1. Conferencia Inaugural del Primer Encuentro Nacional de Animación a la Lectura (Ministerio de Cultura, Educación y Deportes) - Murcia, marzo 2003
2. Conferencia pronunciada en el 27º Congreso Internacional del IBBY - Cartagena de Indias, Colombia, septiembre 2002
3. Conferencia pronunciada en el Primer Congreso de Sociedad y Literatura, Valencia, 17 de noviembre de 2006
4. Otras conferencias
5. Artículos destacados
6. Presentación de la Fundació Jordi Sierra i Fabra (España) y la Fundación Taller de Letras Jordi Sierra i Fabra para Latinoamérica (Colombia)
1. Conferencia Inaugural del Primer Encuentro Nacional de Animación a la Lectura (Ministerio de Cultura, Educación y Deportes) - Murcia, marzo 2003
¿COMO LEER EN EL SIGLO XXI?
Buenas tardes. Me llamo Jordi Sierra i Fabra y soy escritor. Dicho así, en plan Alcohólicos Anónimos, es como mejor puedo definir qué soy y qué siento, y también la forma en que mejor podréis entender de qué hablo. Para mí, escribir lo es todo. Amo lo que hago de una forma absoluta. Y al contrario que el alcohólico, abrasarme en ello es cuanto necesito, cuanto le pido a la vida. En primer lugar quiero agradecer haber sido invitado a este acto. Para mí, estar aquí con tantos amigos y amigas es muy hermoso. Todos formamos parte de un mismo proyecto, y queremos mejorar, esforzarnos, aprender, compartir. Es lo que haremos estos dos días, especialmente esto último: compartir para conseguir que la palabra escrita siga siendo la bandera de nuestro crecimiento humano. En segundo lugar, para los que no me conocéis en persona, quisiera recordar un pequeño detalle antes de empezar: que soy tartamudo. Suelo disimularlo bastante bien, porque incluso llegué a ser locutor de radio, pero... mejor advertirlo, no vayáis a pensar que estoy nervioso. Prefiero la espontaneidad, me manejo mejor en los coloquios, nunca doy conferencias, pero este marco me parecía demasiado importante para improvisar y dejarme en el tintero algunas cosas, así que contrariamente a lo que hago siempre, intentaré leer lo que he escrito, aunque después me gustaría que hubiera preguntas y debate. Todos somos amigos, colegas, estamos aquí por la literatura, por los chicos, y eso nos hermana. Siempre he sido contrario a darle a estos actos demasiada solemnidad. Muchos me conocéis en persona o a través de mis libros, y yo os conozco a vosotros, he participado de vuestras experiencia, hemos estado juntos en las trincheras de esta hermosa batalla que es leer e inculcar amor por la literatura. Tampoco quiero ver aquí a personalidades políticas, una Ministra o un Consejero de Cultura, sino a compañeros comprometidos con lo que más amamos. No estaríamos aquí un viernes por la noche si no fuera así. ....... He de comenzar diciendo que no he venido aquí a echar un discurso sobre lo bonito que es leer ni lo fantástico que es escribir, sin más. Este es un foro demasiado importante para quedarme en lo fácil. Además, es un "Encuentro de Animación a la Lectura". Animar es la palabra. Todos estamos comprometidos con ella. Nos hemos de animar primero nosotros mismos para poder ser capaces después de animar a otros. Ni siquiera sé si soy el más adecuado para estar aquí, porque no soy más que un contador de historias, no un intelectual o un pedagogo. No tengo estudios superiores, carezco de la capacidad de un maestro y de la sensibilidad de un educador. Es más, a veces, lo que digo resulta impopular por directo, y otras es polémico. En algunas cosas soy radical pero no pretendo molestar, como mucho pretendo sacudir conciencias. Todos queremos lo mismo, defender el placer de la lectura y su necesidad, que los jóvenes amen leer. Creo estar aquí por mis 30 años como escritor, vuestro apoyo, que me ha llevado a figurar en la lista de los 10 autores más recomendados y leídos en centros escolares según el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, y por supuesto por los más de 2.000 encuentros que en los últimos 18 años he tenido con jóvenes de España y Latinoamérica. Soy hijo de la lectura, no del estudio. Lo que sé, lo extraje siendo niño de cuanto leía, y de mayor de mis viajes por el mundo. Sin embargo, todo lo hermosa que fue mi niñez por la lectura fue horrible por las ausencias. Nunca vino nadie a mi colegio a contarme nada, y me juré que un día, si podía, dedicaría parte de mi tiempo a hacerlo. Y me juré que no daría la espalda a ningún chico o chica, porque sé lo que es estar solo sin que nadie crea en ti o en tus sueños. Hasta hoy creo haberlo cumplido. Siempre he sido un viajero impenitente, un devorador de imágenes y palabras, un visionario perplejo, asustado, alegre, enamorado y ante todo solidario con cuanto he visto. También soy un iluso, un niño asombrado que no renuncia a los sueños, la utopía y la pasión de imaginar que en un libro está todo, absolutamente todo. Sigo creyendo que la esperanza es la gran arma de nuestra fe. Pero a la esperanza debemos alimentarla con actos, gestos, ayuda, fuerza, más palabras. Por eso cada libro que escribimos unos y leemos otros es un acto de fe y de esperanza. Sin pasión, no hay nada que hacer en muchas facetas incluso cotidianas. El arte es pasión. La literatura es pasión. Enseñar es pasión. La vida es pasión. Pero algo falla en este proceso cuando el destinatario principal de nuestra actividad se queda frío ante el libro, cuando pese a todo, reconozcamoslo, tenemos en España índices tan bajos de lectura en todas las edades, cuando hemos de obligar a leer a través de la escuela. ¿Por qué somos diferentes? ¿Es genético, cultural, histórico? Se dice que muchos paises, sobre todo los anglosajones, tienen el hábito de la lectura más arraigado porque en sus casas siempre se ha leído la Biblia, desde la infancia, mientras que nosotros provenimos de la religión judeo cristiana en la que esa misma Biblia nos era contada desde los púlpitos, no razonada en cada hogar. Pero sean cuales sean las razones de esa poca predisposición a la lectura, no podemos abdicar de nuestro esfuerzo. El mal no es de hoy, ni de hace diez años, o veinte. El retraso es secular y nos viene heredado. Se lee mucho más que nunca, en las escuelas, pero aún se lee poco y, lo que es más importante, no hemos podido crear más y más lectores adultos partiendo de esa infancia y juventud escolar. Mi padre no quería que fuese escritor, y llegó a prohibírmelo, porque decía que vivía en un país de burros, en el que nadie leía, y que por tanto eso no me daría para comer el día de mañana y me moriría de hambre. Y eso me lo decía hace más de 40 años. Así que una vez más, hemos de plantearnos el gran tema, el gran reto: ¿cómo infundir amor por la literatura? ¿Cómo transmitir el placer de leer cuando acabamos de entrar en un nuevo siglo en el que todo parece estar en contra nuestra, desde la televisión a Internet pasando por videojuegos o móviles de última generación? ¿Qué hacer cuando a veces falla el empuje, el entusiasmo, o incluso los medios? Hablamos siempre del libro como un elemento esencial de nuestra vida y nuestro crecimiento, de nuestro ocio y de nuestra cultura, y sin embargo, el menosprecio con el que se le trata resulta en ocasiones estremecedor. Quiero citar unos ejemplos: La noche del 5 de enero llevé más de cien libros nuevos, procedentes de las reediciones de mis obras, a una organización que se dedicaba a recoger juguetes para los niños en el Día de Reyes. La persona que los recogió me miró extrañada por mi ofrecimiento y me dijo que querían juguetes, no libros. Le recordé que un libro era tan buen regalo como un juguete, y prácticamente tuve que convencerle de que los aceptara. Me gustaría saber cuantos padres o abuelos regalan libros en el Día de Reyes como hábito. Y me gustaría saber cuándo un libro ha dejado de ser un regalo para un niño. Segundo ejemplo. El dominical de El País del domingo 3 de febrero de este mismo año, presentaba un exhaustivo estudio de 14 páginas sobre los adolescentes de hoy. Vida, costumbres, gustos... En ninguna de esas 14 páginas aparecía ni una sóla vez la palabra libro. Las preguntas eran acerca de si tenían móvil, videoconsola, DVD, si iban al cine, a bailar, de copas, en qué empleaban el tiempo. El libro no estaba presente, y por supuesto tampoco leer, en la vida de los entrevistados, que se suponían eran un reflejo de la actual generación de adolescentes españoles. Tercer ejemplo, y para mí, el más demoledor. Operación Triunfo, enero pasado. Uno de los 6 finalistas, Miguel Nández, proclamó en uno de los resúmenes diarios emitido por la 2, que no había leído un libro en su vida, y que era bonito que el primero fuera en la Academia porque estaba leyendo uno (que no se vio). Juro que me dieron ganas de enviarle un lote de libros, y si no lo hice fue porque pensé que sería un gesto inútil o que alguien podía pensar que lo hacía por notoriedad. Sentí vergüenza ajena. Fue la peor de las publicidades para la literatura que se ha hecho en estos meses recientes. Uno de sus héroes les decía que estaba allí, casi a punto de ganar (era uno de los favoritos por entonces), sin haber leído un libro jamás. Estaba dando armas a miles de jóvenes para argumentar lo evidente, que para ser algo o triunfar en la vida leer era lo menos importante. Ningún responsable de TVE eliminó esta aberración. Cuando se montó ese resumen de la jornada, apretado en media hora, alguien debió considerarlo importante. Tal vez creyó que eso era curioso, divertido. ¿O se hizo para retratar al muchacho? No lo sé, aunque no lo creo. Pero ese comentario dio alas a cientos de chicos y chicas para reiterarse en sus convicciones de que leer es aburrido y no sirve de nada. No doy más ejemplos porque son suficientes. El libro nunca sale en manos de ningún protagonista de "Un paso adelante", "Operación Triunfo" o cualquier programa juvenil en el que se ven reflejados. No es su misión hacer proselitismo en favor de la literatura, pero tampoco lo es anunciar bebidas y muchos jóvenes salen con un vaso o una lata en la mano, a veces anunciando una marca previo pago. Esos mismos programas crean tendencias, modas, cuidan la estética juvenil. Pero que alguien, en algún momento, aparezca con un libro o comentando algo relacionado con otro, es ahora mismo impensable. Luchamos prácticamente sin nada contra todo. Al libro lo hemos hecho desaparecer de nuestra vida, por desidia o ignorancia. No existe. Como tampoco existimos nosotros, los escritores. La literatura Infantil y juvenil no tiene cabida más que una vez al año, en Navidad, en la mayoría de periódicos nacionales, y nunca en las televisiones privadas o públicas. Hace un año hicimos un manifiesto contra la invisibilidad, que se publicó en algunos medios... de Literatura Infantil y Juvenil, sólo en ellos, y seguimos siendo invisibles, tanto como nuestras obras a nivel de divulgación. Los que nos tienen que leer no nos conocen. No digo que tengamos que crear un star-system artificial para darnos a conocer y que nos lean por lo guapos que seamos o los escándalos que montemos, pero esta claro que los escritores de LIJ no somos ni representamos una referencia para ellos, y ahí las culpas se reparten entre editores y los medios de comunicación tanto como por parte de estamentos oficiales. ¿Cómo hacer leer aquello que se ignora? ¿Cómo valorar a quién no se sabe que existe? Ni siquiera las ventas de algunos, en muchos casos millonarias, son noticia. Si yo mismo llevo dos décadas yendo por colegios, con información de primera mano, ¿por qué nunca se me ha preguntado nada, cómo veo el país, a las futuras generaciones? Siempre he dicho que la escuela es la pieza angular del actual sistema, y por ello me he ganado tanto el aplauso de muchos maestros como la airada réplica de otros, que afirman que su responsabilidad no pasa de ser la que es: enseñar y punto. Yo insisto en mi creencia. Hoy sí. Más que nunca. Hoy el hogar ya no es la primera referencia de apoyo cultural, sino un punto de encuentro en el que convergen muchas fuerzas. Hay un televisor en cada habitación, el trabajo o los estudios crean una diaspora en la que hay menos contacto entre las personas, horarios distintos, puertas cerradas. Tenemos hogares formados por la clásica pareja casada, pero también hogares monoparentales, bien sea por divorcio de los cónyuges o por elección libre de uno de ellos. Es difícil ver leer al padre, la madre o un hermano mayor cuando hay menos vida en común, más prisa, más aislamiento. Y vamos hacia un futuro aún más abierto. Un futuro en el que más que nunca ha de integrarse el libro como parte de la vida, no como adorno en la salita. El libro ha de estar presente, no forzarlo. El libro es entretenimiento además cultura. Por favor, no creemos más robots, más chicos y chicas incultos que mañana serán padres atroces, irresponsables intolerantes, violentos, machistas, cerrados y limitados, sin valores, con el fútbol como único norte, aislados en sí mismos. Formemos personas y nos ahorraremos esa intolerancia, racismo, violencia urbana o doméstica, falta de comprensión, egoísmo, la impunidad de agotar el planeta y muchos etcéteras. Cultura no es sólo hacer una carrera, ni siquiera leer un libro. Es absorber la vida, tener ideas y criterios propios, mantener la propia individualidad dentro de la comunidad. Y eso es lo que hay que inculcar. ¿Cómo? Imagino que invirtiendo más y más, en bibliotecas, profesorado, medios, pero desde luego no con campañas ni "sloganes" de los que se ríen, porque desengañémonos, a los 15 años pocos creen que el sida les toque a ellos, o que ir sin casco en la moto pueda matarles, o que leer sea la diferencia entre tener una esperanza o condenarse de antemano al vacío. El desprecio por el riesgo forma