven, tío. Lo siento...
    —Fin del segundo mensaje. Usted no tiene más llamadas. Si desea revisar sus mensajes, pulse...
    No apagó el móvil. Sólo bajó la mano.
    No reaccionó.
    Debieron de pasar un montón de segundos sin que lo hiciera.




    Capítulo 1 de "La modelo descalza", editado por Siruela en marzo de 2010

   
Llegar a tu casa después de un largo viaje en avión es... lo mejor del mundo.
    No importa que vengas de un país exótico, que todo haya ido bien, que los aviones hayan salido a su hora, que el trabajo haya sido de primera y las sensaciones perfectas. No importa nada. Aunque lo eches de menos, aunque ya pienses en el siguiente viaje, aunque tu vida sea volar y disfrutar del mundo, llegar a casa no tiene parangón con nada.
    Además, no venía precisamente del lugar más civilizado. Tener cobertura con el móvil, después de varios días sin ella, significaba estar de nuevo conectado con la maldita Aldea Global. Y no es que yo sea un fanático de la globalización, al contrario. Pero son los tiempos, y hay que vivir de acuerdo con ellos.
    Dejé la bolsa del equipaje y la de las cámaras en el suelo, respiré mi aire más familiar, pensé en mi cama...
    —Hola —me dije a mi mismo.
    Lo primero, abrir un poco las ventanas, para que circulara el aire. Lo segundo, quitarme los zapatos y la ropa, ponerme cómodo. Lo tercero echarle una ojeada al correo, por si me encontraba algo urgente o novedoso. Lo cuarto escuchar los mensajes del contestador automático. Exactamente nueve. Y para todos los gustos. Desde amigos preguntándome dónde estaba y por qué no contestaba al móvil hasta amigas interesándose por mi salud.
    El último era de mi madre.
    —Bienvenido. Llámame cuando llegues.
    El mismo mensaje que el del SMS leído en el aeropuerto, nada más aterrizar y recuperar la cobertura. Lacónico y directo, como no podía ser menos. La había llamado, no sólo porque fuera mi madre, sino porque el tono era más bien el del trabajo, el de Paula Montornés, dueña y directora de Zonas Interiores, nuestra revista. Y cuando empleaba ese tono...
    Pero ella también tenía su móvil desconectado.
    Lo probé de nuevo.
    Fui a la memoria, activé su número y esperé.
    —Lo siento. Ya sabes cómo va esto. Te llamo si me dices quién eres.
    —Mamá, soy yo —le dije al buzón de voz—. I’m home.
    Dejé el móvil junto al teléfono fijo y por un momento vacilé sin saber qué hacer. Tenía que deshacer la bolsa y poner la ropa para lavar, pasar las fotos al ordenador, cenar algo, ducharme, enterarme de cómo estaban las cosas...
    No tenía sueño. El dichoso jet-lag. Y no es que hubiese mucha diferencia horaria aunque el viaje desde el África profunda hubiese durado trece horas. Me fui directo a la ducha para relajarme. Sí, ya sé que dicen que cuando llegas de un viaje no has de tomar una ducha ni meterte en una bañera con agua caliente, porque es malo. Pero no sé de nadie que se haya muerto por eso y a mí me apetecía una ducha. Diez minutos bajo un chorro dan para que te olvides del mundo entero.
    Salí envuelto en una toalla y entonces me derrumbé en mi butaca favorita, delante de mi equipo de imagen y audio. Pantalla gigante para televisión, películas, DVD’s, y el resto integrado por un grabador, reproductor, música... Le di al mando a distancia de la tele y lo primero que vi fue lo de siempre. Es decir, lo de siempre antes de irme.
    El país seguía igual. Y el mundo.
    Los mismos políticos diciendo las mismas cosas, poniendo las mismas caras y gritando las mismas estupideces sin sonrojarse ni recordar que las hemerotecas solían desnudarles a cada momento. Las mismas guerras cada día con el contador de muertos en aumento. Los mismos locos armamentistas y los mismos falsos profetas con sus bocas llenas de dioses. Las mismas vergüenzas internacionales. Lo único diferente era que los niños que salieron por la pantalla, víctimas de conflictos o hambrunas, aún estaban vivos, mientras que los últimos que vi antes del viaje probablemente ya estarían muertos.
    Ser periodista es fantástico, lo mejor, pero también es muy duro.
    Sobre todo si tienes un compromiso, si te inmiscuyes, si no eres indiferente, si tomas partido y se te rebelan los higadillos ante las atrocidades constantes de las que eres testigo, directo o indirecto, y que se enfrentan a la pasividad de tantos, desde los miserables del G-8 hasta los destructores ambientales.
    Siempre recordaba a uno de los jefes de las tribus amazónicas el día que dijo: “Cuando hayáis destruido el último bosque, agotado el último océano, aniquilada la última especie animal, os daréis cuenta de que el dinero no se come. Y entonces será demasiado tarde”.
    Le quité el volumen a la proyección televisiva y cogí de nuevo el móvil.
    Era raro que mi madre lo tuviera desconectado.
    A no ser que se encontrara en un teatro, un cine, una cena... o una cita.
    Pensé en ello.
    Y sonreí.
    Ojalá Paula Montornés tuviera una cita. No buscaba un padrastro, pero sí me hubiera hecho ilusión que ella recuperase el pulso de su vida fuera de Zonas Interiores.
    La revista era su casa, su mundo. Ella y yo.
    Gajes de ser hijo único.
    —Que conste que te he llamado dos veces —le dije al buzón de voz—. Me voy a la cama en quince minutos y desconectaré. Hasta mañana.
    Estaba acabando el mensaje cuando en la pantalla apareció ella.
    Alexia.
    Alejandra Galvany.
    Me quedé con el móvil en la mano y mi habitual aspecto de tonto viendo aquella imagen tan habitual y, al mismo tiempo, tan especial para mí.
    Mi Alexia, aunque para mí sería siempre Alejandra.
    Lo extraño era que saliera en un telediario, un informativo de media noche, no en un programa del corazón. Desde luego no daba la impresión de que el tema fuese alguno de sus pases de moda en cualquier lugar del mundo, ni su fama como top internacional, ni tampoco que hablaran de ella por un premio o un escándalo con su más reciente ligue.
    Alejandra estaba muy seria.
    Lloraba.
    Y la rodeaban varios policías.
    Tardé demasiado en reaccionar y subir el volumen del televisor. Para cuando lo hice, la noticia tocaba a su fin. Alcancé a escuchar unas últimas palabras:
    —...el asesinato, el baño de sangre...
Y finalmente el párrafo de despedida:
    —...la famosa top model internacional, protagonista este año de destacados campañas publicitarias y reina de las pasarelas de Milán, París, Nueva York, Tokyo y  Londres, había desfilado estos días para los más reputados creadores del Salón de la Moda de Barcelona. Del lujo a la cárcel mientras la investigación sigue abierta.
    “Asesinato”, “Baño de sangre”, “Cárcel”.
    Me quedé hipnotizado, convertido en una estatua de piedra delante del televisor, que de pronto cambió de tema y empezó a soltar imágenes de fútbol.
    Por eso el inesperado zumbido del móvil, que seguía en mi mano, me sobresaltó tanto que casi me dio un infarto.
    Era mi madre.