parte de sus existencia. Y en ese horizonte, el libro ni siquiera parece perentorio. Vivimos en un mundo veloz en el que detenerse para leer parece absurdo. Y sin embargo es la única parada posible. Pero además, hablando de cultura, no hay que olvidar que ella lo es todo. Gobernar un país de burros es fácil. Y lo fácil es cómodo. El reto es gobernar un país que valga la pena de ser gobernado, mande quien mande. Que un alumno lea un libro al trimestre, no es leer, porque leer un capítulo a la semana o una página al día, ni una línea más, es no entender nada. No nos engañemos. Y muchos me decís, "de acuerdo, pero algo es algo", o "¿qué puedo hacer?". El trabajo aquí es colectivo, y no vamos a hacerlo de un día para otro, ni siquiera de un año para otro. Comienza en las altas esferas, el Ministerio, las Consejerías de Cultura de cada Comunidad, y termina en ese maestro o maestra perdido en un pueblecito de montaña sin apenas recursos salvo su entusiasmo, que suele ser siempre alto. A veces basta una persona para cambiar las cosas. En Bolivia una mujer me dijo que cada mes llevaba libros en las alforjas de un burro, por las montañas, dando y recogiendo novelas que los campesinos devoraban. Y me emocionó por el hecho en sí y por su ilusión al contármelo: "¿Sabes, Jordi? Tus libros son de los que más me piden, sobre todo los juveniles". ¿Un grano de arena? Puede. Pero todos somos granos de arena. Cada uno de vosotros y de vosotras da clases a unos pocos alumnos. Arena. Y en el conjunto de una vida, esa arena puede que ni siquiera llene un cubo. De la misma forma un libro es otro grano de arena. Llegar a ser rocas cuesta mucho, sobre todo tiempo, paciencia, pero ¿qué otro camino nos queda? No puede obligarse a nadie a leer, pero hay que esforzarse en hacer entender por qué es necesario. Y hay que hacerlo de acuerdo al Siglo XXI, porque del inmovilismo no saldrá nunca la evolución. La pregunta de mi charla es, "¿Cómo leer en el Siglo XXI?". También debería ampliarse a "¿Qué leer en el Siglo XXI?". Para mí es un orgullo estar en el nº8 del top-10 de autores más recomendados y leídos entre alumnos de 12 a 16 años, por detrás de Bécquer, Lorca, Galdós, Baroja o García Márquez. ¿Pero creemos de verdad que sólo leyendo las rimas de Bécquer, la "Regenta" o "La celestina" haremos lectores? Vivimos un tiempo de inquietudes diferentes, con una generación que cuenta en euros, habla de ordenadores y ha perdido muchos de los valores con los que crecimos nosotros, del tipo que sean, morales, espirituales, sociales, etc. Es un nuevo tiempo, y requiere una nueva dinámica. Debe leerse a Clarín, y a Lorca, y a Galdós o Baroja, por supuesto, pero este nuevo mundo en el que nos movemos no aparece ahí, sino en obras contemporáneas. Yo me vi obligado a leer a Cervantes, y Dios sabe lo mucho que le odié. Sólo aprecié la calidad de El Quijote cuando años después lo releí por vocación. Hoy los alumnos tienen la posibilidad de conocer al autor de lo que ha leído, y eso es importante, crea complicidad, proximidad. Actuar en su curiosidad es esencial. La actual generación busca sentirse implicada en la novela que lee. Hay mucho pasotismo, muchísimo, pero también mucha solidaridad, muchos chicos y chicas en ONG´s, en actividades sociales, llenos de compromiso. La segunda mitad del siglo XX nos ha dado la posibilidad de la comunicación a gran escala. Lo que sucede ahora puede verse en cinco minutos en las televisiones del mundo entero. Hay incluso exceso de información, saturación, pero cada día las noticias son como pequeñas cuñas que nos marcan a picotazos dejando una mayor o menor huella, de forma que al final perdemos la perspectiva histórica de lo que sucede, y lo que es más grave, de las raíces, de por qué sucede esto y aquello. Muchos conflictos comienzan en un momento y terminan años después. ¿Quien recuerda el origen? Los jóvenes, aunque vean los informativos televisivos o lean la prensa, no tienen perspectiva histórica más allá de su nacimiento. Todo lo sucedido antes es prehistoria pura. Estoy pues habituado a que tras leer algunas de mis obras, muchos me digan: "Ahora entiendo el problema, su raíz. Nadie me había contado qué paso antes, y menos de forma que lo entendiera". Eso es para mí poner un libro al servicio de la sociedad, procurando al mismo tiempo evasión y aprendizaje. De ahí que insista en la importancia de la literatura contemporánea para ganar y mantener lectores. Yo pido a los que programan las materias del Ministerio de Cultura, Educación y Deporte, que no maten lectores obligándoles a leer exclusivamente a los clásicos, y a los colegios para que entiendan en qué momento histórico estamos. No sé cuantos de los escritores contemporáneos seremos leidos todavía dentro de cien años. Pero en los últimos 40 años ha surgido una excelente generación de autores que merece su oportunidad y es la que está combatiendo en primera línea, con libros, visitas a colegios, profesionalidad. Que por cada libro "clásico" que se lea por obligación en un programa o en una escuela, se lean tres contemporáneos, y sin limitaciones de títulos ni parcelas, de elección libre. Hay algo más: los jóvenes no son idiotas. Se sienten incomprendidos, sí, y marginados, y machacados por muchas razones mientras atraviesan ese horizonte llamado adolescencia, pero no son idiotas. Cuando leen algo que les interesa, se sumergen en ello. Cuando alguien les descubre un nuevo horizonte, van a por él. Por otra parte, hay quien cree que un libro juvenil debe ser un libro diferente, sencillo y trivial, lleno de aventuras y poco más. Yo no lo creo así. La literatura infantil y juvenil es una literatura con mayúsculas. Cuando se hace buena literatura, hay una respuesta. Fue a comienzos de los 90 cuando mis libros empezaron a volverse más duros, de denuncia, con un compromiso absoluto que es lo que la ha caracterizado desde entonces. He escrito sobre niños esclavos, niños refugiados, trasplante de órganos, violencia juvenil, drogas, intolerancia, racismo, emigración, extinción de tribus salvajes, el poder de las nuevas tecnologías, animales en peligro de extinción. Mi compromiso ha estado pues basado en contar aquello que he visto y en luchar por aquello en lo que creo. Y en el caso del lector, frente a la violencia televisiva, que pasa y no cuenta más que en su función de noticia, sin ir más allá, una novela les impacta cien, mil veces más, porque en ella tienen toda la historia, y leerla les ayuda a razonar, a tomar su propia posición, a enfrentarse a los hechos que le rodean y a la vida. En mi criterio, la literatura debe ser un espejo en el que podamos reflejarnos y reflejar a su vez nuestra realidad. Debe hacernos felices, pero también ayudarnos. Ese ha sido mi norte personal. Por ello dejé de viajar con las estrellas del rock y me fui a rincones del mundo mucho más duros y difíciles. Pensé que acabaría convirtiéndome en un autor marginal debido a ello, pero no me importó: quería contar la realidad. Mi filosofía es que todo autor ha de hacer siempre aquello que cree, sin pensar en nada más, escribir lo que siente, cuándo lo siente y cómo lo siente. La sorpresa fue que, desde entonces, mis libros realistas comenzaron a ser más y más leidos. Estaba escribiendo "Noche de viernes", porque me lo pedía el cuerpo, y me dije: "Creo que voy a dejar de vender libros y vamos a pasar hambre, porque esto, o no van a publicarlo o va a levantar ampollas". Se publicó, lleva 30 ediciones, casi 200.000 libros vendidos, y está considerado un libro de referencia. El boca a boca entre profesores primero, y entre alumnos después, lo hizo todo. Los jóvenes tienen esa punta de rebeldía, ese aire solidario, esa marca semitrágica de héroes adolescentes, y la palabra compromiso también les va en un gran número. Toda mi obra en los últimos 13 años tiene ese compromiso y es la más vendida de mi producción. Por algo será. Esos temas han interesado a los jóvenes. Por esa razón he hecho de ese compromiso mi bandera. Por esa razón viajo por todo el mundo, cuento lo que veo, y les hablo a niños y niñas de los cinco continentes, no desde un privilegio de escritor, sino desde la igualdad como ser humanos. Suelo decirles que no me vean como algo especial, porque soy como ellos con una sóla diferencia: tengo más edad y más experiencia. Estoy completamente convencido de que quien no lee está abocado al fracaso salvo que esa persona tenga una capacidad diferencial que supere esa falta. Nueve de cada diez personas que crecen incultas son candidatos a vidas problemáticas, trabajos inciertos, frustraciones adultas, depresiones, jubilaciones en precario, vacío y silencio. Pero si ni el sida o los embarazos hacen que muchos jóvenes tomen precauciones en sus relaciones íntimas, y es algo mucho más inmediato, ¿cómo hacerles ver que absorbiendo conocimientos a través de los libros tendrán una vida mejor? Si no somos imaginativos, dentro de diez años volveremos a reunirnos para hacernos la misma pregunta. No debemos renunciar a nada, ni bajar el listón, ni el nivel, pero sí adecuarlo, establecer sinergias, y ser más listos, que por algo ya estamos destetados. Hace unos años un maestro me preguntó, desesperado, que podría hacer para que leyeran sus alumnos. Le propuse un plan. Le dije que llevara un libro con sus libretas y papeles a clase, y lo colocara sobre la mesa pero sin que se leyera más que el lomo, no la cubierta. Le dije que los alumnos, que se fijan en cómo vistes y lo que haces por inercia, se esforzarían en leer el título y que ese día o el siguiente, no faltaría alguno que preguntara qué estaba leyendo. Entonces, él maestro tenía que decir algo así cómo: "¡Oh, nada, una novela!". Eso tenía que equivaler a un "¿De qué va?" por parte del alumno, a lo cual el profesor debía agregar: "No va a gustarte, y además es demasiado fuerte para tu edad". La trampa era esa: provocar la reacción de los chicos, que se dijeran "¿Por qué no puedo leerla? ¿Se cree que soy tonto? ¿Acaso habrá sexo y marcha?". Y no podía quedar aquí el juego. Le dije al profesor que luego contara un poco el argumento, con pasión, insistiendo en que no era para ellos, y que al final propusiera a los alumnos: "Si alguien quiere leerla, en cuanto la acabe se la paso". Cosa que debía llevar a cabo no inmediatamente, para provocar ansiedad y frases como "¿Aún no la ha terminado?", pero tampoco demasiado tarde. Unos meses después me llamó para decirme que había funcionado, que al menos media docena de los que antes no leían, lo estaban haciendo. El juego de la provocación, la trampa, el misterio, fue una solución. Esos alumnos leyeron novelas impensadas anteriormente. Funcionó. Otro grano de arena, pero es el camino. Y en cada pueblo, en cada zona, en cada Comunidad, con sus propios problemas diferenciales, ha de encontrarse ese camino. Y después, juntos, todos, trabajar y trabajar y trabajar. Sin descanso. Por cada chico o chica que abre su mente a la lectura, tendremos una esperanza más. De todo lo que hemos hecho mal en el pasado ha de surgir cada propuesta futura, ser capaces de analizar los muchos errores más que los pocos aciertos, y no creer que con uno de esos aciertos basta y sobra. Esta es una batalla sin fin, porque cada año se incorporan nuevos chicos y chicas a la escuela, y cada cinco años cambian normas y costumbres a una velocidad de vértigo. Debemos empezar ya a formar bibliotecarios y bibliotecarias que entiendan su función y amen su trabajo. Y a veces no todo consiste en dinero. También cuenta la imaginación. La biblioteca debería ser un centro lúdico. Debemos hacer de la escuela el autentico foco cultural motor del futuro, no un aparcaestudiantes ni una obligación en la etapa infantil y adolescente. Creo sinceramente que hoy ya no puede pensarse que la escuela es exclusivamente el lugar al que se va a aprender. Creo que es el lugar en el que van a formarse. Quiero referirme a mi experiencia como asiduo visitante de colegios, institutos y universidades en años precedentes. Lo haré a modo de ejemplo y resumen de lo que he dicho acerca de que es en la escuela donde hemos de trabajar la cultura y el placer de la lectura. En mis años de coloquista en colegios me he encontrado con casos y hábitos curiosos que deben desaparecer. Uno de los más frecuentes es pedir a la editorial a un autor, el que sea, porque hay que dar lustre a la Semana Cultural, como si fuera lo mismo llamar a Pérez Reverte que a Miguel Delibes, o a Bruce Springsteen que a Placido Domingo en música. Otro caso es del centro que en un año se congratula de haber llevado a quince autores, como si de lo que se tratara es de hacer muescas en el Curriculum del lugar en rivalidad con otros centros, cuando lo importante es quién va y qué dice y el grado de aceptación de los alumnos. Si hay algo peor que un libro que les aburra es un autor que les duerma. También en las visitas a escuelas se ha llegado, desde hace años, a una peligrosa rutina. Hay colegios que no leen un libro si la editorial no les lleva al autor, así que ya nunca van a leer a Roald Dahl o a Michel Ende, ni a ninguno vivo si por razones de agenda o edad no puede acudir a la llamada. Se prefiere un libro mediocre a una buena obra por el hecho de que vaya el autor. Otros colegios no pueden llevar a un autor porque en el claustro de profesores el maestro de matemáticas lo veta, o no cede su clase para que los alumnos participen del acto. Las editoriales no están exentas de esta locura actual, porque más de una propone una venta mínima a cambio de que vaya el autor, casi siempre ignorante de estos acuerdos. Y pese a todo, no conozco mejor método, de momento, que el del contacto escritor-alumno. Ninguno a falta de más y