    ESTE CUENTO ESTA INSPIRADO EN LOS NIÑOS Y NIÑAS DE LA INSTITUCION EDUCATIVA AMBIENTALISTA DE CARTAGENA DE INDIAS, QUE RECICLAN TODO LO QUE HALLAN Y CREAN NUEVOS MUNDOS LLENOS DE VIDA, COLOR E IMAGINACIÓN.



    EL SACO DE CEMENTO

   
El saco de cemento estaba en mitad de una montaña de sacos de cemento, lleno de polvo por fuera y, claro está, de cemento por dentro. Había llegado a la fábrica en buen estado, recién salido de la imprenta que los confeccionaba, pero allí, de inmediato, lo habían llenado, cerrado y apilado a la espera de ser enviado a la obra que lo comprara.
    El pobre saco de cemento estaba triste.
    Su vida iba a ser corta y, por desgracia, tan discreta como sucia.
    Todos los sacos de cemento estaban como él, sin ganas de hablar, aplastados unos con otros, imaginando que, una vez los vaciaran, acabarían en un basurero, y luego... quemados, destruidos, hechos trizas...
    Aquella fue una larga noche.
    Por la mañana unos hombres empezaron a cargarlos. Idas y venidas desde la montaña hasta unos camiones donde otros hombres los colocaban debidamente. El saco de cemento viajó en el hombro de un joven negro y en el camión lo recogió otro hombre de aspecto indígena que lo puso casi en la parte de arriba de una pila, y mirando hacia afuera. Así que, por lo menos, cuando el camión arrancó, el saco pudo ver un poco el mundo, las calles, las casas, las gentes...
    Aquello era fascinante.
    Pero el trayecto, de dos horas de duración, se le antojó muy corto.
    Cuando llegaron a su destino, los sacos fueron bajados del camión por otros hombres, y ésta vez a él le tocó quedarse en la parte inferior de la pila, con un montón de sacos encima. La obra en la cual el cemento que contenían iba a convertirse en parte de su estructura era muy grande. Una hermosa construcción.
    El saco de cemento pensó que, a lo mejor, tardaban uno o dos días en utilizarlo.
    Se equivocó.
    Aquella misma tarde la pila disminuyó muy rápido y antes de la hora en que se daba por concluida la jornada laboral fue vaciado hasta que en su interior no quedó nada salvo el polvo del cemento. Tras ello, el saco, arrugado, fue a parar a un lado.
    Aquella noche, en el basurero, a la espera de saber su destino, miró el mundo por última vez.
    Y al amanecer...
    La niña era pequeña, unos ocho o nueve años. Pequeña y muy guapa, manos de seda, sonrisa de colores, piel negra y brillante, ojos grandes.
    Se detuvo frente a él y los demás sacos, cogió un puñado, los alisó y se los llevó con ella cantando.
    El saco de cemento no entendía nada.
    Llegó a un lugar lleno de niños y niñas, y allí fue depositado junto a otros restos en apariencia inservibles: cajas, latas, plásticos, hueveras, cintas... Un sinfín de cosas que, para la mayoría, no eran más que eso: basura. Sin embargo los niños y las niñas se pasaron el día trabajando con ellos, formando adornos con unas cosas y vestidos con otras.
    Vestidos.
    El saco de cemento fue alisado, planchado, unido a otros cuatro sacos y convertido en un precioso vestido que, luego, la niña que le había rescatado pintó de colores. A él le tocó ser la parte delantera, la más hermosa.
    Cuando comprendió la verdad casi lloró.
    No lo hizo para no estropear aquel trabajo.
    Dos días después hubo una gran fiesta en la escuela. Les visitó nada menos que la Primera Dama de la nación, y un escritor español, y uno del país, y muchas más personas. Y la niña bailó y cantó, con su vestido hecho de sacos de cemento pintados, y sus adornos en la cabeza. Nadie hubiera dicho que aquello eran desperdicios. Nadie.
    El saco de cemento vive hoy en un armario, feliz, sabiendo que una vez fue lo que fue, un saco de cemento lleno de polvo, pero que en el presente y en el futuro, será siempre un vestido de colores gracias a la imaginación de un puñado de niños y niñas.
    La imaginación.
    Como la energía, nada debería crearse o destruirse, sólo transformarse.

    © Jordi Sierra i Fabra, Cartagena de Indias 2010


Capítulo 1 de "Poe", editado por Zorro Rojo en septiembre de 2009


     (25 de noviembre de 1811)

   
Los artistas siempre son pobres.
    Los artistas siempre son únicos, diferentes. Y solidarios.
    Ah, los artistas...
    Para los puritanos eran gente de mal vivir, bohemios, de licenciosas costumbres, y sin embargo necesarios en su esparcimiento. Una ventana al mundo de las sensaciones. Para sí mismos en cambio, envenenados por el influjo de la escena, castigados por penurias económicas, destrozados por giras a través de carreteras infames, mal pagados...
    El nuevo siglo no había cambiado nada. Sólo un dígito. ¿Qué más daba que la primera década del XIX se hallase ya cumplida y anduvieran por la segunda? Ser artista significaba vivir el peligroso perfume de la libertad al precio de la vida. Un par de horas dominadas por la intensidad todas las noches para borrar las veintidós restantes tal vez infames. Eso suponiendo que en esas dos horas hubiera un público, unos aplausos.
    Artistas. Artistas. Artistas.
    Las dos damas contemplaban los carteles de la función en el pequeño teatro, con su reclamo humilde. Las personas pasaban y los leían. O no. Hacía demasiado frío para detenerse. A su espalda, la pensión era todavía más lóbrega. Un nido de ratas. Ratas que, cada noche, sonreían, tomaban sus hábitos escénicos y cumplían con su misión de entretener al mundo.
    Las dos damas reflejaban consternación en sus rostros.
    —Ella no actuará esta noche, ¿verdad?
    —Tal vez quiera hacerlo, aunque sea arrastrándose.
    —¡No puede, en su estado! ¡Se está muriendo!
    —Es tan tercamente joven, veinticuatro años...
    —¡Pero tiene los pulmones destrozados!
    La señora Allan miró a la señora Mackenzie. Pareció no saber qué decir.
    —¿Qué será de esos pequeños?
    —¿El padre sigue sin dar señales de vida?
    —Ni lo hará. Es probable que jamás vuelva a saberse de él. Hace ya más de un año que se fue.
    La sensación de pesar las dominó. Ellas, mujeres de la buena sociedad de Richmond, sentían mucho más que lástima por Elizabeth Arnold, la joven perla de la compañía, tan hermosa, tan indefensa, tan especial.
    Betty había enviudado de su primer marido para casarse casi de inmediato con David Poe, un actor de segunda, hombre de buena familia que le dio la espalda al preferir él la farándula a una vida digna. Habían tenido un primer hijo, William Henry Leonard, un segundo, Edgar, y un tercero, una niña, Rosalie, apenas un año antes. La función de la noche, demostrando el espíritu solidario de los compañeros, siempre ellos, era benéfica. El señor Placide, el director, así lo anunciaba en el periódico, solicitando la asistencia de un público generoso.
    Esta noche no llovía, pero lo había hecho tanto que la malaria, emergiendo de la crecida del río James, causaba estragos en la población.
    La peor noche para un milagro.
    —¡Oh, Dios! —suspiró la señora Mackenzie.
    —Sí, Dios, ya ves —hizo lo propio la señora Allan—. Esa pobrecilla con tres hijos mientras que otras...
    —Quieres al pequeño Edgar, ¿no es cierto? —puso una mano sobre las de su compañera.
    Frances Allan, de soltera Frances Velentine, sonrió con ternura.
    Cuando no se tienen hijos, todos parecen hermosos.
    Pero aquel ángel...
    —Vamos a ver a Betty —propuso—. Quizás podamos ayudarla, procurarle consuelo.