mejores bibliotecas, actualizadas, y más y mejores campañas de divulgación de nuestras obras en España y el extranjero. He publicado en 25 lenguas y se me lee en 50 paises, pero ha sido una labor casi artesanal, mía y de mis editores. El desprecio con el que nos miran los editores anglosajones es notorio. ¿Traducir a un autor español, sin tradición, para qué? Si vosotros, los profesores, no leyérais y recomendarais nuestros libros, seguramente nos moriríamos de hambre. Suele decirse que si un adolescente ve leer a sus padres, se habitúa a leer él. No creo que sea del todo exacto. Mejor que unos padres lean, por supuesto, pero teniendo en cuenta que hoy los niños y las niñas, por oposición generacional, tienden a llevarles la contraria a los padres, que los mayores lean no es sinónimo de que lo hagan sus hijos. A padres fumadores les salen hijos no fumadores y viceversa. Amigos míos que no leen nada, tienen hijos que devoran libros y echan en cara a los padres «su incultura», y amigos míos que leen mucho, se encuentran con hijos e hijas respondones que pasan del tema. Un padre, una madre, adquieren la responsabilidad de serlo cuando deciden engendrar unos hijos y formar una familia, pero si a ellos nadie les ha dicho que leer es fundamental para el desarrollo mental de sus hijos, su responsabilidad se limita a darles de comer y vestirles, darles lo mejor según su criterio, pero dificilmente entenderán que su futuro puede depender de algo más que de estudiar o trabajar. Esos padres son los que dicen que los libros son caros, mientras consumen dos paquetes de tabaco diarios, o que si su hijo ya ha leido un libro este trimestre, ¿para que quiere otro? Son los padres que asocian leer con «deberes», lo mismo que los adolescentes. Los padres que protestan en la escuela porque a sus hijos se les dan muchas tareas, una de ellas leer. No hace mucho, un padre me decía: «Mi hija se pasa el día leyendo. Eso no puede ser bueno, ¿verdad? Ni siquiera ve la tele. Me saldrá tonta o algo así». Me costó trabajo convencerle de que su hija, leyendo a diario, era como si hiciese tres carreras, aunque sin diploma. Es frecuente que llegue a un pueblo de cualquier lugar de España, con dos colegios, y que me encuentre, en uno, una recepción por todo lo alto, con pancartas, música, filmación en video y una fiesta por la llegada del escritor, y en otro, hora y media después, todo lo contrario, ningún entusiasmo, indiferencia, aburrimiento. Las reacciones de los chicos y chicas están en consonancia. Y no importa que el escritor sea capaz de ganarse a los dos públicos por igual. Importa el hecho de que antes ha habido alguien capaz de generar un entusiasmo frente a esa indiferencia aún más contagiosa. ¿Por qué en un mismo pueblo, con dos colegios, a un escritor se le recibe de dos formas distintas? Porque en uno un maestro ha encendido una llama en el alma de sus alumnos y en otro no. En quince años, me he encontrado con maestros entusiastas, peleones, a veces más o menos agotados, ¿por qué no?, pero de los que no se rinden, porque en cada curso hay un grupo de chicos y chicas que espera «algo», y hasta un posible escritor, incluso, que puede echarse a perder o ganarse. Son los maestros capaces de reír, de contagiar, de hacer que el alumno les coja confianza sin por ello renunciar al respeto. Yo los prefiero a los terribles «profes» de mi época, que te hacían temblar nada más verles, aún antes de que abrieran la boca. Es el maestro que no ordena, aunque mande, sino que más bien sugiere, invita, y además colabora: es el primero que lee el libro que impone leer en clase o que comenta el que no ha mandado pero cree que es bueno. Hay muchas formas de enseñar, y no todas pasan por la hora de la clase. Sé que las escuelas se están convirtiendo en el centro de todo y el «todo vale» de la educación: que si viaria, que si sexual, que si ecológica, que si... A muchos alumnos les dan al año una docena de charlas que nada tienen que ver con el curso en sí. Pero sin leer no se puede pensar, ni razonar, ni escribir, ni estudiar. Cuando un profesor de matemáticas no deja que sus alumnos vayan a la charla de un escritor que está en el colegio, «porque son más importantes las matemáticas que la literatura», está matando hormigas a cañonazos, y lo que es peor, disparándose a si mismo. Esos alumnos sabrán sumar dos y dos, ¿pero sabrán escribirlo? Tiemblo cuando oigo a un adolescente diciéndome que "no le gusta leer", o peor aún, que "odia leer". Se me pone un peso enorme en el alma, porque es como si ese niño me dijera que odia respirar, sentir, vivir. Alucino cuando me dice una chica o un chico: «El suyo es el primer libro que me he leido en la vida, y me ha gustado. Voy a leer otro». Me parece vivir en otro mundo. Y es triste que debamos hacerles leer por obligación. Lo sé. Cuando un adolescente me pregunta si es bueno leer por obligación suele contestarle: "No, no lo es, pero... chico, cuando estás enfermo te llevan al médico, y aunque no te guste, te dan medicinas para curarte, o te operan. Si no te gusta leer estás enfermo del alma, y de la cabeza, y de muchas otras cosas, así que el único remedio es la buena aspirina de un libro, te guste o no". Teniendo en cuenta que un país sin cultura es un país perdido, la responsabilidad del maestro es muy elevada, y no todos están dispuestos a aceptarlo así. Los padres les acusan del fracaso escolar de sus hijos; si son severos, de que lo sean, y si son blandos, de lo mismo; y ya conocemos otros comentarios típicos acerca de vivir de fábula con tres meses de vacaciones y otras historias; o que les tienen manía a sus respectivos hijos, etc. etc. Padres violentos, incomprensión, soledad, pérdida de respeto, nervios al límite, sensación de impotencia, de lucha baldía, de esfuerzo no recompensado... A los profesores de hoy les ha caído encima una responsabilidad mayor de la que eligieron, y además están mal pagados, ¡oh, sí, lo sé, lo sabemos! Merecerían el más alto de los sueldos por lo que hacen y por esa responsabilidad. Son la base del sistema. Perdón: sois la base del sistema. El quid de la cuestión sigue siendo el mismo: ellos lo escogieron, vosotros lo elegisteis. En mayor o menor grado, creías en ello. No vendéis patatas ni fabricáis braguitas de esparto, sin quitarles honra y mérito a los que venden patatas o a los que fabrican braguitas de esparto. Un padre o una madre llegan a casa agotados por su trabajo ‹o desquiciados porque no lo tienen‹, enchufan la tele, hoy hace sol y mañana llueve, la niña se ha portado mal y el niño ha roto la secadora. Ese es su mundo. O sea, que ningún padre o ninguna madre escoge de antemano el modelo de vida que quiere, y menos el de sus hijos: la mayoría improvisan sobre la marcha. Pero cada día laborable del mundo, de septiembre a junio, el profesor, la profesora, sí sabe porque está haciendo lo que hace, y sabe por educación y nivel, un montón de cosas que muchos padres ignoran. A esos maestros, debe importarles poco lo que haya en un hogar, si se lee o no, si el padre y la madre son conscientes del valor de la lectura o no. Debe prescindir de todo ello y pensar únicamente en lo que pueda dar a ese niño o esa niña. Por algo se llama a si mismo maestro y a si misma maestra. Cuando un padre en la India vende a su hijo por 15 dolares a un fabricante de alfombras, tal vez lo haga para dar de comer a sus otros diez hijos. Tal vez. Podemos juzgarle, estremecernos desde nuestra óptica occidental, creerle inhumano, y posiblemente lucharemos por la recuperación de ese niño, tratar de arrancarle de su esclavitud, darle una educación, ayudarle a mejorar, porque ante todo es eso, un niño. Aquí en España no hay padres que vendan a sus hijos, pero muchos, de otra forma, son tan inconscientes, incultos o inhumanos como el hombre hindú que vende al suyo. Nosotros hemos de prescindir de si la familia tiene que enseñar a leer a sus hijos o no. Nosotros tenemos esto tan peculiar, hermoso y capaz de cambiar el mundo que se llama libro. Creemos en él. Es nuestra arma y debemos utilizarla. "¿Cómo leer en el Siglo XXI?" es una pregunta que se responde, de entrada, con otra: "¿Cómo presentar el libro en el futuro?", y luego con otras más, "¿Cómo hacerlo cotidiano?", "¿Cómo convencer de su valor?", "¿Cómo ofrecerlo junto a tantas propuestas lúdicas con las que compite?". Nosotros, políticos, educadores, autores, debemos prescindir de las competencias, no quejarnos de la televisión o los videojuegos. Si el libro ha llegado hasta aquí, es porque goza de buena salud, ha resistido cinco siglos de cambios. El libro en sí es magia. El libro en sí es la mejor y más sana de las drogas. La única que crea adición por placer y no mata. No es necesario que un chico tome éxtasis para que su mente se ilumine, como tristemente suelen creerlo ellos. Con un libro lo harán mil veces más. Pero no es con un poster absurdo y una frase convencional como le convenceremos, sino concienciándonos todos de que es posible, creyendo en ello, transmitiendo entusiasmo sin descanso y dotándonos de unos medios necesarios. Vivimos en un completo y permanente estado de emergencia. Todos nos pedimos ayuda unos a unos. Todos nos necesitamos. Nos urge un despliegue de la cultura de la resistencia, y cada uno debe mantenerla según sus posibilidades. Cada vez que desaparece un lector adolescente muere algo de la conciencia humana. Cada lector no formado es una semilla perdida y una oportunidad para que por esa grieta aparezca un dictador, un intolerante o un asesino. Me suele traicionar mi habitual pasión, pero soy sincero cuando afirmo que creo en la lucha, en esta lucha, porque es la lucha de la humanidad contra la barbarie. No se trata de imponer ideas, al contrario: todo está en los libros. Se trata de gritar alto y claro: "¡Eh, chico, chica! Tienes una oportunidad. ¿Vas a dejarla escapar?" El pasado 15 de febrero, Enrique Vila-Matas escribía esta historia: "Canetti, en su obra La profesión del escritor, habla del estupor e indignación que le produjo en los años 50 la casual lectura de una nota suelta de un escritor anónimo. Era una nota que llevaba la fecha del 23 de agosto de 1939, es decir, una semana antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. La nota decía: "Ya no hay nada que hacer. Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra". Canetti pensó, "¡Qué absurdo! ¡Qué pretensiones! ¿Qué hubiera podido un individuo solo? ¿Y por qué justamente un escritor?". Durante días, Canetti le dio vueltas al asunto, hasta que cayó en la cuenta de que aquella nota tenía una profunda conciencia de las palabras. Y entonces pasó de la indignación a la admiración. Examinada más de cerca, en lugar de una fanfarronada, la frase del escritor anónimo era la confesión de un fracaso absoluto, pero era todavía más la confesión de una "responsabilidad", precisamente allí ‹y esto le pareció lo sorprendente del caso‹ donde menos cabía hablar de responsabilidad en el sentido usual del término. Canetti vio que el origen de su indignación inicial había sido sólo uno: la idea de aquel individuo sobre lo que debía ser un escritor, y el hecho de que él mismo se considerara como tal hasta que la guerra echó por tierra sus ideales. "Y es justamente esta reivindicación irracional de una responsabilidad", escribe Canetti, "lo que me hace pensar y me seduce del caso. Un escritor sería pues alguien que otorga especial importancia a las palabras. Mientras haya gente que asuma esa responsabilidad por las palabras y las sienta con la máxima intensidad al reconocer un fracaso total, tendremos derecho a conservar una palabra ‹la del escritor‹, que ha designado siempre a los autores de obras sin las cuales no tendríamos conciencia de lo que realmente constituye la humanidad". En esta historia hay un resumen claro, que siento como escritor, y que todos deberíamos sentir como personas además de ser maestros, educadores o políticos: Nosotros también fracasaremos si no convencemos a nuestros jóvenes de que la confianza en la palabra es la confianza en su vida y su futuro. Para terminar, admito que yo, individualmente, no tengo ninguna varita mágica para cambiar las cosas, ni ideas prodigiosas para convertir no lectores en lectores. Tampoco me gustan las frases bonitas pero huecas. No obstante, tengo algunos conceptos claros, una especie de decálogo básico en el que creo y que bien podría ser un resumen de todo lo que he dicho. Quiero terminar estas palabras mencionándolo y compartiéndolo. Mi código ético se basa en el respeto, la esperanza y la honestidad, así que esto es únicamente mi verdad. 1 ‹ El libro, lo mismo que el arte en general, ha de estar presente de forma natural y habitual en la vida de los jóvenes. 2 ‹ El libro no es un patrimonio exclusivamente cultural, sino un elemento más de entretenimiento en un mundo abierto cada día a más opciones de ocio global. 3 ‹ Un libro es como un disco, una película, un vídeo o un juego: pura evasión. 4 ‹ La biblioteca es el mayor salón de juegos (gratuito) del mundo, y hay siempre una más o menos cerca de ti. 5 ‹ Leer nos hace independientes, nos da personalidad, poder, fuerza, ideas propias, nos diferencia de los demás. 6 ‹ Leer es la principal llave de esa puerta llamada libertad. 7 ‹ Leer es la única droga que de verdad nos abre la mente, nos da luz y nos cambia. 8 ‹ Al leer, al sentir, recordamos que estamos vivos, y que esto es un privilegio. 9 ‹ Cuando el mundo intenta darnos alcance y asquearnos, leer es lo único que nos devuelve a nuestra condición humana. 10 ‹ Leer es como hacer el amor: estás tú y el libro, solos, compartiéndolo todo. ....... Gracias por estar aquí, formando parte de esta experiencia, y buenas noches.
© Jordi Sierra i Fabra, 14 marzo 2003
2. Conferencia pronunciada en el 27º Congreso Internacional del IBBY - Cartagena de Indias, Colombia, septiembre 2002
UNA PALABRA LLAMADA COMPROMISO
Cuando uno es alcohólico, se sube a un estrado de Alcohólicos Anónimos y dice aquello de: "Me llamo Fulano de Tal y soy alcohólico". Yo suelo subirme a estrados y decir: "Me llamo Jordi Sierra i Fabra y soy escritor". Desde luego no es lo mismo, pero en mi caso sirve para centrar todo un mundo, lo que se és, lo que se espera, lo que se persigue. Ahí está todo. No hay más. Luego, el alcohólico ha de regenerarse. Mi suerte es todo lo contrario. He de escribir más y más y más, como decía Ray Bradbury, hasta saciarme. Así que... bienvenidos, gracias, me llamo Jordi Sierra i Fabra y soy escritor. Nací en el Planeta Tierra y hoy soy muy feliz, pues estoy en suelo amigo, entre amigos, y entre libros en el marco de este Congreso que no se si abre el siglo XXI o cierra el XX, pero que, en cualquier caso es una hermosa propuesta de futuro. Cuando a Günter Grass le dieron el Premio Principe de Asturias por su labor literaria, pronunció una frase con la que me sentí profunda y absolutamente identificado. Dijo el gran autor alemán: "Yo sólo quería ser escritor, pero en mi vida se me atravesó Alemania". Como él, yo de niño quería ser escritor, vivir, sentir, viajar, hacer feliz a la gente, contarle historias hermosas y ser querido por ellas. Pero si a Günter Grass se le atravesó aquella Alemania nazi, con Hitler y la Segunda Guerra Mundial, que hizo de su literatura un algo desde luego nada complaciente, a mi se me ha atravesado el mundo entero. Y ese mundo es hoy la parte esencial y fundamental de mi narrativa. Siempre he sido un viajero impenitente, un devorador de imágenes y palabras, un visionario perplejo, asustado, alegre, enamorado y ante todo solidario con cuanto he visto. También soy un iluso, un niño asombrado que no renuncia a los sueños, la utopía y la pasión de imaginar que en un libro está todo, absolutamente todo. Sigo creyendo que la esperanza es la gran arma de nuestra fe. Pero a la esperanza debemos alimentarla con actos, gestos, ayuda, fuerza, más palabras. Por eso cada libro que escribimos es un acto de fe y de esperanza. Y cada lector la recompensa final. Amo la literatura más que a nada en el mundo. Nunca se me ocurriría hacer algo que la denostara, o que sirviera para que alguien la repudiase. Por eso soy consciente de que cuando cuento una historia dura, tal vez hiera alguna sensibilidad. Pero no puedo traicionar lo que soy o aquello en lo que creo. Cada vez que un niño me dice: "odio leer", se me pone un peso enorme en el alma, porque es como si ese niño me dijera que odia respirar, sentir, vivir. Pero por muchos niños que no lean, lean poco, o que incluso "odien leer", siempre habrá otros que se asomarán a las páginas de un libro con ilusión, con sed de conocimiento, y con un vacío en su mente que cuanto les contemos en nuestro libro ayudará a llenar. Pero, ¿de qué forma llenar ese vacío? ¿Que historias hemos de darles a los niños? Hace quince años un cambio de concienciación comenzó a modificar y radicalizar mi literatura, cuando dejé de viajar con las estrellas del rock y me fui a rincones del mundo mucho más duros y difíciles. Pensé que acabaría convirtiéndome en un autor marginal debido a ello, pero no me importó: quería contar la realidad. Un artista ha de hacer siempre aquello que cree, sin pensar en nada más, escribir lo que siente, cuándo lo siente y cómo lo siente. La sorpresa fue que, desde entonces, mis libros realistas comenzaron a ser más y más leidos. En mi país, España, ha habido en los últimos diez años cierta polémica en torno al tema de si hay que darle al niño y al joven libros para que se evada o bien libros comprometidos para que piense. Y no sólo en España, pues la diatriba también la he detectado en otros lugares visitados por mi. Hay quien opina que al niño hay que darle felicidad y nada más que felicidad, porque luego ya se encontrará con los problemas del mundo. No puedo estar de acuerdo con ello. Yo también hago libros felices, y de humor, por supuesto, pero la prueba de que hay miles de niños y jóvenes que esperan y desean algo más, la tengo en los números: mis obras de compromiso no sólo son las más vendidas, sino lectura recomendada en muchas escuelas españolas. He escrito sobre niños esclavos, niños refugiados, trasplante de órganos, violencia juvenil, drogas, intolerancia, racismo, emigración, el poder de las nuevas tecnologías, animales en peligro de extinción, y fundamentalmente, pues es otra constante en mi literatura, de algunos de los grandes temas que han asolado latinoamérica en las últimas décadas: las dictaduras chilena y argentina, la extinción de las tribus indígenas en Brasil, la lucha en Chiapas y las matanzas de campesinos en Guatemala. Mi compromiso ha estado pues basado en contar aquello que he visto y en luchar por aquello en lo que creo. Y en el caso del lector, frente a la violencia televisiva, que pasa y no cuenta más que en su función de noticia, sin ir más allá, una novela les impacta cien, mil veces más, porque en ella tienen toda la historia, y leerla les ayuda a razonar, a tomar su propia posición, a enfrentarse a los hechos que le rodean y a la vida. En mi criterio, la literatura debe ser un espejo en el que podamos reflejarnos y reflejar a su vez nuestra realidad. Debe hacernos felices, pero también ayudarnos. La segunda mitad del siglo XX nos ha dado la posibilidad de la comunicación a gran escala. Lo que sucede ahora puede verse en cinco minutos en las televisiones del mundo entero. Hay incluso exceso de información, saturación, pero cada día las noticias son como pequeñas cuñas que nos marcan a picotazos dejando una mayor o menor huella, de forma que al final perdemos la perspectiva histórica de lo que sucede, y lo que es más grave, de las raíces, de por qué sucede esto y aquello. Muchas guerras comienzan en un momento y terminan años después. ¿Quien recuerda el origen? Los jóvenes, aunque vean los informativos televisivos o lean la prensa, no tienen perspectiva histórica más allá de su nacimiento. Todo lo sucedido antes es prehistoria pura. Estoy pues habituado a que tras leer algunas de mis obras, muchos me digan: "Ahora entiendo el problema, su raíz. Nadie me había contado qué paso antes, y menos de forma que lo entendiera". No estoy diciendo que tengamos que hacer todos una literatura de compromiso, dura y directa, porque además cada escritor es su propio universo y existe una palabra, respeto, fundamental en el arte, pero sí que hay autores que deben asumir el riesgo de ser menos agradables y más reales, porque simplemente tengamos atravesado un mundo que sólo haciendo que se conozca podrá ser mejorado por futuras generaciones. Ese es nuestro compromiso. Creo que aquellos que escribimos para niños y jóvenes no podemos pensar en qué les va a gustar a ellos, complaciendo su inocencia sólo con libros fáciles, ni pensar tampoco en cómo ganar únicamente el dinero para pagar las facturas. Los que escribimos para niños y jóvenes lo hacemos para un público al que hemos de darle sinceridad y honestidad, valor y verdad, decirles: "Esto es lo que hay. Ahora depende de ti". Y no es una carga pesada que verter sobre sus hombros, al contrario. En el fondo, la inmensa mayoría quiere estar en este mundo para hacer algo. Hay que motivarlos, nada más. ¿O acaso queremos protegerlos del lobo silenciando su existencia? Más aún: ¿no será que algunos se dan cuenta de que con sus preguntas y su interés, cuando conocen una verdad, a veces les están diciendo que el mundo que les legan es muy duro y eso les hace sentir mal? Yo abogo por la verdad y la honestidad, por la lucha de los ideales y la perserverancia de la esperanza, por la fuerza de la palabra escrita y la luz que despierta en el lector. Abogo porque entre mundos fantásticos o galácticos, e historias felices y risueñas que pongan ilusión en los ojos de un niño, aceptemos también el compromiso de contar la verdad allá donde esté, y que se la ofrezcamos a nuestros lectores con pasión y sinceridad, olvidando modas o intereses económicos. Sólo desde una niñez responsable haremos personas justas. Sólo desde la cultura, pero también desde el conocimiento, haremos realidad ese sueño nada utópico de conseguir un mundo mejor. Los retos del siglo XXI van a ser muy fuertes, tanto que ni siquiera ahora podemos imaginarlos, porque aún no estamos preparados para ellos. Lo que les espera a los niños y los jóvenes de hoy y del futuro inmediato es intenso, alucinante, tal vez espectacular, quizas demoledor, pero siempre fascinante, porque es la vida, la evolución y el progreso. Podemos empezar a gestionarlo ahora siendo honestos con nuestra realidad. Y nuestra realidad tiene muchos puntos amargos e historias que han de conocerse, aunque sólo sea para intentar no repetirlas.