Capítulo 1 de "La isla del poeta", editado por Siruela en septiembre de 2009.

  
Fue la primera visión de la isla lo que le acabó de robar el aliento.
Un punto lejano que fue acercándose a ella desde la distancia abierta en aquel mar tan súbitamente plomizo y airado.
—¿Es esa?
El pescador sumió en ella su ya habitual mirada de ojos cansinos.
—Sí, señorita. Esa es.
Ya no había otra, y se dirigían recto a su encuentro.
Estudió aquella mancha todavía difusa, apenas un promontorio oscuro en mitad del horizonte. Parecía redonda, pero sabía que no lo era. Parecía muy pequeña, pero sabía que era mayor de lo imaginado aunque resultase igualmente diminuta. Y parecía perdida.
Muy perdida.
La había estudiado en Google Maps, acercándose al máximo a su contorno en forma de habichuela. Conocía su perfil, la ubicación del pueblo, el embarcadero, las playas, la casa...
La barca capotó al chocar con una ola más encrespada que las demás. Un golpe brusco, seco. La fina llovizna levantada por el impacto le azotó el rostro, lo mismo que un vaporizador refrescante. Apenas si cerró los ojos un instante. Quería embeberse de todo, especialmente del camino.
Allí estaba su Ítaca personal.
Y ese camino quizás fuese lo más importante.
Desde la salida de Cartagena de Indias, a lo largo de aquella hora y media, habían rebasado ya varias islas, algunas grandes, otras relativamente pequeñas, y muchas convertidas en meros islotes sobre los que se asentaban singulares construcciones de madera. Casas sin puertas o sin ventanas, libres, extraordinariamente singulares. Su visión desde el mar les confería un aspecto inquietante, misterioso, y también sorprendente. Era como si se hubiera producido una inundación y a ras de aguas sólo quedaran las edificaciones más altas, porque desde lejos la base no era visible. Algunas se sustentaban únicamente sobre un puñado de rocas. La imagen resultaba insólita por única. Y no se trataba de una o dos, sino de muchas.
Muchas personas viviendo aisladas.
Realmente aisladas.
—No todas están habitadas siempre —le había dicho su guía a través del mar—. Algunas pertenecen a hombres ricos de Cartagena de Indias, o de Bogotá. Otras se alquilan, o venden.
Comprar una isla.
Un nuevo golpe. No sabía si el viento que azotaba su rostro era producido por la carrera de la barca, impulsada por su motor, o si se trataba del viento que preludiaba la tormenta. La bóveda que la cubría era amenazadora, pero todavía no se había oscurecido tanto como para ser negra del todo. Eran nubes hermosas, densas. A lo lejos, a su izquierda, sí llovía. La cortina de agua bajaba en diagonal hacia la superficie del mar. Como si sintonizara con su pensamiento, el pescador miró al cielo, cada vez más oscuro, cada vez menos luminoso, cada vez más sombrío.
Su rostro era severo.
—Se lo dije, señorita.
—Sí, ya.
—Una hora más y no habríamos podido llegar.
—¿Tan feo se va a poner?
—Sí.
—Parece como si aquí nunca fuera a pasar nada.
—Pues ya verá —movió la cabeza de arriba abajo con vehemencia.
Estaba allí, con la isla recortándose en el horizonte. Aunque los cielos se abrieran, estaba allí.
Era la única razón a la que atendía su embotada mente.
Se le aceleró el pulso.
—Sújetese —la previno el barquero por tercera o cuarta vez.
Lo hizo. Se aferró a la barca con mano de hierro, pero no dejó de mirar en dirección a la isla. No llevaba chaleco salvavidas. Aquella no era una embarcación turística. Aseguró la mochila entre sus piernas y la protegió un poco más. Si llovía daría igual, acabarían empapadas, mochila y ella, pero ahora de lo que se trataba era de impedir que las gotas que la salpicaban, los bandazos del agua o la espuma levantada por la quilla de la barca la mojaran aún más de lo que lo estaba haciendo.
Las olas crecían, igual que si una mano invisible las agitara por debajo.
No habló en los siguientes minutos, a medida que se acercaban a la isla.
Lo hicieron por el sur, por la parte más delgada de la habichuela. El pueblecito quedaba justo al otro lado, al norte. La embarcación enfiló la parte izquierda para rodear aquel contorno arbolado y ella casi suspiró, como si el detalle fuese importante. La casa quedaba de ese lado, próxima a una playita apenas vista desde el aire, por lo menos según la toma de Google Maps. La vegetación formaba una tupida masa verde, cerrada, como si los árboles y las plantas se disputaran cada metro cuadrado del lugar. Las palmeras, agitadas por la brisa de la tempestad que se avecinaba, dejaban que sus palmas se estremecieran lánguidas siguiendo la dirección del viento.
Una vez había estado en el Caribe, y el sonido de las palmeras estremecidas por el viento se le antojó música celestial. Pasó horas bajo ellas, mecida por su magia.
Palmeras igual que aquellas.
La isla quedó a unos metros, finalmente.
Apenas unas brazadas.
En la orilla el mar si era azul. Pasaba del tono oscuro al verde esmeralda que rodeaba la isla y alcanzaba la tierra convertido en un intensa transparencia del color del cobalto, o del cielo en un día luminoso. Un azul que invitaba a la zambullida, porque pese a la inminencia de la tormenta el calor era fuerte, pegajoso y húmedo.
¿Quién podía olvidar la sensación paradísiaca que transmitía el sueño caribeño?
El corazón le latió con fuerza de pronto, al verla por primera vez.
La casa.
Recortada entre las palmeras de su pequeña playa, los árboles del interior y la vegetación caótica y exuberante que lo dominaba todo.
Era de madera, no muy grande, cuadrada, simple y carente de lujos. Tan vieja que parecía abandonada. Las ventanas estaban cerradas, probablemente a causa del viento. No divisó la puerta hasta unos metros más allá, tan cerrada como ellas. Ningún movimiento.
Sí, parecía muy vieja.
Y sobre todo solitaria.
Hizo la pregunta, sólo por curiosidad, por conocer la respuesta del hombre que la guiaba hasta su destino a través del mar. Y también para romper el silencio interior y escuchar su propia voz.
—¿Quién vive ahí?
—Nadie.
—¿Nadie?
—No, nadie. Pero no se acerque.
—¿Por qué?
El barquero se encogió de hombros.
—No se acerque —se limitó a insistir.
No le respondió.
Volvió el silencio.
La casa quedó atrás, oculta por la vegetación. La barca rodeaba la isla por la parte más larga, la que formaba el lado convexo de la habichuela. El viento debía de azotar por el otro lado porque allí las aguas estaban más calmadas.
Finalmente, pese a que el tiempo había dejado de contar desde el instante de ver su destino, las primeras construcciones del pueblecito se hicieron realidad frente a sus ojos iluminados.
Fin del viaje.
La barca aminoró su velocidad.