© Jordi Sierra i Fabra, 20 de septiembre de 2000
3. Conferencia pronunciada en el Primer Congreso de Sociedad y Literatura, Valencia, 17 de noviembre de 2006
HACIA UNA REFUNDACIÓN DEL LIBRO, LA ESCUELA Y LA ESPAÑA JOVEN DEL SIGLO XXI (HISTORIA DE UNA INCERTIDUMBRE)
Hay dos cosas por las que se me conoce. La primera por mis excesos literarios, la segunda por mi optimismo innato. De la primera no voy a hablar aquí. No toca. Mi obra está ahí y punto. De la segunda sí, porque puede que a muchos sorprenda el tono de esta conferencia. Sorprenda y asuste. Lo opuesto al optimismo es el pesimismo, aunque se dice que un pesimista es un optimista bien informado. Y no es que vaya a hablar desde el pesimismo en los siguientes minutos. Creo que la palabra exacta es miedo, un término que utilizo poco porque jamás lo he sentido desde que cumplí los 22. Miedo por lo que más amo, la literatura; miedo por mi país, y miedo por aquello en lo que se está convirtiendo la escuela. Pero dado que este Congreso se ciñe a literatura y sociedad, es el marco adecuado para decir lo que pienso y siento. Siempre habrá quien esté de acuerdo y quien no. En cualquier caso la polémica es buena. Sólo de la autocomplacencia o la indiferencia no surgen debates. Es necesario poner sobre la mesa lo que nos preocupa. Y esto es lo que me preocupa a mí y por ello ha sido invitado a hablar, pidiéndome, además, que deje por escrito mi conferencia para que existan pruebas cuando se me condene al paredón. ¿Qué nos está pasando? Porque es indudable que algo le sucede a este país en general, a la escuela en particular y a los libros en concreto. Es decir, algo nos está pasando a todos nosotros. De las tres grandes cuestiones filosóficas, “¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?”, voy a hablar de la última. O mejor dicho, voy a enfrentarme al nudo gordiano que encierra. Empezaré hablando de lo grande para terminar con lo pequeño, aunque lo pequeño sea precisamente el libro y lo que se mueve en su entorno. Y me refiero al llamado libro juvenil, preferentemente, porque el infantil goza de mejor salud. Ahora, ¿qué es lo grande? Por supuesto España. Una vez, en Estados Unidos, me dijeron que nosotros éramos genios, sabíamos hacer cualquier cosa, los escritores tocábamos todos los géneros, no había especializaciones, y además teníamos la mejor dieta (la Mediterránea) y hacíamos la siesta, aunque trabajáramos más horas con menos rendimiento. No fue una mala descripción. Tenemos el mejor potencial, cuatro lenguas, somos hijos de los que un día dominaron el mundo, procedemos de una cultura latina rica e histórica, etc. Por eso es una pena que estemos tan desaprovechados. Y conste que no pretendo insultar a nadie. Sólo puede ofenderse el que se sienta aludido. La sociedad, y hablo de los jóvenes, se ha estirado como un chicle. A un lado están los que estudian, leen, cooperan con causas justas. Al otro los que pasan de todo y no hacen nada. En medio, de uno a otro extremo, una gran marea humana que busca su sitio. Por ejemplo, según datos estadísticos, los jóvenes españoles son los menos activos de Europa en participación ciudadana, pero los más en ayuda a los demás. Voy a citar mucho las estadísticas para hablar de lo que sigue. Nada de lo que diré con datos y cifras es especulativo, sino real. Y son datos referidos al último año, este en que estamos, aparecidos en los medios informativos nacionales, algunos tan recientes como los de hace una semana y con los que me encontré al regresar a España nada más coger el avión el 9 de noviembre después de un periplo latinoamericano. Lo malo de los datos es que son fríos, implacables, por esto asustan más. Encima, los vemos a modo de goteo en esos medios informativos, y así, dispersos, no son más que puñales, pero en conjunto aterran más. Veamos unos ejemplos. España es en la actualidad el primer país europeo en consumo de videojuegos, el primero en consumo de cocaína y el segundo del mundo por detrás de Estados Unidos, el primero de Europa en embarazos no deseados (el 87% de los jóvenes no toma precauciones a la hora de hacer el amor), es también el país en el que los jóvenes se inician antes en el consumo de alcohol y drogas (12 años). Además estamos a la cola de Europa en educación, suspenso escolar, nivel de matemáticas, comprensión lectora, media de ordenadores por alumno, estudio de una materia como la música (treinta minutos a la semana en 1º y 2º de ESO en algunas comunidades) y un largo etc. Cada año los resultados son peores que el anterior, en una caída libre aterradora. En noviembre de 2005, en una tónica mantenida desde 2000, España dedicaba el 4,4% del PIB a la educación, por debajo del 5,22% de la media europea. Resultado: la media de abandono escolar europea era del 15,7% y la de España del 31,1%, la media de jóvenes de 20 a 24 años que había cursado secundaria en Europa era de 76,7% y la de España 61,8%, la dificultad para leer a los 15 años era del 19,8% en Europa y la de España del 21,1%. Por último, en Europa un 34% de jóvenes opta por la FP mientras que en España sólo lo hace un 21%, como si fuera un demerito hacer FP. Hablamos de medias europeas, así que la diferencia con países punteros es mucho más abismal. En conjunto unos datos peores que los de muchos países del Este de Europa. Y hablamos de alumnos en general. Si dividiéramos estos datos entre chicos y chicas veríamos que ellas leen y estudian más, con mejores rendimientos, que ellos, así que el fracaso entre la población masculina es mucho más grave que entre la femenina. Todo esto significa que, y me remito a cifras se septiembre de este mismo año 2006 referidas al curso 2003-2004, el último analizado por la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), el gasto público en educación descendió en España al 4,3% y el 34% de los estudiantes no terminó el bachillerato, mientras que la media europea no superó el 12%. Son 22 puntos de diferencia, aunque el Ministerio de Educación haya asegurado estos días que el fracaso escolar ha descendido al 30,8% y el gasto ha crecido hasta el 4,47% en 2005. Yo me pregunto, ¿puede un país moderno del siglo XXI soportar esto? ¿Puede un país enfrentarse al futuro con semejante falta de cultura? No quiero ahondar en lo detallista, aunque me asusten y abrumen esos datos de que seamos los primeros en consumir videojuegos, en tomar drogas alegremente (atención al gasto médico del mañana) o en practicar el sexo cada vez a edad más temprana sin protecciones; y me asusten y abrumen datos como los de la ausencia de enseñanza musical o lo mucho que odian leer miles de jóvenes, mostrando así una falta de sensibilidad futura. Prefiero mirar el problema en su concepto global porque la escuela y el libro, los puntos por los que pasaré a continuación van a ser la piedra angular que completen todo esto de lo que estoy hablando. Hace tan sólo unos meses, mientras en Francia los jóvenes se echaban a la calle pidiendo (creo recordar) enseñanza gratuita o mejoras en educación, en España asistíamos al esperpento de ver como los nuestros también se echaban a la calle, pero para comprobar que ciudad era capaz de congregar más adictos a un macrobotellón nacional, en un reto demencial que a muchos nos llenó de sonrojo, sobre todo a los que viajamos y leemos la prensa allá donde vamos. Naturalmente no fueron todos los jóvenes españoles, pero sí miles y miles los que participaron de esta singular prueba, reto o como quiera llamársele. Si la cultura en general fuera tan importante como esta falsa cultura de la libertad, estaríamos en lo más alto de las estadísticas. Recuperarse de lunes a miércoles de las resacas del fin de semana y preparar de miércoles a jueves la próxima aventura etílica del viernes al domingo no es vivir, es quemar el tiempo en un vacío absoluto. Pero de este vacío somos responsables muchos, y pagaremos un alto precio no sólo nosotros sino los que nos siguen, a no ser que limpiemos el patio de nuestra casa patria y comencemos casi a partir de cero pensando ya en unas próximas generaciones que no hereden los males de las anteriores, algo que parece ciertamente difícil. A veces me preguntan por qué he creado una Fundación en Medellín, Colombia, además de la que ya tengo en Barcelona para ayudar a jóvenes escritores. Les diré sólo un dato: Medellín dedica el 40% de su presupuesto anual a la educación y la cultura. Sí, han oído bien: el 40%. El resultado es que de ser la ciudad más violenta del mundo hace 15 años ha pasado a ser un modelo y una esperanza, con el lema de “La Más Educada” que hoy la preside, y todo ello sin dejar de soportar el peso de los desplazados por el conflicto interno que asola al país desde hace décadas o la sangría del mismo. A fines de marzo de 2007 SAR los Reyes de España inaugurarán en el que hasta hace poco era uno de los barrios más inseguros de la ciudad una de las cinco macrobibliotecas que se están construyendo junto a 50 nuevos colegios. Según el barómetro del CIS de septiembre de 2006, a los españoles nos preocupa muy poco la educación. Y así nos va. De una lista de 30 puntos, la educación se quedaba en una modesta tierra de nadie del lugar número 12 entre las preocupaciones del país, pero es que, además, ese puesto 12 estaba a una enorme distancia de los 11 primeros. Paro, inmigración, vivienda o inseguridad ciudadana puntuaban entre el 46 y el 26%, mientras que la educación se quedaba en un escuálido e infamante 3,3%. Incluso la situación de la clase política merece un 10% de interés. En países con un 81% de jóvenes con el bachillerato terminado hay un 60% de personas que sí creen que la educación es un punto clave, y mucho más que los problemas de la clase política. Si la encuesta del CIS reflejara que la educación nos importa, ¿alguien duda de que los políticos no se lanzarían al ruedo de las promesas en las próximas elecciones, como sucediera cuando destacó en esa encuesta el problema de la vivienda o como ha sucedido recientemente con el tema de la inmigración? Pero la falta de interés de los españoles por la educación contrasta, encima, con el hecho de que un 45,4% se sienta poco o nada satisfecho con el funcionamiento actual del sistema educativo. ¿Cómo pueden coexistir esas dos cifras? ¿Cómo podemos no estar satisfechos de algo y luego no colocarlo entre nuestras preocupaciones prioritarias. ¿Estamos locos? ¿O es que, como dicen los expertos, no nos preocupa la educación porque no la percibimos como un servicio público y pensamos que mandando a nuestros hijos a colegios privados tenemos suficiente? La elite es minoritaria, no lo olvidemos. Y tampoco olvidemos que actualmente son las comunidades las que tienen las principales competencias educativas. ¿Nadie entiende todavía que a más cultura habrá menos preocupación por el paro o la inseguridad? Culturalmente, España no va bien, comunidad a comunidad y en conjunto. Y esta es una lastra que soportamos mande quien mande, no importa el color, aunque debería exigírsele más a un gobierno de izquierdas porque la cultura forma parte de la bandera de la izquierda. ¿Y qué es cultura, en términos amplios? Para mí es no tirar una colilla por la ventanilla del coche con un bosque al lado, no engrosar las estadísticas de mujeres maltratadas, no contaminar, no consumir 320 litros de agua por habitante y día como consumimos no teniendo agua, por encima de los 280 de Francia o los 190 de Alemania... Suelo decir que leer me salvó la vida. Y creo en la lectura. Creo que en un libro está todo. Salvo casos excepcionales, dudo que un buen y culto lector muestre el desprecio con que arrojan su colilla al aire no pocos conductores, dudo que una mujer que lea se deje maltratar impunemente o que un hombre que lea sea capaz de golpear a su pareja. Quizás sea simplista, que roce la demagogia, pero me gustaría hacer tests de capacidad a esas personas. No es menos cierto que la sociedad cambia mucho y rápido y que también existe otro tipo de ser humano capaz de gozar de una cultura excepcional en una parcela mientras que es ignorante hasta lo ilimitado en otras, como dijo Doris Lesing al recibir el Príncipe de Asturias de las Letras en 2001. Pero si España no va bien culturalmente, ¿de quién es la culpa, de la sociedad, de la herencia del pasado, del hecho diferencial de “ser españoles”, de nuestra generación, crecida en la libertad posfranquista, de la escuela? Como he dicho al comienzo, España, escuela y libro son las tres piedras angulares de esta conferencia, y le ha tocado el turno al segundo punto. El día 9 de noviembre regresé a casa después de 3 semanas en Colombia y en la portada del primer periódico que pillé leí la manifestación de los maestros de Barcelona contra la violencia escolar. Un titular decía “Los profesores protestan contra las agresiones en los centros”. Otro “La fiscalía de Andalucía actuará por la vía penal contra la violencia escolar”. A mí lo que me pareció más significativa fue una pancarta de un maestro en la que se leía: “Padres, ejerced de padres y no de víctimas de vuestros hijos”. La violencia escolar es sólo una parte de lo que está sucediendo en la escuela en España en los últimos 20 años. De entrada lo primero que se me ocurre es decir que, para muchos, los maestros son algo así como el último eslabón social, un tipo o señora que cuida de los hijos durante unas horas al día y poco más, sin ningún valor. Se le ha quitado al maestro toda autoridad. Toda. Es un mero instrumento. Y también de entrada, se me ocurre decir que siendo el grupo profesional para mí más importante de la escala social, está pagado como si fuera el último. Hablar de violencia escolar (recordemos que en Estados Unidos llevan años con arcos de detección de metales para evitar armas en los colegios) es hablar del último de los cánceres que ha asolado nuestra escuela. Antes hay que comenzar por remediar los primeros. ¿Cabe exigir a un maestro lo máximo en su profesión? Sí. Trabajan con barro humano, modelan personas. Su responsabilidad es absoluta, aunque no tanto como la de los propios padres. in embargo... ¿cómo podemos exigir mayor nivel a los maestros si les pagamos una absoluta porquería, si se les está desprestigiando día a día, si un gran tanto por ciento está ya tomando antidepresivos o al borde del psiquiátrico cuando no de baja por estrés, porque es de las profesiones de mayor riesgo en España? Vivimos en una cultura del sonrojo perpetuo, en la que cualquier memo con un pariente político en un pueblo de tres habitantes gana millones con sólo una especulación mientras que a los hombres y mujeres que han de cuidar de la cultura y la formación de los hombres y mujeres del futuro se les paga una limosna. No se trata de subir el sueldo o hacer acuerdos: se trata de que de una vez tengamos, o recuperemos, la figura del maestro, bien pagado y con el respeto que merece, y entonces sí, les exijamos el cien por cien, que lean ellos, que den ejemplo, que estén preparados. Muchos pensarán que si un maestro ha elegido serlo, es por vocación. Y así es en la mayoría de casos, no todos. Pero siendo una de las profesiones de mayor desgaste, es de las menos protegidas. Los padres de miles de alumnos ven al maestro como el responsable de fracaso escolar de sus hijos. Así, junto a una generación de alumnos desmotivados estamos ya asistiendo a la de unos maestros moralmente hundidos. Algunos luchan todavía, con entusiasmo, con energía, pero otros han arrojado la toalla. El día a día es un erial vacío. Recientemente di una charla en un gran teatro de Medellín, Colombia, a la acudieron 1500 maestros con sus alumnos, ¡voluntariamente! Hace unos días presidí una reunión en Barranquilla, también Colombia, a la que asistieron docentes de las partes más pobres de la costa caribeña del país, hombres y mujeres que dan clases en pueblos lejanos y sin medios o en cárceles indistintamente. Querían aprender. No les importaba lo que ganaran. Querían aprender y mejorar. Nadie les exige nada, se lo autoexigen ellos. En España también hay cientos, miles de profesionales que se autoexigen, pero no siempre las fuerzas acompañan. La desidia acaba triunfando allá donde la mayoría cede. El maestro no termina su jornada laboral yéndose a casa. Continúa. Antes de seguir hablando de la escuela, quiero citar un comentario de Vicente Verdú a cuenta de esa misma información que acabo de mencionar. Dice “¿Por qué un número creciente de alumnos maltrata a sus profesores y a sus compañeros, a los bedeles y a los mendigos? La respuesta común lleva a admitir la existencia de una violencia omnímoda que flota hoy, fatalmente, sobre la sociedad. Nuestra época es mala y peor que la etapa anterior. Quien afirme otra cosa se arriesga a ser mal entendido. Lo políticamente correcto no es hablar de una generación nueva, sino de la degeneración. Del mismo modo, lo correcto no será referirse a la situación cultural presente como distinta sino sólo como inculta. Una prueba aplastante es que no se lee. Los niños son ignorantes, bárbaros, violentos, y no leen; son incapaces de entender el valor del libro y del esfuerzo. ¿Solución? Campañas para inculcar la afición a leer o incluso horas lectivas para que esfuercen en leer. Una cosa se confunde con la otra. Los niños no leen porque es más cómodo ver y oír de manera que la actual cultura, eminentemente audiovisual, es cultura de molicie. Efectivamente, los escolares son más violentos que antes, pero la escuela de antes no fue precisamente un mundo de paz, porque si no nos pegaban unos lo hacían otros. Naturalmente emerge el asunto de la autoridad y ahora no se respeta la autoridad del maestro, pero tampoco la de los padres, los jueces, la Iglesia, los médicos o la publicidad. El descrédito de las jerarquías se corresponde con el auge de la interacción, la horizontalidad cognitiva dentro y fuera de la red. Los jóvenes, y tanto más cuanto más crecen en el mundo de juegos interactivos, sensaciones cambiantes e informaciones efímeras, obtienen los conocimientos sin orden ni reflexión, sino llaneando, clickeando, viajando, videando. Representan día a día a una nueva criatura que se aleja del maestro antropológicamente aunque se agrupen en la misma habitación. La mayoría no son agresivos, pero la generalidad carece de todo interés por la asignatura. O bien, de la misma manera que el veterano maestro considera extraños a sus alumnos recientes, los alumnos ven un zombi en su educador. Casi todo lo que más les importa a ellos le importa un comino a su educador, y al revés. Uno y otro sienten su desdén y su incomunicación rotunda. Pero ¿cómo educar sin comunicación? O también, ¿cómo educar desdeñando? Esta escuela no interesa a los escolares. La penitencia que proviene de hallarse obligatoriamente juntos, maestros y alumnos, aún sin agresiones físicas, hace que vivan bajo una permanente tortura. Y lo primordial es, de un lado, el modo escogido para hacer sabroso el saber y, de otro, el menú concreto del saber que pretende servirse”. Si a este comentario añadimos los datos del Informe PISA también de noviembre de este 2006 en los que se dice que “los profesores españoles son los más desanimados de la OCDE” y que “el desanimo y la falta de expectativas de los profesores, así como la percepción de los directores sobre la falta de compromiso de los alumnos con el aprendizaje choca con el criterio de los alumnos acerca de que sus maestros no les ayudan lo suficiente”, tenemos cerrado el círculo perfecto del desajuste. Después de leer todo esto, ¿alguien duda del sentido del título de esta conferencia y del por qué de la palabra “refundar”? Desde comienzos de los años 80 hasta comienzos de este siglo, di entre 200 y 250 charlas anuales en colegios de toda España. Era una actividad que me entusiasmaba, y me sigue entusiasmando aunque ya no la practique salvo en contadas ocasiones. Por un lado, problemas de garganta. Por el otro, la falta de entusiasmo, no mía, sino del sistema. Los pioneros íbamos a los colegios por placer, sin cobrar nada. Luego se “profesionalizó” el trabajo, todos los escritores fueron “llamados a filas”, las editoriales ofrecieron autores (algunas a fines de los 80 a cambio de vender libros), se masificó el invento y llegó la degeneración: colegios pidiendo un autor, el que fuera, para dar lustre a su semana cultural, colegios exigiendo a un autor o no se leían sus libros, colegios que preferían leer un libro mediocre si iba su autor a uno mejor si este no iba, colegios que querían demostrar haber tenido a todos los importantes como muescas en un revolver cultural, editoriales apretando las clavijas a los colegios con autores a cambio de libros de texto, autores que ganaban un sueldo dando charlas como si fuera un trabajo con sueldo mensual y un largo etc. de deterioro global. Es cierto que en cada aula hay alumnos que esperan al escritor, y es cierto que con cada charla puede que algunos reticentes lean. Mi experiencia me dice que es así, sobre todo porque mis charlas siempre han sido lúdico-combativas, vitales y apasionadas, pero la falta de nivel de comprensión lectora (libros que antes eran debatidos a fondo hoy no son entendidos en absoluto) y la desidia de muchos centros o de los alumnos han hecho que en mi caso haya colgado los guantes. Antes ir a un colegio era una fiesta, se celebraba el acto como una efemérides, mientras que hoy das la charla en la hora de la clase de lengua como una actividad más y punto. Antes se esperaba al autor con curiosidad, interés y expectación; hoy la mayoría de los alumnos van arrastrando los pies, seguros de aburrirse hablando de “cultura”, sin conceder al autor al menos un mínimo de crédito incluso en los centros en los que hay maestros entusiastas que animan y sí valoran estos encuentros, que los hay. Y el autor ha de demostrar siempre todo, ganárselos (el que puede), en lugar de hallarse en un centro de participación más o menos global desde el primer momento. Sigo pensando que la presencia del autor en el colegio es importante, pero no cómo se hace ahora. O se recupera el espíritu de hace 20 años, el concepto de fiesta, la exclusividad y la importancia de estas charlas, o no sirven de nada. Para los alumnos son iguales que las charlas sobre el tráfico o sobre educación sexual, es decir, que todo lo que suena y sabe a escuela les cae en el mismo saco. Están desmotivados, nada les sorprende. Siendo el libro, además, de lectura obligada, su rechazo es mayor. El que tienen delante es el padre de lo que les han obligado a leer. Y no importa que les haya gustado si es que lo han leído, porque en muchos casos ni con obligación lo leen. En Internet hay páginas de resúmenes de libros. Hay escuelas en las que se lee una página al día del libro del trimestre, ni una más. O un capítulo si no es muy largo, ni uno más. ¿Quién es capaz de entender un libro leyéndolo así, o recordar quién es cada personaje? Claro que no es mejor obligar a leer hoy “La Celestina” como libro básico, matando hormigas a cañonazos. Sin un equilibrio entre lo que es “estudiar” y lo que es “placer”, estamos perdidos, y la línea divisoria sigue estando borrosa. Llegados a este punto, toca hablar ya del libro, de su estado de salud actual, de su precaria condición de residuo cultural y objeto de entretenimiento, y aquí ni mi más rendido optimismo puede sino acabar de estallar, porque soy escritor, porque amo estas cosas cuadradas llenas de palabras y de historias, y porque me siento a veces como un resistente, o un superviviente, y me cabrea enormemente su deterioro tanto como su papel en la formación de los jóvenes, la censura o la relación editoriales-colegios-autores. Este verano se hizo una encuesta en España para preguntar a padres de familia que era lo que querían que fuesen sus hijos. Ganó médico seguido de arquitecto y abogado. En la cola, dos últimos puestos, es decir, lo que NO querían que fuesen, quedaron militar y escritor. Lo de militar lo entiendo. Nadie quiere que su hijo lleve un uniforme hoy en día aunque sea para ir en misión humanitaria. Pero lo de escritor... ¿Y alguien me pregunta por qué tengo una Fundación para ayudar a esos chicos y chicas? Que les pregunten a los que se han presentado al premio literario que convoca mi Fundación con libros de 300 a 500 páginas. Estos mismos padres no entienden que estudiar hoy algo rentable no asegurará a sus hijos nada dentro de 20 años, cuando sean adulto. Hay que prepararse para la vida, para ser personas, seres humanos felices capaces de reinventarse a sí mismos en un mundo cambiante. Hace 50 años la vida corría más despacio. En el presente se acelera. Para mí, esto es también cultura. Y en este espacio leer seguirá siendo la base de esa culturalidad. Por lo menos en las dos o tres próximas generaciones. Pero ¿qué papel cumple el libro, en esencia el mal llamado “juvenil”, en el sistema educativo, cultural o lúdico actual? A mi entender es un papel pobre, lastrado por un gran fantasma llamado censura y por los poderes fácticos que editores, colegios o asociaciones de padres ejercen sobre los autores. El libro, en lugar de estar al servicio del lector, está al servicio de unos intereses que acaban convirtiéndolo en un instrumento que sus destinatarios rechazan. Y sé que este es un tema delicado que levanta ampollas. La literatura juvenil, y a veces también la infantil, se está alejando de la realidad. Y hablo de los libros que abordan esa realidad, por supuesto. Ana María Machado, premio Andersen 2000, dijo en abril de 2004 en la revista Peonza que los autores y libros españoles estaban demasiado supeditados a la escuela. Y es cierto. ¡Benditos sean los profesores que ponen nuestros libros! ¡Gracias a ellos somos famosos y vivimos de nuestro trabajo de escritor! Pero cuidado, porque vamos a peor. Hace 20 años un sacerdote, director de una colección, me dijo que había que asumir riesgos, que no podía falsearse la realidad, sino adelantarse a ella, aunque esos riesgos se asumieran siempre desde una posición ética, de compromiso personal. Era un hombre que pedía a sus autores que no se cortaran a la hora de escribir. Esto es hoy impensable. Nunca me he autocensurado, pero si no edito un libro no pasa nada, escribo diez más. Otros autores que sólo escriben uno o dos al año no pueden permitirse el lujo de que se les quede en un cajón. En el último número de la revista CLIJ, en el que se pasa examen al año, se dice que hay falta de riesgo. ¿Pero cómo va a haber riesgo si hay autocensura impulsada por la propia censura imperante? La palabra lesbiana descalifica automáticamente un libro para ser leído en cientos de escuelas y, por consiguiente, lo descalifica para ser editado. Mi novela sobre este tema ganó un premio literario. El jurado dijo textualmente: “Si no llega a ganar el premio, el autor no edita esto en la vida”. Pero lo mejor fue que esa misma obra ganó después otro premio, este al mejor libro del año elegido por los estudiantes de Catalunya en su franja. Es decir, que esos estudiantes nos estaban diciendo que eso era lo que querían leer. No es mi única anécdota. Tengo muchas. Hace un par de años una editorial me pidió que cambiara la palabra “cerveza” por “Coca-Cola” en un capitulo, porque el protagonista no tenía 16 años. Si no fuera trágico habría que echarse a reír. ¿Son en España todos los colegios religiosos? ¿Son todos laicos? ¿Son todos A o B? Si un libro ofende en una escuela no se lleva, o no se pone como lectura, y ya está. Pero ¿y el miedo a las represalias? ¿Una editorial “progre” es peligrosa? ¿La palabra “lesbiana” es hoy tan audaz como para hacer temblar las estructuras escolares? ¿Cuando se descubre la sexualidad, a los 30 o a los 14 años? ¿O es que tratar de ocultar un hecho lo hace invisible? Hace 6 años llegué a Chile en plena ola de drogadicción por éxtasis y para mi sorpresa mi novela sobre el tema, “Campos de fresas”, estaba prohibida en colegios religiosos “porque daba ideas a los jóvenes, les hablaba de algo que mejor era ignorar y fomentaba la drogadicción”. Palabras textuales. Demencial. ¿Es eso lo que queremos para nuestra literatura juvenil? Si la literatura no refleja la sociedad, ¿de qué sirve? La literatura siempre ha sido un motor de cambio social, una bandera de progreso. ¿Es fomentar la drogadicción hablar del tema de las drogas entre los jóvenes? El lector ha de verse reflejado y mirarse en un espejo. El éxito de mi novela "Noche de viernes" se debió al boca a boca de muchos maestros que se lo pusieron a sus alumnos precisamente para que se vieran