Capítulo 1 de "Yo", editado por SM en septiembre de 2008.

    YO
creía que era raro.
    Hasta los 17 años, tres meses y nueve días, yo estaba seguro de que era raro.
    Razones por las que yo creía que era raro:
    1 - No fumo.
    2 - No bebo.
    3 - No tomo drogas.
    4 – No había besado a ninguna chica.
    5 – No había estado jamás con una chica.
    6 – No me masturbo.
    7 – No me gusta el fútbol.
    8 – No me gusta la música de hoy.
    9 – Leo libros.
    10 – (Esta aún me la estoy pensando, porque tengo dos o tres candidatas, y como los Mandamientos eran diez no voy a hacer una lista de once o doce porque no quedaría bien).
    Dicho así, a palo seco, la cosa resulta como muy fría. Lo sé. Por lo tanto quiero aclararlo. Una cosa es que te tomen por raro y otra por imbécil.    
    YO no soy imbécil.
    Lo del no fumar es por mi padre, socio de honor de la tabacalera. Se volatiliza entre dos y tres paquetes diarios. Yo he de poner toallas en los huecos de la puerta de mi habitación para mantenerla un poco descontaminada. Pero es inútil. La ropa siempre me huele fatal. Odio el tabaco. Me parece una gilipollez (y carísimo) pasarse el día chupando un palito de hierba. Encima te cascas el cuerpo. Veréis, yo creo que cuando nacemos lo hacemos con dos cosas: un cheque en blanco que es el tiempo que te va a tocar vivir y la casa-cuerpo en la que vas a habitar. De cómo emplees el cheque dependerá lo que hagas y no hagas en la vida. Y de cómo cuides tu casa dependerá que esa vida sea saludable o no. Y si eso es ser raro que resucite Gandhi y lo vea.
    Yo amo a Gandhi.
    Paz, hermanos.
    Vale, no quiero despistarme, porque soy disperso y siempre acabo hablando de lo que no toca. Por ejemplo, de mi padre, hablaré más adelante. Todo a su tiempo.
    Lo del no fumar queda claro, pues, que es por mi padre y porque todos y todas los que están enganchados me parecen tontos del culo. En cambio lo del no beber alguien podría pensar que es por mi madre, alcohólica perdida, y no es así. Pobre mujer… De niño me repugnaba el olor a alcohol ya fuese en forma de anís, coñac, vino, whisky o lo que sea. Mi bebida favorita es la leche. Y por mucho que se rían algunos/as, yo pienso que queda la mar de rompedor pedir un vaso de leche en una discoteca o en cualquier lugar lleno de gilipollas. Ahí sí que todo el mundo te mira, aunque más de uno piense que ya tienes una úlcera.
    Pasemos a las drogas. Aquí tenía que haber puesto lo de que mi cuerpo es mi casa y todo eso. Pero como ya lo he dicho antes no voy a repetirlo. Si odio el tabaco, con más razón odio los porros. El primo Tobías (primo de mi padre, no mío) siempre le dio al porro y hoy tiene el cerebro derretido. No rige nada, el pobre. El primo Ricardo (primo de mi madre, no mío) por su parte, tiene una cirrosis que te cagas de tanto abusar de drogas y alcohol.
    Sí, ya sé, he puesto “que te cagas”, pero eso no es un taco, es sólo una expresión. Es que aún no he llegado a la parte en la que mi amigo el escritor me dijo lo que tenía que hacer para publicar esto.
    Sigamos con la explicación de las razones por las que creía que era raro.
    Llegamos a la parte sexual. Vaya por delante que soy hetero. No lo digo como bandera de nada. Tengo algún que otro conocido gay que es estupendo. Pero soy hetero y esto es lo que hay. Los puntos 4, 5 y 6 de mi decálogo tienen que ver con el sexo y de hecho son la misma cosa. No había estado con ninguna chica ni había besado a ninguna chica porque era tímido. La timidez forma parte de lo de ser raro. Yo creo que es una parte muy esencial. Si eres tímido eres raro. En  cambio que seas raro no significa que seas tímido. Hay tíos la mar de raros que ligan como locos y, encima, ellas los encuentran interesantes. A mí ninguna chica me había encontrado jamás interesante (en parte porque era raro). Lo curioso es que vistos los puntos 4 y 5, parece obvio que el 6 tendría que ser todo lo contrario, y prodigarme en ello como la mayoría de mis compañeros onanistas. Pero no. ¿Tocarme a mí mismo? Me parece un falso consuelo. Las cosas hay que hacerlas bien. Cuando llegase el momento quería que saltasen chispas y que ELLA pusiera los ojos en blanco. Eso es el amor. Y yo soy un romántico. Ahora lo sé. Encima, hasta los 17 años, tres meses y nueve días, despreciaba mi cuerpo. Me miraba en el espejo y ¿qué veía?, pues a un chico larguirucho, poco desarrollado, feo, con la nariz prominente, las orejas salidas, muy delgado, sin musculatura y deforme. Sólo me faltaba encogerme y empezar a decir “mi tesoro” con cara de poseso.
    Por mi aspecto, si hubiera nacido en la India, habría sido Gandhi, pero nací aquí y de Gandhi ya hubo uno.
    No voy a seguir hablando mucho de esto (me refiero al “punto 6”), porque luego no van a publicarme el libro. Me lo ha dicho mi amigo el escritor: “Nada de tacos, nada de sexo, nada de…”.
    Pero cuando se tienen 17 años (y aquí da igual lo de los tres meses y los nueve días) ¿de qué demonios va a hablarse?
    En fin…
    El punto 7 es crucial para la concepción de la rareza. No me gusta el fútbol. Ni me gusta ahora ni me gustaba a los 17 años, tres meses y nueve días. Que veintidós mendas correteen por una pradera verde persiguiendo una cosa redonda a la que dan patadas tratando de meterla en una cestita me parece idiota, pero que cien mil mendas más griten, se peleen, no duerman si su equipo pierde o enloquezcan si gana, paguen una pasta gansa por una entrada, hagan sus horarios en torno a los partidos, se disfracen, canten, se conviertan en bestias, odien a los otras ciudades, olviden sus raíces y pidan la sangre del rival como los romanos en el Coliseo… Eso no es que me parezca idiota, es que me parece de descerebrados. Pero las consecuencias de que a uno no le guste el fútbol siempre fueron visibles en mi vida: marginación escolar, no tener amigos, jugar con las chicas en el patio, soledad pura y dura, no poder hacer las mismas colecciones de cromos que los demás, no saber de qué hablar los días antes del partido, los días del partido y los días de después del partido (o sea, TODOS los días)… Y no será porque no lo intenté. Un día quise probarlo. Me pusieron de portero, faltaría más. Y a la que vi a una jauría de contarios avanzar sobre mí como una banda de inspectores de Hacienda hice lo que cualquier persona inteligente y normal habría hecho: apartarme. Ellos metieron gol, los míos me pusieron a parir y me dijeron que la próxima vez, no me moviera.
    Les hice caso. La siguiente vez no me moví.
    Mira que la portería es larga. Como de siete metros o más. Y alta. Como de dos. Y mira que yo hacía poco bulto. Pues nada. Aquel energúmeno le pegó el patadón a la pelota con la puntera y al centro, justo a donde estaba yo, inmóvil.
    Desperté en el dispensario del colegio, con la nariz rota.
    No quiero hablar de fútbol. Me la suda el fútbol. Y espero que eso tampoco sea un taco y vayan a censurármelo, porque aún no he llegado a lo de las XXXXX y uno ha de hablar con cierto énfasis, ¿no?
    La música de hoy, punto 8, me suena a… a… No encuentro palabras. No es que el rock me vaya más. Estamos en el siglo XXI. El rock ha muerto (aunque mi amigo el escritor pueda lapidarme por decir esto, porque él va de rockero). Pero me da igual que el rock viva o no, como que aún lo haga el vals o la música del Templo de Shaolin (no sé si se escribe así, lo confieso). Se trata de hoy, del presente, y cuando escucho lo que suena o veo a las estrellas o los clips de las canciones de moda… Lo de buscar rimas fáciles para decir tonterías es de retrasados mentales, pero van y lo llaman rapear. En la música sí que hay tacos (“lenguaje explícito”, lo llaman, o “adulto”, toma ya, con lo cual este podría ser un “libro explícito” si me soltara, cosa que no haré porque quiero publicarlo). Lo peor de todo es que como estamos americanizados hasta en la sopa, adoptamos todo lo que viene del exterior sin chistar. A mí me parece bien que los negros hagan una música de combate, dura, peleona y rebelde, porque han estado siempre put… masacrados por los blancos. Pero que esa música llegue a España y se baile en la disco de tu barrio… Yo no me imagino a la sardana ni a la jota en una discoteca de Nueva York. Además, desde que Stravinsky (no sabéis de quién os hablo, ¿verdad?) hizo la “Consagración de la primavera” ya no hubo nada más. Bueno, los Beatles quizás, no sé. Y el Dylan.
    Me enrollo demasiado y aún vamos por el punto 8 y esto no ha hecho más que empezar, lo sé. Mi amigo el escritor me dijo que un libro tenía que ser ágil, con capítulos cortos, y estar lleno de diálogos. Pero es que yo aún no he tenido a nadie con quien hablar y si no empiezo por aclarar por qué era raro…
    Punto 9. Leo libros.
    Eso ya me colocó en la cima de la rareza escolar.
    Es increíble. Yo les decía a mis compañeros de clase (lo voy a poner en forma de diálogo para que así parezca más ágil):
    —¿Raro? ¿Por leer? Sois idiotas. Tanto dároslas de rebeldes, de progres, de rompedores, de tal y cual, y todos leéis el libro trimestral que os pone el profe. Como loros. ¿No veis que la autentica rebeldía es leer justo los libros que no pone el profe, y obligarle a él a leerlos si quiere poner nota o estar al loro? ¿No veis que hoy en día la mayoría dice que PASA de leer, que ODIA leer, y que para ser realmente diferente y no formar parte de esa mayoría lo realmente rebelde es LEER? ¡Si queréis ser revolucionarios, LEED!
    ¿Creéis que me hacían caso?
    Pues yo siempre he leído. No me hace falta ni estudiar. Leo lo que pillo. El “Zarathustra” me hizo flipar ya a los doce años.
    El punto 10, lo de que me lo estoy pensando y tengo dos o tres cosas candidatas, es totalmente cierto. Por ejemplo, hubiera podido poner como rareza supina que no quiero ser famoso. Escritor, sí. Famoso, no. ¿Qué es la fama, salir por la tele gritando? Soy tímido, así que no podría gritar en la tele. Y siendo escritor, o sea raro con pedigrí, con coartada, lo mejor es crear una aureola de misterio. Dentro de unas líneas os contaré porque quiero ser escritor. Otra peculiaridad que me hace raro es la de leer siempre las cosas del revés, buscando palabras nuevas o para ver como suenan. Por ejemplo, mi nombre, del revés, se lee Leinad y me suena a personaje de “El Señor de los Anillos”, ¿a que sí? Aunque posiblemente la última de mis rarezas sea que cuento siempre las cosas, cuantas ventanas tiene un edificio, cuantos árboles hay en una fila, o los números de las matriculas de los coches. Si la suma resultante es impar, me siento bien. No me gustan los pares salvo el 2 combinado con el 7, el 9 y el 5. Por ejemplo 752, o 927, o 592, o simplemente 27, 52… El 7 y el 9 son mis números favoritos.
    Una vez explicadas las razones por las que yo creía que era raro hasta los 17 años, tres meses y nueve días, os diré qué estoy haciendo, por si aún no lo habéis notado:
    Estoy escribiendo un libro.
    Voy a ser escritor. Es lo más lógico. Si eres raro, por fuerza has de buscarte una coartada (ya lo he dicho antes). Y los artistas las tienen todas. Yo ya no soy raro, pero quiero ser artista. Mi amigo el escritor me contó que cuando se fue a vivir a su última casa, los vecinos le miraban sospechosamente. Llevaba la barba larga, el cabello hasta los hombros y vestía a la última… pero en Londres y Nueva York, en plan rockero. Todo cambió cuando una vecina le preguntó:
    —¿Usted es artista?
    —Sí, señora —dijo él—. Soy escritor.
    Y la mujer, poniendo cara de lucidez plena y máxima, suspiró un evidente:
    —¡Ah, claro!
    Desde aquel día todo fueron sonrisas y saludos, y luego el farde de tenerlo en la escalera. Todos babeando.
    O sea que se puede llevar barba, el pelo largo y vestir a la última y en plan rockero (o hip-hopero, o lo que sea), si eres artista. De lo contrario eres un mamarracho que está loco.
    Fue mi amigo el escritor el que me dijo que yo no era raro.
    El primero.
    —Tú no eres raro —me dijo—. Eres diferente.
    ¡Me sonó tan bien…!
    Yo (muy en el fondo, a pesar de todo) creo que sigo siendo raro.
    La diferencia reside en que ahora pienso que más raros son los demás, el mundo entero, y que YO soy cojonudo.
    Este es un poema de autoayuda que puede veniros bien a los que os sintáis raros y todavía no hayáis encontrado a nadie como mi amigo el escritor para echaros una mano:

    El último de la fila
    El último del paraíso
    El último en la cola del autobús
    El último en vivir
    El último en morir
    El último en llegar
    El último en ganar
    El último en conseguirlo
    El último en despertar
    El último en creerlo
    El último en saberlo
    El último de los listos
    El último de los tontos
    El último de todos
    El último de los últimos
    Soy el último
    El primero empezando por abajo

    Más que un poema de autoayuda creo que es una reflexión para levantar la moral a los que se pasan el día castigándose por todo. Pero da lo mismo. Lo llaméis como lo llaméis, vale. Y lo que vale, sirve.
    Ya os he contado por qué yo creía que era raro hasta los 17 años, tres meses y nueve días. Ahora tocaría deciros que pasó ese día para que yo cambiase.
    Fue el día en que conocí a mi amigo el escritor.



Capítulo 8 de "El enigma maya", primera parte de la trilogía "Las hijas de las tormentas", editada por Edebé en castellano y catalán en marzo de 2008.

    Al despertar, lo primero que notó fue el crujir de su estómago.
    Se quedó en cama unos minutos, la misma cama en la que había dormido su padre hasta su misteriosa desaparición, despejando la mente, aclarando ideas, ordenando los acontecimientos y tratando de verse a sí misma a lo largo del día. Cuando la azotó un segundo crujido estomacal se incorporó, se metió en la ducha y se vistió de la forma más cómoda posible para desayunar algo.
    Su presencia en el comedor del hotel no pasó inadvertida. Para los clientes, turistas ávidos de cultura e historia por el lugar en que se encontraban, era una más. Para el personal del Xibalba no. La atendieron rápidamente y con mimo, expectantes, incluso con una atención por encima de la habitual, superando la eterna y exquisita cortesía clásica en la mayoría de países latinoamericanos. Le preguntaron cómo había dormido, cómo se encontraba y le reiteraron que cuanto quisiera, sólo tenía que pedirlo.
    Luego la dejaron tranquila.
    Desayunó.
    Y por supuesto no fue casual que justo al sorber la última gota de su café, apareciera él.
    Era un hombre de algo más que mediana edad, cincuenta y muchos años, no muy alto, relativamente orondo, hebras de plata en la cabeza y bastón con empuñadura de verdadera plata en la mano, aunque no daba la impresión de tener ninguna dificultad para caminar. La sotabarba si era generosa, y las bolsas bajo los ojos, perspicaces, vivos. Vestía con corrección, incluso con exceso de elegancia dada la temperatura, porque llevaba una chaqueta de lino por encima de su camisa abotonada hasta el cuello.
    La iluminó con una sonrisa antes de comenzar a hablar.
    —Señorita Mir.
    Joa dejó la taza y lo contempló sin ambages. Con una desaparición de por medio, el misterio y el registro de su casa de Barcelona o las cosas de su padre allí, simplemente estaba en guardia. Cualquier noticia podía ser buena, o mala.
    Lo único que hizo fue esperar.
    —¿Puedo sentarme?
    —¿Quién es usted?
    —Permítame que me presente —le tendió una mano flácida—. Me llamo Nicolás Mayoral. Quería hablarle de Julián Mir —pronunció el nombre con respeto.
    No parecía mexicano, hablaba un español correcto, sin acentos, neutro. Era la primera persona que quería hablarle de su padre.
    Intentó no transmitir emoción alguna.
    —¿Le conoce?
    —¿Puedo? —insistió el aparecido.
    Joa asintió y esperó a que se acomodara. No se quitó la chaqueta, pero sí dejó el bastón apoyado en la mesa, cerca de su mano derecha. La empuñadura tenía forma de cabeza de león, melena incluida. Un simple detalle. El personal del hotel volvía a mirarla, pero sus rostros tampoco le dijeron mucho.
    —¿Cómo sabía que estaba aquí?
    —Palenque es un pueblecito muy pequeño.
    —¿Le avisó alguien del hotel?
    Nicolás Mayoral exhibió una sonrisa de complicidad.
    —¿Qué importa eso, señorita? Lo único que sí cuenta es que está aquí, buscándole.
    —¿Sabe dónde está?
    —No —le mostró las palmas de las manos abiertas—. Lo siento.
    —Entonces...
    —Necesito su ayuda, y usted la mía.
    —¿Por qué?
    —Porque usted no sabe lo que está ocurriendo y yo sí —fue sincero a la par que contundente.
    —¿Y qué está ocurriendo, señor Mayoral?
    —¿Puedo hacerle unas pocas preguntas primero? Después responderé a todas las suyas.
    Lo evaluó.
    —Adelante —dijo sin que trasluciera su nerviosismo, controlando cada gesto y la entonación de cada palabra.
    —¿Trabaja usted mucho con su padre?
    —Tengo mis estudios. Cuando puedo le acompaño, en verano, Navidad...
    —Así que últimamente...
    —El curso académico en España arranca en septiembre. Desde entonces apenas si le había visto.
    —¿Sabe qué estaba haciendo en México?
    —No.
    El hombre arqueó una ceja. Más que duda reveló sorpresa.
    —Mi padre siempre estaba excavando o investigando en algún lugar. Es un enamorado de su profesión, una persona que vive en el presente buscando las respuestas del pasado.
    —Y no le dijo que buscaba ahora —no fue una pregunta, sino una aseveración.
    —Palenque es un tesoro con mucho por desenterrar y descubrir. No era la primera vez que estaba aquí. Me hablaron en la Embajada de unas nuevas tumbas recién abiertas, la veinticinco, la veintiséis y la veintisiete.
    —Entiendo —suspiró el hombre acariciando con una mano la cabeza de su bastón, igual que si le rascara la melena al león.
    Joa se movió con inquietud.
    —¿Qué es lo que entiende?
    —¿Qué sabe de su madre, señorita?
    Era lo último que esperaba, que el recién llegado le hablara de su madre.
    —¿Perdone? —no le ocultó su incredulidad.
    —Responda, por favor.
    —¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto?
    —Se lo diré. Pero primero le toca usted. Es lo que hemos convenido.
    —Mi madre desapareció hace años, el 15 de septiembre de 1999, siendo yo una niña. Han pasado trece años.
    —¿Y?
    —Nada más, eso es todo —intentó no encolerizarse, aunque no sabía por qué se sentía furiosa.
    —¿Conoce su origen?
    —¿Qué tiene que ver...?
    —Respóndame, se lo ruego.
    —Fue encontrada en la tierra de los huicholes. La adoptó mi abuela y vivió allí hasta la llegada de mi padre. Se enamoraron, se casaron y vivió en Barcelona hasta su desaparición.
    —¿Eso es todo?
    —¡Sí!
    —¿Y no le extraña que ahora sea su padre el que haya desaparecido?
    Tuvo la sensación de que el hombre era un gato y ella un ratón. Como si jugara antes de decidir zampársela. Nada de lo que acababa de decirle le era desconocido, estaba segura.
    —¿Por qué no me cuenta su historia, señor Mayoral? —se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el respaldo de su silla.
    —Es justo —asintió él—. Adelante. ¿Qué quiere saber?
    No sabía ni por donde empezar. Volvía el recuerdo de su madre en medio de la desaparición de su padre, y se mantenía la incertidumbre, la tensión, la duda acerca de quién era su visitante...
    Así que, ante todo, buscó la forma de serenarse.
    No permitir que él llevara la iniciativa.
    A fin de cuentas, si aquel hombre estaba allí era por algo.
    —¿Quién es usted? —fue su primera pregunta.