a sí mismos y aprendieran desde fuera como eran ellos y cómo podían terminar. Y no era una novela dogmática ni moralista. "Noche de viernes" no es un libro "de tacos", sino una novela real sobre nuestros hijos. Sin embargo, ahora mismo, poner un "joder" de más o un "mierda" de menos en una página puede provocar que una editorial devuelva un libro o se le pida al autor que lo cambie, con lo cual un personaje que en la novela queda retratado como lo que es, con los cambios puede acabar convertido en un angelito. El efecto se pierde, el espejo se diluye. No puede hacerse a hablar a cinco callejeros elitistamente porque no es así como hablan. Tampoco puede hacerse un libro entero en el que cinco chicos sólo hablen con expresiones malsonantes (por mucho que sea así en la vida real), pero ha de haber un término medio. La sociedad que no se conoce a si misma o no se ve reflejada en su literatura pierde parte del contacto con la realidad. ¿Alguien sabe cuantos españoles van al paraíso sexual infantil de Tailandia cada año? Miles. Los niños y jóvenes no leen los periódicos. Si yo hablo del tema en una novela hablo de algo que ignoran y aprenden. No es escabrosidad. Es el mundo, hoy, ahora. Esto es cultura a través de la información. Pero cuando se prohíben libros, donde sea, aunque más en la escuela, se está parcelando ese mundo y dirigiendo la cultura, lo cual nos lleva a la dictadura del pensamiento único. La oleada de mojigatería que empezó con las administraciones republicanas en Estados Unidos, y ha culminado en la Era Mesiánica de George W. Bush (ya sabéis que habla con Dios) ha sumido a la intelectualidad de este país en una guerra absoluta contra la censura. Estatuas con pudorosos pañuelos en edificios públicos, la negación de las teorías darwinianas y la obligación de aceptar el absolutismo radical, prohibición de publicar artículos científicos procedentes de Cuba, Irán o Libia... La lista sería interminable. Pero, como siempre, las peladas barbas del poderoso vecino que dicta la culturalidad mundial han llegado hasta las remojadas nuestras y a muchos nos parece que además de peladas nos han cortado ya la cabeza. Mi guerra contra la censura es minoritaria porque todo el mundo se lleva las manos a la cabeza pensando que a los jóvenes hay que protegerlos. ¿De qué? ¿De sí mismos? En 2004 Salman Rushdie, Paul Auster y otros muchos autores se alzaron en armas, o sea en palabra, contra los desmanes del totalitarismo integrista del señor Bush. Desafiaron incluso el hecho de que allí, en Estados Unidos, el paradigma de la libertad, podían ser represaliados, cosa que afortunadamente no sucede en España. Autores como Mark Twain o incluso Cervantes, hoy no editarían sus obras como las concibieron. En “La esclavitud de las masas”, Thoreau denunció hace 150 años el rumbo que tomaba su país y pedía a la gente que reaccionara. Ver a unos escritores asumiendo su papel de agitadores culturales me produjo alivio. Pero fue en Estados Unidos y en 2004. Un poco antes, en diciembre de 2003, J.M.Coetze dijo al recibir el Premio Nóbel: “Ahora le parece que en el mundo sólo hay un puñado de historias. Y si a los jóvenes se les prohíbe que se alimenten de sus mayores, se les está condenando a guardar silencio para siempre”. Palabras proféticas. Terribles. Que en una escuela un grupo de padres prefiera un insulso libro de aventuras a una novela en la que se trata del divorcio, la homosexualidad de un hijo o el embarazo de una adolescente, “por ser temas escabrosos”, es demencial. Y lo es que las editoriales tengan miedo o que “los vendedores no puedan llevar una determinada obra a un colegio porque no la venderían”. Si los autores españoles no somos libres, los lectores jóvenes perderán unos referentes esenciales, los mismos que nosotros perdimos en la dictadura y recuperamos, afortunadamente, después, en un ejercicio de recuperación histórica, ávidos, o desafiando entonces las prohibiciones de nuestro tiempo. En la actualidad pagamos pecados y errores ya insalvables. Los jóvenes, que encima hoy están estresados por el vértigo de la vida y su falta de culturalidad, ven poco atractivo el esfuerzo intelectual. El famoseo y el dinero del escándalo o los programas de tele realidad son su norte. Quieren el éxito por la vía rápida y el mínimo esfuerzo. Leer cuesta, y cuanto menos se lee menos se entiende lo que se lee, así que el joven queda a salvo de sí mismo y goza de la mejor de las autocoartadas: ¿para qué hacer algo que le aburre y encima le deprime? Si a esto unimos la falta de riesgo de muchas obras que pasan por la escuela, pero que son políticamente correctas para profesores o asociaciones de padres... el círculo se cierra. Hace unos años escribí esto: “Estoy completamente convencido de que quien no lee está abocado al fracaso salvo que esa persona tenga una capacidad diferencial que supere esa falta. Nueve de cada diez personas que crecen incultas son candidatos a vidas problemáticas, trabajos inciertos, frustraciones adultas, depresiones, jubilaciones en precario, vacío y silencio. Pero si ni el sida o los embarazos hacen que muchos jóvenes tomen precauciones en sus relaciones íntimas, y es algo mucho más inmediato, ¿cómo hacerles ver que absorbiendo conocimientos a través de los libros tendrán una vida mejor? Si no somos imaginativos, si no vivimos una revolución constante, dentro de diez años volveremos a reunirnos para seguir lamentando que estemos en la parte de atrás del tren de la lectura en Europa.” Se lee más que nunca por obligación, y benditos sean los maestros que luchan contra la ignorancia, pero seguimos sin saber crear ninguna nueva generación de lectores espontáneos. Muchos chicos se burlan de sus compañeros si los ven leer. Por esa razón creo que hoy en día la autentica revolución, el acto revolucionario al cien por cien, es leer, por independencia, para que cada cual sea uno mismo, diferente. En un mundo globalizado, quedan pocos placer individuales. Y no olvidemos a las administraciones. Hace unos años el Ministerio de Cultura lanzó un póster con un mono que llevaba un libro en la cabeza. Ya ni recuerdo el eslogan. Daba pena. Y se gastaron millones en esa campaña. Millones que podían haberse empleado de otra forma. ¿Alguien cree que un joven leerá más viendo ese póster? Hace tres años escribí también esto en una conferencia: “Nosotros, políticos, educadores, autores, debemos prescindir de las competencias, no quejarnos de la televisión o los videojuegos. Si el libro ha llegado hasta aquí, es porque goza de buena salud, ha resistido cinco siglos de cambios. El libro en sí es magia. El libro en sí es la mejor y más sana de las drogas. La única que crea adición por placer y no mata. No es necesario que un chico tome éxtasis para que su mente se ilumine, como tristemente suelen creerlo ellos. Con un libro lo harán mil veces más. Pero no es con un póster absurdo y una frase convencional como le convenceremos, ni diciéndole que leer es cultura y es bonito —si en la escuela hacen leer lo que no les gusta, matan lectores—, sino concienciándonos todos de que es posible, creyendo en ello, transmitiendo entusiasmo sin descanso y dotándonos de unos medios necesarios. Vivimos en un completo y permanente estado de emergencia. Todos nos pedimos ayuda unos a unos. Todos nos necesitamos. Nos urge un despliegue de la cultura de la resistencia, y cada uno debe mantenerla según sus posibilidades. Cada vez que desaparece un lector adolescente muere algo de la conciencia humana. Cada lector no formado es una semilla perdida y una oportunidad para que por esa grieta aparezca un dictador, un intolerante o un asesino. Me suele traicionar mi habitual pasión, pero soy sincero cuando afirmo que creo en la lucha, en esta lucha, porque es la lucha de la humanidad contra la barbarie. No se trata de imponer ideas, al contrario: todo está en los libros. Se trata de gritar alto y claro: "¡Eh, chico, chica! Tienes una oportunidad. ¿Vas a dejarla escapar?". Este texto, entusiasta, lo suscribo lo mismo hoy, pero con las reticencias del deterioro de nuestra culturalidad. Dice el Gobierno, con datos en la mano, que se está remontando el vuelo. Pero es poco. Hablamos de tantos por cientos mínimos. Dice el Gobierno que la problemática actual es debida al anterior Gobierno del PP. Y no me sirve. El nivel de comprensión bajó en tiempos socialistas, bajó en tiempos populares y sigue bajando hoy. Muchos estamos dispuestos a trabajar, en lo personal o a través de asociaciones diversas, Fundaciones, ONG’s, etc. Si no encendemos las alarmas, si no empezamos a refundar esta sociedad desde la cultura, entendida como algo más que estudiar, dentro de diez años seguiremos donde estamos, en la cola de lo bueno y en cabeza de lo malo. Hay que refundar el libro y su papel para que nuestros jóvenes no lo asocien con obligación, aburrimiento y escuela. Hay que refundar una escuela que se ha quedado obsoleta y falta de imaginación. Y hay que refundar una España que tiene héroes puntuales, deportistas solitarios casi siempre, surgidos a veces en los desiertos de lo inexplicable, aunque su ejemplo de lucha y constancia no baste. Y refundar significa empezar de cero en muchos aspectos, hacer tabla rasa, pensar en la próxima primera generación más que en la última, ya derrotada mal que nos pese. No hay ningún código ético que obligue a las televisiones a no emitir basura porque su negocio es la audiencia. No hay ningún código ético que obligue a los fabricantes de videojuegos a no emplear la violencia en ellos porque la competencia es feroz y su público les pide esa violencia. Y menos lo hay en el que vende drogas sin escrúpulos pasando de matar a jóvenes o dejarlos zumbados para siempre. Pero nosotros somos escritores, educadores, editores, y amamos lo que hacemos, o deberíamos amarlo por encima de otras cosas ya que el destinatario final es ese niño que empieza a vivir o ese joven desorientado que nos necesita aunque lo niegue. Ese es nuestro código ético. El libro es belleza porque es el paradigma de la libertad. La escuela debería ser un foco de cultura y desarrollo. Y el país en que vivimos es nuestra casa, y si tenemos goteras las tapamos. O acabamos derribándola para hacer una de nueva. A eso me refiero cuando hablo de refundar.
© Jordi Sierra i Fabra, Noviembre 2006
4. Otras Conferencias
Resumen del discurso pronunciado en la entrega de los premios abril, (Barcelona, 28 de mayo de 2002)
Estamos aquí para presentar un libro titulado "En un lugar llamado guerra", y creo que el nombre ya dice mucho de él. Mientras nos encontramos celebrando esta fiesta, India y Pakistan se están apuntando con misiles nucleares dispuestos a matar entre 12 y 20 millones de personas según cálculos estimados, Palestinos e Israelíes convierten su odio en un diario goteo de cadáveres y dolor, media docena de pateras cargadas de desesperados están cruzando el estrecho, y 300.000 adolescentes guerrilleros llevan armas en lugar de libros en las muchas guerras de este mundo. Mi novela no es más que eso, una novela, pero su protagonista, Milo, es el mismo niño que yo he visto esclavizado fabricando alfombras en la India, el mismo niño que he visto muriéndose de sida en Surafrica, o el mismo niño perdido y adicto a la cola, candidato a morir en los suburbios de Río, Caracas, México o Bogotá. Alguien dijo una vez que mi literatura se había hecho demasiado dura, que a los niños y jóvenes había que darles diversión y evasión. No estoy de acuerdo. Ya tienen bastante de eso en televisión, o en los videojuegos, o en el ocio perpetuo en que estamos convirtiendo nuestras vidas. El arte, la cultura, siguen siendo nuestras únicas defensas contra la barbarie, bien a través de un cuadro, una película o un libro. Abogo por una literatura acorde con estos tiempos, una literatura de combate, una literatura decida y de compromiso, o no haremos más que contribuir a la banalización de los mass-media. Yo seguiré defendiendo ese compromiso, la denuncia, el pequeño poder de que disfruto para contar lo que veo y lo que siento. Hace unos meses, en Medellín, Colombia, hablé en un colegio situado en uno de los barrios más conflictivos de la ciudad, con la guerrilla de las FARC en su zona norte y los paramilitares en su zona sur, y con una violencia interior, entre los mismos chicos, de alto contenido por las bandas armadas. En ese contexto, un muchacho de unos 14 años me preguntó qué era para mi la felicidad. Era una pregunta tremenda en un lugar como aquel y formulada por un chico que podía estar muerto al día siguiente. Nadie me ha preguntado jamás en España, en 18 años y después de 2000 conferencias en colegios, que era para mí la felicidad. ¿Para qué preguntarlo? Uno pregunta sobre lo que le preocupa, no conoce o despierta su curiosidad. Así que yo escribo para esos niños y jóvenes, para recordarles que la felicidad, para otros, es todavía una pregunta, no un fin. Quiero terminar diciendo dos cosas más. La primera que cuando preparaba el guión de la novela, hace ahora un año en Varadero, no quise centrar mi historia en una de esas guerras ya existentes, así que me inventé una. Me fui a un lugar lejano y perdido, las ex-repúblicas sovietícas fronterizas con Afganistan. Una vez más, algo habitual en mis obras, la realidad ha superado mi ficción. A los seis meses de escribir el libro la zona se convirtió en un polvorín. La segunda es un agradecimiento. Quiero dar las gracias a La Galera de Catalunya, Tandem del País Valencià, Editorial Galaxia de Galicia, Elkarlanean de Euzkadi, Llibros del Pexe de Asturias y Xordica de Aragón, así como a Ambito Cultural del Corte Inglés, por esa alianza que nos permite a los autores hacer llegar nuestra voz a todos los rincones del país en todas sus lenguas. De hecho sólo faltaría el aranés para hacer el pleno. A estas alturas ya todos sabéis que quería ganar este premio por este placer, este regalo en forma de libros que presentamos hoy. Me siento orgulloso de formar parte del Premio Abril y considero esto un regalo para todos mis amigos y lectores de Galicia, Euzkadi, Asturias y Aragón, puesto que en Catalunya, el Reino de Valencia y las Islas Baleares ya me leíen en catalán y en toda España lo hacían en castellano. Gracias de corazón.