CUENTO DE NAVIDAD PARA DICIEMBRE 2006 (INEDITO)

 
  
La presencia de Jaime en la entrada del salón, quieto, silencioso, hizo que sus padres dirigieran toda su atención hacia él.
    Estaba muy serio.
    —Yo creía que la Navidad se celebraba en todo el Universo —dijo.
    Papá y mamá parpadearon. Jaime les tenía siempre alucinados. Apenas si alzaba dos palmos del suelo pero era inquietantemente lúcido, despierto, vivo, y con una imaginación...
    Cuando preguntaba algo o se interesaba por un tema, era porque le estaba dando vueltas a la cabeza.
    —Bueno... —carraspeó papá—. A fin de cuentas...
    —Es una festividad de todo el mundo, sí —intentó ayudarlo mamá.
    Jaime les dirigió una de sus miradas de “Vaya-pues-sí-que-ayudáis”. No se quedó nada convencido. Optó por dar media vuelta y volver a retirarse en silencio. Papá y mamá no supieron muy bien qué hacer.
    —Está en la edad —mencionó él.
    —Es increíble la de cosas que pregunta —suspiró ella.
    Continuaron leyendo el periódico uno y arreglando los regalos de Navidad otra, bajo el gran árbol que dominaba el salón con su inequívoca presencia. La casa respiraba paz. Tanta, que dejaron de hacer lo que hacían, inquietos, llenos de paternal desazón, a los pocos instantes.
    —Este último mes... —frunció el ceño mamá.
    —Sí, desde que se inventó todo eso de los slu... slugr...
    Primero, la palabreja no le salía. Pero a continuación se quedó mudo de pronto porque Jaime volvía a estar allí, en la puerta de la sala, con su misma carita seria y concentrada.
    —Slurgis —le ayudó el aparecido.
    —¡Oh, sí, claro! —sonrió él.
    —Y no saben lo que es la Navidad.
    Hubo un leve silencio.
    —¿Qué? —preguntaron casi al unísono.
    —Que los slurgis no saben lo que es la Navidad. En su planeta no la conocen. ¿No es asombroso?
    —Vaya con los slugr... slurgs... slurgis —logró decir papá.
    Jaime seguía serio, más aún, preocupado.
    —Vosotros decís que nadie debe quedarse sin celebrar la Navidad, ¿verdad?
    —Pues claro, hijo —dijo ella llena de dulzura.
    —Es la fiesta más hermosa de todas las fiestas —aseguró él.
    —Todo el mundo debe vivirla en paz y amor, con la familia o los amigos —concluyó su mamá.
    —Siempre ha sido así —concluyó su papá.
    —Vale —pareció aliviado Jaime—. ¿Puedo invitarles?
    —¿A los...? —ya no intentaron decir el nombre.
    —Por favor... —era algo más que una súplica, el tono se revestía de mucha intensidad emocional.
    —Claro, Jaime —estuvo al quite mamá al ver su carita de pena—. Invítalos, hijo. Faltaría más.
    El niño salió a la carrera, feliz.
    —Que cosas se le ocurren —reflexionó su padre, impresionado.
    —Seguro que nos sienta a la mesa a unos muñecos.
    Continuaron con sus cosas, el periódico, los regalos de la familia. En alguna parte se escuchaba música. Villancicos, claro. Se respiraba el ambiente de paz y amor propio de las fechas.
    Tanta paz...
    —Voy a ver —mamá se dirigió a la puerta, incapaz de concentrarse.
    —Te acompaño —la apoyó su esposo.
    Para algo eran padres. Sentían una extraña desazón.
    Abandonaron la sala, caminaron por el pasillo, entraron en la habitación de Jaime.
    No estaba allí.
    —El desván —indicó ella—. Estos últimos días se pasa el tiempo ahí arriba.
    Subieron la escalerita, en silencio. Se oían unas voces curiosas. Asomaron la cabeza a ras de suelo, primero una, luego el otro. Ya no pudieron continuar la ascensión. Se quedaron paralizados.
    En medio del lugar, apoyado sobre su base, vieron el platillo volante, no muy grande, como de medio metro de diámetro y abollado en un punto de su circunferencia. El agujero por el que parecía haberse colado quedaba justo a un lado de la pared. Y no era reciente.
    Pero el platillo volante no era lo más sorprendente.
    Lo más sorprendente era la pareja de bichos, o lo que fueran, que estaban sentados en el suelo, con unos cascos llenos de antenitas que vibraban y emitían ondas de colores. Medían poco menos de un palmo, tenían tres piernas y cinco manos, dos ojos y una boca enorme en relación a la cabeza. Eran incluso originales y cómicos. Por lo visto los cascos servían para traducir idiomas, porque su español era muy fluido.
    —...así que los dos soles y las tres lunas de Slurgia son muy bonitos —decía uno de ellos en ese instante.
    La presencia de los aparecidos no pasó desapercibida. Los extraterrestres dejaron de hablar. Jaime miró hacia sus padres. Nada se alteró en él. Ni siquiera le sorprendió verlos allí. Sonrió feliz y, con una enorme sonrisa, se limitó a decirles:
    —Papá, mamá, ellos son slupif y slupan. Y no sabes lo contentos y emocionados que están de pasar su primera Navidad en la Tierra después de que les haya explicado su significado.
    En lo primero que pensó su madre fue en si a los slu... lo que fuera, les gustaría el pollo.

    © Jordi Sierra i Fabra 2004/2006


PROLOGO DE "LA PÁGINA ESCRITA", EDITADA  POR EDICIONES SM EN SEPTIEMBRE DE 2006
(MÉTODO SIERRA I FABRA  PARA JÓVENES ESCRITORES)

    PROLOGO DIFÍCIL, PERO CLARO Y CONTUNDENTE, PARA UNA EXPERIENCIA VITAL

   
No hay un método para escribir.
    No existe un manual.
    Cada escritor, en sí mismo, es un mundo aparte, un ente único, diferente, que se guía por instintos, fuerzas incontrolables, pasiones, fiebres y arrebatos mientras se alumbra con el sol de su propio universo. Y hablo de escribir, no de ser profesional o aficionado. Sólo escribir. Pasar horas, días, semanas, meses y años delante de un folio, pluma en mano, o sentado frente a un ordenador, es algo difícil de explicar y analizar, algo que va más allá del placer o la vocación. Escribir es la soledad máxima, y por contra, la compañía global. Tú y tus personajes. Es la libertad.
    Y la libertad no admite métodos ni manuales.
    Entonces, te preguntarás qué diablos tienes en las manos.
    Es una buena pregunta.
    No lo sé. O por lo menos no estoy seguro de saberlo.
    No he querido escribir un método o un manual. Sólo intento explicar lo que pienso, lo que siento, y lo que creo que es para mí mismo el arte de escribir. Alejandro Jodorowsky dice que si eres (o te sientes) afortunado, si la vida te ha bendecido con un don (o crees tenerlo), debes compartirlo con los demás, y regalar incluso parte de ello sin esperar nada a cambio. Supongo que yo lo hago a través de mis novelas, pero durante años de charlas en colegios, escuelas superiores o universidades en España y Latinoamérica, hablando de este tema y respondiendo a las inquietudes de quienes sienten de alguna forma esa llama en su ser, me he dado cuenta de que lo que más les interesa de mí es saber cómo escribo. Y responder a ese “cómo” no es fácil. Por esta razón me he arriesgado a ponerlo todo aquí, es decir, a responder esa pregunta y “escribir de cómo escribo”. Compartir mi experiencia con otros candidatos a plumífero también es una forma de llevar aquello que más amo hasta las últimas consecuencias, habida cuenta de que no soy, ni me siento, un maestro, profesor, erudito o intelectual capaz de disertar sobre lo divino y lo humano de la literatura.
    Cuanto sigue es mi propio universo creativo puesto en solfa, la forma en que trabajo, la manera como funcionan mi sistema y mis neuronas, lo que pienso, lo que me parece importante, lo que siento al plantearme o escribir una novela, un relato o un cuento, y con ello tratar de ayudar, echar una mano para que tú, lector, y tú, lectora, deshagas el nudo gordiano que puedas tener. Y he dicho novela, relato o cuento. Aquí no voy a hablar de poesía, porque esa es otra página con palabras mayúsculas. Más que un "escritor", siempre me he sentido un novelista, un narrador. A veces digo que hay una energía flotando y un público esperando, y que yo estoy en medio, la capto, la convierto en palabras y la conduzco a ese público, a modo de filtro u ordenador capaz de haber dado con su piedra filosofal.
    Voy a tratar de explicar cómo resolver problemas, cómo crear personajes, como elaborar diálogos, y por supuesto hablaré de la forma en que yo escribo, que es la mía, no la de García Márquez ni la de Saramago o Delibes. Sólo la mía. Técnica, estilo, ritmo, estructura... y guión. Muchos amigos míos me repiten que ellos no podrían escribir con mi manera de trabajar. Y lo mismo me sucede a mí con relación a la suya.  Estos escritores (hablando en términos mayoritarios) son los que tienen una idea, unos personajes, y con esto inician una historia. Los dejan actuar y moverse libremente, de manera que ellos conducen el relato y el escritor les sigue mientras va tecleando y tecleando. Y es un método tan bueno como cualquier otro sí les funciona y se sienten cómodos con él. Mi sistema no puede ser más opuesto: hago un guión lo más elaborado posible, y no comienzo a escribir la novela en su versión definitiva hasta que ese guión es un bloque homogéneo y sin fisuras. Elaborando el guión lo pruebo todo, diez, veinte caminos, me detengo, sigo, pienso, corto, tacho, investigo, imagino cada escena como si fuera una película que tengo en la mente. El resultado es que al escribir el libro tengo su control, conozco a los personajes porque soy su padre y su madre, yo los he parido, sé cuántas páginas de extensión me alcanzará la historia, conozco su ritmo, sus secretos, he creado el estilo más adecuado. “Sólo” hay que escribirlo.
    Por lo tanto, este es MI sistema (Sistema es una palabra más lógica que Método), ni mejor ni peor. Una forma de trabajar tan propia como lo es la suya para cada autor. No voy a dar fórmulas mágicas ni a desvelar nada que cualquiera, con tranquilidad y tiempo, podría hallar por sí mismo. No voy a descubrir nada nuevo, tenlo por seguro. Hablaré de lo que sé y de la manera en que sé explicarlo, con honradez y respeto. Si al terminar de leerlo todo he conseguido aclararte algo, me sentiré satisfecho y honrado. Si puedes aprovechar en tu beneficio aunque sólo sea un pequeño tanto por ciento de lo que sigue, sonreiré feliz.
    Alguien me dijo al hablarle de escribir este libro: “Los magos no revelan sus trucos al público”.
    Pero yo no soy un mago.
    Todos los libros citados en esta obra (así como los fragmentos y/o capítulos reproducidos a lo largo de sus páginas, títulos o meros ejemplos literarios), han sido escritos por mí en los últimos años, desde mi debú profesional en 1972. No hay pues referencias a otros autores o novelas atendiendo a lo expuesto hasta ahora. Sólo puedo explicar lo hecho por mi mismo según ese sistema del que he hablado. Y me consta que algunas de mis teorías son muy opuestas a las mayoritarias y muchas de mis normas son objeto de debate (cuando no de enfrentamiento directo). Así que creo que esto las hace únicas.
    Una última advertencia para navegantes: voy a hablar del “escritor” en abstracto, en neutro, como queráis llamarlo, refiriéndome tanto a masculino como a femenino, para evitar pasarme todo el libro diciendo el/la escritor/a o buscando construcciones afines. Y esto es una demostración de las muchas decisiones que el escritor debe tomar al encarar cada una de sus obras. Hay muchas preguntas y ha de encontrar la respuesta adecuada para cada una, y si no la encuentra, ha de arriesgarse y lanzarse con la que mejor le parezca de acuerdo con su instinto.
    ¡Ah, el instinto! (ya salió la palabra).
    Gracias a todos los chicos y chicas (y no tan chicos ni tan chicas) que en estos años me ha obligado-impulsado a escribir este libro.
    Feliz viaje.

                                Jordi Sierra i Fabra, 2006

Volver