Conferencia pronunciada en Almería el 9 de mayo de 2003, en el conjunto de los actos sobre "La música de las palabras"
LA MUSICA Y YO
A estas alturas de mi vida, y después de 30 años de publicar libros, cualquiera sabe ya de mi vinculación con la música, de la que procedo tanto como del cine. Ambas formas de arte me alimentaron de niño, me hicieron aprender, crecer, completarme como ser humano. Sigo yendo al cine prácticamente cada noche si estoy en España (cuando viajo por el Tíbet o el Amazonas, no hay cines), y aunque alejado de la música en su vertiente profesional, sigo escribiendo con música inundándome el alma y dándome energía. Recientemente he publicado una obra titulada "Mi primer libro de ópera, diez óperas contadas para niños", en cuyo prólogo de presentación hablo de mis primeros pasos en el maravilloso mundo de la música. Cuando yo era niño no tenía televisión y lo que se oía por la radio no me gustaba nada. Mi vida era un erial hasta que con 8 o 9 años, no estoy seguro, escuché "La consagración de la primavera" de Igor Stravinsky. Ese día un nuevo mundo se abrió para mí. Me convertí en un adicto que se pasaba horas con la oreja pegada a la radio de casa oyendo las óperas que retransmitía Radio Nacional de España. El locutor, que se llamaba Lluch, antes de cada acto describía tan bien lo que iba a suceder en el escenario que yo lo imaginaba como si fuera una película. Ya era un niño raro por pasarme horas escribiendo sin parar, así que lo fui aun más por ser capaz de estar sentado en una silla tres horas fascinado por una ópera. Que ahora publique un libro para contar a los pequeños óperas convertidas en cuentos me parece como pagar una deuda que tengo con la música clásica, especialmente porque mi fama es de rockero. En 1964 aparecieron los Beatles y me cambiaron la vida. El rock fue la catapulta final que me empujó a las estrellas. Por los Beatles me metí hasta las orejas en el mundo de la música y en seis años, mientras trabajaba de día y estudiaba de noche, conseguí hacer mis primeros pinitos como comentarista musical. Estuve en la fundación de El Gran Musical, la antesala de lo que hoy son 40 Principales, y en 1970, ya conocido, me hicieron director de Disco Expres en Barcelona. Dejé el trabajo, los estudios, me dediqué a escribir de música, y en menos de tres años aproveché aquella fama para publicar mi primera obra, "Historia de la Música Pop", primer libro que se editaba en España sobre un fenómeno que, desde entonces, fue habitual y se normalizó hasta en las librerías. Aquel primer libro se lo dediqué a mi maestro Igor Stravinsky. Nunca dejé la literatura, pero cuando retomé la narrativa, gané mis primeros premios y publiqué mis primeras novelas, hubo bastante revuelo. Era un rockero que escribía. Y eso fue extraño. La fama de los rockeros era monotemática: colgados, drogados, borrachos, peludos y con la cabeza llena de rock y nada más. Lo cierto es que nunca he fumado y nunca he bebido. Peludo sí era, y vestía en las mismas tiendas que los Rolling Stones o los Beatles, así que en España me miraban como un bicho raro aunque yo, en la onda, iba elegantísimo. Fue un tiempo que ahora recuerdo con mucha luz. Y con mucho orgullo. Media docena de pioneros ayudamos a normalizar este país, musicalmente hablando. Después de algunos años, ahora entiendo que pocos aunque entonces a mí ya me parecía que el tiempo se me escapaba, dejé la música de forma paulatina para dedicarme exclusivamente a mi pasión: la literatura. No quería perder ni un minuto de mi vida ni que nada me apartara de ella. Ya era popular, ya había conocido la vida de locos del rock. Siendo director de varias revistas y con un programa de radio semanal, iba invitado constantemente por las grandes majors de la música a Londres, Nueva York, Los Angeles, Paris... Viajaba en Concorde, en helicóptero, en limusina, dormía en suites maravillosas de todos los hoteles más famosos del mundo... pero lo dejé. Y no me costó nada. Escribir es mi vida. Había, pues, una prioridad. Y había otro mundo por descubrir, Asia, Africa, Oceanía, y especialmente mi querida Latinoamérica. Lo hermoso es que aun hoy, en paises como Colombia, por ejemplo, me llaman "maestro" por mi pasado rockero, porque fui el único autor hispano que escribió y publicó enciclopedias y biografías de grandes artistas y ayudé a una generación de músicos a crecer con ellos. Si los años sirven para ver la perspectiva del pasado, la mía es muy rica y me siento orgulloso de ella y de que todavía se me recuerde por lo que hice en aquellos días. Siendo la música una parte esencial de mi vida, era normal que la incorporara a mis novelas. En primer lugar, porque es lo que mejor conozco y el margen en el que mejor me desenvuelvo junto al periodismo. Pero también lo es porque al escribir libros en los que los jóvenes son mis constantes protagonistas, la música debía aparecer más o menos por alguna parte. Es raro que a un chico o chica entre doce y dieciocho años no le guste la música. No tenemos más que ver las oleadas de pasión que despiertan los cantantes y grupos. En una edad en la que se buscan referencias, modelos, espejos, lo primero en lo que la mayoría se fijan es en ellos. Las adolescentes se enamoran de unos y los adolescentes se dejan arrastrar por el mensaje de otros. Copian estéticas, modelos de vida, rebeldías, poses. La música es el vehículo de cambio más importante de los últimos 50 años. Un disco puede concebirse, grabarse, editarse y escucharse por radio en muy poco tiempo, mientras que un libro o una película requieren procesos mucho más largos de realización y puesta al servicio del público. Durante años, fui un rockero. Más tarde un rockero que escribía. Poco a poco me convertí en un escritor que procedía del rock. Luego me revelé como autor de literatura infantil y juvenil y de nuevo trataron de buscarme una etiqueta porque ya no sabían donde encajarme. Aún me siguen buscando etiquetas cuando la única que puede atribuírseme es la de Escritor, y nada más. Vivo, respiro, sueño, amo, siento la literatura, y dentro de ella, no soy más que un contador de historias, una persona que ve un cuento maravilloso donde otros no ven más que una hormiga, o una novela donde la mayoría sólo lee una noticia del periódico. El mundo es mi casa, los aviones los pasillos por los que me muevo, las personas mis confidentes y amigas. Pero la música ha sido, es y será la banda sonora de todo ello. He sido invitado a este foro para hablar de la música en mi literatura. Y lo primero que se me pidió, además de preparar este pequeño texto, es que hablara de mis novelas de vertiente o ambiente musical, así que es lo que voy a hacer. Nunca las había contado ni puesto en un papel razonando porque las hice, por lo cual incluso para mí ha sido una revelación situarlas en el tiempo y recordar los matices formales de cada una. Por supuesto que hablaré únicamente de las obras de narrativa, obviando enciclopedias o biografías. Y aunque trataré de citarlas todas, comentaré sólo las más importantes, porque a mí me salen exactamente, hasta el día de hoy, más de 40 títulos. Querer profundizar en cada una haría que esta charla fuese kilométrica. Mi primera novela y mi primer ensayo tuvieron la música como centro. El ensayo se tituló "Mitología pop española", es de 1973, y en él hacía un ejercicio más o menos literario acerca de la vida de los divos de entonces, desde Serrat a Raimon pasando por Julio Iglesias, Miguel Ríos y otros 20. Era una obra hecha con un fotógrafo, Martin J. Louis, y durante meses estuvimos entrevistando y fotografiando a todos ellos para el libro. La novela, "El mundo de las ratas doras", sigue siendo hoy mi peor obra. Quise decirlo todo y un escritor sólo ha de decir lo justo. En ella narraba un día de la vida de una estrella del pop español justo al iniciar su declive. Lo de las Ratas Doradas era obvio. Fue una obra falsamente crepuscular y dura, por suerte hoy olvidada. Mi siguiente novela fue ya emblemática: "La revolución del 32 de Triciembre", premio Villa de Bilbao 1975. Está basada en un hecho real. Gram Parsons, uno de los grandes músicos de aquellos días, ex-miembro de los Byrds y lider de la Flying Burrito Brothers Band, murió de una sobredosis en Los Angeles en septiembre de 1973. Sus padres, católicos, querían enterrarlo en Florida, pero él había comentado a los amigos y miembros de su comuna hippy su deseo de ser incinerado cuando muriera. Así que esos amigos robaron el ataúd del aeropuerto y lo quemaron en el Josua Tree National Monument, un Parque Nacional, a la salida del sol para cumplir con su última voluntad. En esa historia vi algo tan hermoso y conmovedor que la convertí en novela. No soy el único que se interesó por el tema y se sensibilizó con la historia, porque hoy en aquel lugar hay un monumento. Ese libro me hizo ver que había tantas historias por escribir dentro del mundo de la música, que podía pasarme la vida sumergiéndome en ellas, y no quise caer en la trampa, ni convertirme en un especialista, igual que un autor policiaco lo es de su género o uno de ciencia ficción del suyo. Yo quería abordar todos los temas, y si la música aparecía más o menos implicada en ellos, pues bien. Sin embargo seguí con ello un poco más, fascinado por otros temas, y en 1978 edité una novela para quioscos, "¿Estás vivo, Jim?", en la cual utilizaba la teoría y la vieja leyenda de que Jim Morrison, cantante de los Doors, seguía vivo y había fingido su muerte para escapar de la presión del mundo de la música. La construí en torno a un periodista que investiga las pistas dejadas tras el fallecimiento, sin inventarme ninguna. Al final lo encontraba vivo y entonces prefería callar. La guinda la puso un gran amigo mío que me llamó llorando y diciendo que "lo sabía", que "estaba seguro de que vivía", y me pidió, por favor, que le dijera el lugar donde lo había encontrado. Me juró que no se lo diría a nadie. Cuando le dije que todo era mentira me acusó de mal amigo, de no confiar en él, y me insistió en que "ni yo era capaz de inventar algo tan detallado y sentido como aquello". Ya en los años 80 escribí varias obras más o menos curiosas. "El rollo nuestro de cada día" fue una locura en la que hablé del ambiente musical de Barcelona tras la muerte de Franco a través de la historia de un cantante gay que se enamora de una potentísima señora que va y, prácticamente, me lo "cura". Para olvidar salvo por el detalle de que salía yo mismo en la portada, y desnudo aunque sin mostrar nada escandaloso. "Sencillamente amor", que tenía que haberse titulado "Escapada alrededor del Arco Iris", era la historia de un chico americano que en verano de 1969 se escapaba de su casa en la Coste Oeste y cruzaba el país para asistir al festival de Woodstock. Por el camino, el ser humano llegaba a la Luna, y él conocía a una chica de la que se enamoraba y hacían juntos el resto del viaje. La tragedia es que ella estaba enferma y se iba a morir a Woodstock. Después llegó "En la esquina del círculo", tercera novela de mi personaje, Daniel Ros, en la que investigaba la muerte de un amigo suyo, jefe de promoción de una discográfica. Ahí hablé también de los entresijos de la industria, su egoísmo y su implacable manera de funcionar, una de mis constantes. Mis obras más emblemáticas aparecen entre 1988 y 1993. "El joven Lennon", "La balada de Siglo XXI" y "Banda sonora", aunque en este tiempo también edité la colección Sam Numit, compuesta por 6 títulos. Sam Numit era una especie de Bruce Springsteen metido a detective por accidente, siempre con misterios en torno a la música, sus amigos, etc. Los personajes que aparecían eran Elton John, Eric Clapton, etc. Cada una de las seis novelas aborda un tema concreto: En "La guitarra de John Lennon" el mundo de los coleccionistas, capaces de matar por un pelo de su ídolo; en "El gran festival de rock", un asesinato producido en uno de esos grandes eventos; en "Los sonidos del silencio", la muerte de una cantante folk, incómoda para el Sistema, asesinada por el poder; en "Alma de blues" el mundo del blues negro americano; en "Otra canción en el paraíso" el robo de la cinta master del nuevo álbum del protagonista; y por último en "En busca de Jim Morrison" vuelvo al tema de "¿Estás vivo, Jim?", que reescribí con Sam Numit de protagonista. Como he dicho, al margen esta colección, mis tres obras emblemáticas se iniciaron con "El joven Lennon". A la muerte de John, mi hermano mayor, quise hacerle un homenaje. Tardé cinco años en comprender que lo más importante no era su pasado beatle o su amor con Yoko Ono, sino cómo aquel niño de 15 años tuvo un sueño y ese sueño cambió el mundo. John formó a los Beatles siendo un adolescente, y la novela abarca esa parte de su vida, entre los 15 y los 18 años, la edad en que hay que ir a por los sueños. La escribí en 1985 y se editó 3 años después. Con "La balada de Siglo XXI" quise ajustar cuentas con mi pasado. Hay un dicho que más o menos dice así: "el músico deja de serlo cuando abre la puerta de su local de ensayo". Y es cierto, al otro lado están el manager, los de la casa de discos, los publicistas, la presión, el dinero fácil o la fama efímera, los que van a sacar tajada... Hice que una computadora diseñara el grupo perfecto y que una discográfica buscara a sus miembros por todos los Estados Unidos. Eso fue en 1989, antes del escándalo Milli Vanilli o de que ahora ya existan máquinas capaces de decir si un disco será éxito o es mejor venderlo o aquí que allá. Los cuatro miembros de mi grupo, además, estaban tomados de modelos reales: la cantante me la inspiraron Janis Joplin y Grace Slick, el guitarra partía de Jimi Hendrix, el teclista de Phil Ochs y el batería de Ringo Starr. Tecnica y estilísticamente es una obra muy novedosa, por los trucos que utilicé en ella. La tercera de estas novelas es la más personal: "Banda sonora". En ella cuento un poco de lo que le sucedió a mi propio hijo cuando quiso ser músico. Hay mucho de él y también mucho de mí en esta obra que repasa el ambiente musical español de comienzos de los años 90 y que espero actualizar y reeditar dentro de un año o dos. Personalmente amo ese libro. A lo largo de los años 90 he publicado obras en las que la música no es parte esencial, pero si tangencial. "El último set" es una novela en la que la protagonista es una tenista joven que se enfrenta al éxito a los 17 años, y conoce a una famosa estrella que a los 27 ya ha sido olvidado, algo muy normal en este mundillo en el que hoy eres famoso y mañana nadie se acuerda de ti. En "El tiempo del olvido" los protagonistas asisten a un concierto de U2. En "Malas tierras" asisten a un concierto de Bruce Springsteen. Bruce también aparece en "Jamalají jamalajá", libro de mi personaje Víctor, que a su vez intenta formar un grupo en otra novela de la serie, "El rockero". En mi novela &qu
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